Los cuadernos pueblerinos (segunda entrega) *

por Sabrina Barrego

A la memoria de Alejandro Schmidt

Mi palma se ha convertido en un puño…

Viktor Tsoi

Anda rodando la tierra, con toda su tierra adentro.

Manuel José Castilla

«Deja las letras y deja la ciudad», me aconsejó Juanele en un poema el otro día. «¿No estás tú también un poco sucia de letras y un poco sucia de ciudad?» 400 km he viajado hacia el sur de la provincia. Sentada, ahora, en la galería de la casa de mi madre, circundada no más que por las hormigas y un viento que nace en el sur y se pierde en los álamos, escribo. 

General Alvear: árido, soleado, monótono. Vuelvo a la tierra donde viví casi dos décadas, un año después del aislamiento. Llegando en el colectivo, el espacio que separa las grandes urbes de lo rural se va ensanchando como un elástico en el que siempre quedo atrapada, ay, mosca del mediterráneo en la trampera. Como les pasa a los niños al crecer y regresar a los viejos lugares: lo que era grande se volvió pequeño. Los viejos rostros palidecen como el romerillo florecido. Lo que deslumbró no deslumbra más. Las tierras salitrosas se ajan con los primeros calores. Las casas siguen siendo bajas. A la orilla de los canales, entre los yuyos, como hace mucho, mucho, ruedan los cardos rusos.

Sin embargo algo en el pecho se ensancha, comprime y avanza.

*

La finca de mis padres está ubicada en un callejón de campo en la colonia Alvear Oeste, un pueblito del ferrocarril. Llegamos en época de tormentas; hacia el norte los cúmulos de las nubes chorrean sucios;  entonces sabemos que cerca llueve. Lejos, los rayos descienden verticales ensañados contra el horizonte. Se oyen rapaces, las lechuzas, los caranchos, las aguiluchas entre los pastizales.

*

Juan L. Ortiz se fugó velozmente de Buenos Aires a su Entre Ríos natal en búsqueda de la «virgen del aire». Yo me pregunto qué cosa ando buscando por acá, si hace tiempo que me fui sin caer en esta hierba y viví para vengarme.

*

Me propongo leer y escribir todos los días. En la mochila traigo varios libros de poemas y entrevistas: Juanele, Arnaldo Calveyra, Ricardo Zelarayán, Ilyá Ehrenburg y Leónidas Escudero. Imágenes rurales me rodean dentro y fuera de la hoja. Mi obviedad me da risa. He caído en el lugar común de los comunes de las que vuelven del Centro haciendo turismo rural en los paisajes que habitaron, retocados por la nostalgia, por la ilusión.  A invocar una voz y constituirse poetas por ósmosis con la naturaleza. Ah pero la naturaleza, como dice Zelarayán, «la naturaleza, la de uno y la de afuera de uno, no conoce fronteras, razas, edades, sexo ni condición social». Y también: «Es mejor ir por lana pero volver… aunque sea trasquilado y cubierto por las nieves del tiempo».

Pero volver; a dónde, a qué…

*

De pronto, ay, la gata ya se entró una pichonera. Ay que metí la mano hasta el cuadril en el cajón de las cebollas y las papas. Diana la cazadora le decíamos, que despertó a todo el mundo de la siesta por causa de una culebra. ¡Y la bicha! Había que verla encrestada ¡bonita, tan lejos del pastizal! ¡Y la gata! Como loca de alegría con los saltitos ondulantes, el olor sudoroso y la lengua al aire de la serpiente. Y mi hermano desenredandolá con cuidado para que se volviese al campo:

«volver con los ojos en blanco del mendigo / con los ojos redondeados de la lechuza / con los ojos del que nunca se miró en espejo / con los ojos cerrados de la papa». (Calveyra)

*

Comienzan a cantar los grillos y aparecen las bicicletas arando por el callejón. Filas de mujeres, como azules pájaras, pedalean hasta la fábrica. Turnos largos paradas contra la línea tamañando los duraznos, aguantándose la pelusa y el olor a azufre. Al borde del desmayo por la calor. Los hombres no están porque la cosecha. Secaderos, frigoríficos y pulperas poblándose de mujeres, viejas y jóvenes, en la temporada alta, eso tampoco ha cambiado.   

La otra tarde me la crucé a la E, una que fue mi alumna, hacía los mandados en el barrio de la vinchuca, el mismo en el que se crió. Yo me tomaba una gaseosa sentada en la cuneta y me reconoció en seguida, dijo, mientras caminaba por la calle. Yo no hubiera podido. Cuando la vi, ahí, sus ojos verdes (que le decían la chica más bonita del curso, que fue reina de la vendimia, «de las que tenían futuro» como decíamos con las maestras…). No era mucho más joven que yo… Cuando la vi tan señora, en los zapatos de su mamá y de su abuela, yéndose para la fábrica. Lo mismo mis compañeras de colegio, siempre en la misma y pariendo. Y los varones que también vi, trabajando con sus papás. ¿Y yo? Regresaba. («¿Era yo quien regresaba? ¿En la angustia vaga de sentirme sola entre las cosas últimas y secretas?») ¿Qué siento que me separa y me amontona con esos cuerpos domados igual que yo por las circunstancias,  peleándose contra el tiempo y sus fantasmas? Contra la muerte. Miro sus caras como si fuese la primera vez que nos conocemos, el paisaje nos ha moldeado como una arcilla arenosa que se desmigaja ¿Será que yo me ablandé con el aire encajonado del Centro? Los alimentos que consumía, como el agua, me dan alergia, el sol y las picaduras de los bichos que me han curtido la piel. ¿Qué me llevó a mirar con la mirada de quien te estudia, a acostarme del lado de semejante tilinguería? Acaso esxs otrxs que me encontré entendieron algo mejor que yo y por eso me miran con respeto pero también con sorna. No sé. Entonces, recuerdo ese poema de Lucille Clifton a la que fue la rosa de Georgia:

«yo me pongo de pie / frente a tu destrucción / yo me pongo de pie».

Frente a mi destrucción, yo me pongo de pie. Las palabras se desperdigan como los espirales amarrillos derramados por todo el suelo y el viento me dice: deberías callarte para escribir.

*

Soy el último poeta de la aldea, / el puente de madera es humilde en las canciones. / Me detengo en la liturgia de las despedidas / que cantan las hojas de los abedules.

(Sergey Esenin)

Según Ehrenburg, los poemas de Esenin son una maldición arrojada al «visitante de hierro», a la ciudad. Con orgullo, pero también con tristeza, como un pobre y tonto potro queriendo adelantarse a una locomotora. Porque la batalla desigual entre la aldea y la ciudad suele tener desenlaces obvios. Y la ciudad quiere consumir como el fuego hasta el pathos de los poemas que provienen de los millones que no leen en salones literarios o que no saben leer.

Según Ehrenburg, los poemas de Esenin son una maldición. Yo digo: pura venganza, «pero con palabras» (Dovlátov). Porque los cantos desesperados a los enormes campos de una Rusia quemada por el sol de la revolución (terrible Cronos que acabó devorándose a su hijos) no pudieron nacer de los intelectuales adiestrados en los círculos parisinos. Si no del poeta de entrecasa, que hasta hacía poco pastoreaba vacas y luego creaba estilos. Como un borracho vagando por los campos para quien el viento canta más fuerte que para los demás. Así como los campesinos ya no usaban las viejas horcas sino las mismas metrallas fabricadas en el Centro para defenderse de quienes de todo se apoderaban, Esenin expropió las más modernas técnicas literarias para sus lágrimas y sus insultos, sus amenazas y las plegarias. En fin, esos poemas que lo llevaron a la pira de la inmolación.

*

Suena un chamamé de Tránsito Coco Marola, ladran los perros, el niño chapotea en un charco de barro al ritmo de la melodía de los grillos talóngastado frotándose.

«Yo no tengo en cuenta la música» –dice Juanele en una entrevista-, «yo la necesito. Pero no solo la música, si no lo que hay más allá, a la manera de Debussy; no es la evocación del silencio sino la sugerencia de algo que está germinando, que va a florecer y que no puede definirse». A eso creo se refería Yupanqui con la musiquita del pago que resuena en los poemas y las canciones. Raúl Barboza y el Chango Spasiuk dieron un concierto en el Théâtre Claude Lévi-Strauss de París con un proyecto llamado Chamamé Yeroki Ñeemboe, que significa en castellano: el chamamé es un rezo que se baila. Pienso, ahora, en las palabras que siempre me acompañan y sostienen; que acompañan y sostienen a los pueblos, como los poemas -que son oraciones (Blok)-. Pienso también en las canciones, los sonidos y los ruidos que son parte ya de nuestros huesos, que viven grabados en mis oídos, en mis pies y mi corazón. Me detengo en los silencios. Recordé el cuento Kilómetro 11, de Mempo Giardinelli que me leyeron en la escuela secundaria, al que siempre regresaba sin dejar de llorar. Me ví sentada en el patio de mí casa de entonces, junto a mi abuelita Rosa que me dijo: «yo te voy a contar lo que vivió nuestra familia en esos años», hablándome por primera vez de la detención de mi abuelo en los ‘70.  

Cosas de familia.

La familia de mi padre llegó a Misiones del país vasco. Mi bisabuelo, dicen, era un viejo déspota que se agenció una mujer guaraní como esposa y la obligaba a sostenerle el mate mientras él lo tomaba y a lavarle la cara, las manos y los pies cuando llegaba del campo. María se llamaba y fue la abuela de mi papá. Por parte de mamá somos alemanes del Volga, judíos injertados, primero en Rusia y luego en la zona pampeana, siempre detrás de las vías. Cuando mi bisabuelo Peter llegó de Sarátov a Colonia Barón (La pampa) no sabía hablar ni mucho menos leer en castellano. Venía con un campito apalabrado que, con su firma en el papel equivocado, lograron arrebatarle condenándolo a vivir con su mujer Elizabeth (a quien le debo mi segundo nombre) y las primeras crías que nacieron vivas, mucho tiempo en una carreta. Cuenta mi madre que, a pesar de las penurias, el malhumor y la sordera, su abuelo era un tipo ingenioso y divertido, que reboleaba su boina ni bien escuchaba una polka o un chamamé. En las primeras reuniones sociales a las que tuvo que asistir de peón, los paisanos le jugaron un par de bromas echándole polenta caliente en las manos y dejándolo quemarse la jeta con el mate. Ahora que vivo en la ciudad, noto que hay formas y formas de chamuscarte el cuerpo y la voluntad.   

Yo nací con las manos quemadas de mi bisabuelo, rodando como una carreta y torcida como un acordeón.

*

Si pudiera volver desde el agua al laurel / Volvería a la infancia del río (…) Yo muero para volver / Juntando rocío en la flor del laurel. (Cuchi Leguizamón)

Intento regresar al principio. «A veces, nuestra naturaleza nos ha preparado (para) un prado», reza el poema de Francis Ponge que cita Arturo Carrera a propósitodeJuanele en Ensayos murmurados. Juanele decía que podía pasar no sé cuántos años sin hablar con nadie, conversando con los animales o con un árbol, o cualquier cosa, cualquier criatura, sometiéndose a eso que Machado llamó «la prueba de la soledad en el paisaje». Carrera, que compara a ambos poetas con Basho, dibuja su condición de escritores de provincia. Lo que es vivir «provincia adentro» y resistir a la prueba de estar sin compañía (sea lo que sea que eso signifique ahora).

Hace dos días se murió un gran poeta cordobés a quien había leído, antes de conocerlo en las redes, guiada por su cercanía con Vicente Luy. Luego hablamos algunas veces por chat y, pese a su fama de peleador y su carácter complejo, siempre se mostró muy generoso y alentador con mi trabajo, algo que era habitual en él porque además de poeta, fue un gran propagador de la poesía. «Ya lo era cuando ni siquiera habían comenzado los blogs (a los que luego también hizo su generoso aporte) y tampoco imaginábamos las redes sociales. Ya editaba a poetas que incluso hoy en día siguen estando relegadxs (nombro a Edith Vera por dar un ejemplo), cuando todavía no se había dado el crecimiento de las editoriales alternativas en el país», escribió Valeria Cervero en su muro de feisbuk, refiriéndose a «esos otros noventa que no han sido narrados ni estudiados».

En la comunidad virtual, lo que no corre vuela, las palabras alusivas y las fotos abundaron entre cercanos y no tanto. «No es que se estén muriendo más poetas que antes. Sucede que ahora nos enteramos de inmediato a través de las redes. Y sucede también que nuestros coetáneos van superando los sesenta. No es para consolarse. Digo. Antes les pasaba a ellos. Ahora nos pasa a nosotros. Hagamos lo necesario para abrazarnos, ayudarnos, leernos mientras sea posible», escribió Mónica Sifrim. Y tiene razón. Esa noche de la muerte quise escribir unas palabras pero la piel se me puso de gallina, me dio frio y me acosté. Pensaba en la cantidad de poetas provincianos que partieron en el último tiempo, muchos de ellos pobres, enfermos y solos en el oficio «heroico pero absurdo» de escribir en este país (Sara Gallardo). Inéditos o editados en condiciones tales que leerles se transforma en una tarea verdaderamente arqueológica. Y luego viene la muerte y en Buenos Aires y en los grandes centros sus obras son “rescatadas” en ediciones muy lindas y los poetas vivos homenajeamos a los poetas muertos y las miradas se posan por un momento sobre nosotros. Y así, hasta que nos toque caer del otro lado de la taba. 

«Corrijo un poema con otro y con otro… desde los 13 años estoy buscando el poema verdadero…Escribo casi todos los días, ceniza, perlas, florcitas de plástico y también mi lírica de dolor y de veneno…va saliendo la poesía, va saliendo de esa tripa y uno no sabe qué es, ni maneja ni controla nada, salvo alguna corrección inevitable, alguna prudencia en publicar, alguna música», decía Alejandro Schmidt. Vuelvo a la metáfora arqueológica. Hace poco vi la película The dig (La excavación), de Simon Stone. «Tu trabajo no es sobre el pasado ni el presente, sino sobre el futuro, para que las próximas generaciones sepan de dónde vienen. Lo que las relaciona con sus ancestros», le dice uno de los personajes al autodidacta Basil Brown, quien permaneció hasta hace poco borrado por la academia luego de descubrir uno de los hallazgos más importantes para la historia de los museos de Inglaterra. Situación que nos habla de un futuro que nos pertenece por prepotencia de trabajo (¿futuro?) «De la poesía solo esperé la poesía/ de todo lo demás la lluvia espesa», escribe Schmidt, quien en sus poemas dejó el corazón, su bolsillo, su vigor y el agua que pudo acertar en un cerebro desierto. ¡Y la música! He mencionado antes al chamamé. El chamamé era para los antiguos ñeemboê yerokî. Significa crear la palabra mientras se está danzando en ronda cuando llueve. Ñeemboê es crear la palabra y, para el guaraní, la palabra es el alma, digamos, o el alma está en la palabra; yerokî viene de yerê, que quiere decir dar vuelta.

Y puede que todo en el cosmos sea una gran re-vuelta.  Y aunque hace rato me arranqué las esperanzas de cuajo e insista en el gesto gastado de estar en «el corazón del siglo»; a veces, me consuela pensar que todo muere y no muere también, mientras el horror avanza sobre lo que existe. Y que, sea como sea, siempre puedo retornar a mi tribu de palabras (comunidad subterránea habitada por mis vivos y mis muertos), alterando la línea del tiempo. Puede sonar ingenuo pero,  íntimamente, sé que «alguien puede excavar toda su vida sin encontrar lo que yo hallé aquí».

*

…nosotras debemos volver al lugar donde nacimos… Visitar la ermita del Santo, tomar el fresco con las vecinas, rezar las novenas con ellas, aunque no seas creyente… porque si no, nos perdemos por ahí como vaca sin cencerro.

(La flor de mi secreto, Almodóvar.)

Olvídame te lo ruego, / yo soy como el Paraná/que sin detener su marcha

/ besa la playa y se va…

(Escribió Cholo Aguirre, canta Ramona Galarza.)

A estas alturas ya me temo que no lograré responder ninguna de las preguntas que ensayé a lo largo de estos párrafos.  No importa. Como si de momento el dejarme vivir (que la vida y la muerte me atraviesen como un río) sea quizás la respuesta a un interrogante que todavía no existe. Volví al paisaje buscando respuestas. Hallé preguntas acerca del tiempo y momentos cargados de poesía (¿o es que me hallaron a mí primero?) Los silencios, el enorme resplandor entre los árboles, la lluvia que bajaba del cielo serena y fuerte como una sonrisa en los labios, las palabras queridas que florecieron en mis manos sin necesidad de obligarlas… No hay temas en la poesía, no hay lugares comunes. La poesía, cuando sucede, deja tras de sí una huella similar a la del agua cuando se aleja para volver.

Carlos Mastronardi, en el documental Luz de provincia, se define como «un modesto poeta elegíaco, representante de la paz y la serenidad de Entre Ríos (…) determinado por el medio natal, esa provincia que un fresco abrazo de agua define para siempre…».

¿Pero qué cosa define? Bueno, cada poeta, creo, lleva consigo una visión del mundo, un estar entre las cosas y palabras, palabras que se repiten como reflejo o resonancia de eso que Pavese llama mitos y que vienen de la infancia. Cuenta Mastronardi (lejos ya de su tierra) que, como todo muchacho provinciano esperaba encontrar en la ciudad, la magia y el deslumbramiento, pero cuando regresaba por la triste calle Moreno, después de unas horas en la biblioteca de la facultad y notaba que las calles estaban solas y las voces se habían apagado, se decía que la vida puede ser la mínima en todas partes, en resumen, que las convenciones son más visibles que la misma realidad viva y palpitante.

Esto nos acerca a una variación sigilosa sobre el concepto de Naturaleza que elaboró Carrera, refiriéndose puntualmente a aquella que miramos desde el cuadrado de la página, en los versos, en las sílabas, en los acentos, en sus sonidos, en los intervalos repetidos pero diferentes…

La hoja en blanco, «crepúsculo de la libertad»  que defendió con su vida Osip Mandelshtam, (poeta sin tumba) quien se alejaba de su casa solo para deambular en los trenes que lo llevarían a morir en la Siberia, despojado hasta de sus pantalones pero jamás de sus lujosas palabras. El papel blanco y la tinta azul de donde nacen los ríos perezosos, los cerdos en las calles y los molinos vacíos de Jorge Teiller y que mantuvieron a Inchauspe encadenado a esas palabras que no vienen. Una ropa «de andar dentro de sí», antes que versos colgados de un alambre allá cerca de un rancho donde el diablo perdió el poncho, que decía el sanjuanino Escudero. «¡Oro nestas piedras!»

*

Escribo esto ya de regreso. Lejos ha quedado la casa de mis padres, el cerro Nevado, la mano invisible que enciende el chirrido de las lechuzas y el tucutuc en las cuevas de los tunduques. Las bandadas de patos volando en V, armando y desarmando su forma. Los jotes dibujando a lo alto, círculos concéntricos dejándose caer por el aire y preparándose para cazar. Las hojas plateadas de los álamos oscilando de un lado a otro; la luna color viento.

Las tormentas de piedra migrando hacia el norte, los aviones y las manchas fucsiasverdesanaranjadas apareciendo y desapareciendo en el radar.

Los niños descalzos en bicicleta por la calle terrosa sobre los rieles oxidados de trenes que no vendrán. Las cúpulas del cielo cayéndose a pique por su propio peso…

Abandono; me despido aunque no deje de mirar ese sur al que llegué de polizón como una ortiga chúcara entre otras hierbas, ni de verme montada en un caballo blanco con una estrella negra tatuada en la frente. Guardo para mí el hábito del ir y volver constante con las manos vacías y «este poco de aire movido por los labios, palabras, palabras» como caminos, siempre en busca de algo que se escabulle más allá y que, al fin, cuando lo agarro se deshilacha como una nube de polvo o reaparece, ojalá, en forma de poema.

S. Barrego

Enero-Febrero de 2021.


*La primera parte de esta crónica puede encontrarse en Los cuadernos pueblerinos.

Podcast # 11: María Lucesole

María Lucesole nació en Lobos (Buenos Aires) en 1988. Desde 2006 vive en Capital Federal. Es poeta, profesora de Letras, bibliotecaria, correctora literaria, editora y educadora popular. Codirige la revista de poesía Campotraviesa, que circula en papel desde 2014; y coorganiza el Festival Rural de Poesía de Lobos desde 2016. Publicó la novela corta Irse (Buenos Aires, Campotraviesa, 2011); los libros de poesía:Las plantas verdes de los veranos (Buenos Aires, Tammy Metzler, 2014), El primer color de la noche (Buenos Aires, Nulú bonsai – La fuerza suave, 2015), En todas las cosas la niebla (Paraná, Gigante, 2016), Fui a una manifestación (Invernadero, 2020); y los diarios: Flechas lanzadas desde ninguna parte (Buenos Aires, Lomo, 2017). Algunos de sus poemas fueron traducidos al inglés por Noel Black y publicados en la antología compilada por Alexis Almeida: It’s in the future (Canadá, The Elephants, 2018).
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Los cuatro primeros poemas pertenecen a Las plantas verdes de los veranos, Tammy Metzler, 2014. Los otros dos a Flechas lanzadas desde ninguna parte, Lomo, 2017.

Podcast #8: Agustina Randis

Agustina Randis. No podría definirme en base a nada en particular; ahora ando en varias; a veces me creo escritora. Para largar datos, nací en Mendoza en 1986 y hace un tiempo migré al Estado Español y vivo hace dos años en Valencia. Tengo varios libros publicados por editoriales autogestivas de Mendoza (Babeuf y Carbónico ediciones, entre otras) y, desde que recuerdo, me he autoeditado distintos libritos (además hay algunas cosas on-line: revistapanero.wordpress.com/category/au…s-agustina/). Si les interesa consultar, algunos están en venta. @larreanit (2020).
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«Ya no soporto el misterio de la poesía» pertenece a Poemas de la endo.
«¿Bailamos?» pertenece a Intimo universal.

vista del mercado
de Marrakech
desde la terraza
del hotelito
tanta gente
colores
hierba buena
último día
en Morocco
país de contrastes si los hay
donde los que venden cosas
te dicen
“argentina, como nosotros,
buena gente”
la pobreza simple
la crudeza es simple
personas viviendo



De: Crudos anotados por ahí (Marruecos y Cádiz 2015/16).*

*https://revistapanero.wordpress.com/2016/06/23/crudos-marruecos-cadiz/

Podcast #6: Florencia Ordiz

LA GENERACIÓN DE MI VOZ
Hago lo que puedo
soy de la generación del Polimodal





María Florencia Ordiz. Nació el 15 de mayo de 1987 en Santa Fe. Actriz/Escritora/Gestora Cultural. En 2017 se edita La Octava Pasajera bajo el seudónimo de Amapola Cósmica.
Se encuentra cursando la Tecnicatura en Gestión Cultural en la UNER.
Sus poemas forman parte de las siguientes plaquetas y antologías: Todos quieren ser Michael Myers (La susodicha, 2014) , La Juntada (2018), Banzai! (2018), 2 poemas (Ediciones Arroyo, 2019) y Quedarse acá (2020), Realización colectiva de Escritorxs Feministas.
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«Gativideo»/»Fantasía»/»Guillotina»/»Cruel Kruger»/»Domingo» están en el libro La Octava Pasajera (Editorial el libro de Arena), bajo el seudónimo Amapola Cósmica, 2017. «Street Fighter» está en: 2 poemas (Ediciones Arroyo, 2019).

Podcast # 5: Valeria Cervero

El origen del poema siempre está en la poesía del mundo. Puede vincularse con una imagen, una lectura, un sonido, una palabra que simplemente aparece. Siempre es parte de la lucha contra las borraduras y los límites, por la imposibilidad de silencio. Pero desconozco cómo sucede exactamente. Y supongo que eso hace que el poema sea.

Valeria Cervero

Valeria Cervero nació en 1972 en Buenos Aires, ciudad donde vive. Publicó cadencias (edición de autora, 2011); el libro-álbum escondidas (Ediciones del Eclipse, 2013), en coautoría con la ilustradora Vivi Chaves; el agujero negro de lo dicho (plaqueta) y equilibristas (Colectivo Semilla, 2014); Sin órbitas (El Ojo del Mármol, 2016); madrecitas (Barnacle, 2017); Seres pequeños (Hemisferio Derecho, 2018) y Sibilejo (Editorial Maravilla, 2018). Compiló Poeplas. Antología de poesía argentina para chicos (e-books; vol. 1, Poesía Argentina, 2013; vol. 2, Op. cit, 2017). Desarrolló diversos proyectos de difusión de poesía y crítica, de manera individual y colectiva. Actualmente integra el staff de la revista digital de poesía Op. cit. y coordina Poeplas, ciclo de poesía para las infancias, junto a Vanna Andreini y Florencia Fragasso. Es integrante de Sangría, colectiva feminista contra la violencia machista en el ámbito de la palabra, y de Poetas por el Derecho al Aborto Legal.

Los textos seleccionados corresponden a la primera parte de Ctalamochita, libro que saldrá publicado por editorial Barnacle en junio de 2020.

Podcast #3: Amanda Varín

Estos textos nacen desde el buscar un lugar en la sociedad, desde inquietudes metafísicas, de la reflexión sobre las relaciones lésbicas, libres y desde el análisis político, feminista. Me planteo desde mi diferencia considerando la poesía una buena instancia para incomodar y para dialogar sobre otras realidades.

Amanda Varín

Amanda Varín (Temuco, Chile, 1986). Escritora lesbofeminista. Su seudónimo responde al reconocimiento y homenaje a la escritora Stella Díaz Varín. En el año 2015 publica Crisálidas, poesía e ilustraciones, Ediciones Miau, Concepción. En el año 2018 publica el libro de poemas, Transmutaciones, Ediciones Mujeres de Puño y Letra, Concepción. Sus textos pueden ser encontrados en diversas revistas literarias y antologías de circulación nacional e internacional. Participa en intervenciones poéticas feministas, colectivas, poesía y música, instalaciones poetico visuales como: Poesía peligrosa, Territorio Sitiado y Junio Veinticinco, junto a activistas, músicas y artistas.

Stella es de su primer libro Cisálidas (2015). Octubre 18, es de 2019, inédito. Todos los otros pertenecen a su segundo libro Transmutaciones (2018).

Podcast #1: María Florencia Rúa

En esta primera edición de podcast de La intemperie, nos acompaña María Florencia Rua (Buenos Aires, 1992).* Si acaso una revista de crítica surgida en este territorio requiera una justificación geográfica por el hecho de haber convocado en esta ocasión a una poeta que vive entre Buenos Aires y Santiago de Chile, bueno aquí va…

En la Cordillera de Los Andes los límites bordean las primitivas estancias sin atravesarlas. Hacia el secano se constituyen por el perímetro de las mismas, lo mismo pasa con los caminos y rutas. O sea que la división política de Mendoza (como cualquier división política) es directamente proporcional a la repartija de las tierras. Es más, en la Puel mapu, territorio preexistente a nuestro estado nacional/provincial, la cordillera representa una manera de entender la tierra visible que habita ancestralmente el pueblo nación mapuche, organizada a partir de los puntos cardinales pero sin dividirla.

El gobierno fascista de Piñera ha salido a la calle como si eso para nosotros significara nada, como si no tuviéramos recuerdos todavía sangrando. Para que el fascismo no llegue, debemos ser todos un solo pueblo, una sola América…, escribe el poeta Raúl Zurita. Lejos de romanticismos chauvinistas, apropiaciones culturales (que es extractivismo también) y épicas progresistas, entendemos, como Bakunin, que el Estado es un matadero, un inmenso cementerio; en él van a morir todas las aspiraciones del pueblo y todas las fuerzas vivas del país. No pactamos con eso y este es nuestro gesto poético.

Político.  

Dice Florencia a propósito de un fragmento de su libro La coma (Editorial Elefante,2019): hay una comparación de los héroes de la patria que aprendimos por obligación en el colegio con el héroe de la casa, de los que salen armados a defender símbolos con los padres que sacan escopetas para defender la propiedad privada. Bueno, deben haber otras analogías y lecturas que se me escapan en este momento, pero ahí hay una: en estos días la policía equipada y organizada, defensores de la patria, disparando a los ojos, asesinando, torturando, violando y, por otro lado, los mismos civiles saliendo a proteger sus intereses armados con bates, cuchillos y armas de fuego. Frente a eso, la desobediencia.

Les presentamos una especie de crónica en versos, urgente -en carne viva-a escasos kilómetros de nuestra Republica canalla y en la voz de alguien que no deja de abrir los ojos en señal de asombro por todas las formas de movilización espontánea y organizada del pueblo.

Porque frente a la necropolítica de Estado, nuestra venganza es sobrevivir.

Sobre la autora

María Florencia Rua (Buenos Aires,1992). Escribió y dirigió La noche quieta. Luces mal usadas, su primer poemario, fue publicado dentro de Celofán, antología de poetas jóvenes (La carretilla roja ediciones, 2018) y luego reeditada junto a La conducta del fantasma en España por Editorial Liliputienses. Escribió estos poemas en octubre desde Santiago de Chile, viviendo hace siete meses como migrante, en el contexto de las movilizaciones contra el Estado genocida de Piñera.