A 30 cm del suelo *

Por Pablo Grasso

Yo sé qué va a pasar: todos nos vamos a tener que ver las caras y ejercer la parodia de la escucha sensible por un rato, mientras un silencio de complicidad, algo parecido al hedor unánime que despiden las bestias en las largas noches de invierno, se acomoda plácidamente entre las botellas vacías. Es que somos, creemos ser, seres cultos: criaturas culturizadas. No va a ser ni la primera ni la última vez que repitamos esta rutina algo pava de comedieta seria. Nuestro comportamiento será en todo semejante al de los miembros de una secta incapaces de someterse (aunque sus bajos instintos se los demanden a toda hora y en cualquier lugar) a los dictados de un orden superior. Y no hay rey ni dios ni Estado hegeliano que valgan. Ninguno de nosotros, decía, va a querer inmolarse en nombre de alguna fantasmática deidad repleta de furia, mala leche y desencanto. Jehová, Belcebú, Pound, Mahoma, Juanele, Charles Manson, Pizarnik, el objetivismo, Michaux, Trostky, Lezama, Ramponi, Ludmer, el neobarroco, Sarduy, Bakunin, Carver, Gianuzzi, Barthes, Fogwill, los malditos, Di Benedetto, Neruda, el peronismo, Benjamin, en fin, la literatura misma va a seguir siendo un poster percudido en la pared del cuarto de un adolescente plagado de fobias. Tampoco es que tengamos muchas opciones, ni que estemos en condiciones de negociar una salida menos adversa. Seremos lo que, para bien o para mal, siempre hemos sido: lectores de provincia que habitan, con o sin expectativas vitales, un estercolero huarpe. ¡Un pozo rebosante de melancolía!

Dicen que lo imprescindible para sobrevivir en este valle de lágrimas es contar con cierta capacidad –dosificada en precisas dosis homeopáticas- para hacer bulto. Hacer bulto es una expresión que, según la sapiencia lexicográfica de la RAE, designa la acción de contribuir a dar aspecto concurrido a una reunión por medio de la mera presencia. Hablar a la ligera, entonces, como se ha estado hablando en los últimos meses de un supuesto Canon de la Poesía Mendocina Contemporánea, replicando así el vaciado semántico, la cháchara autocomplaciente en la que suelen incurrir las redes sociales, se parece mucho, tal vez demasiado, a querer hacer bulto dibujando sobre un tablero imaginario una serie de grupúsculos (micro-mafias) litigantes, cuyo único rasgo distintivo sería el peso fatuo, cuando no inexistente, de su monocorde enunciación. Pura vidriera.

En torno a la idea de canon literario orbitan un sinfín de principios, reglas, preconceptos, prejuicios, incoherencias, burradas, equívocos, indecisiones, interferencias, arborescencias, analogías, similitudes, semejanzas, comparaciones, sistematizaciones, reducciones, delirios, traumas, locuras, síndromes, parricidios, filicidios, uxoricidios, incestos, simonías, síntomas, cuadros, diagnósticos, idealismos, romanticismos, pragmatismos, clasicismos, vanguardismos, vedettismos, localismos, provincialismos, verticalismos, maquiavelismos, nepotismos, sindicalizaciones, deserciones, traiciones, hijoputeces, bravuconadas, asonadas, chirinadas, levantamientos, emancipaciones, revoluciones, festines, orgías, patronazgos, festivales, simposios, ferias, invaginaciones, emasculaciones, marranadas, delaciones, violaciones, deformaciones, encarnaciones, resurrecciones, escarnios, falsificaciones, las cuales, a juzgar por la longitud de su historia, recorren un amplio espectro que va desde la justificación en nombre de una indubitable (?) tradición áurea a la necesidad iconoclasta y vindicativa de postular a la juventud, a cualquier tipo de juventud, como único sustrato ético y estético. Como bien afirma el Eclesiastés, nada hay que sorprenda bajo este sol vanidoso.

Se trate de cinco, veintiséis o quinientos siempre serán más los autores que queden afuera de ese selecto Club de Caballeros, como bien lo ha sabido expresar y hasta el cansancio el viejo catecismo de la injusticia genérica. El profesor Gastón Ortiz Bandes estuvo a punto de hablar sobre esto último el miércoles pasado y no lo hizo. ¿Por qué? Habrá tenido sus razones de peso, sus reticencias, digo. Entonces, ¿qué puedo decir yo sobre el canon que no haya sido dicho antes? (¿Cuál es la necesidad de pronunciarme esta noche sobre el particular?¿A quién le importa?) Pues nada. Que se trata de una rancia antigualla clerical; que es una típica herramienta de la derecha cultural aún en momentos en donde se verifica una inversión de signo (+/- progre); que, como gritaba un viejo amigo mientras era expulsado con patoteril entusiasmo de un bar dizque cul-tu-ral, responde a la política de la omnipresente intelligentzia de Yale (y de sus sigilosos y mal pagos epígonos locales); que es una ensoñación nocturna del pope obeso de Harlod Bloom; que es el pretexto masturbatorio de muchos normalistas y de esos elefantes blancos que, enquistados como tumores maléficos en los establos de la Academia, se reúsan a morir con dignidad; que sirve de relleno al vacío crónico de los suplementos culturales de circulación más o menos masiva; que dejó, deja y seguirá dejando afuera de su ámbito hermético y por los siglos de los siglos, amén, a negros, putos, tortas, mujeres, chicanos, indígenas, ateos, locas, travestis, analfabetos, celíacos y otras monstruosidades taxonómicas con que Natura parece haberse ensañado.

Pienso que de ser posible (y deseable) ese canon tendría que tener todos los atributos de una naturaleza mutante, diversa  y totalmente descentrada. Tradición e innovación, el pasado y el presente inmediato destrozándose mutuamente dentro de un círculo de tiza. El canon como figura aglutinante capaz de incorporar, en términos de dinámica viral, especies propias en un ecosistema inestable. Imaginemos por un momento su conformación:

Poesía Oficialista,

Poesía Manflora,

Poesía Incontinente,

Poesía Dominical,

Poesía Oficinista, 

Poesía Vendimial,

Poesía Marginal,

Poesía Yonqui,

Poesía Machista,

Poesía Parroquial,

Poesía Lésbica,

Poesía Pedemontina,

Poesía de Zona Residencial,

Funesta Poesía de la Burocracia,

Poesía de Pensión,

InterPoesía,

Poesía Municipal,

Criptopoesía,

Poesía de la Quinta Columna,

Poesía Pachamamista,

Poesía Republicana,

Poesía Vegana,

Poesía Psiquiatrizada,

Poesía Performista,

Subrayada Poesía con Agenda Propia,

Poesía Asamblearia,

Poesía Eglógica,

Poesía Bascular,

(In)existente Poesía Virtual, 

Poesía Cuentapropista,

Porno Poesía Estacional,

Poesía Cuyana for Export

Neurodivergente Poesía

Poesía Secesionista,

Poesía Carbonizada,

Funambúlica Poesía del Cuyum,

Poesía Feminista,

Poesía de Tupido Velo,

Poesía conicetista,

Poesía Yihadista,

Poesía que, como si se tratara del canto de sirenas cocainómanas, es la Más Maravillosa Música,

Poesía Naturalista/Botánica,

Poesía Pop,

Poesía Trash,

Poesía de a Pie,

Poesía Lefvebrista,

Cuentachiste Poesía,

Femicida Poesía del Espanto,

Poesía Asistencialista,

Poesía a Secas,

Falsa Poesía,

Poesía de Gabinete,

Poesía Post Post de Lo Que sea,

Maximalista Poesía Sin Editor,

Poesía sin Patrón y la lista sigue.

*

El problema reside en que gremializarse en torno a una insensatez (la idea del canon de la poesía mendocina contemporánea, su posibilidad y deseo) es tan poco productivo en términos estéticos como adherir a ese reclamo un tanto fascistoide que llama a los individuos a transpirar la camiseta por algo que, por lo general, se escribe con mayúscula (Dios, Patria, Poesía) y rima, cuando lo hace, con la palabra sangre.

Simplemente, no da.

2015


[*] Intervención leída en el ciclo La posibilidad del nuevo canon de la poesía mendocina contemporánea, organizado por DBR de Pájaros librería Independiente en mayo de 2015. Durante varias semanas, los lectores, reunidos en un diminuto restorán vegetariano de Godoy Cruz, postularon las obras de distintos autorxs para que ingresaran a esa bizarra dimensión del canon local. Evento pintoresco si lo hubo y del cual desconocemos si quedó algún registro audiovisual. Publicada por primera vez en Mdz on-line y luego con variaciones en La preguerra (Babeuf, 2016), La intemperie Mendoza la recupera ahora como un claro ejemplo de fósil idiosincrático de una época.

Podcast #8: Agustina Randis

Agustina Randis. No podría definirme en base a nada en particular; ahora ando en varias; a veces me creo escritora. Para largar datos, nací en Mendoza en 1986 y hace un tiempo migré al Estado Español y vivo hace dos años en Valencia. Tengo varios libros publicados por editoriales autogestivas de Mendoza (Babeuf y Carbónico ediciones, entre otras) y, desde que recuerdo, me he autoeditado distintos libritos (además hay algunas cosas on-line: revistapanero.wordpress.com/category/au…s-agustina/). Si les interesa consultar, algunos están en venta. @larreanit (2020).
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«Ya no soporto el misterio de la poesía» pertenece a Poemas de la endo.
«¿Bailamos?» pertenece a Intimo universal.

vista del mercado
de Marrakech
desde la terraza
del hotelito
tanta gente
colores
hierba buena
último día
en Morocco
país de contrastes si los hay
donde los que venden cosas
te dicen
“argentina, como nosotros,
buena gente”
la pobreza simple
la crudeza es simple
personas viviendo



De: Crudos anotados por ahí (Marruecos y Cádiz 2015/16).*

*https://revistapanero.wordpress.com/2016/06/23/crudos-marruecos-cadiz/