A 30 cm del suelo *

Por Pablo Grasso

Yo sé qué va a pasar: todos nos vamos a tener que ver las caras y ejercer la parodia de la escucha sensible por un rato, mientras un silencio de complicidad, algo parecido al hedor unánime que despiden las bestias en las largas noches de invierno, se acomoda plácidamente entre las botellas vacías. Es que somos, creemos ser, seres cultos: criaturas culturizadas. No va a ser ni la primera ni la última vez que repitamos esta rutina algo pava de comedieta seria. Nuestro comportamiento será en todo semejante al de los miembros de una secta incapaces de someterse (aunque sus bajos instintos se los demanden a toda hora y en cualquier lugar) a los dictados de un orden superior. Y no hay rey ni dios ni Estado hegeliano que valgan. Ninguno de nosotros, decía, va a querer inmolarse en nombre de alguna fantasmática deidad repleta de furia, mala leche y desencanto. Jehová, Belcebú, Pound, Mahoma, Juanele, Charles Manson, Pizarnik, el objetivismo, Michaux, Trostky, Lezama, Ramponi, Ludmer, el neobarroco, Sarduy, Bakunin, Carver, Gianuzzi, Barthes, Fogwill, los malditos, Di Benedetto, Neruda, el peronismo, Benjamin, en fin, la literatura misma va a seguir siendo un poster percudido en la pared del cuarto de un adolescente plagado de fobias. Tampoco es que tengamos muchas opciones, ni que estemos en condiciones de negociar una salida menos adversa. Seremos lo que, para bien o para mal, siempre hemos sido: lectores de provincia que habitan, con o sin expectativas vitales, un estercolero huarpe. ¡Un pozo rebosante de melancolía!

Dicen que lo imprescindible para sobrevivir en este valle de lágrimas es contar con cierta capacidad –dosificada en precisas dosis homeopáticas- para hacer bulto. Hacer bulto es una expresión que, según la sapiencia lexicográfica de la RAE, designa la acción de contribuir a dar aspecto concurrido a una reunión por medio de la mera presencia. Hablar a la ligera, entonces, como se ha estado hablando en los últimos meses de un supuesto Canon de la Poesía Mendocina Contemporánea, replicando así el vaciado semántico, la cháchara autocomplaciente en la que suelen incurrir las redes sociales, se parece mucho, tal vez demasiado, a querer hacer bulto dibujando sobre un tablero imaginario una serie de grupúsculos (micro-mafias) litigantes, cuyo único rasgo distintivo sería el peso fatuo, cuando no inexistente, de su monocorde enunciación. Pura vidriera.

En torno a la idea de canon literario orbitan un sinfín de principios, reglas, preconceptos, prejuicios, incoherencias, burradas, equívocos, indecisiones, interferencias, arborescencias, analogías, similitudes, semejanzas, comparaciones, sistematizaciones, reducciones, delirios, traumas, locuras, síndromes, parricidios, filicidios, uxoricidios, incestos, simonías, síntomas, cuadros, diagnósticos, idealismos, romanticismos, pragmatismos, clasicismos, vanguardismos, vedettismos, localismos, provincialismos, verticalismos, maquiavelismos, nepotismos, sindicalizaciones, deserciones, traiciones, hijoputeces, bravuconadas, asonadas, chirinadas, levantamientos, emancipaciones, revoluciones, festines, orgías, patronazgos, festivales, simposios, ferias, invaginaciones, emasculaciones, marranadas, delaciones, violaciones, deformaciones, encarnaciones, resurrecciones, escarnios, falsificaciones, las cuales, a juzgar por la longitud de su historia, recorren un amplio espectro que va desde la justificación en nombre de una indubitable (?) tradición áurea a la necesidad iconoclasta y vindicativa de postular a la juventud, a cualquier tipo de juventud, como único sustrato ético y estético. Como bien afirma el Eclesiastés, nada hay que sorprenda bajo este sol vanidoso.

Se trate de cinco, veintiséis o quinientos siempre serán más los autores que queden afuera de ese selecto Club de Caballeros, como bien lo ha sabido expresar y hasta el cansancio el viejo catecismo de la injusticia genérica. El profesor Gastón Ortiz Bandes estuvo a punto de hablar sobre esto último el miércoles pasado y no lo hizo. ¿Por qué? Habrá tenido sus razones de peso, sus reticencias, digo. Entonces, ¿qué puedo decir yo sobre el canon que no haya sido dicho antes? (¿Cuál es la necesidad de pronunciarme esta noche sobre el particular?¿A quién le importa?) Pues nada. Que se trata de una rancia antigualla clerical; que es una típica herramienta de la derecha cultural aún en momentos en donde se verifica una inversión de signo (+/- progre); que, como gritaba un viejo amigo mientras era expulsado con patoteril entusiasmo de un bar dizque cul-tu-ral, responde a la política de la omnipresente intelligentzia de Yale (y de sus sigilosos y mal pagos epígonos locales); que es una ensoñación nocturna del pope obeso de Harlod Bloom; que es el pretexto masturbatorio de muchos normalistas y de esos elefantes blancos que, enquistados como tumores maléficos en los establos de la Academia, se reúsan a morir con dignidad; que sirve de relleno al vacío crónico de los suplementos culturales de circulación más o menos masiva; que dejó, deja y seguirá dejando afuera de su ámbito hermético y por los siglos de los siglos, amén, a negros, putos, tortas, mujeres, chicanos, indígenas, ateos, locas, travestis, analfabetos, celíacos y otras monstruosidades taxonómicas con que Natura parece haberse ensañado.

Pienso que de ser posible (y deseable) ese canon tendría que tener todos los atributos de una naturaleza mutante, diversa  y totalmente descentrada. Tradición e innovación, el pasado y el presente inmediato destrozándose mutuamente dentro de un círculo de tiza. El canon como figura aglutinante capaz de incorporar, en términos de dinámica viral, especies propias en un ecosistema inestable. Imaginemos por un momento su conformación:

Poesía Oficialista,

Poesía Manflora,

Poesía Incontinente,

Poesía Dominical,

Poesía Oficinista, 

Poesía Vendimial,

Poesía Marginal,

Poesía Yonqui,

Poesía Machista,

Poesía Parroquial,

Poesía Lésbica,

Poesía Pedemontina,

Poesía de Zona Residencial,

Funesta Poesía de la Burocracia,

Poesía de Pensión,

InterPoesía,

Poesía Municipal,

Criptopoesía,

Poesía de la Quinta Columna,

Poesía Pachamamista,

Poesía Republicana,

Poesía Vegana,

Poesía Psiquiatrizada,

Poesía Performista,

Subrayada Poesía con Agenda Propia,

Poesía Asamblearia,

Poesía Eglógica,

Poesía Bascular,

(In)existente Poesía Virtual, 

Poesía Cuentapropista,

Porno Poesía Estacional,

Poesía Cuyana for Export

Neurodivergente Poesía

Poesía Secesionista,

Poesía Carbonizada,

Funambúlica Poesía del Cuyum,

Poesía Feminista,

Poesía de Tupido Velo,

Poesía conicetista,

Poesía Yihadista,

Poesía que, como si se tratara del canto de sirenas cocainómanas, es la Más Maravillosa Música,

Poesía Naturalista/Botánica,

Poesía Pop,

Poesía Trash,

Poesía de a Pie,

Poesía Lefvebrista,

Cuentachiste Poesía,

Femicida Poesía del Espanto,

Poesía Asistencialista,

Poesía a Secas,

Falsa Poesía,

Poesía de Gabinete,

Poesía Post Post de Lo Que sea,

Maximalista Poesía Sin Editor,

Poesía sin Patrón y la lista sigue.

*

El problema reside en que gremializarse en torno a una insensatez (la idea del canon de la poesía mendocina contemporánea, su posibilidad y deseo) es tan poco productivo en términos estéticos como adherir a ese reclamo un tanto fascistoide que llama a los individuos a transpirar la camiseta por algo que, por lo general, se escribe con mayúscula (Dios, Patria, Poesía) y rima, cuando lo hace, con la palabra sangre.

Simplemente, no da.

2015


[*] Intervención leída en el ciclo La posibilidad del nuevo canon de la poesía mendocina contemporánea, organizado por DBR de Pájaros librería Independiente en mayo de 2015. Durante varias semanas, los lectores, reunidos en un diminuto restorán vegetariano de Godoy Cruz, postularon las obras de distintos autorxs para que ingresaran a esa bizarra dimensión del canon local. Evento pintoresco si lo hubo y del cual desconocemos si quedó algún registro audiovisual. Publicada por primera vez en Mdz on-line y luego con variaciones en La preguerra (Babeuf, 2016), La intemperie Mendoza la recupera ahora como un claro ejemplo de fósil idiosincrático de una época.

Caballos blancos de humo[1]

Por Pablo Grasso

Como un recuerdo que fuera –entonces- mera pompa y circunstancia. Como un recordar circunstancial, por otra parte nada pomposo de aquellas horas perdidas con la que ahora no dudaré en llamar la Dotación Efímera (el pecador o alto fantoche de siempre tropieza con esa singularísima piedra: la doctrina vertical de lo acontecido mientras enhebra las distintas modulaciones de su pasado). Aquella Dotación Efímera, decía, que, atravesada de amhor y horror químicos, desapareció sin dejar rastros por horas días semanas meses años para ya no, nunca más.

Nunca más.

No

VOLVER.

(Me dicen que no es por el lado de la rememoración que debo comenzar este hibridaje genérico. Que en el corazón delator y veleidoso, por añadidura buchón y por eso mismo amargo del Lector -mi hermano, mi asesino-, me perderé hasta quedar hundido, palito huacho sin redención posible, en el agua negra del ayer, ay, tan sin fin.)

Entonces…

La Sesión

Recuerdo sí… estar acostado bocabajo sobre un colchón con olor a espermicida mientras las luces de la habitación se derramaban en rápidas y vehementes franjas verticales… Rojas, azules y amarillas, las luces: un espectro más bien hermético –¡Il Diávolo!- acuchillando gradualmente los puntos cardinales.

(Recuerdo) una lámpara de escritorio pequeña girando frenética como una bola de espejos inmensa al ritmo abracadabrante de Egberto Gismonti (todo este recordar, me digo, es casi casi imposible [me repito]: todo se clausura en una imposibilidad o vía muerta que termina deformando la experiencia en sí: su elemental muesca evanescente). Falsa alarma: los Patrulleros del Terror de la Cuarta Sección (nebulosa, nebulosa) titilaban vehementes dentro de la pantalla del televisor –un adentro adentrado, como si se tratara del interior polarizado de una hipodérmica-.

/Corte/

Sonidos y colores, texturas y patrones insólitos yuxtaponiéndose como realidades tangibles a los cuerpos de los otros psiconautas (llamémosles X y Z de aquí en adelante) que, al igual que un servidor, estaban dando sus primeros pasos –atolondradamente ensoñados– por esos fríos andurriales de la quetamina (en ese momento me vinieron a la memoria, no, miento: ahora brotan aggiornados en tropel –of course- los chutódromos edimburgueses de Irvine Welsh o los aguantaderos inmunodeficientes de José Sbarra y me quedé, me quedo -me quedaré- pensando en la naturaleza moral de mis actos pero no mucho: a veces se puede vivir –eh- sin pensar).

Pero sigamos la estela pespunteada del Texto que, en su desvelo (que es su penar y perdición), aúlla, aúlla:

¡ump…!

¡cat valium…!

¡honey oil…!

¡jet…!

¡K…!

¡la K Especial…!

¡la Keta…!

¡kit kat…!

¡special la coke…!

¡super ácido…!

¡super C…!

¡vitamina K…!

Recuerdo el balde verde (¿o era azul?) que tenía adelante por si se me ocurría vomitar (una sombra del tipo sabiduría práctica operativa ante las catástrofes innominadas y por eso mismo vigílica en su actitud se ocuparía de auxiliarnos en el caso extremo de dar una vuelta de campana y bron-co-as-pi-rar; sobran ejemplos en el ejército de cadáveres perfumados).

Recuerdo el nenúfar rosado que flotaba justo en el centro del hoyo-K (no hay ironía alguna en esto). Lo estoy viendo como si ocurriera ahora mismo: Mi rostro descompuesto en una serie de círculos concéntricosdentados al ritmo de una pura conmoción sinestésica. ¡Era el Alfa y la Omega del Supremo Agujero!… ¡Mi gran Noche Obscura cercada por gusanos alfabetizados!… ¡Señor!… ¡La de vomitonas jupiterinas que escuché! ¡Dodecafónicas! […] Labios, nariz, cejas, pómulos, ojos y orejas, en fin, toda la mampostería facial se licuaba en un proceso de intensidad creciente; estaba arrojado –o eso creía- al voraz engranaje transformador de la materia. Era un trozo de carne anestesiada que, aguas ¿aéreas? abajo, devendría sangre, sudor y semen: un charco rebosante de información genética. Un asco (redundante).

Recuerdo cómo X (en esa versión de sí aún se autopercibía como chicachico, o sea, antes, minutos previos de declararse urbi et orbi y a rajatabla cactusmalvón) no dejaba de ponderar las virtudes salutíferas del agua que brotaba del desierto más sin especificar si este último se trataba de un desierto real o de uno metafísico tramado en la paz y el retiro (luego de ciertas derivas que involucraron el uso recreativo sapiencial de la mescalina [Echinopsis terscheckii], la pscilocibina [Psylocybe Cubensis], el DXM [dextrometorfano] y el cébil [Anadenanthera colubrina], entre otros poderosos psicoactivos, comprendí  –si la palabra es adecuada en este contexto- que no importaba mucho la diferencia y que acaso se trataba de un mismo e inabarcable desierto del tamaño –esto último es relativo- de la habitación). [2]

Así decía X: “agua poderosssssssa”, seguido de “desssssssierto”, y al darle un énfasis sibilante a sus palabras, el ambiguo ser progre que había conocido en la Facultad de Filosofía y Letras se transformaba en el acto en un roedor atemorizado ante el reflejo amplificado de la aguja en mis pupilas… ¡Qué bello error!

Mi yo drogado entendía lo que quería decirme aunque para eso tuviera que realizar una verdadera proeza hermenéutica (el discurso que acompaña a ciertas drogas, querido lector, suele ser totalmente inarticulado, semejante a una neo-lengua al uso para primates y siempre hay alguien que asume los fueros enigmáticos de la Esfinge).

Y la estela del Texto pespunteado que aullaba, aullaba…

/Corte/

Unas pocas horas después quise dar testimonio de ese salir de mí y no pude (todos se habían ido, me refiero a X, Z y a la sombra vigílica, dejando en la habitación un desastre digno de lástima: vidrios rotos, velas, algodones,  agujas, instrumentos musicales, tucas, botellas, libros, cidís, preservativos, comida, etc.). Me temblaban las manos y mis pensamientos, si es que los tuve y llegaron a buen puerto, parecían inmensos bloques de yeso desprendiéndose de un oscuro cielorraso. (¡Mi reino anestesiado por un solo enunciado cabal!) Lo único que pude rescatar de todo esto fue una tentativa de prosa estrangulada de cuyo título, ahora, no quiero acordarme.[3]

(P)astillas

Alcanzar un lenguaje de alucinación, hecho de capas, de experiencias de lectura, que no tienen que ver con la erudición sino con un itinerario oscuro de escritores y de vidas quizás desesperadas y atractivas, sin importar el canon ni la respetabilidad pero sí el universo y su energía doméstica.

Sergio Taglia[4]

Sucede: siempre hay algo en otro lado que uno quisiera alcanzar, llámese deseo, sabiduría o, por rizar el rizo elegantemente, Revelación (escribí revolución pero ignoro por qué motivos se borró). Es que, rimbaudianamente hablando, la verdad o sus sustitutos -sus ersetzt pauperizados en palabras del purista que nunca falta-, la vida o su complejo sistema de flujos, el envés o el revés de lo que consideramos real, está en Otra Parte. Por eso la literatura (al menos aquella que me interesa) parece estar atravesada de punta a punta por una melancolía sin fondo desde el momento mismo en que plantea un imposible: insuflarle a las palabras toda la belleza pero también todo el pánico & la locura & la sensualidad caleidoscópica que subyace a esos rarificados estados de la conciencia.

Lo que queda siempre es un resto, un detritus vivencial que se adhiere a la piel como el cansancio después de una prolongada huida. Como Henri Michaux supo muy bien explicar: “todo psiconauta sabe que en la experiencia psicodélica no es todo miel, per aspera ad  astra, el mal viaje es parte esencial de la experiencia, fundamental para la catarsis: el psiconauta como el poeta también viaja al inframundo.” 

Y es probable que sólo la poesía o la música sean capaces de captar ese salir de sí que, en palabras de Néstor Perlongher, “pulveriza el ego logoegocéntrico llevándonos por los más intrincados senderos del follaje lingual”.[…] Esa suerte de supernova flamígera en constante expansión hacia las zonas desconocidas de la mente humana y sin la cual la vida, como el infierno ilimitado de Marlowe, sería una pesadilla concentracionaria.

Un matadero hiperconectado.

Tomando como base el concepto de esquizofrenia experimental que Michaux utilizó para explicar ciertas “desintegraciones del ser” ocurridas durante sus trances lisérgicos en México y Ecuador, comencé a rastrear las obras de autores mendocinos que, a veces de manera explícita y otras tangencial o francamente timorata, abordaron la temática, configurando así una tradición (?) lumpen –con conducta, como diría Néstor Sánchez- de alto potencial visionario. Roberto Abelardo Vázquez, Leonardo Feldman Gracia, Claudio Rosales, Gastón Ortiz Bandes, Pablo Arabena, Dario Zangrandi, Sol Muñoz, María García, entre otrxs, fueron sumando sus distintos cromatismos a la variopinta secuencia (ver al final del texto). Por detrás y por debajo llevaba conmigo la ristra alucinada de Artaud, De Quincey y Miguel Ángel Bustos a modo de copilotos sobremedicados.

Sí. Aún hoy sigue siendo un tema tabú para autores, lectores y críticos locales hablar de una conjunción productiva entre drogas y poesía, psicodelia y literatura a secas. La mayoría desmerece de plano el planteamiento o huye despavorido como si el rabo del mismísimo Señor de las Tinieblas se insinuara bajo la sotana. Me consta que la amenaza de terminar vistiendo el sambenito escrachante del apologeta, del decadente, del náufrago noventoso y, lo que es peor, del transa es real. Poco importa si algunas de estas búsquedas y extravíos poéticos se cuentan entre lo más auténtico y arriesgado, por el espesor político y la tensión de cara al lenguaje que plantean, de la poesía mendocina contemporánea.

Como siempre lo más fácil será llamar al patrullero. 

Archipiélago Sur,

2017/2020


XIV

Flores amarillas bajan entre la luz del sol y la sombra de los árboles

A las 15:30 del sábado la alameda es el lugar perfecto para un drogadicto

O para alguien que desea sin ambición y goce de su propia imposibilidad

Es un lugar hermoso porque bajan flores amarillas del cielo

Bajan como si perder fuera delicioso y nos sentimos acompañados

Porque algo se escapa de lo enorme y robusto de los árboles

Y bajan como recuerdos o fotos de algo que hemos amado

En un viaje interior de maravilla dentro del misterio.

(Arabena, Pablo. Intoxicaciones, Babeuf, Mendoza, 2015)

*

1.2. Rebis/Libre

willka sube cabeza dientes de puma

mi carne será rica y fresca; mis huesos harán brillo siempre

soy un pequeño tambor, quien me toca

practica el sonido eleva el vacío

y la ausencia en una entidad

impalpable.

en mi mente retumba la willka

enternece mi corazón el achuma

inspecciona el mortero la araña

no tengo deudas,

escucho y reparto el mazo

fuera de uno: todo absolutamente

(García, María. Apertura de Primer Cuarto: la naturaleza de las cosas, Anti ediciones, Mendoza, 2014.)

*

Visión felínica

Luna llena, espejo del cazador:

refleja los sentidos en la imagen presa.

En el rio, vemos al puma sediento

salpicarse de imágenes

y vestirse de rugidos.

Los sentidos se deshacen

en sensación felínica.

Felino al acecho ¡ah! ¡chuma!

de todo lo que pasa fuera y dentro

¡ah! ¡chuma! baño vaporoso

de inextricables manchas.

Los cerros son el perfil

de la palabra ¡achuma!

arco estirado, contorno

del lomo del puma.

(Feldman Gracia, Leonardo. Achuma y otros poemas. Edición de autor, Perú, 2006.)

*

dirty joker

soliviante mañana de porcelana

filmada en vórtices

balanceo de bólidos

en la helada hilera

el cadáver estorboso

danza danzando ahí

tras volutas la mueca

del joven peruano arrebatador

desplazamiento de autos

titilar descangallador del sol

envuelto en nubes

danza ahí

danza espíritu santo

con ese bizque melancólico

deshojando ventiladores

hologramas pifian en el agite

filmación de un vago enroscado

un receptor de la pérdida

los procesos de su mente registrados

con esa doble sombra

de joya mareada envuelta en lo resbaloso

campos de ajo

riestras secas deshojándose y cayendo

hologramas de perfumes

tras disparatada carrera

espantapájaros en secos cañaverales

desgarrado y remendado

envuelto en cazcarria

con esta doble mañana

metiendo chispas

film en 16 milímetros. doble imagen del lobo lobando

reflectoras gotas encandilando

golondrinas muertas.

(Rosales, Claudio. Pelotas Coloradas, edición de autor, Mendoza, 2002.)

*

HAS probado el fruto prohibido.

Y un rock relampagueante está despertando a la serpiente

encadenada a tu columna vertebral.

Has probado el fruto prohibido en la Tierra.

Y la espiral iridiscente estremece tu cuerpo en anillos

que se desprenden y giran y giran y…

Todas tus vidas están reunidas alrededor del fuego

sagrado.

Ese círculo gira y se eleva en una calesita de dorados

dragones drogados.

La serpiente ardiente se está desenroscando en una

helicoide de colores.

Es una llave ondulando en el secreto del Paraíso.

Ahora comprendes porque está prohibido: ninguna razón

puede gobernar lo que no tiene límites.

La llave está cascabeleando en el monasterio de la

adormidera de oro.

Donde la música se dilata en salones de espacios

fosforescentes.

Todos los mundos te esperan en este.

La puerta hacia el infinito se abre y tu cuerpo se

derrama en la brisa de oro.

La serpiente ígnea se desenreda del árbol de cristal.

(Vázquez, Roberto Abelardo. El extraño y su éxtasis. Ed. Carmina, Mendoza, 1984.)

*

[1] Con ilustraciones de Camila Randis, la primera versión de este texto apareció en el N°2 de El viajero indeciso (Ediciones Culturales de Mendoza, 2017). El feteado que hoy publicamos constituye de alguna manera la explicitación (vale decir: la puesta en palabras y en forma) del alejamiento de cierto imaginario que, por recurrente y melancólico, ha determinado, para bien o para mal, mi escritura. Sabido es que todo “tomarse un tiempo” lleva en sí la amenaza latente de una separación irremediable. Hay quienes ven en esto último el germen de una libertad agazapada.

[2] Lo que puede el Cuerpo, sí, y la Metáfora.

[3] Umbral (una memoria). Mendoza: Carbónico ediciones, 2010. Versión on line: https://es.calameo.com/books/0022186230eb699bbb15e

[4] https://revistapanero.wordpress.com/2016/05/23/alucinacion-1/amp/

Las humildes ganancias del no *

Sobre la experiencia de concurrir a algunos ciclos de lectura de poesía vernácula

Por Pablo Grasso

TOMÉ una decisión importantísima con algo que atañe exclusivamente a mi salud mental: en los próximos meses dejaré de concurrir a cuanto recital poético, evento literario o presentación de libro nuevo sea invitado, personal o virtualmente, por vía telepática o intermediación directa del mismísimo Paracleto. Y aunque la mayoría se lleven a cabo bajo condiciones de higiene moral intachables (por cierto, algo muy difícil de corroborar), diré que no, que gracias, que ya pasaron mis quince minutos de exposición gloriosa y que, como el héroe procrastinandor de Melville, preferiría no hacerlo. O hacerlo -prolongando, por el solo deseo de ver caer la Farsa, justamente ese hacer- hasta agotar las calendas griegas que es como decir nunca. ¡Entre tanto plumaje lleno de glitter, entre tanta testa achicharrada por la furia profética de la Musa, nadie notará mi ausencia! ¡Y yo de lo más feliz!

Incluso

Es una de esas medidas drásticas, urgentes, casi in extremis, ante la aparición inminente de una náusea capaz de barrer, con una furia digna de mejores causas, los diques interpersonales erigidos en nombre del contrato social. Ese que prohíbe a los ciudadanos probos de una sociedad moderna, a los consumidores biliosos de objetos culturales, coserse a cuchilladas por cualquier bagatela más o menos importante… Como venía diciendo: he decidido desensillar hasta que aclare y hacer termópilas de mi covacha. ¿Y eso por qué, se preguntará el lector desprevenido? Razones hay muchas y como esta soledad resulta propicia para todo tipo de lucubraciones, bueno, ahí voy y que el espíritu atrabiliario de Ignacio B. Anzoátegui, azote magnánimo, me asista. Total, estamos en retirada y ya nadie lee nada, ni se entusiasma siquiera con la idea de interpretar de forma original los signos premonitorios que, como las extremidades de la mítica culebrilla, vienen cercando al campo literario local.

Despegue

Desde muy joven participé como oyente y lector, esto es, al mismo tiempo como víctima y victimario, en revistas, fanzines, blogs, festivales, ciclos de lectura, programas radiales, ferias del libro estatales e independientes, varietés y otras formas de circulación de la palabra escrita. Fui un engranaje más girando dentro de una modestísima maquinaria libresca, propulsada por esa mezcla de voluntarismo y desesperación de baja intensidad tan típicamente mendocina. Se dirá: berretines que adopta un autor del interior para mostrar su trabajo y no quedar encallado en la muelle confortabilidad del ego (que es la muerte en vida, una denegación vital). Sí, y algo más: formas, modos –manieras– de encarar un tipo de supervivencia al margen de la cultura oficial.

Como a casi todos los que nos dedicamos, con mayor o menor fortuna, a esa extraña calistenia que constituye el acto solitario de escribir, la adolescencia trajo consigo el descubrimiento de la poesía (que en mi caso particular, y luego de vincularme con algunos de lxs poetas de la Escuela de la Alameda, constituyó una verdadera introducción a la crítica literaria). Eso me arrojó a una pesquisa milimétrica por las anfractuosidades de la lengua, decisiva para la construcción de mi autonomía como lector. A partir de ahí podría decirse que saqué chapa de discapacidad frente al universo pragmático. Fui, para mi familia y mis amigos más cercanos, el Idiota que leía Poesía.

Desapego

Con el correr del tiempo y, sobre todo, a lo largo del proceloso 2017, quedó en evidencia que mi vínculo con los modos de socialización de la literatura local (en especial con la puesta en escena de cierta poesía) había llegado a un callejón sin salida. Más que eso: ¡Estaba empantanado!

Asqueado, aburrido y lleno de una ubicua sensación de culpabilidad por haber incurrido en un sinfín estupideces extraliterarias -la marca de estilo, aseguran, de todo una generación de escritores, varones y no-, comencé a hacerme una serie de preguntas sin la más mínima esperanza de hallar respuesta: ¿Por qué motivos se leen textos propios ante un público equis?¿Por qué razón alguien da por sentado que será escuchado? (¿Tienen algo en común el comportamiento en los recitales de poesía y las normas de etiqueta?) ¿Es condición sine qua non de la práctica autoral el autobombo, la proclamación estentórea de los propios méritos desde la solapas del libro o desde los distintos perfiles que la comunicación virtual permite?¿Es directamente proporcional el tiempo y el talento invertidos en la profesionalización de lx autorxs a los méritos, digamos, intrínsecos de sus obras? 

Menos interrogantes debió resolver Edipo y así le fue.

Porque una cosa es estar inmerso en el viaje de tal o cual propuesta poética, y otra muy diferente encontrarse abrumado por la superchería totalitaria de la performance (claro que existen excepciones y estas hablan por sí solas). Voces salidas de la bruma de las redes sociales que, en la mayoría de los casos, confunden la escritura literaria con la simple redacción, la construcción de un poema con el amontonamiento indiscriminado de palabras hasta lograr la tersa, arquetípica “silueta” de una estrofa. Y a todo eso se suma un pandemónium de intenciones políticas que van de los feminismos al ecologismo, del antiespecismo al anarquismo (en todos sus andariveles) y que, más allá de su indiscutible legitimidad, terminan revelando muchas veces una debilidad teórica funcional a aquello que con tanto ahínco dicen combatir. Por no mencionar esa suerte de malditismo acuyanado drogado de testosterona, más preocupado en encastrar en la mitología bolañesca que en abandonarse a una auténtica aventura poética. 

Puro humo.

Hoy, a poco de iniciarse el 2018, ignoro cómo terminará esta cura de desintoxicación. Supongo que la mejor forma de volver a presenciar un recital de poesía, humilde y con la risa negativa presta al menor estímulo, será dejar que el lírico Procusto se ahogue una vez más en su propia y rencorosa mierda.

Archipiélago Sur,

 2017/2018/2019…



* Texto aparecido por primera vez en la revista El Viajero Indeciso y recuperado por La fanzinera del sur bajo el título de Tres ensayos castrados (2019).


El túnel de los milagros

                                                                                                              Por Pablo Grasso

Resulta que acabo de dejarte en una Terminal de Ómnibus en pleno trabajo de remodelación, y además corre un viento zonda de esos que uno quisiera arrojar a los ojos del enemigo para aumentar aún más su suplicio. Puro polvo, ruido y malestar fisiológico. ¡Pura maldad meteorológica! ¡Este estercolero hipervigilado se ha vuelto un calvario! ¡No da para más!

Visto desde un estricto cromatismo lumpen, el horizonte circundante contiene elementos que van del celeste al naranja mezclándose con un amarillo solar con algunas vetas de color “alita de pollo”. Una especie de visión àlla Joseph Turner al borde de la deshidratación (si esta fuera una crónica seria, pulida, la imagen debería haber encabezado el párrafo, o casi). De todas maneras estoy tranquilo: sé que llegarás a tu destino porque, después de todo, a algún lugar hay que llegar, ¿no?

Enter

Ha sido un día difícil y encima tengo que entregar una nota rápido.[1] Demás está decir que sigo con ese berretín de que lo mío es la “escritura”, la “anomalía escritural”, el “rejunte cifrado” de conceptos y citas. Papeluchos de corta tirada y ningún lector: una anti-literatura, como supo afirmar cierto poeta candidato al escrache vitalicio. Por eso debo buscar un tema o tópico, algo que a la vez sea sencillo y me ayude a salir del paso. Pienso, y en esto no soy nada original, que las terminales de ómnibus con su cuota de melancolía portátil, los aeropuertos con su fragilidad latente, podrían ser un buen tema: un TEMA de fondo. O el amor con sus ausencias, presencias y evanescentes posibilidades (por tierra, aire y mar) que tanta literatura ha generado a lo largo de los siglos. Se sabe: las despedidas en las terminales, los aeropuertos y los puertos siempre amenazan con ser definitivas, totales. Como los cortes en los brazos del suicida  –¡ay, Alejandra!-, aunque sobre ellos se puedan tatuar diseños de Pronto Olvido y seguir como si nada…

Entonces

Entonces decido atravesar los remolinos de viento caliente, polvo y mugre, y meterme en el túnel de acceso a la Terminal. Para mí ese lugar posee cierta cualidad exótica, como si se tratara de una dimensión alternativa habitada por personajes de todo tipo y procedencia. Joyeros subsaharianos, heladeros, cafeteros peruanos, vendedores de talco, sándwiches de milanesa, ropa, auriculares y caballitos de plástico; adictos en recuperación ofreciendo calendarios; evangélicos de traje y corbata flanqueados por sus cebos paradisíacos en forma de banners; borrachines místicos que –todavía- esperan ver pasar serpenteando al río imaginado por Sergio Taglia; criptotapiteros, pungas, mecheras; mochileros holandeses; obreros de la construcción; profetas de megáfono en mano; músicos callejeros y enfermeras montadas en coturnos sintéticos junto a la presencia cada vez más ominosa de la Gendarmería.

Es que el tema del túnel da para todo y hasta puede que inspire a bisoños escritores locales a incursionar en el género fantástico (por ejemplo, alguien entra en el túnel y se ve evacuado en, pongamos, Helsinki). Algo que la SADE local no debería dejar de capitalizar. Incluso conozco a un par de amigues que tienen cierta aprensión de demorarse en el túnel porque allí abajo –dicen- un minuto puede llegar a decuplicarse, por lo que resulta imposible no evocar la escena de Irreversible donde Mónica Bellucci es salvajemente violada por un malviviente apodado La Tenia. Por suerte muches de elles, como les rabioses heroínes de Ika Fonseca Ripoll, van armades con una tijera modificada y nadie que yo conozca osaría enfrentarlas. Y lo digo en serio. [2]

Último tramo

Atravesé el túnel como flotando en una atmósfera enrarecida. La música cuartetera me llegaba en rachas sincopadas y, desde el fondo del semicírculo, una luminosidad extraña parecía devorar el contorno de las cosas. Juguetes, pantalones, cinturones de cuero y pañales eran una sola y marmolada extensión. ¿Dónde estaba realmente? ¿Había descendido cuántos metros con respecto al nivel de la calle? ¿Qué había pasado desde el momento en que bajé por la escalera y me detuve a revisar un mensaje de wassap? ¿Hacía cuánto tiempo que te había dejado en la plataforma de la Terminal para que realizaras tu gira alvearense? ¿Nos despedimos ese mediodía? ¿Era el fin de algo? ¿O un comienzo sin atenuantes? ¿Este es, en definitiva, el costo que se paga por militar sin profilaxis en el Partido Sinestésico? ¿Una aberración perceptiva? ¿Un descolocamiento que las palabras no atinan a corregir?

No sé por qué, pero toda la situación me hizo acordar a Marruecos (1951), el libro póstumo de Alfredo R. Bufano, y en particular a un poema titulado Calle de Mohamed Hesain. Lo copio como lo recuerdo:

Moros de todo linaje,

chilabas de lino albar,

feces de purpura viva,

honda blancura espectral.

Un viento de lueñes

tañe en la tarde su “erbab”.

Al salir del túnel la realidad dio por el suelo con mi exceso imaginativo. El viento, el calor, el ruido, tu ausencia y los patrulleros, todavía estaban ahí.

Archipiélago Sur, 2018.



[1] Esta crónica iba a ser publicada originariamente en la sección República Canalla de la revista mensual El Viajero indeciso, de Ediciones Culturales de Mendoza. Por otra parte, algunos testigos afirman que la Terminal del Sol está siendo remodelada.

[2] Durante muchos años soñé con ese túnel:  mi cuerpo despedazado era llevado en una camilla junto al protagonista de Los Gritos del silencio, de Roland Joffé; la guerra en la película transcurre en Vietnam con sus típicos arrozales ardiendo bajo el Napalm al ritmo de la música más sensiblera del mundo (John Williams o Mike Oldfield). También era el comandante de Los Sueños de Akira Kurosawa que, de regreso a su hogar y después de atravesar un largo túnel, se ve interpelado por un subordinado muerto que duda de haber caído en combate.