Putito forever

Por devenori

Ésta es mi contribución a la caligrafía

de la circuncisión

Gastón Ortiz Bandes

Hace como dos años me topé con El Guanaco[1], el libro de Gastón Ortiz Bandes (Mendoza, 1977). Recuerdo que un cumpa me lo regaló en el bondi en el trascurso de Ciudad a Tupungato. Leí Chacha Warmi en voz alta, de puto y modismos corporales de una marica exótica, cosida por sí misma y pasada de copas, en presencia de todes les pasajeres. Obviamente hubo voces intentando exorcizar a la demonia que poseía mi cuerpa, y que leía con bravura: Estoy melanculiado / ha venido / el chongo de la Muerte / y me ha dejado / el sol negro del culo / hecho una roja flor azul.

A partir de ese momento, la escritura de GOB fue directamente abono para el armado de mi biblioteca queer/cuiar cosmopolita-regional. Y aquí el porqué:

Educado por el enemigo

Guanaco o Huanaco proviene de la palabra quechua Wanaku, sustantivo que denomina a un animal mamífero de Los Andes, según la RAE. Animal cuyo hobbies es escupir, lanzar garzos por doquier. Ese acto no grato para la sociedad hetero-winca-capitalista se la reapropia el libro de GOB, con las voces que conforman el yo lírico y que disparan desde lo más profundo de sus esfínteres al machote con su espectro denominado masculinidad, pieza principal del heteropatriarcado. Porque, como confirma Grasso en un ensayo de La Preguerra (2016), es difícil escupir al varón heteronormado que se halla en une cuando se nace con determinado genitales y la sociedad impregna en la carne mamífera la masculinidad como único destino.[2] Varoncito bien varoncito, como dios manda.

Por eso GOB escribe:

Yo fui educado por el enemigo.

[…] Por eso me meto el yo lírico en el orto,

para que el testigo y el omnisciente la sigan chupando.

Yo fui educado por el enemigo.

Por eso distanciamiento hay, pero crítico las pelotas.

En este país la polifonía se ha hecho concha.

Falsos putos colgado de las tetas del género.

[…] Yo fui educado por el enemigo.

Decirse yo fui educado por el enemigo es cantarse las cuarentas, admitir la opresión para poder construirse como sujetx; es decir, convertirse en alguien a pesar de la opresión[3], tejer una identidad propia a partir de la reivindicación de los efectos del poder heteronormado de la sociedad sobre nuestres cuerpes.

Cesárea harakiri –putito forever-

No se nace marica, se llega a serlo.

Dicho popular

Estoy feliz.

Estoy embarazado y no de un bebé

humano sino de un guanaco

que tras breve, suficiente, veterinaria crianza

arrojaré de mi seno a la cordillera.

Después de tantos y tantas que murieron

en los experimentos incontrolables del amor,

aprendí por fin a dar vida conmigo mismo,

a repoblar la naturaleza yo solo.

Por eso mi cesárea será un harakiri,

Con nomás la luna llena y la intemperie,

Para que nazca mi guanaco de varón,

Hijo del dolor que ya camina

Sobre un charco amniótico de sangre,

Por un corte de helada soledad,

Un balido indemne.

De les creadores de los anales de la historia y la historia de los anales, aparece El Guanaco para escupirle con toda su mariconería al heteronormado y recuperar las reliquias de la muerte para el ritual haraquiri. Bajo la luna llena y la noche de los sentidos, armonizar el cuerpo heraldo para la apertura de las puertas de ahí (donde la silueta de la espalda desaparece) y dar la bienvenida de una vez por todas al putaso que concebimos dentro.

Me cosí mal, con viento

Que traía disparos de caza

Y arroyos con veneno de la técnica del siglo.

Para ir menguando la dilatación anal y su gozadera, volveré a citar a Grasso, quien percibió en su lectura del libro la idea de un hombre –escrito- en minúsculas: Y al hacerlo, Ortiz Bandes, perfila el contorno posible (y yo agregaría que necesario) de un hombre nuevo en minúsculas: sin sangre en las manos y que ha aprendido, finalmente, a dar vida consigo mismo. No solo es posible la idea de un hombre no macho que plantea Grasso y que algunos feminismos proponen como la construcción de nuevas masculinidades (la toma de conciencia de los privilegios que tienen y han tenido a lo largo de la historia). Sino pensar que los poemas evocan una corporalidad disruptiva: el devenir marica.[4] Identidad que ha sido, como muchas otras, violentamente invisibilizada lo largo de la historia de la humanidad. Por eso, es fundamental pensar en una cartografía sudaka de la  disidencia sexual (marica, trans/travesti, lesbiana, queer, no binare, etc.) para criar la lengua del desacato[5] y desarticular los modo héteros de leer, escribir y habitar los libros y el mundo social.

Leer El guanaco es de alguna manera leer cierto linaje de la disidencia sexual, reviviendo con todos los sentidos los versos de la Pedro: Yo no pongo la otra mejilla./ Pongo el culo compañero. […] Mi hombría es aceptarme diferente. Es comprender el agenciamiento político-poético que propone Perlongher (yo no quiero que me acepten, ni que me quieran ni que me comprendan, yo solo quiero que me deseen). Es encarnar ese cuerpo para odiar, de Claudia Rodriguez; cuerpo no blanco, no hétero, pobre, abyecto que busca sentirse -y ser reconocido, también- como humano.

Pero unos yuyos se acercaron

Y entre cantos me ayudaron.

Y así, después de la teta lo vi

Ir a jugar con los otros guanacos del valle,

Divinos, igualitos a él.

Agosto, 2019.


[1] Ortiz Bandes, Gastón. El guanaco. Mendoza: Babeuf, 2015.

[2] Grasso, Pablo. La Preguerra. Mendoza: Babeuf, 2016.

[3] Witting, Monique. El pensamiento heterosexual y otros ensayos. Madrid: Egales, 2006.

[4] Vidarte, Paco. Ética Marica: Proclamas libertarias para una militancia LGBTQ. España: Egales, 2007.

[5] Flores, Valeria. Desmontar la lengua del mandato, criar la lengua del desacato. Chile: Mantis, 2014.

La memoria del té

Sobre Kasu, de Marisa Negri

Por Maite Esquerré

Instrucciones para vivir una vida:

Prestar atención.

Sorprenderse.

Y contarlo.

Mary Oliver

Kasu, apuntes sobre el té (La gran Nilson, 2019), así se llama el nuevo poemario de Marisa Negri. Nos disponemos a leerlo, queremos saber todo sobre el té. Abrimos el libro. Leemos el primer poema. Y la casa se nos llena de té de jazmín. Entonces nos damos cuenta que no abrimos un libro, estamos en una ceremonia, un ritual de los sentidos. El aroma nos envuelve y nos trae una calma, cito:

hierve agua en un jarro enlozado

estira su mano hacia la lata azul

abre el té de jazmín

y aspira

también este dolor

pasará

Dice Okakura Kakuzo en El libro del té que el arte del teísmo es el de recatar la belleza que se acaba de descubrir y de sugerir lo que unx no se atreve a revelar. Ahí está el noble secreto de sonreírse a sí mismx, sosegada pero enteramente. La poeta descubre y comprende la ley de la impermanencia y comparte su sonrisa con las palabras necesarias y precisas, sin la exuberancia o la arrogancia de quien se supone poseedor de un conocimiento que el otro no tiene. En este sentido, el poemario se presenta generoso y humilde desde el inicio.

La autora atiende al tiempo de la contemplación, a un tiempo femenino, podríamos decir. Entre estas hojas el tiempo no corre, brota (Bachelard). Las imágenes brotando a cada sorbo de té.

Entraremos descalzos/ en el tiempo del té; dice Marisa, y más adelante la clave para el ingreso: no proferir palabra desde el amanecer/ dejar los zapatos en la entrada/ junto con el pensamiento.

Para dejar el pensamiento necesitamos el silencio y la observación sin prejuicio. La poeta nos invita a detenernos, a demorarnos, haciendo vibrar cada hoja entre los dedos, las del té, las de este libro… conectando todos los sentidos a un orden distinto, más cercano a la disposición de las estrellas en el cielo, al origen sutil.  

Los espacios en blanco entre los versos revelan esa intimidad que se necesita para la preparación del té. Parece decirnos: Paciencia, siempre hay evidencias para lxs que se detienen. El poemario destrona el tiempo entendido en términos de productividad capitalista, donde demorarse en contemplar la vida, en asistir a la transformación de las cosas, es un desperdicio. Eso que encontramos resumido en el slogan publicitario «me tomo cinco minutos y un té”, la poeta lo cuestiona:

Tiempo/ para que ascienda el sonido del agua/ que hierve en la tetera de hierro

Tiempo/para revolver con el batidor de bambú/ el polvo de té

Tiempo/para que los tres sabores del matcha/ acudan a la cita:

dulzura/amargor/astringencia.

Como en el poema Maestro de té se necesitan tres movimientos para entrar en el instante poético que nos propone Marisa: primero, el ojo. Leer las hojas que se despliegan,entre sus pliegues. Segundo, velar la vista, despertar los otros sentidos, los que en la vida cotidiana suelen estar supeditados a la mirada: el gusto, el tacto, el olfato, el oído (vaya, teníamos un cuerpo íntegro: el cuerpo cansado/ agradece). Tercero, abrir los ojos al cielo, agradecer y accionar (comprender).

Es decir, parece que leemos un libro sobre el té, lisa y llanamente, pero… El primer y segundo movimiento se tocan, suceden casi de manera simultánea: leer el texto con todos los sentidos entusiasmados. Y en el paso de un pliegue al otro, cuando el vapor de los textos nos entibia la cara, comprendemos la acción interna que está operando y agradecemos: el libro habla de mujeres.

Estas mujeres se van tejiendo en los poemas, no se imponen, surgen. Sus texturas van creando la trama del poemario: cada historia, cada dolor es una flor tranquila. Lavarán toda pena/ en la distancia perlada del agua.

Marisa utiliza el tiempo presente y la tercera persona como procedimiento para actualizar el recorrido de estas mujeres. Escribir es activar y recuperar en la memoria colectiva una vida que había sido olvidada en la trama de la historia.

El único olvido que se realiza en el poemario es el de sí. Kakuzo dice que lxs bebedorxs se olvidan de ellxs mismxs ante una taza de té. La poeta realiza un corrimiento para que hablen esas mujeres, y es la misma acción que debemos hacer nosotrxs lectores para escuchar lo que relatan las mujeres en los pliegues de estas hojas.

La anciana que canta mientras bebe su té, mujeres que hacen temblar las hojas de té en sus dedos, la muchacha que lee las hojas en el fondo del poso, mujeres con trabajos mal pagados llevan vendas en los tobillos, las chicas que inventaron el saquito de té, ella que escucha la respiración acompasada de los hijos cuando duermen, las niñas en el servicio de té, la recolectora de té que sueña, la viajera atenta a los detalles, ancianas cuidando el origen del té, mujeres anónimas que controlan con su ternura el punto de ebullición del mundo. Todas ellas convergen en el poemario:los extremos del mundo se han tocado/ una línea de tiempo llega hasta el borde de la taza.

Una mujer del inicio del libro se transforma en el último poema en un nosotras potente.

Mientras haya textos como estos, nada es olvidado, nadie es olvidada.

Luego de leer Kasu permanece una sensación de reposo en el cuerpo, la mente aquietada, las imágenes de las mujeres resonando, el sentimiento después de haber reído, y el pecho y el corazón calentito luego de un buen sorbo de poema.

Volvamos a la primera belleza: también este dolor/ pasará. Hasta que suceda, sonriámonos y tomemos un poco de té:

Espejo de té

El río comienza a aquietarse

reposan las hebras doradas en el infusor.

Quiero decirle a ella, decirme que todo pasará

que será complicado, pero resultará bien.

Bebemos juntas este té

bajo los nombre amados

aquí

ahora.

Junio de 2019.

Narraciones enclaustradas

 Por Agustina Gramajo

La niebla se traslada al vacío de la mente y la cautiva. El futuro es una forma borrosa. No está escrito.

Lecturas de percepciones. Intoxicaciones anudadas o yuxtapuestas con otras formas de narrar la mirada, taquigrafía de sensaciones[1], confluencia necesaria como oxigenación para liberar de intoxicación la sangre.Vomito aire, versó un poeta beat.[2]

Para Silvia Rivera Cusicanqui, reactualizar -la memoria del hacer- consistiría en descolonizar la mirada.[3] Liberar la visualización de las ataduras del lenguaje. Visualizar sin la mediación de ese lenguaje que desplaza a los otros sentidos. Reactualizar la memoria de la experiencia como un todo. Acordarse con el cuerpo y la mente. Habitar de otra forma.  Se trata de trabajar la mirada despercudiéndola de la tentación de dominar lo que mirás.[4]

Pero el cine ha sabido ser otra cosa, el monstruo es dividido y desgarrado, en él se enfrentan la voluntad de poder y la exigencia de libertad, así se presenta desde su origen el cine según Jean-Louis Comolli.[5] El cine es escéptico. Todo cambia y mostrar esto, dice, es la misión política del cine que se opone al punto de vista religioso donde el mundo ya está dado por dios y nadie puede hacer nada. El cine desrealiza el mundo, produce una versión y traducción alterada de este.

El gatillar de la contemplación

Nunca se apaga la luz de ese poste, el brillo de la luz les golpea los ojos a la gente; les apunta sin paredón. El régimen se expande como una bruma se traslada y se fuga en persecuta, se habla sola para entenderse. Camina para atraparse en algún rincón secreto como ese.     

La obviedad es la consecuencia resplandeciendo en el horizonte virtual. La vigilancia instantánea de las masas es la consecuencia hediendo en el horizonte virtual. La producción desaforada de imágenes. La tecnología por la construcción de la imagen del yo como un proyecto social cotidiano.[6]

Lo que W.S. Burroughs llama imagen-cautiverio es la barrera absoluta de imágenes a las que estamos sometidos que va a acabar embotándonos la que forma una niebla permanente en los ojos y ya no permite ver ese bombardeo.[7]

La distribución del capitalismo, la globalización, tejió un entramado: es lo que viene a buscarnos como una flecha. Trama de muerte de la contemplación –fundido largo a rojo-.

Somos bombardeados por imágenes, y en cuanto al desciframiento de las intenciones colonizadoras que trae consigo la imagen, no somos alfabetos. Entonces es muy importante perder la inocencia con respecto a la imagen y saber que detrás hay mecanismos deliberados de control de conciencias, de captura de deseos y de pulsiones del alma, lo cual permite que el sistema de propaganda sea tan eficaz.[8]   

La realidad se autocomenta paródicamente como una imagen de imágenes.[9]

Fracturas múltiples

Rayó el desvelo toda la noche como una sirena en el pensamiento corriendo en la imaginación enérgica una escena; -plano abierto- una golpiza, alguien cae al verde del pasto, al lado el concreto, no se levanta, el agua estanca bajo un puente, el dolor y su música dan a la expresión de la personaje una especie de fortaleza inversa bajo la impasibilidad del cielo aclarado, y su inmovilidad. Ponerse de pie es un paso, erguirse es otro paso. Avanzar es ser golpeada. En un año con trece lunas (1978), de Rainer Werner Fassbinder, sigue el recorrido de una alemana transexual en los días de su paseo de regreso al hombre que la rechazó. Vuelve como una peregrina, fantasmagoría de los años de ansiedad que le royeron los huesos del cuerpo más fuerte que el frío. En los días de un año con trece lunas nuevas.

La historia de la tragedia de un ex matarife pareció ser parte de los cabos sueltos en la vida de Fassbinder, vertido y desdoblado fantasma del director. Volcado en una película que corre como un tren por la cabeza, en el día, en la noche por los vértices, hipótesis como vías se cruzan.

El dolor se extiende en todas partes, el amor nos iguala, nos diferencia. Las miserias íntimas -atraviesan la precariedad moral de la tierra-. Las expresiones comunes, la posibilidad para vencer la angustia y lo que oprime. En un año con trece lunas es una película que Fassbinder filma con urgencia a modo de reparación. Poniendo desde la primera escena al espectador en la perspectiva o en el margen de la posibilidad de que la historia terminará violentamente.  

-A ella le dieron la espalda, pero su voz está grabada, y es el fantasma de su cuerpo, su tono disfórico relata la excitación efímera de un camino que la llevó y la resonancia de sus palabras son la confluencia de ese proceso en el que fue corrida, desaprobada, odiada, abandonada terminalmente.

Como en La mujer insecto (1963), de Shohei Imamura, lxs personajes de las películas de Fassbinder  parecen no tener tierra en el mundo del dolor, o nido, o madriguera, o guarida. No refugiadxs, irrescatables, van errando libremente (Nietzsche). Hablan desde esa fisura del tiempo como una piedra rota.[10]

Las ideas de Fassbinder desbordan en cada trama, imaginación rabia creciendo la película y contrariando su gestación en la oscuridad de un vientre. Diferencian el margen del lenguaje que lo abisma deconstrucción-destrucción. La furia acumulada, la imaginación furiosa recorriendo el estriado cañón de una pistola fría. En guiones malditos, hacer cine es escribir sobre un papel que arde (Pasolini).   

En este elemento nuevo del discurso que es el cine, decía Fassbinder, no se debe buscar la revolución.[11] No, claro que, en la pantalla, si nos damos cuenta de la necesidad de cambiar nuestra realidad humana, es por ciertos mecanismos de forma develados. Apuntando a descubrir nuevas fuerzas. Fassbinder trata, apuntando contra sí mismo, contra la correspondencia entre la estructura burguesa que lo forma en su historia. Contra esa tiranía.

La libertad es tan violenta como el crimen (J-L Godard)

El cine no es solamente una experiencia lingüística sino también, en tanto que búsqueda lingüística, una experiencia filosófica, escribió Pier Paolo Pasolini en Poeta de las cenizas:

hay que decir más fuerte que nunca el desprecio

contra la burguesía, gritar contra su vulgaridad,

escupir sobre la irrealidad que ella eligió como única realidad

no ceder con un acto o una palabra

en el odio total contra ellas, sus policías,

sus magistraturas, sus televisiones y sus diarios. [12]

Hay un sentido de realidad que el creador debe extraer, decía Fassbinder. El problema reside en que siempre hay una clase que quiere educar a la otra. Hay esta relación de educación amo-esclavo casi fascista. La forma de educación sólo conduce a la ausencia de comunicación. Una comunicación real sería revolucionaria.[13]

Lo que tiene efecto de largo alcance, lo que emerge del submundo ocultado porque agita, lo borrascoso reflota, supera el golpe extraído del paisaje, lejos la abundancia, el bienestar que la superficie del charco oculta para lxs de las profundidades que martillando como el corazón la piel hablan con sus gritos, escupiendo, miran tenazmente su resonancia en los ojos que tiemblan ante un fantasma que regresa.    

Fotograma de The Insect Woman (1963) de Shohei Imamura.


[1] Taquigrafía de sensaciones es una idea esbozada por Francis Bacon en el documental “The South Bank Show”. 55 min. Español | Dir. David Hinton (1985) (https://www.youtube.com/watch?v=Z1nrFrtL0yo)

[2] Ginsberg, Allen. “Madurez”. Poesía beat. 1ed. CABA: Ediciones Colihue, 2004.

[3] Rivera Cusicanqui, Silvia. Sociología de la imagen: Miradas ch´ixi desde la historia andina. 1ed.CABA: Tinta limón, 2015.

[4] ibíd.

[5] Comolli, Jean-Louis. Cine contra espectáculo Seguido de Técnica e Ideología. Bs. As.: Ediciones Manantial, 2010.

[6] Appadurai, Arjun. La modernidad desbordada: Dimensiones culturales de la globalización. Argentina: Ediciones Trilce, 2001.  

[7] Burroughs, William S. La Tarea: Conversaciones con Daniel Oldier.1ed Argentina: Ed. El cuenco de plata, 2014.

[8] Rivera Cusicanqui, op. cit.

[9] Richard, Nelly. Fracturas de la memoria: Arte y pensamiento crítico. 1° Ed. Bs.As.: Siglo XXI editores, 2007.

[10] Rivera Cusicanqui, op. cit.

[11] Torres, Augusto M. R.W. Fassbinder. En: Colección: directores de cine. N°13. Madrid: Ediciones JC, 1983.

[12] Pasolini, Pier Paolo. Poeta de las cenizas. Buenos Aires: INTERZONA, 2015.

[13] Torres, op. cit.

Editorial 2

Fragmentos de Postales de la contracultura: un viaje a la Costa Oeste (1974-1984) de Osvaldo Baigorria. 1ed. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Caja Negra, 2018.

El túnel de los milagros

                                                                                                              Por Pablo Grasso

Resulta que acabo de dejarte en una Terminal de Ómnibus en pleno trabajo de remodelación, y además corre un viento zonda de esos que uno quisiera arrojar a los ojos del enemigo para aumentar aún más su suplicio. Puro polvo, ruido y malestar fisiológico. ¡Pura maldad meteorológica! ¡Este estercolero hipervigilado se ha vuelto un calvario! ¡No da para más!

Visto desde un estricto cromatismo lumpen, el horizonte circundante contiene elementos que van del celeste al naranja mezclándose con un amarillo solar con algunas vetas de color “alita de pollo”. Una especie de visión àlla Joseph Turner al borde de la deshidratación (si esta fuera una crónica seria, pulida, la imagen debería haber encabezado el párrafo, o casi). De todas maneras estoy tranquilo: sé que llegarás a tu destino porque, después de todo, a algún lugar hay que llegar, ¿no?

Enter

Ha sido un día difícil y encima tengo que entregar una nota rápido.[1] Demás está decir que sigo con ese berretín de que lo mío es la “escritura”, la “anomalía escritural”, el “rejunte cifrado” de conceptos y citas. Papeluchos de corta tirada y ningún lector: una anti-literatura, como supo afirmar cierto poeta candidato al escrache vitalicio. Por eso debo buscar un tema o tópico, algo que a la vez sea sencillo y me ayude a salir del paso. Pienso, y en esto no soy nada original, que las terminales de ómnibus con su cuota de melancolía portátil, los aeropuertos con su fragilidad latente, podrían ser un buen tema: un TEMA de fondo. O el amor con sus ausencias, presencias y evanescentes posibilidades (por tierra, aire y mar) que tanta literatura ha generado a lo largo de los siglos. Se sabe: las despedidas en las terminales, los aeropuertos y los puertos siempre amenazan con ser definitivas, totales. Como los cortes en los brazos del suicida  –¡ay, Alejandra!-, aunque sobre ellos se puedan tatuar diseños de Pronto Olvido y seguir como si nada…

Entonces

Entonces decido atravesar los remolinos de viento caliente, polvo y mugre, y meterme en el túnel de acceso a la Terminal. Para mí ese lugar posee cierta cualidad exótica, como si se tratara de una dimensión alternativa habitada por personajes de todo tipo y procedencia. Joyeros subsaharianos, heladeros, cafeteros peruanos, vendedores de talco, sándwiches de milanesa, ropa, auriculares y caballitos de plástico; adictos en recuperación ofreciendo calendarios; evangélicos de traje y corbata flanqueados por sus cebos paradisíacos en forma de banners; borrachines místicos que –todavía- esperan ver pasar serpenteando al río imaginado por Sergio Taglia; criptotapiteros, pungas, mecheras; mochileros holandeses; obreros de la construcción; profetas de megáfono en mano; músicos callejeros y enfermeras montadas en coturnos sintéticos junto a la presencia cada vez más ominosa de la Gendarmería.

Es que el tema del túnel da para todo y hasta puede que inspire a bisoños escritores locales a incursionar en el género fantástico (por ejemplo, alguien entra en el túnel y se ve evacuado en, pongamos, Helsinki). Algo que la SADE local no debería dejar de capitalizar. Incluso conozco a un par de amigues que tienen cierta aprensión de demorarse en el túnel porque allí abajo –dicen- un minuto puede llegar a decuplicarse, por lo que resulta imposible no evocar la escena de Irreversible donde Mónica Bellucci es salvajemente violada por un malviviente apodado La Tenia. Por suerte muches de elles, como les rabioses heroínes de Ika Fonseca Ripoll, van armades con una tijera modificada y nadie que yo conozca osaría enfrentarlas. Y lo digo en serio. [2]

Último tramo

Atravesé el túnel como flotando en una atmósfera enrarecida. La música cuartetera me llegaba en rachas sincopadas y, desde el fondo del semicírculo, una luminosidad extraña parecía devorar el contorno de las cosas. Juguetes, pantalones, cinturones de cuero y pañales eran una sola y marmolada extensión. ¿Dónde estaba realmente? ¿Había descendido cuántos metros con respecto al nivel de la calle? ¿Qué había pasado desde el momento en que bajé por la escalera y me detuve a revisar un mensaje de wassap? ¿Hacía cuánto tiempo que te había dejado en la plataforma de la Terminal para que realizaras tu gira alvearense? ¿Nos despedimos ese mediodía? ¿Era el fin de algo? ¿O un comienzo sin atenuantes? ¿Este es, en definitiva, el costo que se paga por militar sin profilaxis en el Partido Sinestésico? ¿Una aberración perceptiva? ¿Un descolocamiento que las palabras no atinan a corregir?

No sé por qué, pero toda la situación me hizo acordar a Marruecos (1951), el libro póstumo de Alfredo R. Bufano, y en particular a un poema titulado Calle de Mohamed Hesain. Lo copio como lo recuerdo:

Moros de todo linaje,

chilabas de lino albar,

feces de purpura viva,

honda blancura espectral.

Un viento de lueñes

tañe en la tarde su “erbab”.

Al salir del túnel la realidad dio por el suelo con mi exceso imaginativo. El viento, el calor, el ruido, tu ausencia y los patrulleros, todavía estaban ahí.

Archipiélago Sur, 2018.



[1] Esta crónica iba a ser publicada originariamente en la sección República Canalla de la revista mensual El Viajero indeciso, de Ediciones Culturales de Mendoza. Por otra parte, algunos testigos afirman que la Terminal del Sol está siendo remodelada.

[2] Durante muchos años soñé con ese túnel:  mi cuerpo despedazado era llevado en una camilla junto al protagonista de Los Gritos del silencio, de Roland Joffé; la guerra en la película transcurre en Vietnam con sus típicos arrozales ardiendo bajo el Napalm al ritmo de la música más sensiblera del mundo (John Williams o Mike Oldfield). También era el comandante de Los Sueños de Akira Kurosawa que, de regreso a su hogar y después de atravesar un largo túnel, se ve interpelado por un subordinado muerto que duda de haber caído en combate.