La casa que existe

Sobre La erosión, de Christian Hertel

Por Maite Esquerré

En nuestras casas, apretadas unas contra otras,

tenemos menos miedo.

Bachelard

¿Qué es una falta? ¿Es el poema una forma de recuperar lo perdido? ¿Cómo se escribe lo perdido? ¿Qué paisajes tiene, qué estructura, de qué objetos está hecho lo que falta? ¿Dónde se ve lo perdido, en el viento persistente sonando entre las rocas o en los bordes de la roca? ¿Cómo hablar desde una voz que se pierde en cada fricción, en cada movimiento? Si la escritura supone transformación, ¿cómo permanecer en lo perdido?

Estos interrogantes surgen a raíz de la lectura de La Erosión (Deacá, 2017), segundo poemario de Christian Hertel (Córdoba, 1983). El libro empieza con un epígrafe de Alejandro Schmidt:

pareciera

que terminamos siendo

estrictamente

lo perdido

Así Hertel irá borrando en cada poema toda apariencia, para afirmarse en esta cualidad de ser en lo perdido.

La erosión implica movimiento, cambio de materiales, desgaste producido en la superficie de un cuerpo por la acción de agentes externos (como el agua, las ráfagas, los rayos) o por la fricción continua de otro cuerpo (los abrazos, el roce tibio de los pies, el beso, un baile).

Hertel hace convivir pasado y presente en una forma: resuelta la ilusión aparece el poema como única manera de hacer posible la casa, de delimitar la erosión:

fabricamos puertas

para que nos llamen

Se pregunta Bachelard en la Poética del Espacio: ¿Lo que fue, ha sido? ¿Los hechos tuvieron el valor que les presta la memoria? Porque es necesario hacer temblar los valores, el autor escribe:

un puñado de monedas

al fondo de una fuente

fuimos

quisimos pertenecer

más allá

de la vaga sensación

de hacerlo para la foto 

En este poemario Hertel hace del recuento de lo cotidiano una belleza: restos de UHU, unas manos aferrando la sidra, broches en el suelo, naranjas maduras, palomas, vasos con agua, un taxi…  

Con el uso de los diminutivos: hojitas, tan jovencitos, mamita, un farito, la ramita…el poeta reacomoda los restos y nos invita dulcemente (palabra que usa dos veces, dulce y dulzura, y no empalaga) a pasar a su casa. Intimidad sin paredes, la intemperie de una casa sin techo, donde circulamos desprotegidos y a la expectativa. Como esas casas demolidas donde se ven los azulejos, los caños sin destino, donde se intuyen las habitaciones, la cocina, los recorridos, los abrazos, la mesa puesta un día de tormenta, la tarea del amor…Recreando los gestos que se dieron, y es en ese abrazo erosionado donde el poema construye su casa: 

se nos perdió una gata

un pen drive

una boleta de luz

un viaje

Es esa gata, esa boleta de luz, ese pen drive y al mismo tiempo son todas las gatas, todas las boletas de luz, todos los pen drives. De lo íntimo a lo universal, por eso resonamos con los poemas de Hertel, porque es algo que también nos pasó.

Un lenguaje de la superficie, quizá la única manera de decir lo perdido, lo que somos, para que todo aquello que es, en apariencia, profundo suba a la superficie:

sigo despertando

cuando los peces profundos

ven pasar un globo

por la superficie

y porque escribir es disipar la ilusión:

con la claridad

el alcohol

la euforia

se agotaron

Hay en los versos de La erosión una comprensión del que observa con la mirada en el umbral de los días, de la vida, y desde ahí registra lo que no está (lo que no va a estar), o lo que se empieza a ajar o a desvanecer por la categórica intervención/ del tiempo.

Hertel ve con los ojos abiertos y anota lo perdido, arma su casa, con la conciencia de que nada se cuida de lejos. No huye de los escombros que caen en cámara lenta, permanece sin desesperación; con una nostalgia, sí, pero del futuro, como dice Teillier, de lo que nunca nos pasó pero debiera pasarnos.

El poemario termina con la palabra esperanza, y lejos de ser cursi o trillado, supone una acción valiente (la valentía no es temeridad, dice Lao Tsé).

Un acto necesario: resistir en el derrumbe y nombrar las cosas que se desvanecen actualizando lo perdido. Cada verso como un refugio para el amor. Esa es, tal vez, la tarea del poeta: permanecer en la erosión, revelando en el poema las casas que existen

sin embargo resisto

no salto

me quedo para que veas

el lado fuerte de los puentes

para que veas

la dulce revelación de lo perfecto

la ramita viva del amor

la casa que existe

2020

La luz que hiela

Sobre Antes de cerrar la puerta (Editorial Deacá, 2019), de Matías Aldaz

Por Maite Esquerré

Miramos el mundo una sola vez,

en la infancia.

El resto es memoria.

Louise Glück

Matías Aldaz escribe antes de cerrar la puerta, lo hace con la urgencia que la acción inminente supone. Repasa diálogos, enmudecimientos, escenas con detalle de virginiano: una caminata en la noche bajo la lluvia en Fortaleza, una casa gigante y mariposas que aparecen, tomar un submarino luego de que ella sacara unas fotos, etcétera. Describe las escenas con obsesión cinematográfica. ¿Qué lleva al poeta a escribir? ¿Es la necesidad de fijar vértigos?

Al inicio del libro nos encontramos con el poema Con el viento, donde una mujer le cuenta un recuerdo de infancia en el que un caballo corre; y él sin pensar, sin querer, dice en voz alta corre como el viento. La mujer le corrige: con el viento. Corre con el viento.

De esta manera, el autor delinea la relación de las imágenes y sus correspondencias. Y el instante que separa: vos afuera y yo adentro, escribe Aldaz; se escinden dos seres y se sucede un abismo, una discontinuidad. ¿Es la poesía un modo de surcar ese abismo sin despeñarse, de dar sentido de continuidad del ser, o de evidenciar la imposibilidad de continuidad?

Como sea, el poeta a partir de ahora comprenderá que ya no se trata de buscar analogías sino de persistir con las imágenes de comunión, de visión compartida, aunque esté de manera pregnante o subyacente la discontinuidad. La noche es con vos, dice,  juntos/ y más juntos/ para no mojarnos. Y más tarde, anota la interrupción entre los cuerpos, la desarmonía:

y el sol

aísla

la única armonía

que hay entre nosotros

Y en otro poema:

dicen que todos tenemos

un invierno en el corazón

pero nosotros

que volamos juntos

tenemos

el invierno desparejo

En este sentido, el poeta se vuelve sensible a la presencia constante del cuerpo. Mira desde las manos, desde el pelo. El cuerpo como una puerta de ingreso, en este caso, para la aparición de mariposas, cito:

recuerdo que cuando apareció la segunda

me preguntaste

por dónde entran

y yo

sin tener la menor idea

te dije

con seguridad

con talante

por nosotros

Los poemas de Aldaz se construyen con cuerpos:

y que te hace doler los oídos

en el mar

y siento tu brazo

que se apoya fuerte

en mi pecho

y que después

se despluma

en el living

de espaldas

transpira

en mi sillón de cuero

mientras se empareja las uñas

con una lima de papel

se toca los labios

se los despelecha

sin pensar en la piel

La poesía como cuerpos que no se predisponen ni se resisten, son vértigo puro. Y por lo tanto no es infalible, es de hecho fracaso en el sentido que deviene de la experiencia. Es decidir callarse y entregarse a la correría del amor, dirá bellamente Aldaz.

Pero volvamos a ese momento inicial, el de antes de cerrar la puerta. Un chispazo, retazos. El gesto que anticipa el cierre: un estallido, entre lo que pasó y un futuro. La poesía de Aldaz se ubica en un presente, en ese gerundio insoportable: estar siendo, estar viendo.

Se sitúa en ese instante tremendo, donde un haz de luz se hace anclaje, insistencia, en medio de una memoria que sabemos de pez. Con la confianza de que el relato va a recuperar –tergiversada, falsa, ilusoria– alguna historia, alguna escena posible, alguna continuidad… ¿Qué es la poesía sino permanecer en esos instantes?

Como habíamos dicho, en ese punto conviven con una familiaridad extrañada: Nina Simone, los objetos transneptunianos, el alero de la casa como una nube de Oort, el brazo que se despluma, la celosía falsa, la galletita en viaje a la boca, naves espaciales, fotos, Flashdance, el cinturón del padre, un grafiti, el rímel corrido de la madre, la bolsa/ de basura/ que / huele mejor/ desde que vivís conmigo.

Un instante de un año luz de largo donde se unen las distancias, origen de todos los cometas. 

De este modo, la memoria opera cuando la ranura de visión se abre entre vistazo y vistazo (al decir de Heiner Müller): desde esta posición el poeta escribe.

El poemario tiene dos momentos diferenciados. El primero más actual, se podría decir. Y el último que va hacia la infancia.

Según Agamben, en Infancia e historia: El misterio que la infancia ha instituido para el hombre solo puede ser efectivamente resuelto en la historia, del mismo modo que la experiencia, como infancia y patria del hombre, es algo de donde siempre está cayendo en el lenguaje y en el habla. Por eso la historia no puede ser el progreso continuo de la humanidad hablante a lo largo del tiempo lineal, sino que es esencialmente intervalo, discontinuidad, epokhé (suspensión).

Qué sucede cuando la poesía se sitúa en esta experiencia muda que es la in-fancia (que no habla), en esta duración de la historia en el sentido bergsoniano como actualización de los posibles, en ese límite del lenguaje, en el intervalo de los cuerpos entre sí, y el poema.

En Antes de cerrar la puerta el límite de la experiencia está invertido: ya no está en dirección a la muerte, sino que retrocede hacia la infancia (Agamben).

La poemas de Aldaz no pretenden responder las preguntas que planteamos, sino que, como todo texto que conmueve, plantean otras preguntas: ponen cuerpo, habitan ese intersticio de la memoria, abarcan todo de un sola mirada. Y esa visión congela, lastima los ojos, pero escribimos, justamente por eso escribimos. Escribe el poeta, porque es capaz de superar lo que le espanta, mira la luz que hiela y anota sin pestañear. Porque sabe que son necesarios los relatos que nos contamos para salvarnos, y que hay cierto resguardo en la intemperie del poema, y que las palabras son como un círculo de témpera rojo que protege, ¿de qué?, del olvido, tal vez…

Antes de cerrar esta puerta, leamos un poema del libro:

ANTES DEL AGUA

alrededor no hay nada

solo muros

despedazados

en el piso

papá hace

un redondel

en la pared

de nuestra casa

con la témpera roja

de la escuela

escribe en el centro

acá

todavía

hay gente

con mi mamá

y mis hermanos

nos vamos

a dormir tranquilos

de alguna manera

sabemos

que la bola

de acero

nunca arrasará

en la luz

que hiela

24.03.2020

El pulso del mundo

Sobre Disminuya velocidad, de Franco Rivero

Por Maite Esquerré

Y dondequiera que vas,/ estás/ buscando un río.

Alicia Genovese

 

Es difícil la poesía, no queremos la detención; dice la Genovese. Y es justamente a lo que nos conmina este poeta: a menguar el ritmo cotidiano; respirar los versos, observarlos retirarse para que suceda el silencio, escuchar la fricción interna de ciertas palabras y lo que las traspasa y trasciende, nos invita a leer los poemas en voz alta para sentir su vibración, su peso, su volumen. A andar con pies de tetéu/ tero (esos pájaros que llevan/ la lluvia dentro) entre las hojas, con cautela, para percibir todo movimiento. Si fuese posible, leeríamos con los ojos cerrados.

Con la lectura de Disminuye velocidad (Deacá, 2018) surge una pregunta, ¿qué es hallarse?

Franco Rivero (Corrientes, 1981) comienza el libro con dos epígrafes que hablan de maneras de ser-estar en el discurrir (porque sus poemas son ríos) del poemario y que nos aproximarán a responder la pregunta que iniciamos. El primero, de José Watanabe: fija en tu memoria esa enseñanza del paisaje; y el segundo, de Alicia Genovese: reubicar desde el aire otra orilla.

Luego de los epígrafes, el poeta agradece a su amigo que lo acompaña en el mirar. Si el chamigo Fabián le enseña a ver, Franco nos conduce hacia múltiples modos de percibir. a mí el campo me entró con el tabaco, desde el primer verso del poema inaugural pety (tabaco), entendemos que nos va a hablar un cuerpo con un paisaje dentro y un cuerpo que desea me enamoro/ de esas manos/ el día que ame/ él las tendrá así. En otro poema, pero no soy una campesina joven/ virgen/ sino el pombéro/ que desea/ a otro pombéro. Y con todos los sentidos del amor: te llegará el sonido/ del amor/ con que te escucho.

Los versos son breves y hay mucho espacio entre ellos. Esos vacíos dibujan el tiempo. Hace silencio para que escuchemos ese paisaje adentro suyo o la nostalgia: la tierra, el campo, su mirada limpia de niño, la abuela, la lluvia, un hormiguero, los animales, la laguna espíritu, el arroyito, el río, el jardín, el paisaje que falta, la comprensión.

Franco hace una poesía despojada y simple que está llena de misterio. Quizá, como las flores del Kuruguai, sea un vehículo hacia lo mágico.

El poemario construye sentidos no sólo en el plano semántico sino que amplía y multiplica los sentidos. Como animales perezosos o anestesiados, la vista, el oído, el olfato, el tacto y el gusto comienzan a despertarse y a activarse a medida que se avanza en la lectura. Es una fiesta de los sentidos, cito de diferentes poemas: un olor a raíz/ toda semilla tiene; olías a camalotes en la siesta/ qué linda/ que te quedaba/ el agua en el pecho; olés a campo/ en la noche/ yo siento en mí todas tus hierbas; llueve y la humedad/ se mete con el aire/ por mi cuerpo; no hay cielo porque/ no se mira para arriba; cierro los ojos/ dejo que esta agua/ me tome los pies; casi nadie pasa aquí/ pero no hay silencio/ y sobra vía láctea/ acostado así; escucho la brisa/ el viento que hace sonido de viento; según se oiga/ cualquier ruido/ se transforma/ en música…

 Es un campo sonoro frondoso, un canto que abre la noche, y puesto que el canto es existencia, al decir de Rilke, Franco existe y es su voz/ otra oscuridad/ pero canta. Comprende su herida, su estar escindido del paisaje: yo también/ soy del agua/ cuando canto/ canto o sueno/ a lastimadura. Pero canta:

mi alimento

se cuece igual

 

pero le falta

luz

por eso escribe, confía en que palabras como mua mua/ entre nosotros/ abren puntos/ en lo oscuro. Y que esa tela oscura dejará entrever a cada palabra las claves para hallarse

lo que distingue

paisaje

de paisaje

es el propio corazón

El poeta decide no intervenir, entiende que las cosas existen más allá de su voluntad, no se siente superior por desempeñar su oficio, él contempla con todo su cuerpo-paisaje en un estado de retiro, de repliegue: pero a la vida no le falta/ mi nariz, dice.  

Se tira de panza al sol sobre una piedra caliente, porque sabe que no se necesita mucho para

conocer

esta alegría

 

saber que viene

de la sangre

 

al entibiarse

 En el poemario convergen los astros, el Gauchito Gil, los mates, las plantas que marcan el tiempo, el amor, las rutas, los camiones, un caballo muerto, una sala de profesores, el río siempre, las alas del murciélago, unas manos, la música, el chamamé que: al oírlo/ casi me hallo/ esta tierra/ ya no es otra.

La clave de lectura, o desde donde nos paramos para encarar el libro, aparece dentro del poema añandu (siento): es ritmo/ no paisaje.

Franco intenta volver a un ritmo anterior, si no extrañara/ vería la vida/ sin forzar; siente una nostalgia al haber sido separado de su enseñanza primera, el paisaje. Fuerza la memoria para que las cosas regresen, para que estar en sintonía con lo que ve y siente.

no creo

pero rezo

en silencio

pido volver

ese rezo es el aliento, el aire en y entre los versos de Disminuya velocidad, lo hace en silencio, por eso los espacios en blanco, que son la ausencia de dios, y no hay que poner nada en el sitio vacío, diría Huidobro. Es esa respiración la que lo hace volar para volver a ubicar otra orilla.

cómo no se ve/ hasta/ que se vuelve

 

Es entonces cuando

la sola presencia/ de la tierra/ del agua/ y del pasto

bastan

para tener tierra/ agua/ pasto

y el poeta vuelve al punto en donde su corazón suena armónicamente con el pulso del mundo.

Ese silencio, esa desaceleración, ese hacer tiempo es necesario para escuchar el ritmo de las cosas, el movimiento que tienen más allá de nuestra voluntad. Este poemario es un conjuro para volver, aunque no se sepa si fue primero el regreso o el poema. Retomando la pregunta del inicio, el poeta se halla porque escribe y escribir es, en este caso, buscar esta comunión:

me hallo

es decir

estoy donde siento

soy donde estoy

Juan L. Ortiz (otro poeta que tenía el río dentro) decía: cómo no vamos a concebir una poesía del futuro. Un futuro en el que el hombre esté integrado y pasen todas las vanidades de la figuración. Me animo a decir que con Disminuya velocidad ya estamos en la poesía del futuro. Acá una prueba más:

kapi’ i ka aguy (pasto de monte)

el tiempo trae

silencio

razones

no

 

uno se yergue en las sombras

como esas plantas

que van hacia la luz

hasta que lleguen

 

y en algún momento

comprende

vivir es el precio

de estar

donde se está

y el resto es

movimiento.

2019

La memoria del té

Sobre Kasu, de Marisa Negri

Por Maite Esquerré

Instrucciones para vivir una vida:

Prestar atención.

Sorprenderse.

Y contarlo.

Mary Oliver

Kasu, apuntes sobre el té (La gran Nilson, 2019), así se llama el nuevo poemario de Marisa Negri. Nos disponemos a leerlo, queremos saber todo sobre el té. Abrimos el libro. Leemos el primer poema. Y la casa se nos llena de té de jazmín. Entonces nos damos cuenta que no abrimos un libro, estamos en una ceremonia, un ritual de los sentidos. El aroma nos envuelve y nos trae una calma, cito:

hierve agua en un jarro enlozado

estira su mano hacia la lata azul

abre el té de jazmín

y aspira

también este dolor

pasará

Dice Okakura Kakuzo en El libro del té que el arte del teísmo es el de recatar la belleza que se acaba de descubrir y de sugerir lo que unx no se atreve a revelar. Ahí está el noble secreto de sonreírse a sí mismx, sosegada pero enteramente. La poeta descubre y comprende la ley de la impermanencia y comparte su sonrisa con las palabras necesarias y precisas, sin la exuberancia o la arrogancia de quien se supone poseedor de un conocimiento que el otro no tiene. En este sentido, el poemario se presenta generoso y humilde desde el inicio.

La autora atiende al tiempo de la contemplación, a un tiempo femenino, podríamos decir. Entre estas hojas el tiempo no corre, brota (Bachelard). Las imágenes brotando a cada sorbo de té.

Entraremos descalzos/ en el tiempo del té; dice Marisa, y más adelante la clave para el ingreso: no proferir palabra desde el amanecer/ dejar los zapatos en la entrada/ junto con el pensamiento.

Para dejar el pensamiento necesitamos el silencio y la observación sin prejuicio. La poeta nos invita a detenernos, a demorarnos, haciendo vibrar cada hoja entre los dedos, las del té, las de este libro… conectando todos los sentidos a un orden distinto, más cercano a la disposición de las estrellas en el cielo, al origen sutil.  

Los espacios en blanco entre los versos revelan esa intimidad que se necesita para la preparación del té. Parece decirnos: Paciencia, siempre hay evidencias para lxs que se detienen. El poemario destrona el tiempo entendido en términos de productividad capitalista, donde demorarse en contemplar la vida, en asistir a la transformación de las cosas, es un desperdicio. Eso que encontramos resumido en el slogan publicitario «me tomo cinco minutos y un té”, la poeta lo cuestiona:

Tiempo/ para que ascienda el sonido del agua/ que hierve en la tetera de hierro

Tiempo/para revolver con el batidor de bambú/ el polvo de té

Tiempo/para que los tres sabores del matcha/ acudan a la cita:

dulzura/amargor/astringencia.

Como en el poema Maestro de té se necesitan tres movimientos para entrar en el instante poético que nos propone Marisa: primero, el ojo. Leer las hojas que se despliegan,entre sus pliegues. Segundo, velar la vista, despertar los otros sentidos, los que en la vida cotidiana suelen estar supeditados a la mirada: el gusto, el tacto, el olfato, el oído (vaya, teníamos un cuerpo íntegro: el cuerpo cansado/ agradece). Tercero, abrir los ojos al cielo, agradecer y accionar (comprender).

Es decir, parece que leemos un libro sobre el té, lisa y llanamente, pero… El primer y segundo movimiento se tocan, suceden casi de manera simultánea: leer el texto con todos los sentidos entusiasmados. Y en el paso de un pliegue al otro, cuando el vapor de los textos nos entibia la cara, comprendemos la acción interna que está operando y agradecemos: el libro habla de mujeres.

Estas mujeres se van tejiendo en los poemas, no se imponen, surgen. Sus texturas van creando la trama del poemario: cada historia, cada dolor es una flor tranquila. Lavarán toda pena/ en la distancia perlada del agua.

Marisa utiliza el tiempo presente y la tercera persona como procedimiento para actualizar el recorrido de estas mujeres. Escribir es activar y recuperar en la memoria colectiva una vida que había sido olvidada en la trama de la historia.

El único olvido que se realiza en el poemario es el de sí. Kakuzo dice que lxs bebedorxs se olvidan de ellxs mismxs ante una taza de té. La poeta realiza un corrimiento para que hablen esas mujeres, y es la misma acción que debemos hacer nosotrxs lectores para escuchar lo que relatan las mujeres en los pliegues de estas hojas.

La anciana que canta mientras bebe su té, mujeres que hacen temblar las hojas de té en sus dedos, la muchacha que lee las hojas en el fondo del poso, mujeres con trabajos mal pagados llevan vendas en los tobillos, las chicas que inventaron el saquito de té, ella que escucha la respiración acompasada de los hijos cuando duermen, las niñas en el servicio de té, la recolectora de té que sueña, la viajera atenta a los detalles, ancianas cuidando el origen del té, mujeres anónimas que controlan con su ternura el punto de ebullición del mundo. Todas ellas convergen en el poemario:los extremos del mundo se han tocado/ una línea de tiempo llega hasta el borde de la taza.

Una mujer del inicio del libro se transforma en el último poema en un nosotras potente.

Mientras haya textos como estos, nada es olvidado, nadie es olvidada.

Luego de leer Kasu permanece una sensación de reposo en el cuerpo, la mente aquietada, las imágenes de las mujeres resonando, el sentimiento después de haber reído, y el pecho y el corazón calentito luego de un buen sorbo de poema.

Volvamos a la primera belleza: también este dolor/ pasará. Hasta que suceda, sonriámonos y tomemos un poco de té:

Espejo de té

El río comienza a aquietarse

reposan las hebras doradas en el infusor.

Quiero decirle a ella, decirme que todo pasará

que será complicado, pero resultará bien.

Bebemos juntas este té

bajo los nombre amados

aquí

ahora.

Junio de 2019.