Los cuadernos pueblerinos (cuarta entrega)

Me regalaron una runa que simboliza una vaca lamiendo hielo y sal

Por Sabrina Barrego

y anduve solo y no era la luz
fuime por duros corredores

Juan Carlos Bustriazo Ortiz

Sueño
con que las hojas
del otoño me entierran.
El cuerpo me germina.

Abbas Kiarostami

Cuando se murió la Lala, mi madre me llamó por teléfono y me contó una anécdota familiar. El hermano de su mejor amiga, mi tía Ani, se murió de sida en un pueblo chico. Su madre, la Lala, lo cuidó con dedicación hasta el último momento. Cuando finalmente se fue, la mujer se dedicó a caminar sin rumbo las calles de tierra de Villars. La hija, preocupada por los rumores acerca de la locura de su mamá, la cuestionó preguntándole por el motivo de sus deambulaciones.

“Yo estoy buscando hija”le contestó la Lala. “Déjame buscar…”.

Hasta que un día se detuvo. Nunca supimos por qué.

*

Caminar para mí siempre ha sido la manera más segura y eficaz de escaparme, hasta de mi misma. Moverme, con la tradición rusa de no dejar más que la tierra arrasada a mí paso. Hoy, 29 de abril de 2021, cerraron las fronteras de General Alvear por el rebrote. Qué linda manera de cerrar un texto justo cuando me preguntaba cómo. Linda, la manera de darme cuenta, finalmente, de que no sabría cómo resolver el hecho de quedarme quieta en un lugar.

Por ejemplo: cuando estuve en el hospital me sentía como en la cárcel, como en un campo de concentración (¿o qué otra cosa puede ser un neuropsiquiátrico?) Por efecto de la medicación que me daban, me pasaba esto que se llama “acatisia” o, según los diccionarios médicos, la incapacidad de quedarte quieta. En ese entonces lo que hacía era caminar alrededor de un árbol. Cuando coincidíamos en el síntoma con alguna de las compañeras o, simplemente, alguien me acompañaba, tomábamos mate. Siempre caminando. Yo no tengo un número tatuado en la muñeca que me recuerde que estuve adentro y salí. Que sobreviví al espanto de los corredores grises que conducen a la sala de los inyectables y  los gritos. Pero una tracalada de muertas me sigue pisándome los talones; no tienen bocas para llamarme pero, a veces, casi lo logran y hasta me ofrecen un mate. 

La pequeña voz del mundo

Cuenta Mary Oliver en una entrevista, que tuvo una infancia difícil en una casa muy pobre donde pasó demasiado tiempo sola, sin nadie con quien hablar del daño que recibía (sin nadie con quien hablar de nada). Decía que caminar por los bosques en Ohio le salvo la vida. Y ella, a cambio, salvó a la belleza (y a la poesía). Caminaba con su libreta por el bosque y Walt Whitman en la mochila. Caminando llego hasta la que fuera la casa de Edna St. Vincent Millay. Se movía garabateando, cazando y recolectando frutos, bayas, almejas y pececillos para comer. Deseando de manera casi religiosa unir (y unirse) con la experiencia del poema. Dios sabe cuándo habrá empezado a escribir. Ella solo sabía, íntimamente sabía, que, sin importar quién seas,  qué tan sola te encontrés, el mundo te llama a la imaginación, regalándose como los gansos salvajes llegan, anunciando tu lugar en la familia de las cosas. Es cuestión de tener oídos y corazón para escuchar. 

¿Qué son las fronteras?

Cuando mi hijo nació, el Estado de Israel bombardeaba Palestina todas las noches. Recuerdo estar sentada sola llorando al borde de la cama sin saber qué hacer con un bebé, mirando videos y fotografías de los sucesos al otro lado del mapa, sin poder imaginar siquiera la situación de velar por el sueño de la cría en un contexto de guerra. Por estos días, nos llegan las más cruentas noticias de este conflicto tan largo como la historia. Me contaba Alelí, compañera querida de un trabajo que supe tener, que, siendo ella una adolescente, Israel les ofrecía casa y estudios a los hijos de quienes ya se habían alejado hace tiempo de la madre patria con la condición de alistarse en el ejército. Eso significaba, decía, “que yo tendría que tomar las armas y apuntar y matar a los primos, a los amigos de mis vecinas, a los chicos con los que aprendíamos a tocar la guitarra en el barrio…somos lo mismo, el pueblo es el mismo”. Eso me contaba Alelí, y se le llenaban los ojos de lágrimas.

¿Qué son las fronteras? Quizás la manera que encontraron los Estados nacionales para tapar el sol con el dedo del fascismo. Si hasta las membranas defensivas que protegen el organismo vivo autosuficiente que es un huevo, son porosas.

¿Qué son las fronteras? Cuenta mi madre que la mamá de su abuela Elizabeth se murió de hambre en Rusia y que alimentaba a sus hijos con los huevitos de las aves que anidaban cerca de la casa, lo poco que había de pan y cebolla. Dividía minuciosamente las raciones saltándose siempre la propia. Cuando finalmente no aguantó más, su marido, siguiendo la tradición, se casó con su hermana a la que también llenaría de hijos, pero ya en La Pampa, República de Argentina. Contaba mi abuela que algunos de sus vecinos en Colonia Barón seguían construyendo sus casas debajo de la tierra por temor a los pogromos. La última vez que estuve allá, yo era muy chica y mi abuela todavía vivía. Fuimos con ella y con mi tío Rafael por motivo de la muerte de otro tío materno.

La otra abuela de mamá -su cabello nunca se volvió canoso- se murió realizándose un aborto clandestino. El viudo, mi bisabuelo, encontró sus propias maneras de renunciar a la descendencia y, con la muerta todavía tibia, repartió a todos sus hijos para dedicarse a las mujeres y al alcohol. Los menores con las hermanas; uno fue a parar a un colegio de curas en el litoral; a mi abuelo lo criaron los trenes en su vida de linyera y a Perla, la mayor, la casó con este chacarero, un tal Caíno, a quien conocí en su propio velorio. Recuerdo a mis parientes de la rama Casanova, oscilando entre los despojos de los aristócratas de pueblo que supieron ser, unidos a la familia política y ciertos personajes picarescos de alguna novela costumbrista o a los Peaky Blinders. Unos primos (no entendí nunca en qué grado de parentesco) me llevaron a una carrera de karting y unas cuantas tías no se cansaron de resaltar mi parecido con mi mamá. Cocinaban mucho y sus casas eran muy paquetas, “al estilo pampeano”, como decía mi vieja. De todos, mis preferidos fueron mi tía Korina, la hermana de mi abuela, y el Cholo, su marido, un despensero de boina y bigotes que nos regaló una bolsa enorme llena de semillas de girasol. Korina, no recuerdo muy bien la historia clínica que relataban, creo que tenía algún tipo de afección en las glándulas del crecimiento y un pronóstico de vida muy desfavorable al que pudo desafiar no se sabe cómo. Me acuerdo de su rostro, muy similar al de mi abuela, pero con los rasgos más marcados, las orejas alargadas, la nariz, el cabello oscuro. Era alta, altísima o, por lo menos, así la veía yo, y levemente encorvada. Su estigma: una “capacidad intelectual” dudosa para el resto de la familia. Su madre, sabia y pacientemente, le había enseñado antes de morir los oficios que la harían una mujer trabajadora y con ingresos personales, lo que la diferenciaba exponencialmente de las señoras que la contrataban para dejarles la casa bonita para las visitas, a base de tapices, cortinas y chucherías. Y también su incapacidad para concebir hijos. Recuerdo como si acabara de entrar recién en el comedor de su casa: era la hora del almuerzo, la mesa pequeña, dos sillas, dos vasos, dos platos, dos juegos de cubiertos, bifes y ensalada de tomates en porciones pequeñas para ella y su marido: no había nadie más que alimentar. Como si hubiese habido algo raro, algo que faltara en la secuencia que me dejaba impresionada en un sentido que, ahora, a la distancia comprendo. Pienso en toda la historia familiar y la trama de la descendencia tejida con la labor con que se tejen los mitones, las telarañas y las mortajas. Luego pienso en la tía Korina, en su instinto de preservación y en su útero infantil, y me digo a mi misma: es infinitamente creativa la vida.

Elizabeth Tailov

Me llamo Elizabeth Tailov, fui alimentada con huevos de aves,

pan y cebolla por mi madre que murió de hambre

a orillas del Volga guardándole la porción a la cría .

Me llamo Elizabeth Tailov, mi tía se casó con mi padre

(el viudo) y viajamos en barco hasta Sudáfrica primero,

y luego hasta la Argentina (mis vecinos en la pampa

construían sus casas como hoyos bajo la tierra

por temor a los pogromos).

Me llamo Elizabeth Tailov, a los trece me casaron

con un hombre 15 años y medio metro mayor que yo;

al principio tuve que negarme para que vuelva a pedir mi mano,

luego hicieron un gran baile familiar

y yo lloré en la habitación durante meses.

Me llamo Elizabeth Tailov, parí once hijos:

los primeros en una carreta, dos murieron de pequeños;

su padre quiso venderlos en una ocasión

y yo la eché con una escoba de mi casa

a la mujer fina que vino a buscarlos.

(Él esperó un año fuera para poder regresar.)

Me llamo Elizabeth Tailov, yo les lavaba los

pañales y las sábanas a las señoras del pueblo de Colonia Barón,

ellas no tenían mis manos toscas como tampoco mi lengua

para contar sus historias, pero si el dinero para comprar

azúcar, para amasar las kreppels y cubrirlas de nieve de manteca,

sin siquiera imaginar cuánto cabe en mis palmas vacías. Me llamo Elizabeth Tailov,  levanté mi casa en cuclillas

sobando el piso con adobe, menta y bosta de caballo;

alimenté durante décadas niños, chanchos y gallinas;

fui nido, vientre fecundo encendiendo velas todos los días como acto de fe.

Y con el puñado de hijos de la mano (a veces hasta en los hombros)

caminé kilómetros y kilómetros a la iglesia más cercana

para rezarle a un Dios hombre, distinto al de mis padres,

por si acaso fuese cierto y desde su morada eterna

alguien cuidara de las madres.

Ciudad de Mendoza, mayo de 2021.

*

Mi madre tiene los dientes como los de mi abuela, manchados de marrón por tomar agua yodada durante años. Me imagino que, si le hiciesen una radiografía de colores, sus huesos deberían estar iguales. Por mi parte, cada vez que pasa algo en Alvear me duelen las muelas. Una vez escuché de un hombre que, para curarlas, hacía nuditos en un hilo rojo que luego enterraba pronunciando unas palabras; si la pieza estaba enferma, entonces se caía. Creer o reventar. Escribo, y mi madre está internada en el Hospital local. Después de saltar la burocracia reinante, conseguimos permisos y pasajes para que mi hermana se traslade más de 1000 km para cuidarla. Es el Día de los Enfermeros y ella me cuenta que discutió con una antigua compañera por cuestiones de criterio, que se siente angustiada y que recién logró sentarse a escuchar a Marlene Dietrich en la habitación compartida con otra pareja de paciente y cuidador. Yo le comento que, durante la Segunda Guerra, había un pacto de cese de los bombardeos mientras ella cantaba para las tropas desde la radio. La imagen que –pensé- serviría como consuelo estético entre tanta pavura, le terminó provocando el llanto. He fracasado (otra vez). Me siento en la cocina y escribo cartas que jamás le mando: 

¿Quién cuida a quienes se encargan de cuidar?

“Ser enfermera no es solo entregar una comida

administrar una droga, controlar signos vitales”

me decís enojada. El otro día mamá se complicó;

“yo ya la había regulado para cuando llegaron ellos

y otro, ¿Qué hace?” Quizás lo que hiciste vos

con el chico ruso de al lado, que también cuida

a su madre. Ayer a la tarde mientras alguien

se moría  los gritos arañaban las paredes

del pasillo blanco. Vos y el chico levantaban la voz

“sólo nos faltaba bailar”, me dijiste, malabares

para que los vivos no se peguen la amargura

de los que se van yendo. Pero quién vela por quien

vive con la vocación extraña de consagrar sus días

al cuidado de los otros. Me comentas que

te quedaste sin frazada, que la espalda te duele

(cinco días sin dormir y quedan otros).

“Cuando una vía se tapa, hay que aspirarla”,

me explicaste, es una cuestión de reflejos

de intuición, de estar ahí en el corazón

de los hechos, sin dilatarlos, “no es a vos

al que se pincha”, la piel se gasta. Querida

el dolor ajeno siempre fue tu prioridad, algo que yo

no entiendo desde los mismos lugares. Escribo

para pensar cartas que jamás te envío, escribo

porque no puedo hablar, vos sabes que la

mandíbula se traba (algo en el orden

de la ansiedad) escribo mientras rumeo, frutas duras

zanahorias como clavos, como vos me lo indicaste.

Ciudad de Mendoza, 12 de mayo, de 2021.

*

…la puerta se abrió para siempre
mientras yo ardía

Mary Oliver

“Escribo como si fuese a salvar la vida de alguien. Probablemente mi propia vida”, escribió Clarice Lispector. A lo largo de estas crónicas fui trazando una cartografía metafórica de los espacios rurales que me vieron crecer. La Rusia (real y literaria) de mi historia familiar me hizo dialogar con La Zona, de Tarkovsky (antes de que cercaran el sur de la provincia como a un gueto). He estado hablando con otras personas de la potencia anticipatoria, incluso profética, de algunos textos. Yo no sé cómo sucede. Quizás una palabra sólo arrastra a otras palabras y las frases a otras frases, y así el Verbo se impone al mundo. Pero movidas ¿por qué?… Ya no por el viento que percute entre las hojas temblorosas de los álamos. No es tiempo para metáforas; es tiempo para decir lo que se tiene que decir.

Es tiempo.

Leo este poema de Ingeborg Bachman:

Ya no hay nada que me guste.

¿Debo

adornar una metáfora

con una flor de almendro?

¿crucificar la sintaxis

por un efecto de luz?

Quién se romperá el cráneo

con cosas tan superfluas –

Tuve una comprensión

de ciertas palabras,

las que están ahí

(para la clase más baja)

Hambre

              pena

                      lágrimas

y

                                      oscuridad […]

El hambre, sobre todo. Finalmente fui al médico, un clínico y naturista que me prescribe un cambio de rutina que incluye una dieta rigurosa. Me dice que no busque más palabras para entender, “que ya lo he entendido todo”. Que no es ese el camino y que recuerde -ya que estuve entre los indios- que ellos dicen que el pasado está delante y el futuro está en la espalda. Existen dos partes complementarias en la vida de una, lo propio y la historia familiar, y tratar de no repetir patrones. Que mi cuerpo lleno de fuego y viento me está pidiendo agua y tierra. Que me alimente de aquello que me acerque los elementos faltantes y que haga una ofrenda.  Que vuelva, pero por otros medios.

*

alguien en la noche
va a tomar un carbón encendido para
trazar círculos de fuego
que lo protejan de todo mal.

Jorge Teiller

El fuego

El fuego purifica, según dicen. Pero quienes venimos del sur -territorio sacrificable- sabemos que el fuego también cumple sus funciones más tradicionales: el fuego abrasa y quema. Hoy es sábado, me despierto con los mensajes de mi hermana avisándome que durante la noche anterior alguien encendió uno de los galpones del ferrocarril de Oeste. Aquí se juntan la desidia de un municipio frente a los espacios de la cultura y la memoria de un pueblo, y la mano de un idiota o, simplemente, de un villano que decide, impunemente, cortar un hilo en el tejido de muchos. Con qué derecho y con qué fin, no lo sé. Si lo pienso más solo me encuentro frente a la lógica de una época oscura, pachacútica y demencial, en la que cualquier hijo de vecino, eventualmente, puede darle cuerpo a la banalidad del mal. Las cosas no tienen por qué tener sentido alguno y “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Pienso de nuevo en la película de Merker, comenzando con un desfile en el que un milico relativamente raso, dentro de la jerarquía zarista, presiona a los campesinos y trabajadores que pasaban a quitarse las boinas de la cabeza, frente a la aristocracia. Dice la voz en off del documental: recuerden, antes de las grandes purgas, antes del nazismo, un oficial en Rusia obligaba a los pobres a saludar a los ricos. Esos anónimos, esos humildes personajes de la historia del día a día, que encarnan lo peor fascismo, incluso, sin saberlo.

Dicen que el galpón estaba siendo utilizado por el consorcio ferroviario y que en su interior había materiales de obra, pintura, madera de pinotea y algunos durmientes. La pinotea es un elemento muy resinoso que, al arder, ha inundado todo el pueblo con su olor característico. Como partículas invisibles desperdigándose en el viento, como palabras sobre el vacío sin nadie que las escuche o las reconozca… palabras, para qué palabras. Tengo miedo de escribir. ¿Dónde están las palabras? ¿Se agotaron? Quería escribir un texto que hablara de mí, de los hangares de mi memoria. Un largo texto que no terminase nunca, pero los hechos se imponen y se han levantado llamas dentro de su cuerpo. Como si las palabras invocasen algo que me supera y que excede a mi entendimiento. El lugar del que vengo escribiendo ya no existe. Debo encomendarme al peligro de hurgar en lo que está oculto. No: en el vacío de lo que se ha retirado de la vida, como la raíz seca de un árbol que partió dejando sus semillas, aunque de los arboles ya no pueda ver los árboles y no queden hojas para sostener al viento. Esta mañana llore, unos brazos me rodearon tiernamente y yo lloré. Me he apartado de mí.Todo lo que amo muere, de modo que ahora ya no sé si amo o no para matar”, reza un poema de Diane Di Prima.  Y sí, esto no es un lamento, es un chillido silvestre, como las chicharras y los gallos. Debo aprender a partir. Retirarme como el Orlando de V. Woolf, venciendo la maldición que recaía sobre su cuerpo: nunca envejezcas, nunca te marchites. Debo convivir con el paso del tiempo, ese gusano que vive dentro de cada fruto alimentándose de su pulpa. Debo convivir con el horror. Es extraño: hay una parte de mí que se ha quemado; cierro los ojos y lo veo al Lázaro, con su puñado de perros yéndose a dormir para el galpón, siento su olor a ginebra, estoy oyendo una música: linyera soy… Veni Lázaro,  levantáte y andá por los senderos de mis recuerdos. ¿Quién ha transformado en ceniza la arena de mis borcegos, la arena que traigo de mi pueblo? Debo escribir, a riesgo de traicionarme, a riesgo de perderme en el camino y caminar. Caminar pero sin correr carreras contra mí misma. Con mi propia sombra delante de mí.  Escribir en carne viva y tirando piedrazos a los pozos vacíos, como si en el eco de cada palabra latiese un corazón. Escribir librándome de mí y de mi propia huida. Escribir. Y apenas estoy empezando. 

*

El olfato

En sus apuntes venecianos, Joseph Brodsky escribe que, para él, el sinónimo de la felicidad absoluta es el olor a las algas heladas: “Para algunos es la hierba, o el heno recién cortados, para otros los aromas navideños de las agujas de las coníferas y de mandarinas. Para mí son las algas heladas, debido en parte, a los aspectos onomatopéyicos de la propia unión de términos (en ruso un alga es un maravilloso vodorosli) y, en parte, a un cierto absurdo y un oculto drama subacuático en esa noción”.

Brodsky, quien fuera condenado a trabajos forzados en la Unión Soviética por “parasitismo social”, se exilió en los Estados Unidos por sugerencia de las autoridades que le prometieron “días calientes” en caso de que se quedara. Algo contrastante con los días fríos que tuvo que pasar en la Siberia, y las torturas con agua congelada que dejaron la mella de un corazón enfermo crónico. Cuando en 1987 le dieron el premio Nobel, la Tierra Madre lo invitó a regresar, pero nunca pudo hacerlo por recomendación de su médico: la emoción enorme podría causarle un infarto mortal. En cambio, viajó a Venecia y escribió. El olor a algas congeladas en la escalinata de la stazione lo recibió transportándolo mágicamente a San Petersburgo, a sus canales y a su propia infancia pasada junto al Báltico, el hogar de aquella sirena errante en el poema de Montale. La anguila que deja los mares fríos para llegar a nuestros estuarios y nuestros ríos, bajo la crecida adversa, de cauce en cause, de hilo en hilo, entre burbujas de barro, hasta el corazón del macizo, “el alma verde que busca / vida solo allí donde/ muerde el ardor y la desolación…”.

*

La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.

Constantino Cavafis

Regresa en oleadas el olor a pinotea. Agarra rápido la ruta 188 desde el sur, se impregna de yuyos en el secano, entra por mi ventana y me golpea fuerte en la nariz.

Dice Jorge Teiller que la carga de plomo que se respira en el aire de Santiago de Chile inhibe el pensamiento en los niños de 8 años. Cuenta Natalia Litvinova que algunos niños en Ucrania y Bielorrusia nacen con un agujero en el corazón; a esa condición se la llama “corazón de Chernóbyl” (su promedio de vida es de doce años). Jacobo Fijman, ante su inminente fin entre los muros del Borda, aterrado por la perspectiva de una autopsia, le pidió insistentemente a su tutor que no permitiese que le destrozaran la cabeza, incluso, estando ya muerto. ¡Pobre Jacobo que quisiste dar un último paseo como Walser para morir en tus términos, para no morir como un loco, como un enfermo cualquiera en la cama de algún manicomio!

Cuando me fui de Alvear, siendo nómade como supimos ser con mi familia, sabía de sobra que la nostalgia y el cansancio de la huida se alojarían en alguna parte de mi cuerpo. Ahora quisiera saber en cuál. ¿Será en el estómago que se enfermó? ¿En todo el sistema digestivo? ¿En el pecho que se aprieta, en la piel ardida, en las muelas, en  los oídos? No importa. Cuando pienso en estos días a veces tengo la total seguridad de que todos venimos entrado en las vías de un irremediable exterminio. A algunos les queda, tal vez, una hora; a otros una semana o, quizás, un año, incluso varios,  pero el final es inevitable. El final de todo: de los familiares, de los amigos, de mi madre, del pueblo…

Me refiero, precisamente, al pueblo, porque no existe en esta ciudad, en “lo nuevo” donde me encuentro, no existe ni por asomo ese conjunto de sentimientos, ideas y conceptos que constituyeron hasta hace poco mi vida. Era otra vida, la mía, hasta hace poco y ahora ha desaparecido. Los pueblos han desaparecido o están desapareciendo porque ya son pequeñas ciudades. Ser una poeta de pueblo es ser parte de algo que ya no está, que se está yendo. En eso quisiera ser generosa, darme a misma y escribir para que me lean las que son iguales a mí, como lo aprendí de los otros. Pero eso tampoco existe. Me he convertido en una extraña hasta para las que fueron mis amigas y supongo que eso está bien. O no. No es un tema de la moral, es cuestión de las versiones de la historia. Es cuestión de hacerse cargo de lo propio. Es cuestión de renunciar, a la manera de Rilke, a la  utopía del tiempo propio y de la patria. “Yo no tengo una utopía política ni sociológica, tengo una utopía personal”, decía Teiller. No me había dado cuenta sino hasta ahora que lo escribo: el pueblo no tiene sentido si no es narrado. Yo me fui. En el mismo instante en que puse un pie fue afuera y vi hacia atrás a través del cristal del colectivo, el mundo se partió para mí en dos mitades.

Miré hacia atrás. No puedo explicarlo sino con el poema de la mujer de Lot, de Wislawa Szymborboscka:

…Mire hacia atrás por soledad.

Por la vergüenza de huir a

escondidas.

Por las ganas de gritar, de regresar.

O porque justo entonces se soltó el

viento,

desató mi pelo y me levantó el

vestido.

Sentí que me veían desde los muros

de Sodoma

y se morían de risa, una y otra vez.

Miré hacia atrás llena de rabia.

Para gozar plenamente de su ruina.

Mire hacia atrás por todas las razones mencionadas.

Mire hacia atrás sin querer…

Y puede que algo de salitre me brille por siempre en el esqueleto.

Todos estos años pensé, largamente, en si una debe responder cuando le pegan. Si una debe gritar cuando hay dolor. ¿Sera mejor, acaso, pasmarse, refugiarse en el orgullo y devolverles a los verdugos un aristocrático silencio? Cuando fui a parir, parí callada, jamás me quejé. No hace tanto decidí que debía aullar. “En los sordos calabozos, casi impenetrables para el sonido, están concentrados los últimos restos de la dignidad humana y de la fe en la vida. En ese aullido, el hombre deja su huella en la tierra y comunica a los demás cómo ha vivido y muerto. Con su aullido defiende su derecho a vivir, envía un mensaje a los que están fuera […] Si no queda ningún otro recurso, hay que aullar”, escribió Nadieznha Mandelstam en Contra toda esperanza.

ESTE, aquí, es mi único recurso ¿Quién soy yo cuando no escribo? La esperanza nunca la tuve… Puedo rezar sin creer en Dios y me permito la nostalgia de futuro. Existen poetas de la intemperie y poetas burócratas. Con el poder de mis palabras sello mi vida palpitante con sus propias cartografías por fuera de otros mapas que pronto las borrarán de la historia. Asumo mi lugar en la familia de las cosas y estoy dispuesta a desaparecer. Yo soy guardiana de mi propio mito.

Es tierra sagrada la que están pisando, por favor, sáquense las sandalias.

Ciudad de Mendoza, Abril-Mayo de 2021.


La primera, segunda y tercera parte de esta crónica pueden encontrarse en Los cuadernos pueblerinos (primera entrega),  Los cuadernos pueblerinos (segunda entrega)  y Los cuadernos pueblerinos (tercera entrega) .

La Tierra es un mundo raro

por Jaime García

Hace muchos años, viajaba en un tren por la República Checa entre la bellísima Praga y la sorprendente Brno. Mientras recorría casi toda la longitud de ese país, reflexionaba sobre lo que había albergado esa típica ciudad europea, Brno, localizada en un enclave de cuatro países. La capital de la Moravia meridional, además de contar con la cuna del modernismo de la arquitectura, la Villa Tugendhat, aloja el Mendelianum, un museo de la historia de la genética. Ocurre que el padre de esa disciplina, Georg Mendel, nació cerca de Brno y desarrolló sus trabajos sobre biología en esa ciudad.

Pero al cabo de reflexionar sobre Mendel y lo diversa que es la biosfera terrestre en su capacidad de sustentar la vida en tan heterogéneas formas, desde seres unicelulares hasta complejas estructuras de tejidos especializados que conforman a los humanos, se nos presenta la gran pregunta, ¿habrá otro planeta, en este vasto universo, capaz de albergar una biosfera tan rica como la de la Tierra? Pregunta difícil de responder, si las hay. 

Desde hace treinta años, se han venido detectando una enorme cantidad de planetas alrededor de otras estrellas, los llamados exoplanetas.

Cabría esperar, con una muestra tan amplia de exoplanetas descubiertos a la fecha, nada menos que 4771, que encontremos muchos similares a la Tierra y, en un buen porcentaje de ellos, condiciones de sustentabilidad de la vida tal como la conocemos aquí. 

Es bueno resaltar que para que un exoplaneta adquiera el rango de potencialmente habitable, es necesario que se encuentre a una distancia tal de su estrella central que permita que el agua esté en estado líquido y esto reduce la muestra a unos 60, al día de hoy. 

Pero un nuevo análisis de exoplanetas conocidos ha revelado que las condiciones similares a las de la Tierra, en planetas potencialmente habitables, pueden ser mucho más raras de lo que se pensaba. El trabajo, que se publicó online el 23 de junio de 2021 en la revista científica Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, se centra en las condiciones necesarias para que se desarrolle la fotosíntesis basada en oxígeno en un planeta, lo que permitiría biosferas complejas del tipo que se encuentra en la Tierra.

Del puñado de exoplanetas rocosos y potencialmente habitables conocidos, la nueva investigación indica que ninguno de estos tiene las condiciones teóricas para sostener una biosfera similar a la Tierra mediante la fotosíntesis «oxigénica», el mecanismo que utilizan las plantas en la Tierra para convertir la luz y el dióxido de carbono en oxígeno y nutrientes.

Solo uno de esos planetas está cerca de recibir la radiación estelar necesaria para sostener una gran biosfera: Kepler-442b, un planeta rocoso de aproximadamente el doble de la masa de la Tierra, que orbita una estrella más fría que el Sol, a unos 1.200 años luz de distancia a nuestro sistema solar.

En el estudio, liderado por Giovanni Covone de la Universidad de Nápoles, los astrónomos  analizaron, detalladamente, cuánta energía recibe un planeta de su estrella central y si los organismos vivos podrían producir nutrientes y oxígeno molecular de manera eficiente, ambos elementos esenciales para la vida compleja tal como la conocemos, a través de la fotosíntesis oxigénica normal.

Al calcular la cantidad de radiación fotosintéticamente activa que un planeta recibe de su estrella, el equipo descubrió que las estrellas con la mitad de la temperatura del Sol no pueden sostener biosferas similares a la Tierra porque no proporcionan suficiente energía en el rango de frecuencias correcto. La fotosíntesis oxigénica aún sería posible, pero tales planetas no podrían sostener una rica biosfera.

Los planetas alrededor de estrellas aún más frías, que conocemos como enanas rojas, que poseen un tercio de la temperatura superficial del Sol, no podrían recibir suficiente energía para siquiera activar la fotosíntesis. Las estrellas que son más calientes que el Sol son mucho más brillantes y emiten hasta diez veces más radiación en el rango necesario para una fotosíntesis efectiva que las enanas rojas, sin embargo, generalmente no viven lo suficiente para que evolucione la vida compleja.

Como las enanas rojas son el tipo de estrella más común en nuestra galaxia, este resultado indica que las condiciones similares a las de la Tierra, en otros planetas, pueden ser mucho menos comunes de lo que se podría esperar. En fin, este estudio impone fuertes limitaciones al espacio de parámetros para la vida compleja, por lo que parece ser que el «punto óptimo» para albergar una rica biosfera similar a la Tierra no es lo suficientemente amplio. La Tierra parece ser un mundo raro en la vastedad de nuestra galaxia.

Misiones futuras, como el telescopio espacial James Webb, que se lanzará hacia el fin de este año, tendrán la sensibilidad para observar mundos distantes alrededor de otras estrellas y arrojar nueva luz sobre lo que realmente es necesario para que un planeta albergue vida como la conocemos.

Rama Caída, San Rafael, Mendoza, 25 de junio de 2021.

Referencia

Giovanni Covone, Riccardo M. Ienco, Luca Cacciapuoti, Laura Inno: Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, Volume 505, Issue 3, August 2021, Pages 3329–3335.

Los cuadernos pueblerinos (segunda entrega) *

por Sabrina Barrego

A la memoria de Alejandro Schmidt

Mi palma se ha convertido en un puño…

Viktor Tsoi

Anda rodando la tierra, con toda su tierra adentro.

Manuel José Castilla

«Deja las letras y deja la ciudad», me aconsejó Juanele en un poema el otro día. «¿No estás tú también un poco sucia de letras y un poco sucia de ciudad?» 400 km he viajado hacia el sur de la provincia. Sentada, ahora, en la galería de la casa de mi madre, circundada no más que por las hormigas y un viento que nace en el sur y se pierde en los álamos, escribo. 

General Alvear: árido, soleado, monótono. Vuelvo a la tierra donde viví casi dos décadas, un año después del aislamiento. Llegando en el colectivo, el espacio que separa las grandes urbes de lo rural se va ensanchando como un elástico en el que siempre quedo atrapada, ay, mosca del mediterráneo en la trampera. Como les pasa a los niños al crecer y regresar a los viejos lugares: lo que era grande se volvió pequeño. Los viejos rostros palidecen como el romerillo florecido. Lo que deslumbró no deslumbra más. Las tierras salitrosas se ajan con los primeros calores. Las casas siguen siendo bajas. A la orilla de los canales, entre los yuyos, como hace mucho, mucho, ruedan los cardos rusos.

Sin embargo algo en el pecho se ensancha, comprime y avanza.

*

La finca de mis padres está ubicada en un callejón de campo en la colonia Alvear Oeste, un pueblito del ferrocarril. Llegamos en época de tormentas; hacia el norte los cúmulos de las nubes chorrean sucios;  entonces sabemos que cerca llueve. Lejos, los rayos descienden verticales ensañados contra el horizonte. Se oyen rapaces, las lechuzas, los caranchos, las aguiluchas entre los pastizales.

*

Juan L. Ortiz se fugó velozmente de Buenos Aires a su Entre Ríos natal en búsqueda de la «virgen del aire». Yo me pregunto qué cosa ando buscando por acá, si hace tiempo que me fui sin caer en esta hierba y viví para vengarme.

*

Me propongo leer y escribir todos los días. En la mochila traigo varios libros de poemas y entrevistas: Juanele, Arnaldo Calveyra, Ricardo Zelarayán, Ilyá Ehrenburg y Leónidas Escudero. Imágenes rurales me rodean dentro y fuera de la hoja. Mi obviedad me da risa. He caído en el lugar común de los comunes de las que vuelven del Centro haciendo turismo rural en los paisajes que habitaron, retocados por la nostalgia, por la ilusión.  A invocar una voz y constituirse poetas por ósmosis con la naturaleza. Ah pero la naturaleza, como dice Zelarayán, «la naturaleza, la de uno y la de afuera de uno, no conoce fronteras, razas, edades, sexo ni condición social». Y también: «Es mejor ir por lana pero volver… aunque sea trasquilado y cubierto por las nieves del tiempo».

Pero volver; a dónde, a qué…

*

De pronto, ay, la gata ya se entró una pichonera. Ay que metí la mano hasta el cuadril en el cajón de las cebollas y las papas. Diana la cazadora le decíamos, que despertó a todo el mundo de la siesta por causa de una culebra. ¡Y la bicha! Había que verla encrestada ¡bonita, tan lejos del pastizal! ¡Y la gata! Como loca de alegría con los saltitos ondulantes, el olor sudoroso y la lengua al aire de la serpiente. Y mi hermano desenredandolá con cuidado para que se volviese al campo:

«volver con los ojos en blanco del mendigo / con los ojos redondeados de la lechuza / con los ojos del que nunca se miró en espejo / con los ojos cerrados de la papa». (Calveyra)

*

Comienzan a cantar los grillos y aparecen las bicicletas arando por el callejón. Filas de mujeres, como azules pájaras, pedalean hasta la fábrica. Turnos largos paradas contra la línea tamañando los duraznos, aguantándose la pelusa y el olor a azufre. Al borde del desmayo por la calor. Los hombres no están porque la cosecha. Secaderos, frigoríficos y pulperas poblándose de mujeres, viejas y jóvenes, en la temporada alta, eso tampoco ha cambiado.   

La otra tarde me la crucé a la E, una que fue mi alumna, hacía los mandados en el barrio de la vinchuca, el mismo en el que se crió. Yo me tomaba una gaseosa sentada en la cuneta y me reconoció en seguida, dijo, mientras caminaba por la calle. Yo no hubiera podido. Cuando la vi, ahí, sus ojos verdes (que le decían la chica más bonita del curso, que fue reina de la vendimia, «de las que tenían futuro» como decíamos con las maestras…). No era mucho más joven que yo… Cuando la vi tan señora, en los zapatos de su mamá y de su abuela, yéndose para la fábrica. Lo mismo mis compañeras de colegio, siempre en la misma y pariendo. Y los varones que también vi, trabajando con sus papás. ¿Y yo? Regresaba. («¿Era yo quien regresaba? ¿En la angustia vaga de sentirme sola entre las cosas últimas y secretas?») ¿Qué siento que me separa y me amontona con esos cuerpos domados igual que yo por las circunstancias,  peleándose contra el tiempo y sus fantasmas? Contra la muerte. Miro sus caras como si fuese la primera vez que nos conocemos, el paisaje nos ha moldeado como una arcilla arenosa que se desmigaja ¿Será que yo me ablandé con el aire encajonado del Centro? Los alimentos que consumía, como el agua, me dan alergia, el sol y las picaduras de los bichos que me han curtido la piel. ¿Qué me llevó a mirar con la mirada de quien te estudia, a acostarme del lado de semejante tilinguería? Acaso esxs otrxs que me encontré entendieron algo mejor que yo y por eso me miran con respeto pero también con sorna. No sé. Entonces, recuerdo ese poema de Lucille Clifton a la que fue la rosa de Georgia:

«yo me pongo de pie / frente a tu destrucción / yo me pongo de pie».

Frente a mi destrucción, yo me pongo de pie. Las palabras se desperdigan como los espirales amarrillos derramados por todo el suelo y el viento me dice: deberías callarte para escribir.

*

Soy el último poeta de la aldea, / el puente de madera es humilde en las canciones. / Me detengo en la liturgia de las despedidas / que cantan las hojas de los abedules.

(Sergey Esenin)

Según Ehrenburg, los poemas de Esenin son una maldición arrojada al «visitante de hierro», a la ciudad. Con orgullo, pero también con tristeza, como un pobre y tonto potro queriendo adelantarse a una locomotora. Porque la batalla desigual entre la aldea y la ciudad suele tener desenlaces obvios. Y la ciudad quiere consumir como el fuego hasta el pathos de los poemas que provienen de los millones que no leen en salones literarios o que no saben leer.

Según Ehrenburg, los poemas de Esenin son una maldición. Yo digo: pura venganza, «pero con palabras» (Dovlátov). Porque los cantos desesperados a los enormes campos de una Rusia quemada por el sol de la revolución (terrible Cronos que acabó devorándose a su hijos) no pudieron nacer de los intelectuales adiestrados en los círculos parisinos. Si no del poeta de entrecasa, que hasta hacía poco pastoreaba vacas y luego creaba estilos. Como un borracho vagando por los campos para quien el viento canta más fuerte que para los demás. Así como los campesinos ya no usaban las viejas horcas sino las mismas metrallas fabricadas en el Centro para defenderse de quienes de todo se apoderaban, Esenin expropió las más modernas técnicas literarias para sus lágrimas y sus insultos, sus amenazas y las plegarias. En fin, esos poemas que lo llevaron a la pira de la inmolación.

*

Suena un chamamé de Tránsito Coco Marola, ladran los perros, el niño chapotea en un charco de barro al ritmo de la melodía de los grillos talóngastado frotándose.

«Yo no tengo en cuenta la música» –dice Juanele en una entrevista-, «yo la necesito. Pero no solo la música, si no lo que hay más allá, a la manera de Debussy; no es la evocación del silencio sino la sugerencia de algo que está germinando, que va a florecer y que no puede definirse». A eso creo se refería Yupanqui con la musiquita del pago que resuena en los poemas y las canciones. Raúl Barboza y el Chango Spasiuk dieron un concierto en el Théâtre Claude Lévi-Strauss de París con un proyecto llamado Chamamé Yeroki Ñeemboe, que significa en castellano: el chamamé es un rezo que se baila. Pienso, ahora, en las palabras que siempre me acompañan y sostienen; que acompañan y sostienen a los pueblos, como los poemas -que son oraciones (Blok)-. Pienso también en las canciones, los sonidos y los ruidos que son parte ya de nuestros huesos, que viven grabados en mis oídos, en mis pies y mi corazón. Me detengo en los silencios. Recordé el cuento Kilómetro 11, de Mempo Giardinelli que me leyeron en la escuela secundaria, al que siempre regresaba sin dejar de llorar. Me ví sentada en el patio de mí casa de entonces, junto a mi abuelita Rosa que me dijo: «yo te voy a contar lo que vivió nuestra familia en esos años», hablándome por primera vez de la detención de mi abuelo en los ‘70.  

Cosas de familia.

La familia de mi padre llegó a Misiones del país vasco. Mi bisabuelo, dicen, era un viejo déspota que se agenció una mujer guaraní como esposa y la obligaba a sostenerle el mate mientras él lo tomaba y a lavarle la cara, las manos y los pies cuando llegaba del campo. María se llamaba y fue la abuela de mi papá. Por parte de mamá somos alemanes del Volga, judíos injertados, primero en Rusia y luego en la zona pampeana, siempre detrás de las vías. Cuando mi bisabuelo Peter llegó de Sarátov a Colonia Barón (La pampa) no sabía hablar ni mucho menos leer en castellano. Venía con un campito apalabrado que, con su firma en el papel equivocado, lograron arrebatarle condenándolo a vivir con su mujer Elizabeth (a quien le debo mi segundo nombre) y las primeras crías que nacieron vivas, mucho tiempo en una carreta. Cuenta mi madre que, a pesar de las penurias, el malhumor y la sordera, su abuelo era un tipo ingenioso y divertido, que reboleaba su boina ni bien escuchaba una polka o un chamamé. En las primeras reuniones sociales a las que tuvo que asistir de peón, los paisanos le jugaron un par de bromas echándole polenta caliente en las manos y dejándolo quemarse la jeta con el mate. Ahora que vivo en la ciudad, noto que hay formas y formas de chamuscarte el cuerpo y la voluntad.   

Yo nací con las manos quemadas de mi bisabuelo, rodando como una carreta y torcida como un acordeón.

*

Si pudiera volver desde el agua al laurel / Volvería a la infancia del río (…) Yo muero para volver / Juntando rocío en la flor del laurel. (Cuchi Leguizamón)

Intento regresar al principio. «A veces, nuestra naturaleza nos ha preparado (para) un prado», reza el poema de Francis Ponge que cita Arturo Carrera a propósitodeJuanele en Ensayos murmurados. Juanele decía que podía pasar no sé cuántos años sin hablar con nadie, conversando con los animales o con un árbol, o cualquier cosa, cualquier criatura, sometiéndose a eso que Machado llamó «la prueba de la soledad en el paisaje». Carrera, que compara a ambos poetas con Basho, dibuja su condición de escritores de provincia. Lo que es vivir «provincia adentro» y resistir a la prueba de estar sin compañía (sea lo que sea que eso signifique ahora).

Hace dos días se murió un gran poeta cordobés a quien había leído, antes de conocerlo en las redes, guiada por su cercanía con Vicente Luy. Luego hablamos algunas veces por chat y, pese a su fama de peleador y su carácter complejo, siempre se mostró muy generoso y alentador con mi trabajo, algo que era habitual en él porque además de poeta, fue un gran propagador de la poesía. «Ya lo era cuando ni siquiera habían comenzado los blogs (a los que luego también hizo su generoso aporte) y tampoco imaginábamos las redes sociales. Ya editaba a poetas que incluso hoy en día siguen estando relegadxs (nombro a Edith Vera por dar un ejemplo), cuando todavía no se había dado el crecimiento de las editoriales alternativas en el país», escribió Valeria Cervero en su muro de feisbuk, refiriéndose a «esos otros noventa que no han sido narrados ni estudiados».

En la comunidad virtual, lo que no corre vuela, las palabras alusivas y las fotos abundaron entre cercanos y no tanto. «No es que se estén muriendo más poetas que antes. Sucede que ahora nos enteramos de inmediato a través de las redes. Y sucede también que nuestros coetáneos van superando los sesenta. No es para consolarse. Digo. Antes les pasaba a ellos. Ahora nos pasa a nosotros. Hagamos lo necesario para abrazarnos, ayudarnos, leernos mientras sea posible», escribió Mónica Sifrim. Y tiene razón. Esa noche de la muerte quise escribir unas palabras pero la piel se me puso de gallina, me dio frio y me acosté. Pensaba en la cantidad de poetas provincianos que partieron en el último tiempo, muchos de ellos pobres, enfermos y solos en el oficio «heroico pero absurdo» de escribir en este país (Sara Gallardo). Inéditos o editados en condiciones tales que leerles se transforma en una tarea verdaderamente arqueológica. Y luego viene la muerte y en Buenos Aires y en los grandes centros sus obras son “rescatadas” en ediciones muy lindas y los poetas vivos homenajeamos a los poetas muertos y las miradas se posan por un momento sobre nosotros. Y así, hasta que nos toque caer del otro lado de la taba. 

«Corrijo un poema con otro y con otro… desde los 13 años estoy buscando el poema verdadero…Escribo casi todos los días, ceniza, perlas, florcitas de plástico y también mi lírica de dolor y de veneno…va saliendo la poesía, va saliendo de esa tripa y uno no sabe qué es, ni maneja ni controla nada, salvo alguna corrección inevitable, alguna prudencia en publicar, alguna música», decía Alejandro Schmidt. Vuelvo a la metáfora arqueológica. Hace poco vi la película The dig (La excavación), de Simon Stone. «Tu trabajo no es sobre el pasado ni el presente, sino sobre el futuro, para que las próximas generaciones sepan de dónde vienen. Lo que las relaciona con sus ancestros», le dice uno de los personajes al autodidacta Basil Brown, quien permaneció hasta hace poco borrado por la academia luego de descubrir uno de los hallazgos más importantes para la historia de los museos de Inglaterra. Situación que nos habla de un futuro que nos pertenece por prepotencia de trabajo (¿futuro?) «De la poesía solo esperé la poesía/ de todo lo demás la lluvia espesa», escribe Schmidt, quien en sus poemas dejó el corazón, su bolsillo, su vigor y el agua que pudo acertar en un cerebro desierto. ¡Y la música! He mencionado antes al chamamé. El chamamé era para los antiguos ñeemboê yerokî. Significa crear la palabra mientras se está danzando en ronda cuando llueve. Ñeemboê es crear la palabra y, para el guaraní, la palabra es el alma, digamos, o el alma está en la palabra; yerokî viene de yerê, que quiere decir dar vuelta.

Y puede que todo en el cosmos sea una gran re-vuelta.  Y aunque hace rato me arranqué las esperanzas de cuajo e insista en el gesto gastado de estar en «el corazón del siglo»; a veces, me consuela pensar que todo muere y no muere también, mientras el horror avanza sobre lo que existe. Y que, sea como sea, siempre puedo retornar a mi tribu de palabras (comunidad subterránea habitada por mis vivos y mis muertos), alterando la línea del tiempo. Puede sonar ingenuo pero,  íntimamente, sé que «alguien puede excavar toda su vida sin encontrar lo que yo hallé aquí».

*

…nosotras debemos volver al lugar donde nacimos… Visitar la ermita del Santo, tomar el fresco con las vecinas, rezar las novenas con ellas, aunque no seas creyente… porque si no, nos perdemos por ahí como vaca sin cencerro.

(La flor de mi secreto, Almodóvar.)

Olvídame te lo ruego, / yo soy como el Paraná/que sin detener su marcha

/ besa la playa y se va…

(Escribió Cholo Aguirre, canta Ramona Galarza.)

A estas alturas ya me temo que no lograré responder ninguna de las preguntas que ensayé a lo largo de estos párrafos.  No importa. Como si de momento el dejarme vivir (que la vida y la muerte me atraviesen como un río) sea quizás la respuesta a un interrogante que todavía no existe. Volví al paisaje buscando respuestas. Hallé preguntas acerca del tiempo y momentos cargados de poesía (¿o es que me hallaron a mí primero?) Los silencios, el enorme resplandor entre los árboles, la lluvia que bajaba del cielo serena y fuerte como una sonrisa en los labios, las palabras queridas que florecieron en mis manos sin necesidad de obligarlas… No hay temas en la poesía, no hay lugares comunes. La poesía, cuando sucede, deja tras de sí una huella similar a la del agua cuando se aleja para volver.

Carlos Mastronardi, en el documental Luz de provincia, se define como «un modesto poeta elegíaco, representante de la paz y la serenidad de Entre Ríos (…) determinado por el medio natal, esa provincia que un fresco abrazo de agua define para siempre…».

¿Pero qué cosa define? Bueno, cada poeta, creo, lleva consigo una visión del mundo, un estar entre las cosas y palabras, palabras que se repiten como reflejo o resonancia de eso que Pavese llama mitos y que vienen de la infancia. Cuenta Mastronardi (lejos ya de su tierra) que, como todo muchacho provinciano esperaba encontrar en la ciudad, la magia y el deslumbramiento, pero cuando regresaba por la triste calle Moreno, después de unas horas en la biblioteca de la facultad y notaba que las calles estaban solas y las voces se habían apagado, se decía que la vida puede ser la mínima en todas partes, en resumen, que las convenciones son más visibles que la misma realidad viva y palpitante.

Esto nos acerca a una variación sigilosa sobre el concepto de Naturaleza que elaboró Carrera, refiriéndose puntualmente a aquella que miramos desde el cuadrado de la página, en los versos, en las sílabas, en los acentos, en sus sonidos, en los intervalos repetidos pero diferentes…

La hoja en blanco, «crepúsculo de la libertad»  que defendió con su vida Osip Mandelshtam, (poeta sin tumba) quien se alejaba de su casa solo para deambular en los trenes que lo llevarían a morir en la Siberia, despojado hasta de sus pantalones pero jamás de sus lujosas palabras. El papel blanco y la tinta azul de donde nacen los ríos perezosos, los cerdos en las calles y los molinos vacíos de Jorge Teiller y que mantuvieron a Inchauspe encadenado a esas palabras que no vienen. Una ropa «de andar dentro de sí», antes que versos colgados de un alambre allá cerca de un rancho donde el diablo perdió el poncho, que decía el sanjuanino Escudero. «¡Oro nestas piedras!»

*

Escribo esto ya de regreso. Lejos ha quedado la casa de mis padres, el cerro Nevado, la mano invisible que enciende el chirrido de las lechuzas y el tucutuc en las cuevas de los tunduques. Las bandadas de patos volando en V, armando y desarmando su forma. Los jotes dibujando a lo alto, círculos concéntricos dejándose caer por el aire y preparándose para cazar. Las hojas plateadas de los álamos oscilando de un lado a otro; la luna color viento.

Las tormentas de piedra migrando hacia el norte, los aviones y las manchas fucsiasverdesanaranjadas apareciendo y desapareciendo en el radar.

Los niños descalzos en bicicleta por la calle terrosa sobre los rieles oxidados de trenes que no vendrán. Las cúpulas del cielo cayéndose a pique por su propio peso…

Abandono; me despido aunque no deje de mirar ese sur al que llegué de polizón como una ortiga chúcara entre otras hierbas, ni de verme montada en un caballo blanco con una estrella negra tatuada en la frente. Guardo para mí el hábito del ir y volver constante con las manos vacías y «este poco de aire movido por los labios, palabras, palabras» como caminos, siempre en busca de algo que se escabulle más allá y que, al fin, cuando lo agarro se deshilacha como una nube de polvo o reaparece, ojalá, en forma de poema.

S. Barrego

Enero-Febrero de 2021.


*La primera parte de esta crónica puede encontrarse en Los cuadernos pueblerinos.

Elefantes de Uruguay

Por Claudio Ferreyra Barro

Despertamos en el refugio casa caracoles distraídos por el horario de llegada, la tarde serpiente nos la hizo larga a la entrada de Montevideo y terminamos rocosamente acomodados en un largo carnaval. El olor a mar es un poco el olor al mundo, la envidia de los charcos, el pasto de los ahogados. El mar estaba sonando. La otra mar era junco del Auca Mahuida yendo de un lugar a otro, mudándose. Entre tanto, montones de niños embrujados de sal, amontonando medusas en torres de gelatina salada. Para la llegada de medusas a la costa, los hombres las mujeres los niños y los ancianos sin animales más que el degollado para la carne, ofrecen a la negra longitud partes del mundo de tierra. Nosotros, seres del desierto, manteníamos la greda del carácter en nuestro silencio y nos comíamos las sandías que sobraban en los enterraderos. Esa noche no era de dormir. Sentados como a la orilla del río, entre humus de lombriz y acicalados bancos, en la Intendencia de la 18 de Julio y sus escalones de piedra, se esperaba que aclare. Saludamos a los vecinos. Mi compañera tomaba el tren para Tucumán; antes de irse  me pasó un par de fotos del viaje que ahora se dividía en dos. Cuando el abrazo es como un elefante, enorme por la densidad del gesto en edificios altos, en terrazas húmedas en pajonales, ciénagas y gualeguaychues de parques libres.

La fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente, escribe Barthes en su tratado del tiempo La cámara lúcida. Una de las fotos de casa caracol contrastaba con fuerza con los caracoles de Punta de agua y la cantidad de damascas altas de frutos atléticos. En las playas de La Paloma, en el departamento de Rocha, las algas que el mar descarta tienen forma de huevo de gallina. Allí dentro en un vientre traslúcido y viscoso flotan pequeños caracoles.

Horas atrás, antes de encontrar lo que iba a ser nuestro refugio, mi compañera fotografió dos avestruces en un campo cerca de donde la ruta se divide; luego de tomar la foto dijo que había fotografiado dos elefantes pequeños. Tierra de nubes parientas de los mastodontes, Pan de Azúcar humeaba en un costado. Los avestruces cuando abren las alas parecen elefantes, pequeños elefantes grises al costado de un riachuelo debajo de lomas verdes. Me llamó la atención el junco de las playas de Neptunia y el junco de La Payunia. El abismo es lo que todos vemos; la siesta, la hora del sueño y la oración, la hora del recuerdo.

En los caminos tersos de sólo eucaliptus y generadores eólicos, cómodos y sentados en los asientos de nave espacial, hacíamos el record de espera en una frontera viajando a dedo, quince segundos luego de hacer la entrada por la aduana la camioneta de Julio se paró para llevarnos. No sabíamos donde íbamos, optamos por ir con Julio hasta lo más cerca de Montevideo y fue allí donde empezó la tarde serpiente a hilar en el paralelismo del día y la noche. Tambor que suena del animal en el río del frente, donde se oyen suspiros y lamentos, el agua en tierra que se desmorona, salinas aflamencadas en lugares de agua que merma.

Siempre supimos que todas las personas que nos íbamos encontrando en esta nueva tierra eran Elefantes de una u otra manera; incluso los árboles se teñían del color gris de los Elefantes y su inmensidad lo decía todo. Por las noches pasaban cerca de donde dormíamos; sólo escuchábamos el sonido de sus patas pisando las hojas. Recuerdo el nombre oculto (si es que existen algunas palabras). Hoy, casi lejos del árido gredal, recuerdo con el olor al mundo que deja el mar los corrales malargüinos. El desierto y el mar son la misma punta del tiempo, si es que existen algunas palabras, no sea posible descubrirlas así como así no más. En la noche la tormenta nos llovió la fluorescencia de un mar inacabado, las noctílucas se asomaron a tanta flaca infinitud como una poesía de Demetrio Iramain. Recuerdo el nombre de la palabra volver si es que existe ese gesto, esa palabra con sus graves, con su entero círculo de días, de días lentos como cementerios de Elefantes.

2020

Álamos yirados

Algunas notas sobre la literatura “marica” de Mendoza

por Jorge Luis Peralta

Corre el 2001. Aún no ha llegado la debacle. Para mí, que vengo de San Luis, Mendoza es la Ciudad. Mi Buenos Aires. Tengo dieciocho años recién cumplidos, vivo solo por primera vez, la Vida me espera. Soy Eduardo Ales recién llegado al Asfalto. Todavía no sé demasiado, ni de mí ni del sexo. La gran aldea de las acequias promete enseñármelo todo. Caen, irreversibles, los álamos talados de mi adolescencia.

***

Todavía se yira a la vieja usanza: en la calle, en las plazas, en los boliches. Llaman chuqui al mítico dark room/cuarto oscuro, tal vez aludiendo onomatopéyicamente a ciertos actos que allí se practican, entre sombras apenas disueltas un instante por la luz de un encendedor. Hay chuquis en Queen Disco y en Estación Miró. En Queen, haciendo honor al nombre, las locas juegan a la diva, al menos hasta las cinco, después en lo oscuro ya no hay jerarquía que valga. Estación es reviente puro, hay que subir una escaleras vertiginosas, el aire es sombra y sexo, pegote de sombras y perfiles furtivos. Están también las célebres cabinas de la calle San Lorenzo. Qué tiempos. Un peso la hora de Internet. Gay.com, sala Mendoza. Rara vez veías por anticipado la cara de tu posible garche. Llegabas al punto de encuentro y salía lo que salía. A veces, corriendo.

***

Aprendí bastante, practiqué poco. Nunca fui muy ducho en el arte del yiro. Y Mendoza no era tampoco una ciudad que alentara la rebelión sexual. La Reserva, el antro obligado de las modernas de aquella época, congregaba la flor y nata del mariconaje local pero estaba prohibido besarse entre sujetos del mismo género. A quién se le iba a ocurrir ir de la mano por la Av. San Martín o la peatonal. Y una sin embargo casi siente nostalgia por esos tiempos idos, por aquellos amores empujados a la clandestinidad y al secreto, por la aventura de hacerse (un poco) la loca entre tanta viña estéril.

***

Había otras formas de yirar. Remotas tardes hurgando en los anaqueles de la biblioteca de Filosofía y Letras. Huyendo del sopor indignado que me provocan Hugo Wast o El Periquillo Sarniento, armo mi propia biblioteca. Me hago gideano a destiempo, siempre tuve tendencia a ser anacrónica. Me sorprende ver, en la edición de Las cuevas del Vaticano, un listado de otros títulos publicados y por publicar que huelen al fino hacer de los “entendidos”. ¿Acaso  en plenos años 50 unas locas se habían dedicado a publicar a otras locas? Pudo. Lo supe años más tarde. La editorial se llamó Tirso y su director, Abelardo Arias. Asociado en mis apuntes a ese género terrorífico que con tanto empeño nos pretendían inocular -la “literatura regional”- al principio no vi en los libros de Arias más que añejo costumbrismo o pesadas reconstrucciones históricas. Sin embargo, la sospecha de algo raro no tardó en llegar: la enardecida descripción del peón chonguito de Álamos talados (1942) había descolocado incluso a un lector o lectora anterior, que dejó constancia de su desconcierto en una anotación al costado: “¿Homosexual?”.

***

No deja de ser curioso que, tan dadas en general a la exégesis biográfica, las expertas en “literatura regional” no hicieran referencia a la sexualidad de Arias y pasaran por alto que la iniciación del protagonista de Álamos talados, su primera novela, era también una iniciación en el deseo que no osa decir su nombre. En el corazón de ese relato, una escena dice todo sin decir demasiado; el joven protagonista va a bañarse al río con el peoncito de la estancia familiar y este lo salva de morir ahogado:

Cuando abrí los ojos, el sol rodeaba con halo rojizo la cabeza chorreante de Cirilo. […] friccionaba con fuerza mi pecho y mi estómago.

–Gracias, Cirilo…, ya estoy bien –pude balbucir al fin. Había visto en el cine que, en parecidas circunstancias, era casi obligado decir: Te debo la vida. Yo le debía la vida a Cirilo. Tuve vergüenza y callé la frase. […]

–No… ¡Nadita me debes! –gritó y, estallando sus nervios en un sollozo, se dejó caer sobre mí. Me apretó con desesperación, como si de nuevo hubiera de escurrirse mi cuerpo en el agua turbia.

La misma escena, en la película filmada por Catrano Catrani en 1960, resulta aún más inquietante. El propio Arias, en su diario de la filmación, confiesa la aprensión del director, y la suya propia, ante el explosivo material: “no se atreve a penetrar hondo en el tema, por temor a la censura. Yo mismo, no me atrevo a insistir”. Explica también las dificultades técnicas: “Discusión sobre si los muchachos deben bañarse desnudos, como figura en la novela y como es común verlos hoy todavía. Transacción: Cirilo se bañará desnudo, Alberto con calzoncillos. Problemas de cámara para que ésta no muestre demasiado”. Y sin embargo muestra: vemos, que yo sepa, el primer culo masculino del cine nacional. El mismo año en que el escándalo de los cadetes del Colegio Militar ponía por primera vez a la homosexualidad en las portadas de los diarios argentinos (Sebreli dixit), Arias evocaba castamente la que debió ser una forma muy común de iniciación entre adolescentes de provincia: al contacto de la naturaleza, ajenos a las taxonomías que colocaban camisa de fuerza discursiva al galope natural del deseo. Los antecedentes de algo parecido a una literatura mendocina “gay” estaban sentados.

***

Si mis púdicas profesoras de “literatura regional” no osaban hablar de la “homosexualidad” de Arias (él, por cierto, hubiera dicho “homosexualismo”), mucho menos mencionaban a su hermano, Juan Arias. Concedamos que tal vez no lo conocían. En verdad se sabe muy poco de este Arias, autor de un único libro, Teatro, publicado en la editorial de su hermano en 1957. El volumen reúne tres obras; una de ellas, Ser un hombre como tú, vuelve al escenario de Álamos talados -San Rafael- para contar el drama de una marica de pueblo cuya sexualidad díscola sale a luz y desata en pandemónium en el seno de una familia de buenas costumbres de la aristocracia local. El recio hermano mayor regresa de Buenos Aires y se dedica a poner orden: a su juicio, no hay lazo de sangre que valga si un hombre se niega a ser hombre. La tesis butleriana de los cuerpos “que no importan” se aplica con precisión quirúrgica y la marica y su amante son entre obligadas e invitadas a quitarse la vida, aprovechando que el río va a desbordarse. Donde los adolescentes disfrutaban, los hombres deben morir. Sería simplista, sin embargo, dejarse arrastrar por la lectura monolítica del “exterminio”. Tirso era una editorial homófila y apelaba a un público que viese en esa parábola terrible no el triunfo de la “homofobia”, sino el fracaso de cierto tipo de “masculinidad hegemónica”, tan cara al macho local:

¿De qué te sirve tu hombría, es decir, tus sueños, tu limpieza de ánimo, tu conducta, si no has sido capaz de tender la mano a tu propio hermano…! Por esto estoy con Jorge. (Pausa) Óyeme: aún estás a tiempo de portarte como un hombre…, como un hombre verdadero…

Como teatro de tesis que es, Ser un hombre como tú acomoda el devenir de la acción hacia su final “ejemplarizante”, pero muestra poco nada de la vida marica provinciana. Los homófilos, por otra parte, eran caballeros muy poco dados a desvelar la intimidad. Sería un error, sin embargo, suponer que todo era drama y suicidio para las locas de “tierra adentro”. Sí, en Buenos Aires el yiro ya había desparramado su indómita red -como prueban por la misma época “La narración de la historia” (1959) de Correas y Asfalto (1964)de Renato Pellegrini- pero no todas las locas pudieron -o quisieron- hacer las maletas para rajar a la capital.[1]

***

-Vamos, vení, te acompaño hasta tu casa.

-Cómo no, yo vivo para allá.

-¡Bueno, vamos!

-Vamos, ¿y vos dónde vivís?

-En una obra en construcción cerca del Hotel España.

-Yo también vivo cerca de allí, qué ¿sos albañil?

-Sí, porque por la noche me dejan quedarme, para que de paso cuide la obra.

-Claro… claro… ¿Cuántos años tenés?

-Veintinueve, ¿y vos?

-Diecisiete.

-¡Ja!… ¿Y ya te gusta andar en curda?

-Mirá, como gustarme me gustan muchas cosas.

-Sí, me imagino: la timba, las mujeres.

-No, otras cosas.

-¿Cómo te llamás?

-Ricardo, ¿y vos?

-Pedro. Es en la otra cuadra.

-Che, pedro, ¿y a vos te gustan las mujeres?

-¡Eh!… ¡vaya si no!

-Tenés lindo físico, debés tener tu linda herramienta.

-No, normal nomás, che, si es por acá tu casa creo que ahora podés llegar bien. ¿Se te pasó?

-Che, Pedro, en serio. ¿La tenés grande?

-¡Ufa, pibe! Ni que fueras marica. Dale, andá a dormir.

-Sí, ya me voy, pero primero quiero sacarme la duda. ¿A ver?

-¡Salí, che! Soltá ¿estás loco?

-A la fresca… ¿y eso que está dormida, no?

-¡Salí, pibe, soltá! Che… ¿pero qué te pasa? ¿A vos te gusta?

-Vení, vamos a la obra.

-¡Dale viejo, no seas loco!

-Vení, ¿por dónde se entra?

-Por acá. ¡Pero mirá cómo me hiciste poner! Y bueno, qué- Si a vos te gusta… Después de todo hace unos días que no corro la liebre… y mirándote bien… no sé si no estás mejor que la negra que me hace la gauchada cada vez que cobro la quincena.

La escena transcurre en los años 50 en una calle de Mendoza. La novela, La mezcla, se publicó por primera vez en 1972 y fue reeditada en 1979 por la editorial Orión, que dirigía la cándida Poldy Bird. Del autor, Francisco Aranda, no sabemos nada. Probablemente se trataba de un seudónimo, aunque la novela le haga el juego a la homofobia y arrastre a su protagonista por el fango de la culpa y el auto-odio hasta el consabido final suicida. Aquí y allá, sin embargo, aparecen destellos de deseo, breves crónicas de lo que debía ser la vida cotidiana de muchos hombres que -maricas o no- se enredaban en la madeja de un deseo proscrito.

***

Hay que esperar, sin embargo, a Plaza de los lirios (1985) de José María Borghello (194?-2000), para encontrarse con LA novela mendocina marica por excelencia. Borghello había nacido en Buenos Aires pero vivió desde los tres años en Mendoza. Abelardo Arias lo ayudó a publicar su primera novela, Que los niños huyan de mí (1973), aparecida, como La mezcla, en editorial Orión (¿sería gayfriendly Poldy Bird?). Si esa novela presenta el audaz (y perturbador) retrato de un pedófilo, Plaza de los lirios despliega un fresco del microcosmos marica en la capital de la provincia entre los años 60 y 70. Al tópico de la familia acomodada venida a menos, caro a los relatos de las locas de la vieja escuela -como Mujica Lainez y José Bianco- Borghello le suma el tórrido romance entre Flavio, una mariquita drama queen, y Nicolás, un chongo obrero. Ese romance con visos de culebrón sodomita y otras tantas aventuras protagonizadas por Flavio -también conocido como La Ofrecida- constituyen la comidilla de un grupo de locas deslenguadas y pendencieras, que regalan algunos de los pasajes más memorables de la novela. Desmesurada (casi 400 páginas) y acaso imperfecta, como el propio autor reconocía (“la escribí intencionalmente larga y transgresora”), Plaza de los lirios desmonta el mito de que en la provincia todo era represión y sufrimiento. Sus locas descaradas ratifican que ningún lugar, por hostil que sea, consigue doblegar del todo la pluma y el deseo; a veces, incentiva todavía más la altivez marica. Párrafo aparte merecen aquellos pasajes que harían las delicias del investigador cuir si no estuviera tan entretenido con Copi, Puig y otras locas ya canónicas. De hecho, mucho antes de Preciado & cía., la Inmaculada de Borghello ya era consciente de la “ficción” del género:

Miren qué cuadro: la chilena parece un capataz de estancia y la Gata, con las manos combadas, sobándose los pechos, debe de sentirse la loca romana. ¿Y ellos? También adoptan maneras y actitudes cuando están reunidos, abren las piernas como si debieran soportar un peso excesivo, se ponen las manos en los bolsillos, se rascan exageradamente, se palmean, hablan con el cigarrillo en la boca. ¿No los han visto en los baños? Se sacuden con tanta fuerza y ostentación cuando terminan de mear que cualquiera cree que es un fenómeno lo que tienen entre las manos. ¡Todos adoptamos posturas! ¡Todos! Así es queridas, nadie está seguro de su sexo.

***

La historia de la literatura mendocina “disidente” tiene uno de sus hitos más curiosos en la novela El ingeniero de J. R. Wilcock, publicada originalmente en italiano en 1975 y recién traducida al español en 1996. Pocos lo recuerdan o lo saben, pero el mítico escritor, traductor y colaborador de Sur vivió durante un tiempo en Mendoza, mientras trabajaba en un proyecto vinculado con el ferrocarril trasandino. Ese es el escenario de una novela epistolar extrañísima, alegoría -según informa la contraportada- “de los placeres de la soledad y de la diversidad”. La diversidad no sería otra cosa que el gusto por asesinar -y luego comer- a los niños lugareños, aunque las misivas -dirigidas a la abuela del protagonista- se cuiden mucho de explicitar esos rituales perversos. Oblicua y finamente irónica, como casi todo Wilcock, El ingeniero recrea la mítica antinomia civilización/barbarie, y aunque no diga demasiado de Mendoza en sí, la convierte, una vez más, en un enclave propicio a la rareza.

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La comunidad de maricas revoltosas de Plaza los lirios vino a tener una suerte de correlato hace unos años, en la novela Soy lo que quieras llamarme (2012) de Gabriel Dalla Torre, centrada en un grupo de travestis. Confieso que me entusiasmó la idea de una novela ambientada en espacios que yo mismo había frecuentado. Incluso creí reconocer, bajo las lentejuelas y siliconas de la ficción, a alguna que otra de las míticas travas de la noche mendocina de los 2000 (¡Maverick! ¡Tasha!). Y sin embargo, el esfuerzo por hacer “literatura” conspira contra la creación de un universo reconocible. Robi sale de San Rafael y en Mendoza se convierte en Rubí: una vez más el cambio de escenario propicia la afirmación de una subjetividad. El problema es que el autor cuida tanto a su protagonista -como si realmente fuera una joya- que la desgaja del circuito que recorren sus compañeras y la encierra a leer a Corín Tellado, privándonos así de conocer un mundillo que -puedo decirlo porque estuve ahí– era fascinante y daba para un auténtico novelón. Lo que queda es una narración atolondrada y, sobre todo, descafeinada, sin el feliz desaliño de Naty Menstrual o la visceralidad de Camila Sosa Villada.

***

Me fui de Mendoza, para no volver, hace más de diez años. Estas notas un poco desordenadas e inevitablemente subjetivas, quieren ser un testimonio de lector, la mirada de alguien cuya iniciación sentimental y sexual ocurrió en esa misma ciudad proyectada, con más o menos suerte, por los textos que acabo de comentar. Seguro hay otros que no conozco. En todo caso, se trata de un yiro literario personal. Ojeando el diario que minuciosamente llevé durante mis años mendocinos, me doy cuenta de que ahí habita otra novela. Quién dice, algún día la escriba. Hay también un único libro de poemas, escrito en el fulgor del despertar amoroso, a la sombra de Pizarnik y García Lorca, titulado dramáticamente La protección (Protocultura, 2004). Todo eso parece haber ocurrido en otra vida, a alguien que dejé de ser. Los años vividos en Mendoza -de la que tanto me quejé y casi huí- aparecen ahora, sin embargo y a la distancia, como algunos de los más intensos y -me sorprendo al escribirlo- casi felices. La ciudad de las acequias estará siempre inevitablemente ligada a mi bildungsroman particular, a los primeros polvos, complicidades y (des)amores.

***

No me hace falta volver para estar ahí: yirando entre sus textos vuelvo a encontrarme, todavía un poco desorientado, deseando y temiéndolo todo. Camino de vuelta a casa, por la Alameda, con un libro de Abelardo Arias en la mochila, todavía no sé que fue de los míos, que somos iguales, todavía hay tiempo, tengo 20, 23, 25 años. La vida y la literatura acaban de empezar.

Palma de Mallorca, Islas Baleares.

Abril de 2020


[1] ¿Se hará justicia algún día a los intensísimos relatos del loquerío pampeano que nos legó Juan José Sena (1944-2016)? Remito a las interesadas a Los condenados de este mundo (2013) y Los hombres mueren y no son felices (2015), que reúnen parte de la voluminosa narrativa del autor.

Los cuadernos pueblerinos (primera entrega)

Por Sabrina Barrego

Cada día más rojas
las hojas de los perales.
Díganme qué es lo que sangra.
No es el verano
porque el verano se fue.
No es el pueblo
porque aunque ande borracho por su ruta
el pueblo no se cayó.
No es mi corazón
porque mi corazón no sangra más
que la flor de árnica.

John Berger

Y si sentís tristeza

cuando mires para atrás

no te olvides que el camino

es pa’l que viene y pa’l que va.

Alfredo Zitarrosa

Tengo 12 años. Salgo a caballo con mi tío, a pelo sobre el lomo de su yegua Primavera. Recuerdo nuestra ignorancia sobre sus hábitos alimenticios, la cantidad excesiva de avena en la dieta y la velocidad con la que picaba. Las miradas de ilusión de las muchachas del pueblo contemplando al forastero rubio como un sol alto-espigado y yo, como una extremidad más de ese cuerpo joven, sintiéndome parte un poco de eso.  Objeto de devoción y de envidia, sensación sólo opacada por la pasión brutal que sentía por él. Esta no es una historia de incesto. No. El deseo poco tiene que ver con el sexo en sí, con la concepción capitalista de su existencia únicamente si es material.

Por ese mismo tiempo mi madre, quien estaba aprendiendo a conducir, tenía un viejo Citroën 3CV blanco. Nos subíamos con mis hermanxs y mi abuela Rosa y salíamos a dar la vuelta al perro. Plomer, Lozano, La choza, Enrique Finn: hacíamos un sendero de parajes rurales (en todos ellos mi abuela había sido maestra). Mi abuela era asmática, aprendió el castellano a los 10 años. Antes de eso hablaba un dialecto ruso-alemán del que recuerdo escasas palabras. Pudo estudiar de pupila gracias al favor de su hermana que era monja. Mientras la ejerció, vivió la docencia como una verdadera vocación: un llamado más potente quizás que el de la educación de los propios hijos. Después se dedicó a escribir. A ella le hacía feliz visitar las viejas escuelas, reencontrarse con esos pupitres de madera gruesa y los pizarrones, con alguna vieja colega que aun se encontrara trabajando, con los peones de campo que fueron sus alumnos y la recordaban estricta pero dedicada. En una ocasión, durante esos recorridos debimos frenar el auto en el medio de la calle de tierra ante un nubarrón de polvo que se acercaba terrible hacia nosotros. Lo que finalmente resultó ser una estampida de vacas herefords, aberdeen angus, caretas aventándose contra las chapas del pequeño auto amenazando con volcarnos contra una zanja, como ya nos había pasado una vez. Así que solo nos quedamos ahí, quietxs primero, estáticxs, muertxs de miedo; luego esa sensación que duro minutos pero pareciera que fueron años devino en risas, y viejos tangos y valsecitos que se sabía mi abuela a duras penas. A lo último, más atrás del bicherío que nos miraba con su mirada vacuna habitual, pasó saludando con la cabeza y la boina el paisano que las arriaba en un Ford Falcon.

Recuerdo los trigales del campo de mi tía Ernesta, cerca, en Navarro. Ese amarillo. Dice Diana Bellessi en una entrevista: Era mucho más bonito el campo cuando yo era niña, cuando había campos de linos florecidos y era el mar. Yo el primer mar que vi fueron esos campos de lino, porque al mar lo conocí cuando tenía diecisiete años, recién, en un viaje de la escuela secundaria… Ahora ya no ves más esos mares de lino, ves campos de girasoles, con suerte, de vez en cuando. Y ves los trigales, cada vez menos. Y los maizales, cada vez menos. Y después soja, soja, soja.

Y es así.

Ah pero las espigas… esa danza ondulante, lanceolada, como si una mano invisible las peinara sobre la tierra. Como un poema de Mary Ruefle. Recuerdo permanecer largos ratos, horas enteras, sentada sola en el capó de un viejo auto contemplando los trigales. Escuchando Roxette y música de los ‘80 en cassetes que yo reproducía en un walkman usado que me regaló alguna prima más grande. El atardecer, la caída del sol, el momento del día en el que bajaban las gaviotas a comer de la tierra recién arada. Sus plumajes cimarrones y la furia de sus picos incrustándose entre las gramíneas persiguiendo a las lombrices hasta el punto de imaginármelas chillar.

Así de amarilla es la pampa. Y así, lo mismo que deseó Serguei Esenin, yo quiero ser ese amarillo. /Que nos lleva al país que navegamos. A ese color yo lo llevo en mi corazón. Y así es como miran mis ojos, se configuran mis oídos y mi voz.

*

Mi infancia en Villars reúne los recuerdos de la más pura felicidad. Lo más similar a ese concepto que experimenté en carne propia. Cierta luz. Cierta claridad. Por algún motivo que aún no descifro profundamente, ese lugar constituye ese ubi mítico a donde siempre volveré.

La nostalgia es mórbida, pegajosa, desvitalizadora –advierte Edgardo Cozarinsky-. No añoro ninguna época pasada, aun cuando haya cosas que estaban mejor que ahora. Me parece un sentimiento negativo como todo lo que no te impulsa hacia adelante, a vivir, a pelear, a crear. Todo lo que sea quedarse quieto en un recuerdo más o menos idealizado me parece morboso. Me interesa el pasado como reserva ecológica donde encuentro personajes, situaciones y anécdotas que son material para mi trabajo…Yo escarbo en el pasado, pero no es por nostalgia, sino porque busco material. Por mi parte yo veo transitar esas vacas que pastan por el campo de mi memoria como quien mira pasar el tren. Antes de morir mi abuela me dijo que quería reencarnarse en una vaca que anduviera su existencia frente a las vías ferroviarias. Cuando finalmente ocurrió, dejé de ingerir por muchos años carne de cualquier tipo.

No. No es por nostalgia. Me pregunto si es cierto que no valen la pena los recuerdos, si es que hay que vivir el momento y nada más. Mark Strand habla del tiempo como un flujo que nadie es capaz de detener y muchos menos iniciar. Me gusta esa cita. Entonces, en estos momentos de paciencia, de ausencia de grandes movimientos como un fruto que madura por sí mismo con la mente calibrada en la memoria y el cuerpo en reposo, me dedico a contemplar los detalles vulgares de mi biografía. Mía y de nadie más. Es todo lo que tengo.  Es mi diario. Soy yo desconcertantemente desnuda, rebelde contra todo lo establecido, grande entre lo pequeño, pequeña ante el infinito. Soy yo… (Teresa Wilms Montt) Sí, soy yo. Y esto que escribo. Algunxs deshacen sus dolores con histriónicas demostraciones; bueno, yo los deshago con palabras. Dicen que Sylvia Plath, quien sufría de insomnio, le consultó a su psiquiatra de turno por un método para no perder la lucidez durante las copiosas noches de invierno en Londres. El médico le recomendó que anotara todo lo que lograra ver por su ventana (así escribió, en 1963, el poema La lluvia y el tejo).

(Hace pocos días me colgué una piedra en el cuello como talismán. No me fío totalmente, pero disimulo para que me traten con respeto. Bebo mucho té de manzanilla. Mi gata negro ónix me persigue recelosa. Ya no duermo por las noches: escribo.)

Pero, como decía Salvadora Medina Onrubia, yo llevo en las entrañas la promesa de un mundo, y es en ese punto que comparto kilómetros de palabras con miles de otrxs. Como una gran extensión llana; a veces ondulada como una rara ubicación cósmica donde me lxs encuentro. Yazgo en esta meseta fría y árida, desnuda y simple, completamente libre como si nadie pudiera agarrar esta tierra con más fuerza que yo, esta tierra en la que habito. Y una vez ahí contemplo, lo contemplo todo y contemplar, contemplar viene de “templum, templo, lugar, espacio de observación marcado por el augur”. No es simplemente observar, mirar, sino hacer esta acción en presencia de un dios (Denise Levertov). De mi abuela Rosa aprendí que los poemas son oraciones, como decía Alexander Blok. Y yo me he propuesto a pasar mi anecdotario por el tamiz del único dios que conozco y que nunca me ha abandonado.

*

Tengo 24 años, estamos encerrados en una ruka de piedra. De forma circular, escasos metros de espesor. Hombres, mujeres, viejxs y guagas; sin baño sentadxs junto al fogón alimentándonos solo de lo que está tierra nos da. Pan de grasa de chivo, queso de cabra, ajo, papa, cebolla, charqui, mate, sopaipillas, ñako y algo de vino. Afuera un viento de 70 km por hora, a veces más. El puente colgante se rompió, perdí mi boina querida rio abajo. Uno de los kona casi se resbala mientras buscábamos leña. Adentro se canta, se toca la guitarra y los vientos, el tambor de a ratos, se curte el cuero, se hacen los preparativos para recibir a la gente que vendrá de los puestos para el trawun; relatos se cuentan; se teje, se cocina, se cambian pañales, se lee y, también, se escribe. Por ese momento yo solía aprender la lengua, el yo que era solía hacer eso, esos yo que ya no soy ni entiendo. Como una niña que recién veía, aprendía todo lo que hay que saber; que el kurruf es el viento en ráfagas y el maulén, viento arremolinado, y que trae el newen de lxs muertxs. Como usar indefinidamente la “u” y la “v” o dibujarles la diéresis. Como relatar los peumas solo por las mañanas. Aprendía todo lo que hay que saber sobre amar una idea y luego alejarme, simplemente. No me avergüenzo, el amor es raro y monstruoso. O fue más complejo, el cuerpo es más bien poroso. Y perdí algo del agua que vertieron en él. Fui yo quien cruzó el zanjón. No me cuidé ni de víboras ni de nada… Pero la lengua. La lengua es a veces un órgano demasiado callado. Eso tiene sus razones. Como en los viejos relatos de los ancianos -aquel al que su lengua le llegó en forma de un armadillo blanco. Resplandeciente.

Yo quise pasar a través de los días como de montes sacudidos por las ventiscas. Floreciendo, ramificándome, dominando el juego de la vida y la muerte. Que en mis palabras hubiese nubes, enormidad y sueños. Entre árboles autóctonos de sibilante melodía ancestral fundirnos en un único árbol. Sin haber experimentado en la carne -hasta entonces- el dolorido deseo de vientos y estrellas caídas, ni el clima cambiante, domador de hojas y pastos, sin entretejerme con en el viento, ni fusionarme con el azul, el verde, el rojo como criaturas silvestres; alegres y terribles dioses. Quería me diesen el visto bueno. En mi avidez -mi sed- usé los métodos del colonizador. Nunca fui tan ciega. Tan mezquina. Tan blasfema.

De golpe aprendí. Por eso que aprendí de prepo suelo también dejar tabaco y yerba a la orilla de los caminos y pido permiso siempre cuando cruzo el puente de algún arroyo. Agradezco. 

Tiempo y vidas han pasado desde entonces. A veces cierro los ojos y todo transcurre como en oleadas de sueños. Quizás haya recuerdos repetidos. Contados en la mente de tres o cuatro maneras. Luego me despierta alguien que se despierta dentro de mí. De repente el dolor se va y esa voz atragantada podría ser la cura. Ya lo escribí antes. Las palabras, las palabras no han desaparecido. Impregnan el lenguaje propio como a un nuevo paño. Sembrando la pregunta que atiza el fuego con pizas. Como en ese poema de Liliana Ancalao:

Ti ramtun

habrá que resignarse a ser pregunta

arremangarse los pies

seguir andando

con un golpe de sismo por espalda

sin cimientos

ni contemplaciones

habrá que acostumbrarse sin respuesta

morir en una historia y otra historia

salir de madre pateando las preguntas

por los caños de la piel

hasta los huesos

y andar

humano no más

apuntalando luchas

controlando el pulso de la tierra

mirarse escombro en el mapa de los sueños.

*

De chica mi mamá me decía que era varonera. Probablemente haciendo alusión directa a mis hábitos poco femeninos de treparme a los árboles, imitando a mis primos y a otros niños del barrio, de jugar a la pelota, al softball y a la bolita y, lo que es peor, apostar- y peor aún- ganar; a mi método, eficaz, de ajustar las cuentas a trompadas; o a mis escases de modales, la rusticidad de mis modos, la parquedad de mis gestos hoscos y poco mesurados, ese sentarme siempre con las piernas abiertas y jamás cruzadas como se correspondería con mi condición genital. Término que se extendió a mi adolescencia (y después) rodeada siempre de amigos varones y algún que otro novio.

Mi madre. Su infancia no fue muy distinta a la mía allá en el campo. Con la salvedad de que ella tenía que trabajar; hacer el tambo, juntar la leña, cuidar hermanos más chicos, sostener a la mujer de un desaparecido político que era su madre e incluso laburar afuera de mucama en el casco de una estancia, entre otras cosas. Y todo esto con la tosquedad de lo salvaje. ¿Cuál era el problema conmigo entonces? No sé. Muchas veces pensé que mi madre me odiaba o que, simplemente, no me quería. Que en determinado momento algo pasó; no fue culpa de nadie pero, como una losa vieja en la que ya nadie repara, el cariño materno simplemente se trisó y no hubo más nada que hacer al respecto… Me equivoqué. Ahora, en la distancia, pienso que mi madre me teme. Me tiene miedo. El miedo que se les tiene a los descarriados. En la película Arreo, de Tato Moreno hay una secuencia en que algunas cabras de espíritu reyuno se escapan del piño a comer de los pastos tiernos de una lomada. El puestero las observa desde lejos mientras toma mate y charla, comenta que a ellas nadie las obliga a cruzar un arroyo o a escalar un monte si eso no está dentro de su itinerario pensado solidariamente para todo el organismo trashumante, esa figura a veces redonda, a veces plana que dibujan cuando circulan. Hay que aprender más de las cabras: son buenas maestras; la madrina, las viejas, los cabrones, las crías, las guachas, acompañadas por los perros y los caballos, los hombres y las mujeres, pero siempre a su ritmo. A su paso. Nada saben de los alambrados. No les importan.

Los alambrados. La división política en este país es directamente proporcional a la repartija de las tierras. Proceso en el que, además del ejército, los políticos y los latifundistas, tuvieron un rol fundamental los agrimensores y, como mano de obra precarizada, los torcedores de alambrados. No sean bárbaros, decía Sarmiento, alambren. Ahora que soy más madre que hija, de momento entiendo que, a veces, las crías reproducen algunas palabras que no alcanzan a comprender pero que les resuenan, sea por su sonoridad o por hacer una gracia. Entiendo el enojo de mi madre cuando, siendo yo una nena y basándome en una historieta familiar contada a voces acerca de los entuertos de un tío abuelo, le confesé que de grande quería ser cuatrera. ¡Cuatrera! Un cuatrero es, en  principio, alguien que se dedica a robar animales, especialmente caballos o ganado vacuno. En la película homónima de Albertina Carri, este personaje se encarna desde la figura de Isidro Velázquez, un hombre que en la década de ‘60 se convirtió en una leyenda en la provincia del Chaco. Delincuente para algunos, líder revolucionario o una suerte de Robin Hood de los páramos chaqueños para otros, Velázquez es una obsesión que Carri decidió convertir en película. El film comienza hablando de Velázquez con la cita literal de un párrafo de Formas pre revolucionarias de la violencia, escrito por su padre. Ahora pienso en el tiempo como un eterno continuum donde pasado, presente y futuro conviven. Vigilar es defender, reza uno de los slogans que resuena en la película… y también: un país como un organismo vivo debe estar siempre protegido. Un país con las fronteras cerradas y sin libertad de circulación apelando al boconeo del vecinx reivindica eso de que, de este lado de la frontera, somos gente bien y si alguien o algo hacen tambalear el orden imperante, bueno, lo bajamos a tiros. El concepto de cuatrero como burlador de alambrados, entonces, se resignifica.

Juan Crusao, seudónimo de Luis Woollands, trabajador, autodidacta y reconocido activista anarcosindicalista de las décadas del ´20 y ´40 en Argentina, escribió para los gauchos en su propio dialecto: Y estoy seguro que mis paisanos me han d`entender mejor a mí, qu`escribo sin retórica, que a esos escribidores de ofisio que a juersa de floriarse nos dejan en ayunas: hasen lo mismo que los políticos cuando hablan en riuniones y el paisanaje se queda con la boc`abierta sin saber si lo han putiao o le han dicho que es buen moso.

El gaucho que vagaba libremente por las pampas sudamericanas fue acorralado en el siglo XX por el avance del capitalismo, transformándose poco a poco en trabajador rural, en dócil siervo de quienes se apropiaron de la tierra. El escritor contrapone, al gaucho tradicional pasivo, la estampa de un gaucho maula en contacto con la inmigración de los primeros anarquistas europeos:

¡Qué lindas cosas desían! Yo me quedaba con la boc’abierta escuchando. Allí he abierto los ojos yo, mejor que si hubiera ido a la escuela toda la vida, ¡amigo! Desían que los pobres no debíamos aguantarles más a los ricos y que ha llegao el momento que los ricos trabajen como nosotros si quieren comer, que todos somos iguales, porque no porq’ellos sean más istruidos que nosotros han de valer más, si ellos tienen la istrusión, nosotros tenemos los brasos hechos al trabajo y ellos no, que los ricos, sin nosotros que hasemos todo, no podrían vivir y que nosotros pa vivir no presisamos d’ellos. ¡Y fijensé, en eso no habíamos pensao nunca los argentinos! ¡Y tan fásil q’es! Si todos los criollos que viven trabajando como negros comprendieran esto, no habría más que dar un grito y ya estab’hecha la revolusión. Enseguida seríamos dueños de todo: los campos, las vacas, las caballadas, los araos y las máquinas, y los trabajadores del pueblo q’están mil veces más adelantaos que nosotros, se harían dueños de los trenes, las fábricas, los almasenes y las panaderías, nosotros, los del campo, les daríamos la carne, los cueros y el trigo, y ellos nos darían la galleta, el pan, las botas y los visios, y nos llevarían gratis a pasear en tren.

Imagino que algún que otro ejemplar habrá en cada pueblo de esta genealogía (?) hibridada, cimarrona, entre lo autóctono y lo que llegó de los barcos, pero que no fue justamente la “civilización” que pretendía la clase política. Más que eso aún: individuos, seres chúcaros y libres que no siguen cuadillos ni en leyes se atracan. Y van por los rumbos clareaos de su antojo y a nadie precisan pa’ hacerse baqueanos, como en la canción que cantaba Cafrune y le gustaba tanto a mi abuelo.

*

Estamos en el monte buscando la casa donde terminó sus días Juan Bautista Bairoletto. Te miro y veo cómo envejecés en lo que tarda un parpadeo. ¿Quién sos, rusa, debajo de tu cuerpo pequeño?

 Demostraste una baquía desconocida para cruzar alambrados. Por eso ahora estamos en este bosquecito secreto que ha dejado de pertenecer a la geografía sureña. Es mentira que Bairoletto se suicidó en este monte si no que, tranquilo y anónimo, terminó sus días en una cueva iraní.

Tus botas rojas llenas de tierra y mis borceguís aplastando indiferentes la hierba silvestre que asoma en el camino. No quiero pensar en términos icónicos pero lo estoy haciendo. Eso.

[…]

Esos son los mismos árboles que debe haber visto, cierto que mucho más pequeños, Bairoletto. Esta memoria que estamos construyendo los dos a base de condensar la experiencia es tan flexible que es capaz de captar, en un mismo y único momento, fragmentos del pasado y de la fugacidad inconmovible del presente.*

Algo así dice la más bella carta de amor que me escribieron alguna vez y, sospecho, me escribirán jamás.

La primera vez que fui al lugar donde supo estar el rancho de Bairoletto tenía 13 años y fue en compañía de mi abuela Rosa. Varios kilómetros al sur de General Alvear, Carmensa. Un pueblito que se llama así por diferencias de puntos de vista y una antigua fábrica nombrada Carmen S.A., en honor a la hija de su propietario. La cosa es que la gente del lugar leía el nombre todo de corrido y se quedó así no más. Aunque el distrito se llame originalmente San Pedro del Atuel. Para llegar al lugar había que pasar primero por una toma, seguir una calle de tierra poblada de pastizales, y al fondo, escondida en el secano había una réplica del rancho chorizo, un sulki araña, un arado, una rastra de discos oxidados y un par de herramientas más. Al costado un canal por donde casi ya no corría el agua. Adentro un retrato pintado con bastante poca habilidad del bandido rural, velas, flores de plástico, rosarios, estatuillas, y todo tipo de objetos y papeles con promesas y agradecimientos al ahora santo popular, patrono de los pobres y perseguidos. Recuerdo a mi abuela bastante emocionada; recuerdo que fue ella la que le insistió a mi padre, su yerno, que hiciésemos esa visita en familia. Por mi parte, siendo una preadolescente yo no alcanzaba a entender qué tenían en común mi abuela con un gringo pampeano descendiente de europeos, más allá del sarro en los dientes por el agua con yodo, el no hablar el castellano hasta pasada la primera infancia y el tabaco. Tarde supe de los detalles de la biografía del pampeano que interpelaban a mi abuela de maneras que, a esa edad y con escasa información, yo no podía decodificar. Silencio: así resolvemos las cosas en mi familia de origen. Incluso al punto de tener que enterarme por mis propios medios y siendo una adolescente de la detención de mi abuelo materno en el ‘76. Acá la canción de Violeta Parra,  Volver a los 17, iría bien pero por la opción negativa.

*

Resulta que mi familia materna también proviene de La Pampa, en parte de una colonia de alemanes del Volga radicadxs, luego de guerras y pogromos y sus países de origen, detrás de la vía en Colonia Barón, y la otra parte de inmigrantes italianos chacareros. Mi abuelo se llamaba Laurindo y al parecer tenía un pseudónimo que era Laureano (de esto, también, tarde me enteré), nombre que iba a llevar mi hijo y de casualidad cambié a último momento. Había nacido un 13 de julio pero lo movió al 14 porque fue un martes y, según él, la fecha del acontecimiento habría signado su vida de mala suerte. Cuando era chico se quedó huérfano de madre (mi bisabuela se murió por un aborto mal hecho). De ella sólo vi un par de fotos color sepia, siempre con una cría en brazos con la misma cara y mismo gesto curtido de su hijo, de mi madre y, bueno, mío. Desde entonces, o antes acaso, compartimos los silencios, las desapariciones, los pómulos esteparios y un lunar azul que se saltó una generación.  

Y la nostalgia por los trenes. ¿Qué ruido hace la memoria?, preguntaba A, el pasado 24. Ruido a tren, supongo.

24 de marzo. Estoy enojada. Un 24 habitual hubiese salido sola a oxigenar mi malestar. Este año, lo había pensado muy bien, deseaba hacer un viaje en tren, algo que le gustaba a mi abuelo, mejor dicho, a lo que se vio arrojado al quedarse guacho y escapándose de un padre alcohólico que repartió a sus tantos hijos por la pampa y el litoral. Vocación de linyera que lo surtió de familia y escuela, rodeado, según contaba, de anarquistas y bandidos rurales de su época. El recorrido sería un gesto ritual. El boceto de un mapa. Una manera de recrear en mi imaginación la historia que celosamente me fue negada, quizás hubiese llegado hasta Maipú.

Ahí me contó M una tarde, mientras merendábamos sin demasiada cantidad de palabras, que le hacían un homenaje a su abuelo colocándole su nombre a una plaza departamental. No volvimos a hablar del tema hasta hoy, que lo único que me llega de él es una foto de su ventana blanca con un pañuelo extendido en el medio y la luz tenue del otoño que se descompone en pequeñas partículas holográficas. De golpe se nos terminó el verano, pienso.

Mi hermana me envía por chat una foto del monitor de su PC donde Raúl Zurita le canta a lxs desaparecidxs de Chile en la película El botón de Nácar que le recomendé hace un tiempo y decide ver por estas vísperas. No decimos nada al respecto.

Yo estoy inmóvil como el paisaje. Me rehúso a tomarme una fotografía con un pañuelo blanco, me niego a congelar el momento en una imagen chata, bidimensional, dándole supremacía al ojo que desprecia lo que se toca, lo que se huele, lo que se oye entre los durmientes. Siempre tuve mala visión. La fotografía miente porque el tiempo real no se detiene. Le digo que no a generar una imagen tan pregnante en mi biografía, como la de la película chilena donde un buzo táctico rescata un pedazo de madera podrida que fue parte de las vías a los que ataban los cuerpos que eran arrojados al mar en los vuelos de la muerte (chiste fulero del destino para alguien que siempre viajo por tierra terminar su vida de ese modo. Nadie sabe cómo y por qué, pero hubo una contraorden en el momento exacto en que mi abuelo yacía en la panza de un avión). 

Entonces, pienso otra vez en Albertina Carri y en esto que la lleva a hacer una película que da más cuenta de la vida de un cuatrero que la de su propio padre. Todxs venimos de una catástrofe, dice ella, pero algunxs las traemos encima. Y transitamos los días en esa búsqueda yuxtapuesta, entre esa casta de vivxs que se mueve entre la casta de muertxs que nos habitan. Y yo me pregunto qué razón me motiva a escribir estos recuerdos más allá de mi instinto de desenterrar. A veces pienso que si no los escribiese los olvidaría poco a poco. Aunque también sea necesario olvidar para sobrevivir, pero, al igual que Carri, yo no puedo olvidar.  Mi memoria, que bascula entre lo real y lo imaginado, se dispara como el agua de un dique sin nada que la contenga todo el tiempo. Cada vez más palabras y cada vez más silencios. Siempre escribiendo. Si Carri recrea una historia es porque simplemente no la sabe. Si yo busco a mi abuelo en bandidos rurales y anarquistas como Bairoletto o Severino, o en escritores como Walsh, si repito la tilinguería, ese leer y escribir desde el ombligo mismo, es porque tampoco sé y  mi estomago también se enfermó y no hay fármaco ni yuyo que dome al ácido que corroe hasta la entraña de este grumo de carne y huesos y sangre que escribe. Los seres humanos no somos mucho más que distintas metáforas de lo mismo.

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Al final de Hojas de hierba, Whitman dice: Lector, tú no estás leyendo un libro, tú estás tocando una persona, que es más interesante porque no es cierta; lo que el lector está tocando es solo un libro de poemas. Si bien yo concibo que la escritura tiene relación con la experiencia, al mismo tiempo muchos de esos textos autorreferenciales me resultan, por lo general, bastante infames. O será que a mí me aburren un poco. Es tu vida, sí, pero tu vida pasada a través tamices, plumas, lentes, años, ríos. En el cine, al revés que con los caballos, se pasa siempre por detrás, dice el hijo de Albertina en el film. Alimentamos verdaderamente con la pulpa las obras pero no con esa cosa infantil de relatar los hechos, sino que es contar lo que queda entre hecho y hecho. Las formas del tiempo, de tu propio cuerpo, los matices. Acaso el arte en general sea lo único que les puede dar a los hechos la dimensión total que ellos en sí mismos jamás tendrán. Ayer parí, también aborté, estuve internada en un neuro-psiquiátrico, tuve un amante, son datos… Lo único que puede darles su dimensión profunda y humana es necesariamente el arte. En ese sentido, unx cuenta su vida pero la cuenta desde lo que los hechos dejan como huellas, como signos.

Dice Zurita:

toda obra literaria es siempre un monólogo. Solo tú hablas y ese es el dato de tu vida. Yo parto del dato básico de mi vida, no porque piense que ella tiene algo especial, todo lo contrario, sino porque creo que si eres capaz de llegar al fondo de ti mismo, sin autocompasión ni falsa solidaridad, es probable que llegues al fondo de la humanidad entera.

Lo que significa también una discusión con el tiempo. Inventamos un lenguaje propio porque no logramos inscribirnos por fuera, en los márgenes de las viejas estructuras que ya están caducas: el individuo, el pueblo, la familia, incluso la manada. A la vez que las experiencias vitales de lxs viejxs individuxs ya ni siquiera podrían ser concebidas en este contexto, a mi pesar y al pesar de la Idea. Y no siento culpa de considerar que por estos días sean las más dignas de ser escritas como recetas románticas de resistencia, porque eso es lo que este virus estúpido viene a destruir.

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Por estos días el gobierno nos obliga al distanciamiento social. Vivimos en un estado casi de excepción. De emergencia. No es que hayan caído las bombas de una guerra. No. Hay un virus. No es la humanidad. No es el lenguaje. Es más pobre. Parece ser una nueva cepa de algo común, trivial. Pero altamente contagioso. Como la estupidez.

Nada se sabe sobre qué pasará con la peste. Ni con la humanidad. Si coexistiremos solidarixs por la fuerza, como si grandes tragedias fuesen necesarias para que muchxs se den por enteradxs de que hay seres humanxs y no humanxs sobreviviendo en la precariedad. Hacinadxs, en la calle y sin agua. No hay sorpresas en eso. Todavía habrá quienes necesiten ver los cadáveres flotando rio abajo bajo sus narices. No sé. Como tampoco sé lo que esta gripe con ínfulas “nos viene a enseñar” (usando la pedagogía cínica new age de la Pachamama desatada en los estratos más conchetos que, si practicaran la consciencia de clase más que la culpa de clase, otro gallo cantaría) que un poco ya lo sabemos: el sistema capitalista en ruinas no se da por vencido y solo se está afilando las espuelas para darnos otro zarpazo mas. Y los estados a los que le convenimos cada vez más reducibles y reducidos no tienen mas lugar para viejxs, pobres y débiles. Bien darwinista todo. Pero, pero, pero como dice L: no soy un canto a la vida, pero ante la tanatopolítica ni ante la biopolítica, me he entregado nunca tan fácilmente. Yo, tampoco.

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La palabra distancia me hace pensar inmediatamente en la primera novela de Samanta Schweblin, Distancia de rescate. Variación del tópico del “monstruo exterior igual a monstruo interior”.  La protagonista del libro la define como esa distancia variable que me separa de mi hija y me paso la mitad del día calculándola, aunque siempre arriesgo más de lo que debería.

En el relato, que transcurre en la región de la pampa húmeda, campo abierto, Amanda y su hija pequeña pasan unos días en una casa alquilada a Carla, cuyo hijo pequeño, David (siempre según la versión de ella), después de intoxicarse bebiendo agua de un arroyo y tras una curación ritual por parte de una curandera de pueblo, perdió la mitad del alma.

Un diálogo de dos voces inquietantes, un adulto y un niño transmutados (es el niño el que sabe y el adulto el ingenuo), y aislados en un lugar confuso que pone en el plano del lenguaje la crisis de cuidados que venimos atravesando. Donde el enemigo llegado de afuera (el elemento tóxico o virus, por qué no) es a la vez lo más natural. E incluso pone en duda la continuidad de una estructura de nuestro imaginario del peligro, porque, vinculando las plantaciones de soja transgénica con el temor a la distorsión física y moral de la propia descendencia, Schweblin plantea dos aristas de su novela (la maternal y la ecológica, y derriba el concepto de naturaleza junto con nuestro concepto de nosotrxs mismxs como sujetxs cartesianxs). La distancia de rescate se transforma en el vulnerable espacio del cuidado del humanismo burgués, una confianza con el mundo inexistente. Una romantización del medio natural y de las afectaciones posibles en él, siempre utilitaria y colonialista en el fondo.

Así, donde creíamos encontrar seguridad en el mundo y en el tiempo, hallamos la advertencia de nuestra propia extinción. Mientras permanecemos en nuestras cuarentenas, el gobierno, materno como se lo ha llamado, avanza en el desmonte y la sojizacion  y en las negociaciones del fracking y la megaminería contaminante, entre múltiples extracciones. Durante 2020, en Salta murieron muchxs niñxs desnutridxs, la mayoría eran  del pueblo Wichi. Los wichis tienen una relación fundamental con el monte (‘sin monte no tenemos vida’). El monte para ellos es su fuente de trabajo, de comida. El avance de la propiedad privada los confinó a la marginalidad, al hacinamiento, al hambre y a la falta de agua potable. Sin hablar del dengue y el sarampión. Sin irnos más lejos, en Mendoza lxs extranjeros de segunda, lxs trabajadores golondrinas del norte y de Bolivia que vienen a levantar la cosecha, días atrás pedían que por favor les permitieran volver a su casa con sus familias, porque pase lo que pase, como históricamente ha sucedido, en esta tierra del sol & del buen vino, la vendimia, como la vida, siguen. Frente a estas condiciones de la época, hace rato que en este mundo no hay reducto seguro posible, acaso los propios privilegios (que exceden el acceso a lo básico a fuerza de trabajo poco digno) nublen la visión y generen falsos espejismos que ahora están disolviéndose como volutas de jabón y alcohol al 70/30.

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La cuarentena comenzó en marzo. De un calor absurdo. Insistente, húmedo, monótono. Y, a veces, árido. Las plantas se decaen en sus macetas; están sedientas, piden por agua. Yo las observo con detenimiento quirúrgico. Se han vuelto mi termómetro. Mi temporizador. Ya sé que hay algo más que universos vegetales a los lados de los centros urbanos, este gran elefante de cemento; pero sí me doy cuenta, desde mi jardín de invierno, que acaso tengamos que comenzar a aferrarnos a todo lo que nos rodea porque nadie sabe qué podríamos llegar a necesitar. Este año es raro, la humedad es abundante y todo parece brotar de manera desmedida, monstruosa, salvaje. O yo que siempre me paso de riego, me debo estar pasando de amor, a su vez. También ha sucedido. Y al ritmo de mi vergel yo misma sueño con largas caminatas en la finca, árboles enormes y añosos, raras estructuras oxidadas, siestas exóticas y misteriosas como el Mekong.

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La finca. A principio de mi adolescencia me mudé con mi familia a General Alvear, al sur de Mendoza. Nos instalamos en colonia Alvear oeste, pueblo pequeño y con calles de tierra su mayoría, llamado así por la estación del ferrocarril y donde todo parece transcurrir en un estado de siesta constante y solapado. Recuerdo las alamedas en los intersticios entre lo urbano y lo rural, las bicicleteadas al rio cantando a los gritos pelados, las primeras veces que fumamos y nos emborrachamos, los amores y los odios, al Lázaro, el croto del pueblo, un hombre viejo y viudo, enfermo de amor y melancolía según decían. Decían que fue empresario bodeguero, ahora era alcohólico y los idiomas que aprendió en su vida, se le entremezclaban en un cocoliche que tan solo él entendía. A él lo recuerdo siempre rodeado de perros, siempre en las vías, barriendo las veredas de los almacenes por propinas o por comida, y parándonos por la vereda preguntándonos si habíamos votado a Perón. Ahora, según supe, él que era uno solo con las calles pedregosas, pasa sus días en un hogar de adultos mayores en Jaime Prats. Lo recuerdo y canturreo despacio, casi susurrando linyera soy

No vivíamos en la finca, pero sí en una zona agrícola y mis amistades más cercanas con las que pasaba la mayoría de los ratos sí. Muchas veces escribí que gracias a esta tierra esteparia descubrí la diferencia empírica entre espigar y cosechar. Recuerdo estar en la que fue la casa de mis amigos, cosechábamos las ciruelas para hacer el dulce, una jornada de un día entero entre recolectar, limpiar, cortar, encender el fuego y hervir y esperar el punto del dulce que luego se envasaría para compartir. Hacíamos almuerzos en ollas enormes, cuidamos a la cría de unos y otros pero que era de todos a la misma vez, que corrían por ahí con la bondad de lo salvaje. Las labores de fajina se hacían, los animales se alimentaban pero también se leía, se imprimían fanzines, se miraban películas, se hacía ruido y música, se tomaba y se bailaba y se soñaba mucho. Recuerdo una vez que andaba en amores con C quien vivía cerca y venía cada fin de semana: queríamos matar a un gallo maula que había estado lastimando al resto del corral y a nosotros mismos con sus espuelas pero nadie se animaba. Por esos días andaba de viaje un familia de Tahití, el hombre enseñaba a navegar en kayak conviviendo con los tiburones. Yo pensaba que si no pillábamos al gallo este señor sería capaz de comernos a nosotros, no recuerdo bien (de esa época tengo muchas lagunas) porque en ese momento atravesaba una etapa de vegetarianismo extremo. La cosa es que todos, grandes y niños, nos pusimos a corretear al animal que se nos iba por los surcos. Puro griterío y corso. Al final, con entrenamiento y todo, el tahitiano no logró alcanzar al ave y cuando menos lo esperábamos, C sin muchos aspavientos ya lo estaba pelando con un cuchillo y agua caliente para hacer el puchero.

La última vez que visité la finca encontré solo a una de las personas ahí; incendios habían pasado, tormentas. Él me esperaba para mostrarme una papa que encontró con forma de corazón. La imagen del tubérculo en mi mano imitaba a la de la película de Agnés Varda que vi por primera vez en ese lugar.

El saldo de la metáfora: la representación realista de un grupo de cuerpos, por necesidad o por puro azar, buscando entre la basura los restos desechados del incendio, del tiempo como un refocilo, de la vida y la hierba sobre la tierra. Eso escribí en mi diario esa vez y ahora que lo pienso me olvidé de mencionar a la sumatoria de fantasmas que se convocaron a nuestro alrededor, condensando los últimos momentos vividos ahí, con el hombre que amo, su gesto pálido pero cargado de significados frente un cuerpo grávido con un connatus de cucaracha, que nuevamente demostraba su baquía saltando los alambrados para darles el alimento a las ovejas y a las chanchas preñadas, metáfora quizás de todo lo que se sucedería después. Y ahora, en este simple acto, este gesto escritural converso con mis fantasmas como Olga Orozco conversaba con sus ángeles allá en Toay:

Contigo en aquel tiempo yo andaba siempre absorta,

siempre a tientas, a punto de caerme, pero indemne y eterna,

tomada de tu mano.

Ya casi te veía, lo mismo que al destello de un farol en la niebla,

una señal de auxilio en la tormenta.

Sí, tú, mi sombra blanca, transparencia guardiana,

mi esfinge azul hecha con el insomnio y el íntimo temblor de cada instante,

igual que una respuesta que se adelanta siempre a la pregunta.

Sin duda en algún sitio aún estarán marcados tus dos pies delante de mis pasos

porque te interponías de pronto entre mi noche y el abismo.

Sospecho que convertías en refugios dorados mis peores pesadillas,

que apartabas las setas venenosas y las piedras sangrientas

y venciste acechanzas y castigos.

Tal vez hasta me contagiaras la sonrisa

y lloraras después un larguísimo tiempo con mis lágrimas, vestido con mi duelo.

Después, mucho después, en esos años en que creí perderte

en algún laberinto o en una encrucijada,

fue cuando me dejaste a solas, tan mortal, en el destierro.

Quizás te convocaron de lo alto para un duro relevo,

y acudiste como un vigía alerta sin mirar hacia atrás,

aunque a veces descubrí tu perfume de nube y de jazmín en una ráfaga

y hasta palpé la suavidad que deja la huida de una pluma debajo de la almohada.

Ahora, ya replegada toda lejanía con un golpe ritual,

como en un abanico que se cierra,

frente al fuego donde arde de una vez el lujoso inventario de todo lor imposible,

contemplamos los dos el muro que no cesa,

no aquel contra el que lloraríamos como estatuas de sal a la inocencia,

su mirada de huérfana perdida,

sino el otro, el incierto, el del principio y el final,

donde comienza tu oculto territorio impredecible,

donde tal vez se acabe tu pacto con el silencio y mi ceguera.

De ese día conservo una fotografía que me sacó P. Con la mirada perdida como esperando a los cardos rusos que ruedan por los callejones arenosos entre los cañaverales, trayéndonos algo que no sé aún qué es. Imágenes como postales que se disparan sin ningún orden cronológico ni sentido aparente en mi memoria onírica por estos días y me resuelvo a escribir.

 Adentro

mi hijo pequeñito duerme todavía

duerme y sueña y vuela.

Yo en cambio sigo aquí

encadenado a esas palabras que no vienen. (Juan Manuel Inchauspe)

Intento retornar al lugar que abandonamos, reconstruir sobre el olvido lo que el olvido no perdona. Como un único texto eterno que puedo leer y releer porque soy la única que lo puede escribir. Cuando escribo no pienso demasiado en las razones por qué abandoné mi pueblo y en las maneras sutiles y obscenas en que el pueblo mata, asfixia. Cuando escribo no pienso en quienes mal me amaron y en aquellxs que buscan regresar a mi vida por la fuerza. Y ahora los que vienen del pueblo, los que van hacia el pueblo. Cuando escribo no me detengo a mirar para atrás con nostalgia, con despecho, ni siquiera con resentimiento, aunque lo único que conserve de mis pertenencias sea un grupo de pezuñas y el perfil trasnochado de un bandido rural. Ni en quienes viajaron conmigo en largos trenes y cuyos vagones quedaron atrás. Cuando escribo no pienso en las veces que en esta extraña ciudad me llamaron pueblerina y tonta y loca y me cobraron derecho de piso y permanencia hasta que todo lo que traje de mi pueblo tuvo un valor y haya gente dispuesta a pagármelo y hasta imitarlo apelando a las mas excéntricas épicas y genealogías… Cuando escribo solo  escribo. Porque no puedo hacer otra cosa. A la manera de Inchauspe he llorado, en secreto, a los míos. Lenta, inexorablemente, los he visto partir,  alejarse para siempre (y he partido yo también). He sentido en mi corazón el desprendimiento de una rama que cae. Y luego he borrado las huellas de esas lágrimas; he contenido en el límite infranqueable los bordes de mi propio dolor y lo he devuelto a mi pobre vida, a los días siguientes, a las horas para que permanezca allí. Oculto como una invisible y constante cicatriz.

Cuando escribo tengo una sola certeza:

El centro de nuestra vida

es lo que importa

el centro

no la periferia abandonada y estéril

(Inchauspe)

Cundo escribo repito, repito, repito como las coplas de las nanas de la infancia los poemas que me sirvieron de escuela y de casa y de caballo, que como el de los paisanos de alguna manera extraña siempre recuerda o adivina los recorridos.

No me maté

cuando las cosas fueron mal

No me metí

en las drogas ni enseñé

Traté de dormir

pero cuando no pude dormir

aprendí a escribir

aprendí a escribir

lo que podía ser leído

en noches como esta

por alguien como yo.

Escribe Leonard Cohen.

Hay un verso que me gusta tanto, uno de la María Lucesole: Qué hago en esta ciudad, tarima de todo lo que se comprende, yo, que debería estar en la naturaleza. Que es algo que me pregunto también más seguido de lo que quisiera, yo, que renegaba de vivir en otro lugar. Como si un túmulo de mi suplicara por mi antigua vida. Hay una cadencia que insiste como una lenta respiración animal, ese estribillo de una canción de Elton John: 

You better get back, honky cat

Better get back to the woods

Pero luego pienso en que la naturaleza como cosmos, como un todo con el que somos unx, debamos pensarla quizás como un rio, como un rezo que corra íntimamente: que esté siempre cerca de mí, enfrente de mí. Dios o naturaleza (¿?)

[…] soy religioso por naturaleza, porque además la naturaleza me dio la religión, Viví mucho en el campo. Los bosques, las hiedras, los pájaros, los atardeceres…eso me habló de Dios, yo lo escuché, tengo buen oído, escribió Alejandro Urdapilleta pero a mi hace acordar a Zelarayán eso del oído.

Porque nunca -y ahora menos- sabemos con qué afuera nos podemos encontrar.

*

Cuando yo era chica tenía un solo par de zapatillas, un abrigo para el invierno y me gustaba andar en patas, la tierra se amontonaba entre mis dedos. Cuando hacía calor tomaba agua de la bomba, espantando a las avispas, las ortigas me quemaban los tobillos.

Más viva que eso no estaré jamás.

Abril de 2020

*Grasso, Pablo. El libro alvearense del muerto (inédito) .