Podcast #3: Amanda Varín

Estos textos nacen desde el buscar un lugar en la sociedad, desde inquietudes metafísicas, de la reflexión sobre las relaciones lésbicas, libres y desde el análisis político, feminista. Me planteo desde mi diferencia considerando la poesía una buena instancia para incomodar y para dialogar sobre otras realidades.

Amanda Varín

Amanda Varín (Temuco, Chile, 1986). Escritora lesbofeminista. Su seudónimo responde al reconocimiento y homenaje a la escritora Stella Díaz Varín. En el año 2015 publica Crisálidas, poesía e ilustraciones, Ediciones Miau, Concepción. En el año 2018 publica el libro de poemas, Transmutaciones, Ediciones Mujeres de Puño y Letra, Concepción. Sus textos pueden ser encontrados en diversas revistas literarias y antologías de circulación nacional e internacional. Participa en intervenciones poéticas feministas, colectivas, poesía y música, instalaciones poetico visuales como: Poesía peligrosa, Territorio Sitiado y Junio Veinticinco, junto a activistas, músicas y artistas.

Stella es de su primer libro Cisálidas (2015). Octubre 18, es de 2019, inédito. Todos los otros pertenecen a su segundo libro Transmutaciones (2018).

Putito forever

Por devenori

Ésta es mi contribución a la caligrafía

de la circuncisión

Gastón Ortiz Bandes

Hace como dos años me topé con El Guanaco[1], el libro de Gastón Ortiz Bandes (Mendoza, 1977). Recuerdo que un cumpa me lo regaló en el bondi en el trascurso de Ciudad a Tupungato. Leí Chacha Warmi en voz alta, de puto y modismos corporales de una marica exótica, cosida por sí misma y pasada de copas, en presencia de todes les pasajeres. Obviamente hubo voces intentando exorcizar a la demonia que poseía mi cuerpa, y que leía con bravura: Estoy melanculiado / ha venido / el chongo de la Muerte / y me ha dejado / el sol negro del culo / hecho una roja flor azul.

A partir de ese momento, la escritura de GOB fue directamente abono para el armado de mi biblioteca queer/cuiar cosmopolita-regional. Y aquí el porqué:

Educado por el enemigo

Guanaco o Huanaco proviene de la palabra quechua Wanaku, sustantivo que denomina a un animal mamífero de Los Andes, según la RAE. Animal cuyo hobbies es escupir, lanzar garzos por doquier. Ese acto no grato para la sociedad hetero-winca-capitalista se la reapropia el libro de GOB, con las voces que conforman el yo lírico y que disparan desde lo más profundo de sus esfínteres al machote con su espectro denominado masculinidad, pieza principal del heteropatriarcado. Porque, como confirma Grasso en un ensayo de La Preguerra (2016), es difícil escupir al varón heteronormado que se halla en une cuando se nace con determinado genitales y la sociedad impregna en la carne mamífera la masculinidad como único destino.[2] Varoncito bien varoncito, como dios manda.

Por eso GOB escribe:

Yo fui educado por el enemigo.

[…] Por eso me meto el yo lírico en el orto,

para que el testigo y el omnisciente la sigan chupando.

Yo fui educado por el enemigo.

Por eso distanciamiento hay, pero crítico las pelotas.

En este país la polifonía se ha hecho concha.

Falsos putos colgado de las tetas del género.

[…] Yo fui educado por el enemigo.

Decirse yo fui educado por el enemigo es cantarse las cuarentas, admitir la opresión para poder construirse como sujetx; es decir, convertirse en alguien a pesar de la opresión[3], tejer una identidad propia a partir de la reivindicación de los efectos del poder heteronormado de la sociedad sobre nuestres cuerpes.

Cesárea harakiri –putito forever-

No se nace marica, se llega a serlo.

Dicho popular

Estoy feliz.

Estoy embarazado y no de un bebé

humano sino de un guanaco

que tras breve, suficiente, veterinaria crianza

arrojaré de mi seno a la cordillera.

Después de tantos y tantas que murieron

en los experimentos incontrolables del amor,

aprendí por fin a dar vida conmigo mismo,

a repoblar la naturaleza yo solo.

Por eso mi cesárea será un harakiri,

Con nomás la luna llena y la intemperie,

Para que nazca mi guanaco de varón,

Hijo del dolor que ya camina

Sobre un charco amniótico de sangre,

Por un corte de helada soledad,

Un balido indemne.

De les creadores de los anales de la historia y la historia de los anales, aparece El Guanaco para escupirle con toda su mariconería al heteronormado y recuperar las reliquias de la muerte para el ritual haraquiri. Bajo la luna llena y la noche de los sentidos, armonizar el cuerpo heraldo para la apertura de las puertas de ahí (donde la silueta de la espalda desaparece) y dar la bienvenida de una vez por todas al putaso que concebimos dentro.

Me cosí mal, con viento

Que traía disparos de caza

Y arroyos con veneno de la técnica del siglo.

Para ir menguando la dilatación anal y su gozadera, volveré a citar a Grasso, quien percibió en su lectura del libro la idea de un hombre –escrito- en minúsculas: Y al hacerlo, Ortiz Bandes, perfila el contorno posible (y yo agregaría que necesario) de un hombre nuevo en minúsculas: sin sangre en las manos y que ha aprendido, finalmente, a dar vida consigo mismo. No solo es posible la idea de un hombre no macho que plantea Grasso y que algunos feminismos proponen como la construcción de nuevas masculinidades (la toma de conciencia de los privilegios que tienen y han tenido a lo largo de la historia). Sino pensar que los poemas evocan una corporalidad disruptiva: el devenir marica.[4] Identidad que ha sido, como muchas otras, violentamente invisibilizada lo largo de la historia de la humanidad. Por eso, es fundamental pensar en una cartografía sudaka de la  disidencia sexual (marica, trans/travesti, lesbiana, queer, no binare, etc.) para criar la lengua del desacato[5] y desarticular los modo héteros de leer, escribir y habitar los libros y el mundo social.

Leer El guanaco es de alguna manera leer cierto linaje de la disidencia sexual, reviviendo con todos los sentidos los versos de la Pedro: Yo no pongo la otra mejilla./ Pongo el culo compañero. […] Mi hombría es aceptarme diferente. Es comprender el agenciamiento político-poético que propone Perlongher (yo no quiero que me acepten, ni que me quieran ni que me comprendan, yo solo quiero que me deseen). Es encarnar ese cuerpo para odiar, de Claudia Rodriguez; cuerpo no blanco, no hétero, pobre, abyecto que busca sentirse -y ser reconocido, también- como humano.

Pero unos yuyos se acercaron

Y entre cantos me ayudaron.

Y así, después de la teta lo vi

Ir a jugar con los otros guanacos del valle,

Divinos, igualitos a él.

Agosto, 2019.


[1] Ortiz Bandes, Gastón. El guanaco. Mendoza: Babeuf, 2015.

[2] Grasso, Pablo. La Preguerra. Mendoza: Babeuf, 2016.

[3] Witting, Monique. El pensamiento heterosexual y otros ensayos. Madrid: Egales, 2006.

[4] Vidarte, Paco. Ética Marica: Proclamas libertarias para una militancia LGBTQ. España: Egales, 2007.

[5] Flores, Valeria. Desmontar la lengua del mandato, criar la lengua del desacato. Chile: Mantis, 2014.

La memoria del té

Sobre Kasu, de Marisa Negri

Por Maite Esquerré

Instrucciones para vivir una vida:

Prestar atención.

Sorprenderse.

Y contarlo.

Mary Oliver

Kasu, apuntes sobre el té (La gran Nilson, 2019), así se llama el nuevo poemario de Marisa Negri. Nos disponemos a leerlo, queremos saber todo sobre el té. Abrimos el libro. Leemos el primer poema. Y la casa se nos llena de té de jazmín. Entonces nos damos cuenta que no abrimos un libro, estamos en una ceremonia, un ritual de los sentidos. El aroma nos envuelve y nos trae una calma, cito:

hierve agua en un jarro enlozado

estira su mano hacia la lata azul

abre el té de jazmín

y aspira

también este dolor

pasará

Dice Okakura Kakuzo en El libro del té que el arte del teísmo es el de recatar la belleza que se acaba de descubrir y de sugerir lo que unx no se atreve a revelar. Ahí está el noble secreto de sonreírse a sí mismx, sosegada pero enteramente. La poeta descubre y comprende la ley de la impermanencia y comparte su sonrisa con las palabras necesarias y precisas, sin la exuberancia o la arrogancia de quien se supone poseedor de un conocimiento que el otro no tiene. En este sentido, el poemario se presenta generoso y humilde desde el inicio.

La autora atiende al tiempo de la contemplación, a un tiempo femenino, podríamos decir. Entre estas hojas el tiempo no corre, brota (Bachelard). Las imágenes brotando a cada sorbo de té.

Entraremos descalzos/ en el tiempo del té; dice Marisa, y más adelante la clave para el ingreso: no proferir palabra desde el amanecer/ dejar los zapatos en la entrada/ junto con el pensamiento.

Para dejar el pensamiento necesitamos el silencio y la observación sin prejuicio. La poeta nos invita a detenernos, a demorarnos, haciendo vibrar cada hoja entre los dedos, las del té, las de este libro… conectando todos los sentidos a un orden distinto, más cercano a la disposición de las estrellas en el cielo, al origen sutil.  

Los espacios en blanco entre los versos revelan esa intimidad que se necesita para la preparación del té. Parece decirnos: Paciencia, siempre hay evidencias para lxs que se detienen. El poemario destrona el tiempo entendido en términos de productividad capitalista, donde demorarse en contemplar la vida, en asistir a la transformación de las cosas, es un desperdicio. Eso que encontramos resumido en el slogan publicitario «me tomo cinco minutos y un té”, la poeta lo cuestiona:

Tiempo/ para que ascienda el sonido del agua/ que hierve en la tetera de hierro

Tiempo/para revolver con el batidor de bambú/ el polvo de té

Tiempo/para que los tres sabores del matcha/ acudan a la cita:

dulzura/amargor/astringencia.

Como en el poema Maestro de té se necesitan tres movimientos para entrar en el instante poético que nos propone Marisa: primero, el ojo. Leer las hojas que se despliegan,entre sus pliegues. Segundo, velar la vista, despertar los otros sentidos, los que en la vida cotidiana suelen estar supeditados a la mirada: el gusto, el tacto, el olfato, el oído (vaya, teníamos un cuerpo íntegro: el cuerpo cansado/ agradece). Tercero, abrir los ojos al cielo, agradecer y accionar (comprender).

Es decir, parece que leemos un libro sobre el té, lisa y llanamente, pero… El primer y segundo movimiento se tocan, suceden casi de manera simultánea: leer el texto con todos los sentidos entusiasmados. Y en el paso de un pliegue al otro, cuando el vapor de los textos nos entibia la cara, comprendemos la acción interna que está operando y agradecemos: el libro habla de mujeres.

Estas mujeres se van tejiendo en los poemas, no se imponen, surgen. Sus texturas van creando la trama del poemario: cada historia, cada dolor es una flor tranquila. Lavarán toda pena/ en la distancia perlada del agua.

Marisa utiliza el tiempo presente y la tercera persona como procedimiento para actualizar el recorrido de estas mujeres. Escribir es activar y recuperar en la memoria colectiva una vida que había sido olvidada en la trama de la historia.

El único olvido que se realiza en el poemario es el de sí. Kakuzo dice que lxs bebedorxs se olvidan de ellxs mismxs ante una taza de té. La poeta realiza un corrimiento para que hablen esas mujeres, y es la misma acción que debemos hacer nosotrxs lectores para escuchar lo que relatan las mujeres en los pliegues de estas hojas.

La anciana que canta mientras bebe su té, mujeres que hacen temblar las hojas de té en sus dedos, la muchacha que lee las hojas en el fondo del poso, mujeres con trabajos mal pagados llevan vendas en los tobillos, las chicas que inventaron el saquito de té, ella que escucha la respiración acompasada de los hijos cuando duermen, las niñas en el servicio de té, la recolectora de té que sueña, la viajera atenta a los detalles, ancianas cuidando el origen del té, mujeres anónimas que controlan con su ternura el punto de ebullición del mundo. Todas ellas convergen en el poemario:los extremos del mundo se han tocado/ una línea de tiempo llega hasta el borde de la taza.

Una mujer del inicio del libro se transforma en el último poema en un nosotras potente.

Mientras haya textos como estos, nada es olvidado, nadie es olvidada.

Luego de leer Kasu permanece una sensación de reposo en el cuerpo, la mente aquietada, las imágenes de las mujeres resonando, el sentimiento después de haber reído, y el pecho y el corazón calentito luego de un buen sorbo de poema.

Volvamos a la primera belleza: también este dolor/ pasará. Hasta que suceda, sonriámonos y tomemos un poco de té:

Espejo de té

El río comienza a aquietarse

reposan las hebras doradas en el infusor.

Quiero decirle a ella, decirme que todo pasará

que será complicado, pero resultará bien.

Bebemos juntas este té

bajo los nombre amados

aquí

ahora.

Junio de 2019.