Una belleza hiriente y dorada

Sobre “Un corazón atravesado por una flecha flacucha y sangrienta” (Promesa editorial, 2022), de Clara Del Valle.

Por Gabriela Pignataro

¿Se escribe para conocer el reverso de las formas o para inventar esa palma invisible? Escribir es fundar: la tierra después del vacío, el temblor del desastre, la suavidad bajo el sol. En el primer poemario de Clara Del Valle se despliega un paño de revelaciones: como esos paisajes que, en la lejanía, verdes, hacen fulgurar las pequeñas luces extrañadas en la intemperie. La revelación no es siempre un facón plateado en la negrura o el gran estallido, sino, más bien, un breve destello, la dentellada mínima sobre una superficie tersa. Poemas que gravitan el artificio del lenguaje: la traducción inexacta de la experiencia, las convenciones y convulsiones sobre el Eros y el deseo. ¿Cómo escribir otro manifiesto sensible, en una época prescriptiva, hasta sobre los propios cuerpos? ¿Se puede desear sin el espejismo, la ilusión, sin un lenguaje que erosione los bordes de las distancias?

Una belleza hiriente y dorada, son los poemas que desafían la demolición, la casa y el recuerdo, el lento desplome después del amor: las paredes y sus señas, los objetos rotos, la maleza y la flor, las palabras y las cosas, siempre un mapa. Hay una torre que se cae, se escombra verso a verso y se vuelve llanura de restos y pequeños tesoros ¿Con qué materia preciosa quedarse y cuál arrojar al baldío de lo que ya no se habita? La respuesta está en el ritmo vital de una lengua que se atreve a palpar el tiempo destemplado y canta: Vas a sembrar el tiempo de la sombra / Voy a cosechar el fruto, el beso, el abrigo / y la hiedra.

“Un corazón atravesado por una flecha flacucha y sangrienta” nos descubre una voz poética que construye su fuerza desde la pequeña insurgencia, como las flores, como la hiedra.


Selección

CONVERSACIÓN EN EL PARQUE

                                                                                  A Tamy y a Pocher

Entre el deseo y los cuerpos 
hay signos, tratados y notas al pie. 
En los anaqueles de la historia erótica 
se acumulan enmiendas, tachaduras frenéticas 
donde el cuerpo, el papel, la lengua y hasta la mirada 
resultan ilegibles de tan borroneados. 
Ya casi no queda lugar para trazar lo nuevo 
y dibujar una flor en el margen 
o un corazón atravesado por una flecha flacucha y sangrienta. 
Tal vez nos quede escribir 
instructivos sobre el disfrute de las propias cuerpas, 
entregarlos prolijamente al pie de la cama, 
como se entrega el programa de una representación 
absurda a cambio de nada. 
En rojo, un aviso: “De succionar con demasiada presión las tetas 
o encarnizarse en la apertura olímpica de nalgas, 
será sancionado con todo el peso de la ley mil y pico, inciso 
[nosécuánto                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            
o en su defecto con una mirada penetrante, tal vez triste, usted [elija.” 

De este lado yace un cuerpo en su máxima tensión 
un papiro manoseado y valioso 
una hoja que tiembla mucho antes de que la toque el viento.


*

OFICIO

alguien pronuncia mi nombre
soy una demolición en suspenso
José Sbarra

Esa mañana oí caer
la pared que levantaste 
con más fe que certeza
pacientemente hace años.

Colocaste ladrillo sobre ladrillo
a veces alguna piedra 
que emparejara un terreno virgen.
Te entregaste a la tarea del constructor
el que gana en visión
gracias al oficio de construir
edificios sólidos para cuerpos frágiles. 

Cuando la creíste terminada
colgaste de ella adornos y promesas.
“Hay una herida aquí, un espejo allá:
todo está en su lugar.”

Una mañana de septiembre, 
el aullido de los perros: el sismo.
Las grietas tomaron la forma de una raíz enorme.
Fui testiga de las patas del gorrión posándose al alba 
en lo alto,
           del estruendo sordo,
           de la montaña recién nacida. 

–¿y qué hacemos ahora con tanta ruina salvaje? – me preguntaste
de rodillas frente al derrumbe.
Lloraste
y no sabía si por la pared o el pájaro. 
Ya no importaba.
Nada encaja otra vez en su lugar.
Las piezas ahora parecen dinamita fresca.
–Hay que alejarse – decís – 
algo late bajo los escombros 
y el suelo me marea. 

Te sigo hasta donde permiten mis piernas.
Vas a buscar otro terreno en desnivel, 
vas a trazar un plano oblicuo, 
vas a emplear hierro, adobe, barro, 
plantas, vidrio, cemento
en tu nueva fortaleza. 
Vas a pedir ayuda, 
vas a saber de otros temblores
y de las caídas y los derrumbes.
Vas a sembrar el tiempo de la sombra.
Voy a cosechar el fruto, el beso, el abrigo y la hiedra. 

*

EL NACIMIENTO TRÁGICO

El nacimiento trágico de la mariposa 
fue anidar meses en su capullo 
bajo la lluvia el frío la helada y el sol 
en una esquina del jardín
bajo el limonero.
Fue camuflarse durante meses 
parecer otra cosa muerta 
una basura olvidada
para no sugerir belleza y magia.
Nada ni nadie debía sospecharla.

El nacimiento trágico de la mariposa tigre fue
decidir nacer una mañana de septiembre
a la vida al sol al calor a volar 
fue romper el capullo lentamente
mostrarse envidiable única amarilla y negra.
Fue encontrarse cara a cara
con la mirada verde y rapaz del gato blanco 
que no permite que nada 
ni nadie
en ese jardín viva o muera sin su consentimiento.

El nacimiento trágico de la mariposa 
fue ahí en ese instante
en el que la pata blanca decidió destrozar sus alas
sus ansias enhebradas por meses
su belleza hiriente y dorada.

Clara Gabriela del Valle es poeta, editora y docente. Coordina, con su tocaya viceversa, Gabriela Clara Pignataro, los talleres y clínicas de obra de Bajo la araucaria. Los feriados sube a las montañas de Mendoza a darle revancha a la metáfora. Este es su primer libro de poemas.

Contactos:

@lareina_de_lxs_lagartxs

delvalleclaraletras@gmail.com

Adelanto de #meteoritos (Anabel Ocáterli)*

Comentario y selección de Sabrina Barrego
Tapa: Ilustración digital, Ela Matilda, 2020.
@mybodymyjokes

«No todos los días el mundo se ordena en un poema», escribe Wallace Stevens en Adagia. A veces, los poemas funcionan como meteoritos. Demasiado pequeños para ser considerados asteroides o cometas, pero de impactos sorpresivos en la atmósfera terrestre. Estos fragmentos que, a veces, parecen intencionalmente simples, incluso torpes, consiguen una forma aguda y cargada de potencia, con la misma fuerza de un cúmulo de materia incandescente a punto de estrellarse impactando contra lo poco conocido por esa parte de humanidad que es una misma. Reseteándolo todo. Ella, que todo da, todo apuesta por un fenómeno del cielo, un objeto, como un cuerpo celeste que ha venido desde otra esquina del espacio por necesidad, por voluntad de decir, por mero acto de fe. Cuando todo lo demás se trisó como una vieja loza en la que nadie repara (tiene que haber algo especial para cualquiera en este tipo de esperanza). Dios es un símbolo de algo que fácilmente puede adoptar otras formas, como, por ejemplo, la forma de la poesía, escribe también Stevens. Lo demás, el destello luminoso, podrá ser observado sólo después; liberado durante su tránsito en el aire. O devenir un hallazgo, en estado sólido, apareciendo fresco entre otras rocas.

Sabrina Barrego,

julio de 2020.


Selección

 Despierto
 sin un café
 ni un balazo.
  
 *
  
 Cambio de coche,
 cambio de llantas,
 cambio de mina.
  
 *
  
 Quiero unos zapatos,
 quiero una cartera,
 quiero un hijo.
  
 *
  
 Las fotos también se derriten,
 mejor
 el ojo,
 la mano,
 la lengua,
 el cuerpo.
  
 *
  
 Dame batalla, bella vida mía
 –así no me la invento–.
  
 *
  
 Ella, que todo da
 nada pide
 no es mujer,
 solo
 madre.
  
 *
  
 Su delirio era casarse
 con mi parte
 todavía virgen.
  
 *
  
 A punta de lápiz
 lo escupió
 mi cama.
  
 *
  
 Alrededor del origen giran
 los planetas,
 a punto de marearse.
  
 *
  
 Podría confesarme en directo,
 si Dios
 leyera ahora.
  
 *
  
 Todas las voces todas
 adentro de mi
 cabeza.
  
 *
  
 Poesía espejo,
 temo asomarme. 
Pattern: Ilustración digital, Ela Matilda, 2020.
@mybodymyjokes

Anabel Ocáterli nació en Mendoza. Creció y vive en una finca de Rodeo del Medio.
Estudió Comunicación Social y ejerció el periodismo gráfico. Se formó en narrativa con Mercedes Fernández y en lírica con Eliana Drajer.
Anabel participó en diversas antologías de cuento y poesía, de Argentina y España. Sombras de colores se llamó su primer poemario, en 2016. Justo ahora que venía callando fue el libro de poemas reunidos que escribió con el grupo Casa Poesía, en 2018.
Tiene dos hijas: Luz y Diana y un blog activo: Anaocaterli.com


* #Meteoritos / Anabel Ocáterli. – 1a ed . – Morón : Macedonia Ediciones, 2020.

@MacedoniaEdiciones

AnaOcaterli.com/ @AnaOcaterli

Tapa: Ilustración digital, Ela Matilda, 2020.

@mybodymyjokes

JALADA ENTRE DOS MUNDOS

Sobre Apertura del primer cuarto:la naturaleza de las cosas, de María García.

Por Sabrina Barrego

Mi destino no está escrito en las líneas de la mano,

está en el Universo.

Lo rigen el tiempo y el espacio:

la gigantesca espiral de la Historia:

ese milagro.

Glauce Baldovin

Raúl Zurita, en el documental Veras no ver (2018), dice algo acerca de los matices del desierto: como si, de alguna manera, las tonalidades de nuestras pieles imitasen las de la arena y la piedra. No somos de los colores de la selva amazónica, dice. Como si habitase el alma humana en todas las partes de la tierra seca. En todas las cosas.

Mucho se habla sobre el desierto en este territorio. ¿Y si fuese, tal vez, que el desierto nos habla, que las piedras nos chillan? Si somos una parte viva del paisaje, viviéndolo.  

aproximarse a la naturaleza para, a fuerza de lo habitual huirla; después, entre esa huida y este aproximamiento, fijarse, centralizarse, como en un punto de intersección…, dice la cita de Saint Pol Roux que abre Apertura del primer cuarto:la naturaleza de las cosas (ANTI ediciones, 2014), de María García (Mendoza, 1974). Una invitación a descolocar(se), a dejarse habitar y (des)habitar. A no luchar contra el movimiento. Un viaje poético hacia las entrañas de la geografía sagrada de lo más austral del Tahuantinsuyu; el imperio del sol, se dice. Un relato de las enseñanzas en la vía extática junto a las plantas maestras: coca, wachuma, willka y tabaco, se dice. Una historia de amor transpersonal y, finalmente, de terror, se dice.

Un libro de profecías.

*

En agosto de 1993,  Raúl Zurita manda cavar en el desierto de Atacama su micropoema «Ni pena ni miedo»; según él mismo, la imagen más profunda y exacta de lo que es el alma contemporánea: su aparente nada, pero para la cual basta un cambio de luz al ponerse al sol para que se transforme absolutamente en otra cosa. El autor graba el dolor del pueblo chileno y de la humanidad en el desierto, tal y como él mismo imprimió su propio sufrimiento en la mejilla cuando se la quemó con un hierro ardiente en 1975. Así, con este acto poético estableció un vínculo estrecho entre el cuerpo y el espacio rompiendo las barreras del poema escrito en un papel.

María García, por su parte, nos habla de lo ritual y su enseñanza tradicional, de maestrx a discípulx, oral y presencial, que vendría a asegurar, por medio del cuerpo inteligente, la realización precisa de actos necesarios para la supervivencia de la comunidad en un lenguaje simbólico permitiendo la permanencia dentro de un rango de flexibilidad común a toda sustancia viva. Entonces, con diferencias abismales de cosmovisiones, pero místicos ambos, llegan a un punto muy similar por vías  disímiles. Así como Zurita escribe en la inmensidad de la arena y de la roca un poema breve, esperando que el tiempo y los elementos hagan su trabajo corrosivo, operándose de los sentidos de la verticalidad y la horizontalidad porque lo que está en el suelo solo puede ser visto desde las nubes y lo que fue escrito por una mano será tallado por el eco de un territorio y los pueblos que lo habitan, García repite los ritos con las plantas maestras, descomponiéndo(se) y recomponiéndo(se), una y otra vez, para hablar con la inteligencia del cuerpo (porque el ritual es la sustancia viva transmitida de mano en mano por las generaciones, viviendo).

*

Este es mi un libro que me causa el mayor respeto, ya que al releerlo, pareciera reecribirse frente a mis propios ojos, como si estuviera en sí mismo vivo, como si fuera un centro de actividad que se autoorganizara y De rerum natura se estuviera reescribiendo. Es porque las experiencias vividas que condujeron a la escritura de este libro no se refieren a una serie de hechos cronológicos dentro de un rango geográfico definido, sino que me condujeron hacia la posibilidad de profundizar en una serie de rupturas de niveles que me llevaron a devenir otra, a veces sin la necesidad de moverme un milímetro. Y la escritura en sí misma no fue un concomitante utilitario, sino que excede los hechos, desbordándolos, como dice uno de los poemas del libro:

la vida es más de lo que aparece vivo:

la hipernovela de la materia, yo diría.

[María García.]

En Conocimiento por los abismos (1961), Henri Michaux habla de la compleja y continua redistribución de la sensibilidad que opera en lxs sujetos en relación con la ingesta de algunas sustancias. Habla sobre todo de la mescalina; neta, brusca, brutal, predestinada a desenmascarar lo que, en otras, permanece envuelto; hecha para violar el cerebro, para “entregar” sus secretos y el secreto de los estados raros. Para desmitificar. Y presenta luego una acumulación de rasgos a propósito de la intoxicación con esta: la violencia de la luz, el blanco, el centelleo, la muchedumbre en la consciencia: multiplicidad de formas, puntos e imágenes, la coexistencia de tiempos y espacios. La atención y las captaciones rápidas y claras, y las facultades paranormales, revelando incluso a veces el don de la videncia y la adivinación.

García remite a la Wachuma (entre otras plantas) también conocida como San Pedro o como el cactus de la carne caliente (dicen que por la impresión que para un principiante causa poner la palma de la mano sobre su cuerpo cortado al medio: la pulpa está caliente y palpita, como el cuerpo de un animal) cuyo principio activo es la mescalina.

Por su parte, en el poemario se abigarran finas capas de imágenes sensoriales ondulantes, oscilantes, vibratorias; flores amarillas saliendo de la panza, la jarilla dorada, el libro blanco, huesos que brillan. La repetición constante, una especie de loopeo que no es automatismo: el cóndor (que) nos mira de una sola manera, nosotros de muchas… las sociedades tradicionales (que) se sentaron miles de veces sobre las mismas piedras. Las grietas, las ruinas. La percepción del tiempo modificada:

Nunca pienses que es el Día porque

la Noche mana.

Así como el día se conoce en la noche, no en la mañana.

El día es otra cosa.

Se nos presenta un estado de alucinación permanente, aparecen las visiones random de ornamentos y de muecas, caras gesticulantes, bocas como campo de conocimiento, la risa y, también, su anverso ominoso:

pinté sus labios hace 20 años atrás

con saliva lo hice sonreír.

Pintarle los labios, en la foto

Hacerlo sonreír,

Reír ahora no es presente

Buscando el trance.

Animales gigantes. Todo lo que se alarga. Todo lo que toma forma de montaña. Vertical. Triangular. Todo lo que se atelaraña. Y la alternancia, entre verso y prosa, Día y Noche, el amor y el terror, un deseo y el otro (yo y lo otro), lo de afuera y lo que entra, machoyhembra, entre versificar y no versificar.

en mi mente retumba la willka

enternece mi corazón el achuma

inspecciona el mortero la araña

no tengo deudas

escucho y reparto al mazo

Y el infinito, en la reflexión, en el sentimiento, en la presencia y la proximidad. Ay amigo, que poderoso es el instante, que efímera es la eternidad a tu lado (García). Escribió William Blake: Si las puertas de la percepción quedaran depuradas, todo se habría de mostrar al hombre tal cual es: infinito. Y si es cierta la capacidad de ciertas maestras de concedernos algunos saberes, qué bien que este registro, entramado aracnoide con una tradición de literatura psiconáutica en este territorio, haya sido escrito por una mujer.  

Para el agua del desierto hay que tener corazón jugoso y verde…

Siboney, en tu boca

La miel puso su dulzor.

[Ernesto Lecuona]

A diferencia del espacio geométrico de la cartografía, en un paisaje siempre hay alguien que mira desde algún lugar. Pero, entre lugar y sujeto, entre el punto de vista y el cuerpo que viene a habitarlo, hay grados de distancia que la escritura del desierto no deja de explorar. Desde el punto de vista del vacío, nadie ve porque pareciera que en el desierto nada existe que valga la pena de ser mirado; no hay acontecimientos porque nadie da cuenta de ellos o, lo que es muy común, la observación se hace desde una jerarquía; entonces el espacio se convierte en un dispositivo de representación visual o literario generador de ciertos discursos. María García rompe con este pacto colonial. Es ella misma una parte con el todo. No lucha contra el movimiento ni modela el lenguaje en una pasarela larga. Practica un poco de eso que, como le dijera O. Lamborghini a Fogwill, no publicar antes de empezar a escribir y de escribir para aprender a escribir con la boca cerrada. Y al vituperado desierto, lo deja Ser en la dimensión textual; le da (si es que puede dársele) la palabra hasta el punto de que éste destituya a la primera persona del punto de vista, como si no estuviera pasando más que el propio espacio como acontecimiento.

Reyna del ]iempo, ajenjo, hoja que escribe, piedra anima(l)da, alguien/algo que blablhabla, el temblor de una voz que no es la suya, tras el pututu y la piedra reina tercera curandera… El yo lírico muta, se despiela, se deshace en gestos rítmicos, en mixtura entre el pop mundano y lo cósmico*; en una pseudoautobiografía con runa en los cerros y las lagunas o espejos de agua. El ritual es reescribir con letras blancas sobre el libro blanco. Revisitamos, un balance, reseteamos el verbo./ Agraciados somos porque es lo que es, porque acullico y mishiquipamos. Y se pregunta:

¿Soy yo la de los plan

es o el uni

verso?





Leo y pienso en Eisejuaz (1971), la novela de Sara Gallardo donde el protagonista es una subjetividad masculina, un sujeto trágico: un indio que oye voces que vienen de otro lado (del viento, de las nubes, del avión, del río, de su corazón, etc). Un sujeto múltiple que se refiere a sí mismo como Yo, Eizejuaz, Este también, que se nombra a sí mismo como un yo y como otredad. Hay algo del orden de la fe, una vocación mística en el hecho de no entender del todo a ciertas voces, ciertos gestos –la comunicación sin palabras-, pero de obedecerlos lo mismo porque marcan un destino. Ser llevada a donde quiero ir es la mejor forma de ser siendo, escribe García. Y también: Cada ser que se cambia de lugar, el mundo la tierra la mesa la enseñanza cambia lo aprendido(como si las plantas, las rocas, el polvo, todo aquello que no se mueve, al vernos pasar animales y humanos no pudieran percibirnos por un tema de velocidad. Así, otros nos ven a nosotros, tan quietos, ellos mucho más veloces, de otro tamaño, otra organización y nos conocen, como nosotros podemos ahondar en nuestro conocimiento de las plantas y las rocas. Nos conocen, nos cuidan y nos destinan.

No es coaching ontológico, no es chamanismo de Chacras, no son gualichos blancos citadinos debatidos entre el tarot y la terapia de grupo con ribetes cartesianos. No es una impostación de ruralidad.  Apertura del primer cuarto… es un texto literario con una consciencia propia: mística, indisociable del lenguaje que lo conforma. El poemario está centrado en la construcción de esa voz, y en ese sentido se entreteje en sincronía con la tradición de Charles Baudelaire, Ambroce Bierce y Saint Paul Roux. Es el lenguaje, en el estado de la creación o en el silencio que se escucha cuando se escucha a una misma o a las piedras. Apoyado en la experiencia arrojada (hiper-conectada) de una corporalidad, una piel, que en su mala memoria necesita la práctica, el ritual y la performance continua para construir teoría a medida que avanza, se deshace/desase en eterno presente … Una cuestión de filo en los órganos de la percepción y del dolor que eso conlleva. Como dijo el músico Nick Cave a propósito de su disco Ghosteen: Quizás la tristeza sea el reconocimiento de que el mundo es realmente hermoso, que nos cabe dentro de la palma de nuestra mano y que su belleza está disponible para todos, si solo tuviéramos ojos para ver. La poeta -haciendo las veces de hamawt’a– nos entrega su relato como un testimonio subjetivo, personal, barroco, incluso cuestionable, pero honesto y eso, sobre todo en este momento histórico, ya es bastante.

2020

*https://www.idea.me/proyectos/14799/apertura-del-primer-cuarto

Bibliografía

Gallardo, Sara. Eisejuaz. Sudamericana, 1971.

García, María. Apertura del primer cuarto: la naturaleza de las cosas. Mendoza: Anti, 2014.

Michaux, Henri. Conocimiento por los abismos. Bs.As.: Sur, 1972.

Rodríguez, Fermín A. Un desierto para la nación: La escritura del vacío. Bs. AS.: Eterna Cadencia Editora, 2010.

Saint Pol Roux. Ideorrealidades. poemas y papeles dispersos de la Obra Futuro. Bs.As.: Editorial Descierto, 2013.

Sabrina Barrego: Una trinchera para la buena poesía*

Por Luis Benítez

Hace pocos meses, en Argentina, fue reeditado el poemario Trinchera (Ediciones Culturales de Mendoza, Colección Cactus, provincia de Mendoza, 2019) de la poeta Sabrina Barrego. El volumen se hizo acreedor a una mención especial del Premio Provincial de Poesía Vendimia 2018.

Las cuatro decenas de poemas que componen este poemario, dividido en 3 secciones, exhiben una parejo desarrollo de la sensibilidad de la autora, quien utilizando un discurso aparentemente sencillo se las arregla eficazmente para introducirnos en un universo signado por la autoindagación, por una parte, y paralelamente por la comprensión madura de los nexos que la ligan con la realidad exterior, estableciendo una red de vasos comunicantes donde sus visiones de un campo y el otro se entrelazan y complementan.

Así, Barrego va más allá de lo convincente: la verosimilitud de su propuesta tiene el sabor inequívoco de la genuina experiencia estética, aquella que proviene no del proponerse sentir, sino del empirismo sin obstáculos entre la apreciación sensible y la elaboración posterior –ya en términos poéticos- para dar por resultado textos donde la belleza bien entendida (no como máscara) se revela, casi tan desnuda como es, sin que lo trágico y el pathos de la existencia contemporánea cedan necesariamente sus espacios ante su presencia.

La joven poeta ya conoce los mecanismos escriturales que conducen a la elaboración de una obra sólida y como su colega Denise Levertov, parece apreciar a la poesía como una variedad de la telepatía: “But mind and heart continue / their eager conversation” (Pero la mente y el corazón prosiguen / su charla animada), nos dijo en Broken pact la poeta de Essex, mientras que la de General Alvear, Mendoza, señala a la par: “hoy el lenguaje / me construyó una casa”. Esa calidad telepática, es posibilidad de comunicación alternativa que con tanta felicidad Levertov le atribuyó al género, en Barrego se plasma adecuadamente en imágenes, sensaciones, emociones que contienen ideas y conceptos (esa capacidad que posee el verso honrado) que de manera casi inmediata capturan la atención del lector y, más allá de esa operación primera, invaden la imaginación y nos trasladan a situaciones en apariencia simples, pero que se revelan por el arte de la autora como recipientes de un sentido poderoso. Aquí no podemos hablar de lo unívoco, sino de una polifonía del sentido. La poética de Barrego es develadora de multiplicidades: como en el famoso cuento de Hans Christian Andersen nos muestra al rey desnudo y también las implicancias de esa revelación, ya que actúa en varios planos a la vez. En su poema Las Heras (incluido en este volumen que nos ocupa, págs. 14-15) parece estar hablando del gallinero que tenía su abuelo y efectivamente, también se refiere a eso; pero al octavo verso ya señala Barrego la “anomalía” que conduce al despliegue de otros significados para lo mismo: las aves que alberga dicho gallinero: tenían un corte de tijeras / en las alas / y yo no sabía por qué.”, refiere como al paso, y remata esa sección del poema hábilmente: “las manos de mi abuelo / eran filosas como las de Dios.” Luego sí da remate efectivo al poema, ampliando todavía más el radio que abarca el conjunto: “recuerdo el gallinero / con desesperación: / las palomas, / las gallinas, / juntas como hermanas / en la quinta de mi abuelo.”

Como el poeta argentino Juan Laurentino Ortiz, Sabrina Barrego no elude mostrarnos de qué manera tan íntima la belleza del mundo convive íntimamente con el horror, la precariedad y la injusticia, hora tras hora y en todo lugar y ello no hace más que acrecentar los alcances de su poética. Elegí estos fragmentos de Trinchera como ejemplos de lo antedicho, porque me pareció el modo más práctico y directo de intentar siquiera aludir a algunas de las capacidades de su arte, pero en todo el poemario las imbricaciones –estas y muchas otras más- entre elementos supuestamente opuestos abundan y ninguna será desperdiciada por el ojo atento del lector del género. La superposición de lo entendido como antitético en Barrego no es una mera estrategia literaria, sino otro rasgo de su honestidad intelectual y sensible: es lo que ella ve y eso que ella ve es lo que nos muestra. Trinchera , de Sabrina Barrego, confirma que la poesía argentina está en buenas manos.

*

Benítez, Luis. (27 de febrero de 2020). Sabrina Barrego: una trinchera para la buena poesía. Recuperado de https://hawansuyo.com/2020/02/27/sabrina-barrego-una-trinchera-para-la-buena-poesia-luis-benitez/

Benítez, Luis. (25 de febrero de 2020). Sabrina Barrego: una trinchera para la buena poesía. Recuperado de https://aladecuervo-vocablos.blogspot.com/2020/02/sabrina-barrego-una-trinchera-para-la.html?fbclid=IwAR1iGuxyQ60akz54jj-OzsE5H3RXztxlgRVbP07nHTXvDkhbUdbjpMgGr_U

Benítez, Luis. (1 de marzo de 2020). Sabrina Barrego: una trinchera para la buena poesía. Recuperado de https://www.ral-m.com/revue/spip.php?article17170&fbclid=IwAR3INSYXN54yfejn_nXoaH5KlvkJ2zUYCyPWAqkUy4pVA5XJxV6fhbsiJu0

La casa que existe

Sobre La erosión, de Christian Hertel

Por Maite Esquerré

En nuestras casas, apretadas unas contra otras,

tenemos menos miedo.

Bachelard

¿Qué es una falta? ¿Es el poema una forma de recuperar lo perdido? ¿Cómo se escribe lo perdido? ¿Qué paisajes tiene, qué estructura, de qué objetos está hecho lo que falta? ¿Dónde se ve lo perdido, en el viento persistente sonando entre las rocas o en los bordes de la roca? ¿Cómo hablar desde una voz que se pierde en cada fricción, en cada movimiento? Si la escritura supone transformación, ¿cómo permanecer en lo perdido?

Estos interrogantes surgen a raíz de la lectura de La Erosión (Deacá, 2017), segundo poemario de Christian Hertel (Córdoba, 1983). El libro empieza con un epígrafe de Alejandro Schmidt:

pareciera

que terminamos siendo

estrictamente

lo perdido

Así Hertel irá borrando en cada poema toda apariencia, para afirmarse en esta cualidad de ser en lo perdido.

La erosión implica movimiento, cambio de materiales, desgaste producido en la superficie de un cuerpo por la acción de agentes externos (como el agua, las ráfagas, los rayos) o por la fricción continua de otro cuerpo (los abrazos, el roce tibio de los pies, el beso, un baile).

Hertel hace convivir pasado y presente en una forma: resuelta la ilusión aparece el poema como única manera de hacer posible la casa, de delimitar la erosión:

fabricamos puertas

para que nos llamen

Se pregunta Bachelard en la Poética del Espacio: ¿Lo que fue, ha sido? ¿Los hechos tuvieron el valor que les presta la memoria? Porque es necesario hacer temblar los valores, el autor escribe:

un puñado de monedas

al fondo de una fuente

fuimos

quisimos pertenecer

más allá

de la vaga sensación

de hacerlo para la foto 

En este poemario Hertel hace del recuento de lo cotidiano una belleza: restos de UHU, unas manos aferrando la sidra, broches en el suelo, naranjas maduras, palomas, vasos con agua, un taxi…  

Con el uso de los diminutivos: hojitas, tan jovencitos, mamita, un farito, la ramita…el poeta reacomoda los restos y nos invita dulcemente (palabra que usa dos veces, dulce y dulzura, y no empalaga) a pasar a su casa. Intimidad sin paredes, la intemperie de una casa sin techo, donde circulamos desprotegidos y a la expectativa. Como esas casas demolidas donde se ven los azulejos, los caños sin destino, donde se intuyen las habitaciones, la cocina, los recorridos, los abrazos, la mesa puesta un día de tormenta, la tarea del amor…Recreando los gestos que se dieron, y es en ese abrazo erosionado donde el poema construye su casa: 

se nos perdió una gata

un pen drive

una boleta de luz

un viaje

Es esa gata, esa boleta de luz, ese pen drive y al mismo tiempo son todas las gatas, todas las boletas de luz, todos los pen drives. De lo íntimo a lo universal, por eso resonamos con los poemas de Hertel, porque es algo que también nos pasó.

Un lenguaje de la superficie, quizá la única manera de decir lo perdido, lo que somos, para que todo aquello que es, en apariencia, profundo suba a la superficie:

sigo despertando

cuando los peces profundos

ven pasar un globo

por la superficie

y porque escribir es disipar la ilusión:

con la claridad

el alcohol

la euforia

se agotaron

Hay en los versos de La erosión una comprensión del que observa con la mirada en el umbral de los días, de la vida, y desde ahí registra lo que no está (lo que no va a estar), o lo que se empieza a ajar o a desvanecer por la categórica intervención/ del tiempo.

Hertel ve con los ojos abiertos y anota lo perdido, arma su casa, con la conciencia de que nada se cuida de lejos. No huye de los escombros que caen en cámara lenta, permanece sin desesperación; con una nostalgia, sí, pero del futuro, como dice Teillier, de lo que nunca nos pasó pero debiera pasarnos.

El poemario termina con la palabra esperanza, y lejos de ser cursi o trillado, supone una acción valiente (la valentía no es temeridad, dice Lao Tsé).

Un acto necesario: resistir en el derrumbe y nombrar las cosas que se desvanecen actualizando lo perdido. Cada verso como un refugio para el amor. Esa es, tal vez, la tarea del poeta: permanecer en la erosión, revelando en el poema las casas que existen

sin embargo resisto

no salto

me quedo para que veas

el lado fuerte de los puentes

para que veas

la dulce revelación de lo perfecto

la ramita viva del amor

la casa que existe

2020

La luz que hiela

Sobre Antes de cerrar la puerta (Editorial Deacá, 2019), de Matías Aldaz

Por Maite Esquerré

Miramos el mundo una sola vez,

en la infancia.

El resto es memoria.

Louise Glück

Matías Aldaz escribe antes de cerrar la puerta, lo hace con la urgencia que la acción inminente supone. Repasa diálogos, enmudecimientos, escenas con detalle de virginiano: una caminata en la noche bajo la lluvia en Fortaleza, una casa gigante y mariposas que aparecen, tomar un submarino luego de que ella sacara unas fotos, etcétera. Describe las escenas con obsesión cinematográfica. ¿Qué lleva al poeta a escribir? ¿Es la necesidad de fijar vértigos?

Al inicio del libro nos encontramos con el poema Con el viento, donde una mujer le cuenta un recuerdo de infancia en el que un caballo corre; y él sin pensar, sin querer, dice en voz alta corre como el viento. La mujer le corrige: con el viento. Corre con el viento.

De esta manera, el autor delinea la relación de las imágenes y sus correspondencias. Y el instante que separa: vos afuera y yo adentro, escribe Aldaz; se escinden dos seres y se sucede un abismo, una discontinuidad. ¿Es la poesía un modo de surcar ese abismo sin despeñarse, de dar sentido de continuidad del ser, o de evidenciar la imposibilidad de continuidad?

Como sea, el poeta a partir de ahora comprenderá que ya no se trata de buscar analogías sino de persistir con las imágenes de comunión, de visión compartida, aunque esté de manera pregnante o subyacente la discontinuidad. La noche es con vos, dice,  juntos/ y más juntos/ para no mojarnos. Y más tarde, anota la interrupción entre los cuerpos, la desarmonía:

y el sol

aísla

la única armonía

que hay entre nosotros

Y en otro poema:

dicen que todos tenemos

un invierno en el corazón

pero nosotros

que volamos juntos

tenemos

el invierno desparejo

En este sentido, el poeta se vuelve sensible a la presencia constante del cuerpo. Mira desde las manos, desde el pelo. El cuerpo como una puerta de ingreso, en este caso, para la aparición de mariposas, cito:

recuerdo que cuando apareció la segunda

me preguntaste

por dónde entran

y yo

sin tener la menor idea

te dije

con seguridad

con talante

por nosotros

Los poemas de Aldaz se construyen con cuerpos:

y que te hace doler los oídos

en el mar

y siento tu brazo

que se apoya fuerte

en mi pecho

y que después

se despluma

en el living

de espaldas

transpira

en mi sillón de cuero

mientras se empareja las uñas

con una lima de papel

se toca los labios

se los despelecha

sin pensar en la piel

La poesía como cuerpos que no se predisponen ni se resisten, son vértigo puro. Y por lo tanto no es infalible, es de hecho fracaso en el sentido que deviene de la experiencia. Es decidir callarse y entregarse a la correría del amor, dirá bellamente Aldaz.

Pero volvamos a ese momento inicial, el de antes de cerrar la puerta. Un chispazo, retazos. El gesto que anticipa el cierre: un estallido, entre lo que pasó y un futuro. La poesía de Aldaz se ubica en un presente, en ese gerundio insoportable: estar siendo, estar viendo.

Se sitúa en ese instante tremendo, donde un haz de luz se hace anclaje, insistencia, en medio de una memoria que sabemos de pez. Con la confianza de que el relato va a recuperar –tergiversada, falsa, ilusoria– alguna historia, alguna escena posible, alguna continuidad… ¿Qué es la poesía sino permanecer en esos instantes?

Como habíamos dicho, en ese punto conviven con una familiaridad extrañada: Nina Simone, los objetos transneptunianos, el alero de la casa como una nube de Oort, el brazo que se despluma, la celosía falsa, la galletita en viaje a la boca, naves espaciales, fotos, Flashdance, el cinturón del padre, un grafiti, el rímel corrido de la madre, la bolsa/ de basura/ que / huele mejor/ desde que vivís conmigo.

Un instante de un año luz de largo donde se unen las distancias, origen de todos los cometas. 

De este modo, la memoria opera cuando la ranura de visión se abre entre vistazo y vistazo (al decir de Heiner Müller): desde esta posición el poeta escribe.

El poemario tiene dos momentos diferenciados. El primero más actual, se podría decir. Y el último que va hacia la infancia.

Según Agamben, en Infancia e historia: El misterio que la infancia ha instituido para el hombre solo puede ser efectivamente resuelto en la historia, del mismo modo que la experiencia, como infancia y patria del hombre, es algo de donde siempre está cayendo en el lenguaje y en el habla. Por eso la historia no puede ser el progreso continuo de la humanidad hablante a lo largo del tiempo lineal, sino que es esencialmente intervalo, discontinuidad, epokhé (suspensión).

Qué sucede cuando la poesía se sitúa en esta experiencia muda que es la in-fancia (que no habla), en esta duración de la historia en el sentido bergsoniano como actualización de los posibles, en ese límite del lenguaje, en el intervalo de los cuerpos entre sí, y el poema.

En Antes de cerrar la puerta el límite de la experiencia está invertido: ya no está en dirección a la muerte, sino que retrocede hacia la infancia (Agamben).

La poemas de Aldaz no pretenden responder las preguntas que planteamos, sino que, como todo texto que conmueve, plantean otras preguntas: ponen cuerpo, habitan ese intersticio de la memoria, abarcan todo de un sola mirada. Y esa visión congela, lastima los ojos, pero escribimos, justamente por eso escribimos. Escribe el poeta, porque es capaz de superar lo que le espanta, mira la luz que hiela y anota sin pestañear. Porque sabe que son necesarios los relatos que nos contamos para salvarnos, y que hay cierto resguardo en la intemperie del poema, y que las palabras son como un círculo de témpera rojo que protege, ¿de qué?, del olvido, tal vez…

Antes de cerrar esta puerta, leamos un poema del libro:

ANTES DEL AGUA

alrededor no hay nada

solo muros

despedazados

en el piso

papá hace

un redondel

en la pared

de nuestra casa

con la témpera roja

de la escuela

escribe en el centro

acá

todavía

hay gente

con mi mamá

y mis hermanos

nos vamos

a dormir tranquilos

de alguna manera

sabemos

que la bola

de acero

nunca arrasará

en la luz

que hiela

24.03.2020