Bukake*

Por Pablo Grasso

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Algunos escribas locales comienzan su labor diaria -¿de escribir?, ¿de posar?- realizando el ejercicio mecánico de postear una selfie de perfil, de medio perfil, acostados, sentados, de espaldas, victorianamente ataviados o, en su antípoda reversible: carnales, plenos de sí hasta la náusea. Chiquillos y chiquillas, adultos mayores y menores, autores éditos y de los otros, practicando por igual esa variopinta gama de posiciones cuyo objetivo secreto pareciera ser alimentar el morbo contemplador de sus contactos en las distintas redes sociales. No digo que esté mal –dejo la censura, la pulsión de vigilancia para el Comisariato de las Costumbres-, si no que me llama reverendamente la atención tal exceso de énfasis y amaneramiento en la proyección facial (con piquito corazón, así). Pura fachada.

Bajo dicho perfil, decía, capaz de plasmar los contornos y meandros interiores de una personalidad autónoma y desarrollada, se ubican muchos de los que, a falta de un término más imaginativo, llaman “hijos” o “criaturas” al producto masturbatorio de su intelecto. Ojo: que el creacionismo (sic) chambón no es un fantasma oxidado del pasado y sigue, lamentablemente, pululando en los pasillos oscurantistas de cierta intelligentzia menduca. Un fantasma que se pisa su propia sábana y hace de eso -y por eso- una mercancía cultural de bajo rendimiento.

El oasis del chiste

Otros se deshacen en largas y solitarias polémicas en torno a una baldosa vacía, que de eso y no de otra cosa se trata la literatura mendocina contemporánea. Porque lo importante no radica en la existencia o inexistencia de dicha baldosa (el huevo, la gallina, el canon, etc.), si no en los modos –obsérvese el potencial- en los que, bajo determinadas condiciones, podrían colisionar ciertas escrituras locales. Vale decir: el hecho material y tangible de la literatura, su rareza y densidad específica. El resto es cuestión de estilo, perseverancia y una sutil amalgama de táctica y estrategia: la política de autor. Su auténtica eficacia: hacer de sus carencias (reales o autopercibidas) algo medianamente legible capaz de tramarse con la tierna subjetividad del lector.

Poseurs

Pero esto no sólo se observa en el gremio de los escritores del Cuyum si no que, últimamente, también en las así llamadas Zonas de Resistencia (un territorio asaz difuso en donde chapotean líricamente el kirchrnerismo emo, el anarco rentismo, la autogestión adánica y cierto feminismo sediento de acción directa) tienden a desnudar sus intenciones en una demostración suicida de falta de tino e improvisación. Lo que cualquier jugador de truco más o menos avezado sabe, en estos casos no se cumple: se repiten los yeites, se cristalizan “los truquitos” que deberían resultar inaccesibles para el lego o, al menos, no estar tan regalados al vicio catalogizador del aparato represivo (que existe y no son sólo los padres). En las redes sociales o en las conversas de bar se desgrana un sinfín de planes para acabar de una buena vez con el patriarcado y de paso combatir al capital (actitud sumamente noble que, por cierto, está adobada con el sulfuro irrebatible de la rebeldía y el ethos combatiente). Pero…

¿Dónde topa?

Todo bien, muchachxs, pero al fascismo cebado, a esa bestia asesina que cambia de nombre pero no de hábitos, no se lo detiene con un texturizado de soja, ni mucho menos con la marchita cantada a deshoras en el interior de un bar partidario. Como siempre, la indignación es el privilegios de unos pocos.

2016


*Pensado como un pequeño ejercicio de observación sociológica, este texto apareció en la Revista Panero bajo el título Bukake /1. Si, como dictamina el célebre tango, veinte años son nada, los seis transcurridos entre ese momento de incipiente decepción (o de kairós bajoneante) y el presente, se borran rápidamente en lo que tarda un parpadeo.

Macht Point: el segundo saque de Vicente Luy

Por Pablo Grasso

Que el benemérito Vicente Federico Luy (1961-2012) merece estos párrafos no se discute. Que el homenaje es una modalidad de la traición perfectamente estipulada por la posteridad, mucho menos. Y que lo que debería ser la antesala de un ditirambo de nunca acabar no acaba por la simple razón de no haber comenzado todavía. De esa paradoja, el burro inane de Buridan, el existencial asno raquítico sale muy mal parado. Se aísla en su angustiosa indecisión y, pobrecito, muere de hambre como los miles de ingushetios, chechenos, kazajas, entre otras etnias deportadas a la tundra siberiana en la gran sangría estalinista del ‘37. Para no hablar de los lectores mendocinos que, dada su calidad, cantidad y menuda constancia, devienen otro tipo de asnos famélicos. En fin, uno hace lo que puede para sobrevivir en tiempos de sequía. Se alimenta de carroña, se prostituye y, muy de vez cuando, concurre a una lectura de poesía y regresa a casa con unas irrefrenables ganas de pegarse un corchazo.

Sabemos que Vicente Luy fue un buen jugador de tenis y, como diría una amiga, todo un performer. Todavía puede vérselo haciendo de las suyas en algún video de YouTube (recuerdo uno en especial donde está leyendo con la vena del cuello hinchada como una boa constrictor a punto de estallar). Podría afirmarse que el autor de La vida en Córdoba (1991), Aviones (2002) y La sexualidad de Gabriela Sabatini (2006) creó voluntariamente el contorno cromado de su propio mito. ¿Acaso, al rebotar esa mañana como un bólido de carne sobre una vereda salteña, no estaba escribiendo su mejor poema? Y lo digo en serio, sin solemnidad ni rebusques. De hecho, su estela aún cabrillea como la de todo suicida inteligente con visión de futuro.

¿Pero a eso se reduce Vicente Luy hoy? ¿A un “suicidado” al que le tocó en suerte escribir cierto tipo de poesía en un determinado momento del país y ser leído, eventualmente, tangencialmente, por sus contemporáneos y no tanto? No lo creo. Debe haber algo más allá de la simple reproducción de un síntoma tan propio de la época: el triunfo de la onda expansiva, del efecto propagandístico y superficial (el malditismo, el reviente, la muerte, la locura) sobre la causa madre, esto es, el efecto de una poesía, a la vez confesional y didáctica, que queda grabada en la memoria del lector como un jingle adictivo («Si va a morir gente, votemos quiénes.»).

Mucho se ha hablado en los últimos tiempos sobre la actitud de Luy frente a la política y no deja de sorprenderme su fresca e inmediata actualidad. Ese plan de operaciones delirante que, para quienes comenzamos a gastar las suelas de los borcegos a fines del los noventa, ha sido y aún constituye el único marco de referencia habitable (ese mundo del cual habló con tanto énfasis Hanna Arendt). Porque por un lado están ellos, la “gente que no y, por el otro, nosotros, los descastados, los resentidos, los anacrónicos, los perversos, los impresentables, los feos, los gordos, los pelados, los bufones, los miopes, los crotos, los inconvenientes, los inservibles, los Judas Iscariote, los execrados, los olvidados, los borrachos, los sonámbulos, los desfasados, los estériles, los groseros, los idiotas, los cerriles, los palurdos, los reventados. En fin, los restos del enorme naufragio de un país que nunca fue. Y no hay concordia ni pacto social, ni juvenilia pelotuda autoproclamada dueña de la pasión que alcance para suturar tamaña herida. Los labios siguen abiertos y la carne late –todavía- sin negociarse. Asqueados del relato masturbador de la Historia, de esa torsión gatopardista que caracteriza y define a gran parte de la clase política argentina (de hoy y de siempre), no nos queda otra que adquirir un gran tarro de vaselina y hacer del dolor un placer invicto.

Eso, releer a Vicente Luy y hacerse un guiso.

2014


Este texto fue leído en una jornada de homenaje a Vicente Luy y publicado en La Preguerra (Babeuf, 2016).

A 30 cm del suelo *

Por Pablo Grasso

Yo sé qué va a pasar: todos nos vamos a tener que ver las caras y ejercer la parodia de la escucha sensible por un rato, mientras un silencio de complicidad, algo parecido al hedor unánime que despiden las bestias en las largas noches de invierno, se acomoda plácidamente entre las botellas vacías. Es que somos, creemos ser, seres cultos: criaturas culturizadas. No va a ser ni la primera ni la última vez que repitamos esta rutina algo pava de comedieta seria. Nuestro comportamiento será en todo semejante al de los miembros de una secta incapaces de someterse (aunque sus bajos instintos se los demanden a toda hora y en cualquier lugar) a los dictados de un orden superior. Y no hay rey ni dios ni Estado hegeliano que valgan. Ninguno de nosotros, decía, va a querer inmolarse en nombre de alguna fantasmática deidad repleta de furia, mala leche y desencanto. Jehová, Belcebú, Pound, Mahoma, Juanele, Charles Manson, Pizarnik, el objetivismo, Michaux, Trostky, Lezama, Ramponi, Ludmer, el neobarroco, Sarduy, Bakunin, Carver, Gianuzzi, Barthes, Fogwill, los malditos, Di Benedetto, Neruda, el peronismo, Benjamin, en fin, la literatura misma va a seguir siendo un poster percudido en la pared del cuarto de un adolescente plagado de fobias. Tampoco es que tengamos muchas opciones, ni que estemos en condiciones de negociar una salida menos adversa. Seremos lo que, para bien o para mal, siempre hemos sido: lectores de provincia que habitan, con o sin expectativas vitales, un estercolero huarpe. ¡Un pozo rebosante de melancolía!

Dicen que lo imprescindible para sobrevivir en este valle de lágrimas es contar con cierta capacidad –dosificada en precisas dosis homeopáticas- para hacer bulto. Hacer bulto es una expresión que, según la sapiencia lexicográfica de la RAE, designa la acción de contribuir a dar aspecto concurrido a una reunión por medio de la mera presencia. Hablar a la ligera, entonces, como se ha estado hablando en los últimos meses de un supuesto Canon de la Poesía Mendocina Contemporánea, replicando así el vaciado semántico, la cháchara autocomplaciente en la que suelen incurrir las redes sociales, se parece mucho, tal vez demasiado, a querer hacer bulto dibujando sobre un tablero imaginario una serie de grupúsculos (micro-mafias) litigantes, cuyo único rasgo distintivo sería el peso fatuo, cuando no inexistente, de su monocorde enunciación. Pura vidriera.

En torno a la idea de canon literario orbitan un sinfín de principios, reglas, preconceptos, prejuicios, incoherencias, burradas, equívocos, indecisiones, interferencias, arborescencias, analogías, similitudes, semejanzas, comparaciones, sistematizaciones, reducciones, delirios, traumas, locuras, síndromes, parricidios, filicidios, uxoricidios, incestos, simonías, síntomas, cuadros, diagnósticos, idealismos, romanticismos, pragmatismos, clasicismos, vanguardismos, vedettismos, localismos, provincialismos, verticalismos, maquiavelismos, nepotismos, sindicalizaciones, deserciones, traiciones, hijoputeces, bravuconadas, asonadas, chirinadas, levantamientos, emancipaciones, revoluciones, festines, orgías, patronazgos, festivales, simposios, ferias, invaginaciones, emasculaciones, marranadas, delaciones, violaciones, deformaciones, encarnaciones, resurrecciones, escarnios, falsificaciones, las cuales, a juzgar por la longitud de su historia, recorren un amplio espectro que va desde la justificación en nombre de una indubitable (?) tradición áurea a la necesidad iconoclasta y vindicativa de postular a la juventud, a cualquier tipo de juventud, como único sustrato ético y estético. Como bien afirma el Eclesiastés, nada hay que sorprenda bajo este sol vanidoso.

Se trate de cinco, veintiséis o quinientos siempre serán más los autores que queden afuera de ese selecto Club de Caballeros, como bien lo ha sabido expresar y hasta el cansancio el viejo catecismo de la injusticia genérica. El profesor Gastón Ortiz Bandes estuvo a punto de hablar sobre esto último el miércoles pasado y no lo hizo. ¿Por qué? Habrá tenido sus razones de peso, sus reticencias, digo. Entonces, ¿qué puedo decir yo sobre el canon que no haya sido dicho antes? (¿Cuál es la necesidad de pronunciarme esta noche sobre el particular?¿A quién le importa?) Pues nada. Que se trata de una rancia antigualla clerical; que es una típica herramienta de la derecha cultural aún en momentos en donde se verifica una inversión de signo (+/- progre); que, como gritaba un viejo amigo mientras era expulsado con patoteril entusiasmo de un bar dizque cul-tu-ral, responde a la política de la omnipresente intelligentzia de Yale (y de sus sigilosos y mal pagos epígonos locales); que es una ensoñación nocturna del pope obeso de Harlod Bloom; que es el pretexto masturbatorio de muchos normalistas y de esos elefantes blancos que, enquistados como tumores maléficos en los establos de la Academia, se reúsan a morir con dignidad; que sirve de relleno al vacío crónico de los suplementos culturales de circulación más o menos masiva; que dejó, deja y seguirá dejando afuera de su ámbito hermético y por los siglos de los siglos, amén, a negros, putos, tortas, mujeres, chicanos, indígenas, ateos, locas, travestis, analfabetos, celíacos y otras monstruosidades taxonómicas con que Natura parece haberse ensañado.

Pienso que de ser posible (y deseable) ese canon tendría que tener todos los atributos de una naturaleza mutante, diversa  y totalmente descentrada. Tradición e innovación, el pasado y el presente inmediato destrozándose mutuamente dentro de un círculo de tiza. El canon como figura aglutinante capaz de incorporar, en términos de dinámica viral, especies propias en un ecosistema inestable. Imaginemos por un momento su conformación:

Poesía Oficialista,

Poesía Manflora,

Poesía Incontinente,

Poesía Dominical,

Poesía Oficinista, 

Poesía Vendimial,

Poesía Marginal,

Poesía Yonqui,

Poesía Machista,

Poesía Parroquial,

Poesía Lésbica,

Poesía Pedemontina,

Poesía de Zona Residencial,

Funesta Poesía de la Burocracia,

Poesía de Pensión,

InterPoesía,

Poesía Municipal,

Criptopoesía,

Poesía de la Quinta Columna,

Poesía Pachamamista,

Poesía Republicana,

Poesía Vegana,

Poesía Psiquiatrizada,

Poesía Performista,

Subrayada Poesía con Agenda Propia,

Poesía Asamblearia,

Poesía Eglógica,

Poesía Bascular,

(In)existente Poesía Virtual, 

Poesía Cuentapropista,

Porno Poesía Estacional,

Poesía Cuyana for Export

Neurodivergente Poesía

Poesía Secesionista,

Poesía Carbonizada,

Funambúlica Poesía del Cuyum,

Poesía Feminista,

Poesía de Tupido Velo,

Poesía conicetista,

Poesía Yihadista,

Poesía que, como si se tratara del canto de sirenas cocainómanas, es la Más Maravillosa Música,

Poesía Naturalista/Botánica,

Poesía Pop,

Poesía Trash,

Poesía de a Pie,

Poesía Lefvebrista,

Cuentachiste Poesía,

Femicida Poesía del Espanto,

Poesía Asistencialista,

Poesía a Secas,

Falsa Poesía,

Poesía de Gabinete,

Poesía Post Post de Lo Que sea,

Maximalista Poesía Sin Editor,

Poesía sin Patrón y la lista sigue.

*

El problema reside en que gremializarse en torno a una insensatez (la idea del canon de la poesía mendocina contemporánea, su posibilidad y deseo) es tan poco productivo en términos estéticos como adherir a ese reclamo un tanto fascistoide que llama a los individuos a transpirar la camiseta por algo que, por lo general, se escribe con mayúscula (Dios, Patria, Poesía) y rima, cuando lo hace, con la palabra sangre.

Simplemente, no da.

2015


[*] Intervención leída en el ciclo La posibilidad del nuevo canon de la poesía mendocina contemporánea, organizado por DBR de Pájaros librería Independiente en mayo de 2015. Durante varias semanas, los lectores, reunidos en un diminuto restorán vegetariano de Godoy Cruz, postularon las obras de distintos autorxs para que ingresaran a esa bizarra dimensión del canon local. Evento pintoresco si lo hubo y del cual desconocemos si quedó algún registro audiovisual. Publicada por primera vez en Mdz on-line y luego con variaciones en La preguerra (Babeuf, 2016), La intemperie Mendoza la recupera ahora como un claro ejemplo de fósil idiosincrático de una época.

Las humildes ganancias del no *

Sobre la experiencia de concurrir a algunos ciclos de lectura de poesía vernácula

Por Pablo Grasso

TOMÉ una decisión importantísima con algo que atañe exclusivamente a mi salud mental: en los próximos meses dejaré de concurrir a cuanto recital poético, evento literario o presentación de libro nuevo sea invitado, personal o virtualmente, por vía telepática o intermediación directa del mismísimo Paracleto. Y aunque la mayoría se lleven a cabo bajo condiciones de higiene moral intachables (por cierto, algo muy difícil de corroborar), diré que no, que gracias, que ya pasaron mis quince minutos de exposición gloriosa y que, como el héroe procrastinandor de Melville, preferiría no hacerlo. O hacerlo -prolongando, por el solo deseo de ver caer la Farsa, justamente ese hacer- hasta agotar las calendas griegas que es como decir nunca. ¡Entre tanto plumaje lleno de glitter, entre tanta testa achicharrada por la furia profética de la Musa, nadie notará mi ausencia! ¡Y yo de lo más feliz!

Incluso

Es una de esas medidas drásticas, urgentes, casi in extremis, ante la aparición inminente de una náusea capaz de barrer, con una furia digna de mejores causas, los diques interpersonales erigidos en nombre del contrato social. Ese que prohíbe a los ciudadanos probos de una sociedad moderna, a los consumidores biliosos de objetos culturales, coserse a cuchilladas por cualquier bagatela más o menos importante… Como venía diciendo: he decidido desensillar hasta que aclare y hacer termópilas de mi covacha. ¿Y eso por qué, se preguntará el lector desprevenido? Razones hay muchas y como esta soledad resulta propicia para todo tipo de lucubraciones, bueno, ahí voy y que el espíritu atrabiliario de Ignacio B. Anzoátegui, azote magnánimo, me asista. Total, estamos en retirada y ya nadie lee nada, ni se entusiasma siquiera con la idea de interpretar de forma original los signos premonitorios que, como las extremidades de la mítica culebrilla, vienen cercando al campo literario local.

Despegue

Desde muy joven participé como oyente y lector, esto es, al mismo tiempo como víctima y victimario, en revistas, fanzines, blogs, festivales, ciclos de lectura, programas radiales, ferias del libro estatales e independientes, varietés y otras formas de circulación de la palabra escrita. Fui un engranaje más girando dentro de una modestísima maquinaria libresca, propulsada por esa mezcla de voluntarismo y desesperación de baja intensidad tan típicamente mendocina. Se dirá: berretines que adopta un autor del interior para mostrar su trabajo y no quedar encallado en la muelle confortabilidad del ego (que es la muerte en vida, una denegación vital). Sí, y algo más: formas, modos –manieras– de encarar un tipo de supervivencia al margen de la cultura oficial.

Como a casi todos los que nos dedicamos, con mayor o menor fortuna, a esa extraña calistenia que constituye el acto solitario de escribir, la adolescencia trajo consigo el descubrimiento de la poesía (que en mi caso particular, y luego de vincularme con algunos de lxs poetas de la Escuela de la Alameda, constituyó una verdadera introducción a la crítica literaria). Eso me arrojó a una pesquisa milimétrica por las anfractuosidades de la lengua, decisiva para la construcción de mi autonomía como lector. A partir de ahí podría decirse que saqué chapa de discapacidad frente al universo pragmático. Fui, para mi familia y mis amigos más cercanos, el Idiota que leía Poesía.

Desapego

Con el correr del tiempo y, sobre todo, a lo largo del proceloso 2017, quedó en evidencia que mi vínculo con los modos de socialización de la literatura local (en especial con la puesta en escena de cierta poesía) había llegado a un callejón sin salida. Más que eso: ¡Estaba empantanado!

Asqueado, aburrido y lleno de una ubicua sensación de culpabilidad por haber incurrido en un sinfín estupideces extraliterarias -la marca de estilo, aseguran, de todo una generación de escritores, varones y no-, comencé a hacerme una serie de preguntas sin la más mínima esperanza de hallar respuesta: ¿Por qué motivos se leen textos propios ante un público equis?¿Por qué razón alguien da por sentado que será escuchado? (¿Tienen algo en común el comportamiento en los recitales de poesía y las normas de etiqueta?) ¿Es condición sine qua non de la práctica autoral el autobombo, la proclamación estentórea de los propios méritos desde la solapas del libro o desde los distintos perfiles que la comunicación virtual permite?¿Es directamente proporcional el tiempo y el talento invertidos en la profesionalización de lx autorxs a los méritos, digamos, intrínsecos de sus obras? 

Menos interrogantes debió resolver Edipo y así le fue.

Porque una cosa es estar inmerso en el viaje de tal o cual propuesta poética, y otra muy diferente encontrarse abrumado por la superchería totalitaria de la performance (claro que existen excepciones y estas hablan por sí solas). Voces salidas de la bruma de las redes sociales que, en la mayoría de los casos, confunden la escritura literaria con la simple redacción, la construcción de un poema con el amontonamiento indiscriminado de palabras hasta lograr la tersa, arquetípica “silueta” de una estrofa. Y a todo eso se suma un pandemónium de intenciones políticas que van de los feminismos al ecologismo, del antiespecismo al anarquismo (en todos sus andariveles) y que, más allá de su indiscutible legitimidad, terminan revelando muchas veces una debilidad teórica funcional a aquello que con tanto ahínco dicen combatir. Por no mencionar esa suerte de malditismo acuyanado drogado de testosterona, más preocupado en encastrar en la mitología bolañesca que en abandonarse a una auténtica aventura poética. 

Puro humo.

Hoy, a poco de iniciarse el 2018, ignoro cómo terminará esta cura de desintoxicación. Supongo que la mejor forma de volver a presenciar un recital de poesía, humilde y con la risa negativa presta al menor estímulo, será dejar que el lírico Procusto se ahogue una vez más en su propia y rencorosa mierda.

Archipiélago Sur,

 2017/2018/2019…



* Texto aparecido por primera vez en la revista El Viajero Indeciso y recuperado por La fanzinera del sur bajo el título de Tres ensayos castrados (2019).


El túnel de los milagros

                                                                                                              Por Pablo Grasso

Resulta que acabo de dejarte en una Terminal de Ómnibus en pleno trabajo de remodelación, y además corre un viento zonda de esos que uno quisiera arrojar a los ojos del enemigo para aumentar aún más su suplicio. Puro polvo, ruido y malestar fisiológico. ¡Pura maldad meteorológica! ¡Este estercolero hipervigilado se ha vuelto un calvario! ¡No da para más!

Visto desde un estricto cromatismo lumpen, el horizonte circundante contiene elementos que van del celeste al naranja mezclándose con un amarillo solar con algunas vetas de color “alita de pollo”. Una especie de visión àlla Joseph Turner al borde de la deshidratación (si esta fuera una crónica seria, pulida, la imagen debería haber encabezado el párrafo, o casi). De todas maneras estoy tranquilo: sé que llegarás a tu destino porque, después de todo, a algún lugar hay que llegar, ¿no?

Enter

Ha sido un día difícil y encima tengo que entregar una nota rápido.[1] Demás está decir que sigo con ese berretín de que lo mío es la “escritura”, la “anomalía escritural”, el “rejunte cifrado” de conceptos y citas. Papeluchos de corta tirada y ningún lector: una anti-literatura, como supo afirmar cierto poeta candidato al escrache vitalicio. Por eso debo buscar un tema o tópico, algo que a la vez sea sencillo y me ayude a salir del paso. Pienso, y en esto no soy nada original, que las terminales de ómnibus con su cuota de melancolía portátil, los aeropuertos con su fragilidad latente, podrían ser un buen tema: un TEMA de fondo. O el amor con sus ausencias, presencias y evanescentes posibilidades (por tierra, aire y mar) que tanta literatura ha generado a lo largo de los siglos. Se sabe: las despedidas en las terminales, los aeropuertos y los puertos siempre amenazan con ser definitivas, totales. Como los cortes en los brazos del suicida  –¡ay, Alejandra!-, aunque sobre ellos se puedan tatuar diseños de Pronto Olvido y seguir como si nada…

Entonces

Entonces decido atravesar los remolinos de viento caliente, polvo y mugre, y meterme en el túnel de acceso a la Terminal. Para mí ese lugar posee cierta cualidad exótica, como si se tratara de una dimensión alternativa habitada por personajes de todo tipo y procedencia. Joyeros subsaharianos, heladeros, cafeteros peruanos, vendedores de talco, sándwiches de milanesa, ropa, auriculares y caballitos de plástico; adictos en recuperación ofreciendo calendarios; evangélicos de traje y corbata flanqueados por sus cebos paradisíacos en forma de banners; borrachines místicos que –todavía- esperan ver pasar serpenteando al río imaginado por Sergio Taglia; criptotapiteros, pungas, mecheras; mochileros holandeses; obreros de la construcción; profetas de megáfono en mano; músicos callejeros y enfermeras montadas en coturnos sintéticos junto a la presencia cada vez más ominosa de la Gendarmería.

Es que el tema del túnel da para todo y hasta puede que inspire a bisoños escritores locales a incursionar en el género fantástico (por ejemplo, alguien entra en el túnel y se ve evacuado en, pongamos, Helsinki). Algo que la SADE local no debería dejar de capitalizar. Incluso conozco a un par de amigues que tienen cierta aprensión de demorarse en el túnel porque allí abajo –dicen- un minuto puede llegar a decuplicarse, por lo que resulta imposible no evocar la escena de Irreversible donde Mónica Bellucci es salvajemente violada por un malviviente apodado La Tenia. Por suerte muches de elles, como les rabioses heroínes de Ika Fonseca Ripoll, van armades con una tijera modificada y nadie que yo conozca osaría enfrentarlas. Y lo digo en serio. [2]

Último tramo

Atravesé el túnel como flotando en una atmósfera enrarecida. La música cuartetera me llegaba en rachas sincopadas y, desde el fondo del semicírculo, una luminosidad extraña parecía devorar el contorno de las cosas. Juguetes, pantalones, cinturones de cuero y pañales eran una sola y marmolada extensión. ¿Dónde estaba realmente? ¿Había descendido cuántos metros con respecto al nivel de la calle? ¿Qué había pasado desde el momento en que bajé por la escalera y me detuve a revisar un mensaje de wassap? ¿Hacía cuánto tiempo que te había dejado en la plataforma de la Terminal para que realizaras tu gira alvearense? ¿Nos despedimos ese mediodía? ¿Era el fin de algo? ¿O un comienzo sin atenuantes? ¿Este es, en definitiva, el costo que se paga por militar sin profilaxis en el Partido Sinestésico? ¿Una aberración perceptiva? ¿Un descolocamiento que las palabras no atinan a corregir?

No sé por qué, pero toda la situación me hizo acordar a Marruecos (1951), el libro póstumo de Alfredo R. Bufano, y en particular a un poema titulado Calle de Mohamed Hesain. Lo copio como lo recuerdo:

Moros de todo linaje,

chilabas de lino albar,

feces de purpura viva,

honda blancura espectral.

Un viento de lueñes

tañe en la tarde su “erbab”.

Al salir del túnel la realidad dio por el suelo con mi exceso imaginativo. El viento, el calor, el ruido, tu ausencia y los patrulleros, todavía estaban ahí.

Archipiélago Sur, 2018.



[1] Esta crónica iba a ser publicada originariamente en la sección República Canalla de la revista mensual El Viajero indeciso, de Ediciones Culturales de Mendoza. Por otra parte, algunos testigos afirman que la Terminal del Sol está siendo remodelada.

[2] Durante muchos años soñé con ese túnel:  mi cuerpo despedazado era llevado en una camilla junto al protagonista de Los Gritos del silencio, de Roland Joffé; la guerra en la película transcurre en Vietnam con sus típicos arrozales ardiendo bajo el Napalm al ritmo de la música más sensiblera del mundo (John Williams o Mike Oldfield). También era el comandante de Los Sueños de Akira Kurosawa que, de regreso a su hogar y después de atravesar un largo túnel, se ve interpelado por un subordinado muerto que duda de haber caído en combate.

Apuntes para una Orquesta Oculta

 

Por Pablo Grasso

Escribir[1] dejándose llevar por los sonidos que producen los dedos sobre el tablero. ¿Se trata de algo nuevo, inaudito? No podría decirlo en este momento, ni declararme a favor ni en contra. Pero, tranquilo, hay tiempo y aún queda suficiente hilo en la madeja. La urgencia todavía no se manifiesta como una amenaza concreta verdadera. No insiste al estilo de un viejo acreedor malhumorado. Observa. Hace números. Vigila.

Acecha.

Quizá se trate de un engaño o de una simple ilusión óptica producida por el cansancio ocular, pero el monitor se dilata hasta desbordar los límites de su perímetro… Abre sus fauces como si se tratara de una “partitura” en estado salvaje que, extraña y enigmática, adquiere profundidad amparándose en la oscuridad alegórica de la habitación.

Es de noche y, si no lo fuera, tendría que inventarla ya mismo.

§

Por extraño que parezca, experimento la misma paz embrutecedora, la misma calma animal que me invade en el cine cuando está por comenzar una película cuyo argumento central desconozco. Mi conciencia se infantiliza. Pierde peso. Flota.

Me dejo arrastrar.

§

Otro paisaje, otra dimensión suplementaria se abre al tiempo que avanzo seducido por lo que no sé; vale decir, por el capital especulativo de mi ignorancia puesto en juego. Por eso retrocedo volviendo al punto de partida, aturullado por unos torpes prejuicios estéticos que en nada ayudan. Luego escucho las grabaciones de los ensayos[2] con la Orquesta Oculta y me pregunto si, en el fondo, no se trata del viejo arte de la Música presentado -representado- bajo otro embalaje, uno que guarda una poderosa bomba de relojería en su interior. Sus ejecutantes, que el lugar común denominaría músicos, no dejan de parecerme figuras poseedoras de un extraño secreto (esta perplejidad, este error de idealismo perspectivo, demuestra claramente mi condición externa al grupo).

Me estabilizo en un intento de mantener cierto rigor notarial. Escribir sobre esta experiencia, me digo, es de algún modo una tentativa de desarrollar un concepto musical increado. Rechazo la idea de que la literatura sea una forma de profilaxis total, ajena a la intemperie del mundo. Hay cosas que la atraviesan cuestionando el confort de su estatuto totalizante. Por eso no hay como el oído para guiar mis pasos…

Al menos por ahora, en este instante de tregua momentánea, habrá que hacerlo y rápido. ¿Qué? Escribir. Oír (¿lo mundanal ruidoso?) en el mundanal ruido.

Cambiar de filias y rencores.

Abandonar.

Desaparecer.

Descolocarse.[3]

§

Arrugadas. Sucias. Manchadas. Plegadas sobre sí mismas, crispadas, casi vegetales en su aspecto exterior; como exponentes de una botánica monstruosa, las manos reciben una serie de órdenes-mensajes provenientes de una instancia superior que se muestra perpleja ante lo desconocido (mucho de lo que acontece y acontecerá en el transcurso de la Sesión[4] excede su jurisdicción). La razón es un fantasma cuya fuerza se diluye a cuentagotas sobre una mortaja virtual a la espera un protagonismo imposible.

Como una red invisible, el procesador de textos atrapa la deriva pánica de los signos; quedan inmóviles como peces monocromáticos dentro de una pecera. El monitor ha detenido momentáneamente su desmadre, y de ese hecho infiero a la vez una realidad y un peligro: he extraviado mi rumbo y estoy oyendo sin oír. La analogía inmediata que se me ocurre con respecto a la escritura es la de alguien que escribe sin percibir del todo la hechura de su propio texto. Alguien que, como en los antiguos cuentos infantiles, extravía o, peor, malvende su sombra a un poder infernal.

§

Se está todavía a tiempo de abandonar la empresa, de decir que no, que después, que en otro momento y en una mejor ocasión. Es la tragedia de un órgano –el oído- que no posee párpados. Ser avasallado, asaltado impunemente. ¡Violado!

Empieza. Siempre empieza, la música mala…

«He aquí una actitud heroica en tiempos de sugestión canalla», escribo en pleno éxtasis de codificación. Las palabras en el monitor son notas; las notas, huellas inclasificables que mi escaso conocimiento en la materia insiste en confundir alterando el sentido global del texto.[5] ¡Qué fácil sería llevar esto al plano de la literatura con todo su arsenal metafórico, con sus símiles recurrentes! Pero prefiero el aturdimiento, el no poder decir nada desde una lengua seca.

§

Los sonidos que proyecta la Orquesta Oculta circulan por el canal auditivo adquiriendo el ritmo necesario para la estabilidad mnemotécnica. Se está o, mejor, se cree estar compensado en una suerte de inmovilidad dinámica, donde lo sucedido (el golpe seco de una cuchara de plástico sobre una tanza unida a una lata de picadillo de carne cuya base está atornillada a una pequeña madera rectangular) se duplica como en un juego enfrentado de espejos. [6]

§

Anoto en mi celular:

Ruidos. Ruidos. Ruidos.

¿Notas?

-Diapasón absurdo-. 

Ruidos excluyentes, abarcativos. Infinitos.

Ruidos sin intimidad (sin psicología).

¿Música? Empalme de sonidos chirriantes, melodramáticos. ¡Patéticos!

Ruidos imperiales, de dominación mecánica transhumana.

Ruidos que penetran la superficie de la percepción hasta dañarla. 

-Ruidos del Nuevo Orden Mundial-.

Ruidos de caños, de papeles, de bolsas de arpillera, de botellas de vidrio, de maderas astilladas (naturaleza muerta).

Choque de partículas subatómicas.[7]

Pecios atonales que, luego de una larga peripecia atmosférica, encallan en la isla auditiva más cercana.

Ruidos blandos & duros, muelles & cortantes.

Ruidos de confusa sobredeterminación genérica. 

Camalotes de botellas de gaseosas anónimas de toda territorialidad.

………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………///

[…]

Abismos ininteligibles entre una expresión sonora & otra.

/L. sopla su cornucopia de fabricación industrial; parece un fauno algo desnutrido en medio de un cataclismo.

¡Larga vida al pebe, frate!/

¡Wagner de tripa! Llegan las Valquirias con su ornato espantoso.

//M. ulula muy dentro de sí; diasporiza sombras. // 

///Detrás del grosor de sus anteojos, C. cartografía un territorio en continua transformación (volver luego sobre esta idea).///

Puertas que se abren; trenes que pasan a lo lejos; choque frontal entre las fuerzas represivas & manifestantes de rostro velado; blockout; sinfonía de industrias en quiebra; depósitos ardiendo en poblaciones menesterosas; espaaaaaaaaaaaaaasmos de las sinapsis narcotizadas; la respiración de un animal moribundo, prehistórico.

De pronto, la presencia del agua –la imagen intraconsciente de una piedra provocando ondas concéntricas en todo tiempo & lugar. 

El aire se llena de ruidos vagamente cotidianos que componen el soundtrack glorioso del fin de la especie.

¡Campanas…!

¡Campanas…!

¡Campanas…!

¡Shhhhhhhh…!

[…]

§

La percepción del tiempo, gusano interminable, se difumina volviendo tediosa cualquier tentativa de parcelación. Si bien se perciben ciertos eventos sonoros como vividos en un determinado contexto y bajo una particular subjetividad, éstos resultan de una rara novedad para la conciencia que termina girando en falso en un ámbito hostil.

Una plataforma de silencio.

Mis dedos, decía, tejen el recuerdo de una experiencia que, como una cicatriz quelonia, aún persiste en el cuerpo. Una marca sonora semejante a un vagido reverberando contras las paredes de una oscura sala de parto.

§

El modo didáctico de Gabriel Cerini[8] es el de un maestro lateral. Enseña alejándose de todo tipo de centralidad docente. Sospecho en él una relación con el alumno en donde la experiencia personal y el azar constituyen una forma de pensar también la política: un estar desmarcándose todo el tiempo de las expectativas, tanto propias como ajenas.

§

La manipulación de los materiales, la búsqueda de sus distintas sonoridades, hacen de estos «instrumentistas» raros  alquimistas del desecho  (pienso en la deriva ciruja de una vieja amiga anarquista que no despegaba los ojos del suelo buscando objetos a los cuales transformar).

§

Abstrayéndolos entre dos planos -vertical y horizontal-, los participantes de la Orquesta  Oculta adquieren la gracia pictórica de Las espigadoras (1857), el famoso y en su momento controversial cuadro de Jean-François Millet. Hay una suerte de ascesis (?) accidental en el acto de agacharse y seleccionar los materiales dispersos por la sala de ensayo. Se diría que uno retorna a la verticalidad con una visión más amplia -más generosamente ecuménica- del entorno y de sí mismo. Inmersión precaria en lo ruidoso y, sin embargo,  inmune a la posibilidad de un giro metafísico.

§

A propósito de una imagen auroral: presencio la vista aérea de una megalópolis nocturna.[9] Los puntos de ingreso y egreso a esta Ciudad se intuyen infinitos e imposibles de traducir al lenguaje verbal. Acaso a través de esta expresión sonora se manifieste una cierta vigilia descentrada común a la especie y olvidada en nombre de una normalidad perceptiva.[10]

§

De pronto tengo conciencia de haber atravesado cierta frontera (las expresiones «surco sonoro» y «meseta represiva» se repiten como estribillos siniestros). Devengo extranjero en una geografía que bien podría pertenecer a una pintura del expresionismo abstracto traducida, claro está, a lo musical (pienso, por ejemplo, en los planos bermellones de Mark Rothko): hilachas dramáticas, tensiones y distensiones en torno a un núcleo vivo de sonido. De algún modo, mi experiencia con la mezcalina (Echinopsis terscheckii) y, sobre todo, con la ketamina pareciera habilitar un campo de percepción sumamente fértil para las asociaciones descolocadas. Es por eso que esto tiene visos de ser un retorno al antiguo pago psicodélico de mi juventud.

§

¿Podría ser este magma sonoro el filón oculto de una lengua pre-babélica?[11]

Archipiélago Sur,

14 de diciembre de 2018.



[1] Escribir para saber –entonces- qué se escribe.

[2] Para una idea más acabada de lo que ocurre durante una sesión de las Lecturas Silenciosas, recomiendo la escucha atenta de uno de sus ensayos en https://survector.bandcamp.com/track/last-assay-before-performance.

[3] Como es de público conocimiento, el dictum del oscurantismo progresista viene marcando la agenda política/estética contemporánea. Silencio y discreción*, entonces, para el libertario arte de la sátira… El resultado es, fatalmente, obligatoriamente, una producción textual pergeñada a la carta, muy a gusto con las posturas timoratas de la época. Parece olvidarse que, en la lucha encarnizada contra el Poder, los fueros salutíferos de la risa han sido fundamentales contra la amenaza de embastillar la imaginación.

*–esos modos taimados de la supervivencia-

[4] Si un texto –y esta crónica lo es- puede ser definido como un artefacto verbal capaz de transmutar la experiencia personal y colectiva en un deliro lúcido maleable, esta Sesión está constituida por la sumatoria de micro-registros realizados cada vez que, bloc de notas/celular en mano, concurrí al taller de Lecturas Silenciosas dictado por Gabriel Cerini en la Biblioteca Pública General San Martín de Mendoza.

[5] Aturdimiento que, con el correr del tiempo, fue diluyéndose en una vaga noción de qué hacer frente a los objetos sonoros y cómo actuar siguiendo las directrices laterales de Cerini.

[6] Luego de releer la descripción anterior me atrevo a formular la siguiente hipótesis: el Conde de Lautréamont, al describir algo tan «bello como el encuentro fortuito entre un paraguas y una máquina de escribir sobre una mesa de disección”, se estaba refiriendo sin lugar a dudas a un objeto musical, una suerte de Frankenstein sonoro semejante a los utilizados por Cerini y sus alumnos.

[7] Dispersión premeditada de los materiales… Luego descubriré que los movimientos llevados a cabo por los ejecutantes, tanto grupal como individualmente, describen una extraña coreografía no exenta de belleza.

[8] Mendoza, 1954. Estudió flauta traversa en la Escuela de Música (UNCuyo). Autor y compositor, desarrolló música para teatro, cine, espectáculos multimediales y performances. Se graduó como especialista en Nuevas Técnicas de Composición Musical en la Escuela Superior de Música y Teatro de Hamburgo, Alemania. Algunos de sus «apuntes» teórico-prácticos pueden encontrarse en mambobubu.blogspot.com

[9] Nota marginal para un ensayo literario: el posible mapa auroral de la literatura mendocina contemporánea sería, en lo aspectual inmediato, como el electrocardiograma de un difunto por el que se ha tenido cierto afecto y a cuyos parientes uno quisiera mantener bien lejos.*

* Hoy sobran sepulturerxs.

[10] ¿Me he convertido, gracias a esta experiencia junto a la Orquesta Oculta, en lo que generalidad llamaría un “músico”? ¿Hay atajos que me salven de volver a experimentar este Estado Temporario de Descolocamiento (ETD)?  Espero sinceramente que no.