Genealogías y cartografías de autoras mendocinas

Por Sabrina Barrego

Se presenta una tentativa de genealogía y cartografía (en construcción) de autoras de Mendoza, tomando como período de tiempo textos producidos entre los ‘90 y la actualidad, ahondando en la diferencia entre esos conceptos y en el recorte como también la implicancia de los mismos en la escritura local y regional, pensando en un mapa federal dentro de la provincia. El abordaje del material se hace desde los estudios de género y del archivo de la revista La intemperie Mendoza (bibliografías y entrevistas a las distintas autoras) sumado a un comentario del trabajo de crítica literaria con una visión antipatriarcal.

Subrayado leído en la charla a partir de aportes recuperados y yuxtapuestos:

-Esta genealogía no es una lista de nombres sino presencias reales de escrituras plurales. No muestra ni esconde nada a priori. Está llena de agujeros como un cuerpo está lleno de órganos como parte de su funcionamiento.

-Dice Luciana Mellado: “Que cada lector(x) haga y deshaga los lados de esta poliédrica máquina según el umbral de sus órganos y su propia intemperie”.

-Esta reunión de voces muestra afinidades pero no busca la matrilinealidad ni los aires de familia entre los textos. Así podemos filiarnos con una mujer infértil como Alejandra Pizarnik, con una que parió fuera de la ley como  Alfonsina Storni o devenir guachas en la gauchesca (María Moreno).

-La tradición la entiendo hoy acá como el ser una con el lenguaje que nos compone, como el recorrido de palabras que compone a la humanidad, como el bien colectivo, la lengua materna que nos parió y nuestra potencia de perforarla.

-Lo nuevo: nada surge de la nada y ningún(x) hablante rompe el silencio universal, dice Elsa Drucaroff.

-Y la contemporaneidad como Elliot: todo lo que me toca. Dijo Odiseas Elitis: en la poesía como en los sueños nadie se muere.

-El armado de mi biblioteca como desobediencia “es la lesbiana que llevo adentro porque la buena hija es una yegua de tiro” (Rich-Woolf).

-Las tradiciones son selectivas.

-Y todo esto se organiza en torno a preguntas: ¿Literatura? ¿Escritura? ¿Literatura regional? ¿Literatura mendocina? ¿Tradición? ¿Nación? ¿Cosmos? Que se implican dialécticamente con el poder y sus fantasmas pero me niego a sembrar la raíz seca de la certeza.

-La patria es la infancia. Que cada lector(x) invoque las ficciones de paternalismos y parricidios que le sean propios familiares y necesarios.

-¿Qué monstruo vemos en el espejo? Que cada lector(x) se rasque donde le pique. Que cada lector cruce las fronteras y corte los alambres según su camino y su paso se lo permitan.

-El territorio que hoy presento es un recorte de la memoria espacio-temporal como escribe Josefina Ludmer: “no la memoria proustiana vivida en singular” sino como experiencia compartida una memoria del desierto donde todxs somos contemporánexs.

-Leo y escribo por deseo y necesidad contra la hostilidad general (no podría hacer otra cosa). Los poemas son oraciones dice Blok. Que cada lector(x) realice los ritos y herejías más cercanos a su santoral y su cosmovisión o sistema de creencias.

-La escritura de un lugar existe por quienes creemos en ella.

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Genealogías y cartografías de autoras mendocina, a cargo de Sabrina Barrego, escritora, poeta y co-editora de la Revista La Intemperie. Sábado 27 de marzo. 19 horas, Sala Anexo MMAMM (Parque Central), Mendoza, Argentina. Encuentro en el marco del Mes de las mujeres, lesbianas, trans travestis y no binaries y de la muestra “Escribiciones de pueblo”.

El duelo objetivo y otro poema

Por Claudio Rosales

                                                                                                                                 
                                                                                                                                                                                
el duelo objetivo


cada poema
un talismán

un predador del llano
una poeta intimista
un conejo de granja

cada poema
eso

un pionero del vino
una rima oscura
un título claro

cada poema
una llave

una pared quemada
un galpón de linyera
una esvástica tachada

cada poema
eso

una grieta sectorial
un cerdo contestatario
una moda antigua

cada poema
un viejo

colado
en la fila
del mercado

cada poema
aduce

sobrecarga
laboral 
como cajera

cada poema
eso

solo.






una maldición al neoliberal (frag.)



          que tu oleada de novedades 
          se diluya a la luz del Sábado

          que a tus consignas 
          las derrumben topadoras  
 
               un kirchnerista moderado no es
                     nunca un peronista racional 
 
 

          que nadie te nombre más
                         que tu jardín sea 
               olvidado y 

          que Comités de Emergencia
               llenen de azafatas brígidas
                         tu insomnio
            
          que indolentes y racionales
               poetos te imiten 
           y el tiempo no tenga
                           kairós para vos

          
           que nunca cuente
          que te conocí
              refugiado bajo un puente


                   que tía Elsa te deje
            mensajes en la contestadora
          que te visite Richard, el tullido

           
          y jamás te acostumbres
          a lo que no es tuyo


            que siempre estés
              escondido disfrazado
                      de la Memoria

               que tiembles al oír
          “su lujosa locución
              original de indomable” (A.V.)



             que esperes hostil hosco
                          de trato difícil a 
                 Rubén Stagliano, el bufarra


              que pensiones y deptos
                del Centro  me echen
                   que Lancelot me pague

           que un mulero me venda
             libros rancios pero que no
                           tengás revancha

            que analfas y porigueros
               te usen de avatar
                            
               que se caiga Internet
               no hoy mañana
                  que no se caiga

             que un francotirador
               te tenga en la mira
               desde el hotel Astral


            que gente como vos
                opresores totalitarios
             sientan la mera nostalgia 
 
             que Ánimo y Consuelo
                no alcancen para 
                 asistirte
                  que te mientan tus mujeres
                 y tus hijas se arrepientan

                   por trueque mental
                       o por distintos pactos
                  con los ángeles y
             
             que el estilo de la época
               y el lugar no se te revelen
                por yuta salchicha.

                           ...
               
                     cuando el quiosquero
                          contó el dinero
                             va a cerrar y yo no              
                                    la voy a terminar
                           maldito neoliberal.

  

2021

La universidad de la tierra

por Carolina Simón

Del 23 al 29 de julio del 2017 en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, se celebró el segundo festival CompArte por la Humanidad convocado por el EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional). En CIDECI Unitierra (Centro Indígena de Capacitación Integral/ Universidad de la tierra) y caracol Oventik (Territorio Autónomo Zapatista), durante toda una semana compañeros Zapatistas, artistas participantes de diversos países y asistentes nos encontramos a compartir nuestro hacer y pensar juntos. La experiencia en sí es extraordinaria y conmovedora, una semana a puro corazón y piel sensibilizada. Una semana con la posibilidad de mirarnos y mirar las artes desde otras perspectivas. 

Los primeros cinco días en CIDECI Unitierra se llevaron a cabo infinidad de actividades artísticas: artes plásticas, teatro, música, poesía, danza, audiovisual y más. Un enorme programa a diario para encontrarnos, pensar, conversar y mirarnos a los ojos.

Las propuestas artísticas no se limitaron a formatos ni estilos predeterminados por los campos del arte; no se debatieron entre modernas o contemporáneas, ni se ajustaron a cánones normativos y/o académicos. Las propuestas se rebelaron dentro de las estéticas de la emergencia, obras en su mayoría colaborativas o colectivas donde pensar lo político y el arte en acción fue y es pensarnos en una configuración nueva o, al menos, una configuración posible para abordar la herida y lo que hacer en relación a las violencias impartidas por el sistema capitalista.

La gráfica tuvo preponderancia y, en este sentido, reseña la tradición del grabado en México, tan abundante, revolucionaria y rica en técnicas, imágenes, discursos.

Todas las propuestas tuvieron en común el arrojar mensajes comprometidos con las urgencias sociales y políticas.

Los temas recurrentes se dirigían a denunciar las desapariciones de compañeras y compañeros en manos de los malos gobiernos y de la violencia de género, a recordarlos (entonces Santiago Maldonado no estaba desaparecido) y a seguir luchando por nuestros derechos: el derecho a la tierra, a la comida, al agua, a la salud; el derecho a vivir en un mundo no podrido y contaminado; el derecho de la mujer a seguir siendo mujer sin violencias explícitas o implícitas; el derecho a elegir y vivir libremente nuestra sexualidad; el derecho a manifestarnos sin que nos maten; el derecho a ser indígena, negro, blanco, mestizo, mujer, trans y no morir en el intento; el derecho a divertirnos, conmemorar, abrazar. Todo tema estaba abierto, de todo ello conversamos: desde la catarsis a la fuerza de acción oscilamos a diario.

Durante estos días, mujeres y hombres de las BAZ (Bases de Apoyo Zapatistas) representando a sus comunidades autónomas, asistieron a cada propuesta, participaron de muchas de ellas y conversaron con los artistas. Recorrieron, observaron e hicieron sus preguntas sin rodeos, sin complejidades conceptuales, siempre al centro.

Las preguntas se dirigían a indagar en las técnicas de trabajo, en el tiempo que lleva hacerlo, en los contenidos, en pensar precisamente en la posibilidad y efectividad de que el arte acompañe con su insurgencia esta digna revolución.

Las mujeres y hombres de las BAZ caminan lento y hablan con calma porque saben algo que nosotros no. Conversar con ellas y ellos es hermoso y potente. Es rearticular y resignificar un universo de teorías aprendidas porque de pronto las encontramos aplicadas a los días, a la vida, a los sujetos.

Se percibe en ellas y en ellos una profunda serenidad y convicción; saben que están generando conciencia en organización colectiva, que están luchando a diario por una vida digna donde hay lugar para todas y todos.

Sobre el CIDECI Unitierra

El Centro Indígena de Capacitación Integral/ Universidad de la Tierra tiene un objetivo concreto: a través de diversos talleres, cursos y seminarios, enseñar a mujeres y hombres a vivir con derechos y dignidad: dignidad de un saber hacer, dignidad de aprender y enseñar, dignidad que da un espíritu y concepción colectiva del mundo, dignidad de un ser humano que se sabe parte de la naturaleza y que entendió que cuerpo y tierra son uno y se cuidan mutuamente.

Así está construido este centro, con dignidad. Diversos salones, talleres, auditorios, baños, cocina, mesas, bancos, sillas. Todo es sencillo, confortable y lindo. Hay naturaleza y color; hay pintura mural y consignas; hay revolución y amor en este sentido.

Entrar a Oventik

Los últimos dos días los compañeros Zapatistas nos invitaron al caracol Oventik, allí fueron ellos los que mostraron sus recientes trabajos artísticos. Al llegar uno se encuentra con dos carteles: de un lado de la carretera, justo frente al ingreso, uno dice: «PARA TODOS TODO, NADA PARA NOSOTROS, MUNICIPIO AUTÓNOMO REBELDE ZAPATISTA, ESTA ES NUESTRA JUNTA DE BUEN GOBIERNO CORAZÓN CÉNTRICO DE LOS ZAPATISTAS DELANTE DEL MUNDO, ZONA ALTOS», y el otro: «BIENVENID@S AL COMPARTE ZAPATISTA, CONTRA EL CAPITAL Y SUS MUROS TODAS LAS ARTES».

Así uno llega eso es lo que lee, y la piel se estremece.

Al entrar por la calle principal una vena abierta conduce hacia un gran espacio que se abre entre verde, sierras, niebla y cielo. Allí los compas mostrarán sus obras. A los lados de esta calle principal se encuentran las oficinas del buen gobierno. Sencillas y concretas sus consignas en los muros: «Oficina de mujeres por la dignidad», «Tienda colectiva de las/ los tercios compas», «Sala de Urgencias», «Tienda de insurgentas e insurgentes del EZLN», Oficinas de los Consejos Autónomos, Escuelas Primarias y Secundarias Autónomas Rebeldes y hay más.

Los compas zapatistas han preparado muchísimos trabajos: desde los distintos caracoles presentan artes plásticas, teatro, poesía, música, danzas. Desde temprano, con lluvia o sol y sin velo alguno, repasan la historia de sus ancestros, de la esclavitud, la colonización y la dominación. Confrontan sin rodeos y sin retorno con el capitalismo; nos hablan de genocidios y torturas, de todas las violencias que el «pinche sistema capitalista» ejerce sobre nosotros, las violencias que reconocemos y las que no.

Nos hablan del poder de organizarse y saberse sujetos de derecho, de la urgencia de despertar y mirar sin velos. Rememoran historia para mostrar y comprender que no estamos desprendidos ni desconectados, que con la memoria se construye, se organiza y se crea. Esa es la digna rabia.

La honestidad brutal, la palabra directa, no hay tiempo para la metáfora. Es la estética de la urgencia y de la práctica donde el cuerpo se expresa libre tras generaciones que se enfrentaron a la esclavitud, tras años de realizar un fuerte trabajo cultural generando conciencia para volver a pararse ya firmes, más altos, con un cuerpo que goza y confronta, que demanda derechos humanos, los práctica y lucha por ellos, por eso la calma, por eso la serenidad, por eso las ciencias y las artes. Porque la batalla es cultural y ellos lo saben.

Participar del CompArte, estar en CIDECI, entrar a Oventik.

La experiencia tiene sentido más allá de la geografía y de la «curiosidad» por los pasamontañas o los paliacates. La experiencia tiene sentido porque nos modifica adentro, nos abre la grieta, la herida del cuerpo y eso nos transforma. Así de complicado es acercarse un poco al zapastismo; se empieza a pensar y a sentir con coraje y amor al mismo tiempo y, sin saberlo bien, se lleva puesto, se encarna.

Allí nos encontramos muchas y muchos, en el borde mismo como sitio de acción. Allí nos hermanamos y acompañamos. Intercambiamos obras, concepciones. Allí nos espejamos y confirmamos que somos muchas y muchos los que NO nos adaptaremos a este sistema enfermo y comprendemos que hay demasiado trabajo por hacer, hoy y con todo el tiempo por delante.

Allí confirmé una vez más lo fecundo del arte frente a la amenaza constante de este sistema por disolverlo todo. Con las artes se confronta y se hace política, con las artes se abre la grieta y generan perspectivas posiblemente constructivas. Es que el arte, en este sentido, actúa como mediador entre la fragilidad de la condición humana frente a la violencia y al desamparo de los malos gobiernos. Sabemos que la batalla es cultural, que consiste en generar conciencia, en evidenciar cómo el sistema capitalista, en sus miles de expresiones nos movió el interés, nos desplazó la dignidad. Es en este sentido que el arte, las artes, son modo de conocimiento. Y cabe preguntarnos tantas veces como sea necesario, ante los olvidos, ante la confusión, ¿qué papel cumple el arte en relación a la memoria, a las violencias, a la construcción de otros mundos posibles?

Agosto 2017, Chiapas, México.

Podcast # 18: Federico Torres

Federico Torres nació en Berisso, pcia de Bs As, en 1984. Vive alternativamente entre Paraguay y Formosa, donde desarrolla sus actividades como tallerista y editor. Escribió «Cavernario» (Ñasaindy Cartonera 2013) y «Cacerías» (goles rosas 2016/canto rodado 2018).
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Canción de las mujeres costeras pertenece a «Cormorán», de Eileen Moore(inédito).(Traducción: Federico Torres.)

Balada del pescador de arenques pertenece a «Cormorán», de Eileen Moore(inédito).(Traducción: Federico Torres.)

Exploración pertenece a «Avenida y jardín» (inédito).

Jagua poha pertenece «Avenida y jardín» (inédito).

Podcast # 17: Gustavo Zonana

Gustavo Zonana: Profesor y licenciado en Letras. Profesor de Literatura Argentina II (Siglo XX). Se ha dedicado al estudio de la poesía argentina contemporánea. Ha participado como jurado de concursos literarios entre otros, el Certamen “Vendimia” convocado por la Subsecretaría de Cultura del Gobierno de Mendoza. Ha sido editor de la obra poética de Alfonso Sola González y Daniel Devoto. Ha publicado en las revistas Hablar de poesía (Buenos Aires); Fénix. Poesía; crítica (Córdoba) y Gramma (Buenos Aires). Ha obtenido el primer premio en el Primer Certamen Anual de Ensayo “La literatura argentina de los últimos cincuenta años”, organizado por la Subsecretaría de Cultura del Gobierno de Mendoza, con el ensayo “Agonía de la palabra. Ricardo Herrera y las poéticas argentinas de las últimas décadas”.
Libros: «Síndrome» (El Andamio, 2016), «Series» (El Andamio, 2017)y «Sueños/ Emblemas» (Ediciones de La Luna Roja, 2019).

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Estilos es del libro «Síndrome» (2016).
…todos tenemos un poco y Ogro de entrecasa son del libro «Series» (2017).
Voz del que llama en el desierto es de «Sueños/ Emblemas» (2019).
Los santos inocentes es de «Pregunta» (inédito).

Podcast # 16: Facundo López

Facundo López, Mendoza, 1977.Desde el 2016 participa del Corredor de poetas Vapoesía. Ha publicado: «Mariposa sobre las cenizas» (2006), «El monstruo» (2012), «Resonancias» (2013), «El perro verde» (2015) y «Niños que corren para explotar»(2017).

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Los poemas 8, 15 y 20 pertenecen a «Niños que corren a explotar».
Los peces pertenece a «Chimango».

Los cuadernos pueblerinos (segunda entrega) *

por Sabrina Barrego

A la memoria de Alejandro Schmidt

Mi palma se ha convertido en un puño…

Viktor Tsoi

Anda rodando la tierra, con toda su tierra adentro.

Manuel José Castilla

«Deja las letras y deja la ciudad», me aconsejó Juanele en un poema el otro día. «¿No estás tú también un poco sucia de letras y un poco sucia de ciudad?» 400 km he viajado hacia el sur de la provincia. Sentada, ahora, en la galería de la casa de mi madre, circundada no más que por las hormigas y un viento que nace en el sur y se pierde en los álamos, escribo. 

General Alvear: árido, soleado, monótono. Vuelvo a la tierra donde viví casi dos décadas, un año después del aislamiento. Llegando en el colectivo, el espacio que separa las grandes urbes de lo rural se va ensanchando como un elástico en el que siempre quedo atrapada, ay, mosca del mediterráneo en la trampera. Como les pasa a los niños al crecer y regresar a los viejos lugares: lo que era grande se volvió pequeño. Los viejos rostros palidecen como el romerillo florecido. Lo que deslumbró no deslumbra más. Las tierras salitrosas se ajan con los primeros calores. Las casas siguen siendo bajas. A la orilla de los canales, entre los yuyos, como hace mucho, mucho, ruedan los cardos rusos.

Sin embargo algo en el pecho se ensancha, comprime y avanza.

*

La finca de mis padres está ubicada en un callejón de campo en la colonia Alvear Oeste, un pueblito del ferrocarril. Llegamos en época de tormentas; hacia el norte los cúmulos de las nubes chorrean sucios;  entonces sabemos que cerca llueve. Lejos, los rayos descienden verticales ensañados contra el horizonte. Se oyen rapaces, las lechuzas, los caranchos, las aguiluchas entre los pastizales.

*

Juan L. Ortiz se fugó velozmente de Buenos Aires a su Entre Ríos natal en búsqueda de la «virgen del aire». Yo me pregunto qué cosa ando buscando por acá, si hace tiempo que me fui sin caer en esta hierba y viví para vengarme.

*

Me propongo leer y escribir todos los días. En la mochila traigo varios libros de poemas y entrevistas: Juanele, Arnaldo Calveyra, Ricardo Zelarayán, Ilyá Ehrenburg y Leónidas Escudero. Imágenes rurales me rodean dentro y fuera de la hoja. Mi obviedad me da risa. He caído en el lugar común de los comunes de las que vuelven del Centro haciendo turismo rural en los paisajes que habitaron, retocados por la nostalgia, por la ilusión.  A invocar una voz y constituirse poetas por ósmosis con la naturaleza. Ah pero la naturaleza, como dice Zelarayán, «la naturaleza, la de uno y la de afuera de uno, no conoce fronteras, razas, edades, sexo ni condición social». Y también: «Es mejor ir por lana pero volver… aunque sea trasquilado y cubierto por las nieves del tiempo».

Pero volver; a dónde, a qué…

*

De pronto, ay, la gata ya se entró una pichonera. Ay que metí la mano hasta el cuadril en el cajón de las cebollas y las papas. Diana la cazadora le decíamos, que despertó a todo el mundo de la siesta por causa de una culebra. ¡Y la bicha! Había que verla encrestada ¡bonita, tan lejos del pastizal! ¡Y la gata! Como loca de alegría con los saltitos ondulantes, el olor sudoroso y la lengua al aire de la serpiente. Y mi hermano desenredandolá con cuidado para que se volviese al campo:

«volver con los ojos en blanco del mendigo / con los ojos redondeados de la lechuza / con los ojos del que nunca se miró en espejo / con los ojos cerrados de la papa». (Calveyra)

*

Comienzan a cantar los grillos y aparecen las bicicletas arando por el callejón. Filas de mujeres, como azules pájaras, pedalean hasta la fábrica. Turnos largos paradas contra la línea tamañando los duraznos, aguantándose la pelusa y el olor a azufre. Al borde del desmayo por la calor. Los hombres no están porque la cosecha. Secaderos, frigoríficos y pulperas poblándose de mujeres, viejas y jóvenes, en la temporada alta, eso tampoco ha cambiado.   

La otra tarde me la crucé a la E, una que fue mi alumna, hacía los mandados en el barrio de la vinchuca, el mismo en el que se crió. Yo me tomaba una gaseosa sentada en la cuneta y me reconoció en seguida, dijo, mientras caminaba por la calle. Yo no hubiera podido. Cuando la vi, ahí, sus ojos verdes (que le decían la chica más bonita del curso, que fue reina de la vendimia, «de las que tenían futuro» como decíamos con las maestras…). No era mucho más joven que yo… Cuando la vi tan señora, en los zapatos de su mamá y de su abuela, yéndose para la fábrica. Lo mismo mis compañeras de colegio, siempre en la misma y pariendo. Y los varones que también vi, trabajando con sus papás. ¿Y yo? Regresaba. («¿Era yo quien regresaba? ¿En la angustia vaga de sentirme sola entre las cosas últimas y secretas?») ¿Qué siento que me separa y me amontona con esos cuerpos domados igual que yo por las circunstancias,  peleándose contra el tiempo y sus fantasmas? Contra la muerte. Miro sus caras como si fuese la primera vez que nos conocemos, el paisaje nos ha moldeado como una arcilla arenosa que se desmigaja ¿Será que yo me ablandé con el aire encajonado del Centro? Los alimentos que consumía, como el agua, me dan alergia, el sol y las picaduras de los bichos que me han curtido la piel. ¿Qué me llevó a mirar con la mirada de quien te estudia, a acostarme del lado de semejante tilinguería? Acaso esxs otrxs que me encontré entendieron algo mejor que yo y por eso me miran con respeto pero también con sorna. No sé. Entonces, recuerdo ese poema de Lucille Clifton a la que fue la rosa de Georgia:

«yo me pongo de pie / frente a tu destrucción / yo me pongo de pie».

Frente a mi destrucción, yo me pongo de pie. Las palabras se desperdigan como los espirales amarrillos derramados por todo el suelo y el viento me dice: deberías callarte para escribir.

*

Soy el último poeta de la aldea, / el puente de madera es humilde en las canciones. / Me detengo en la liturgia de las despedidas / que cantan las hojas de los abedules.

(Sergey Esenin)

Según Ehrenburg, los poemas de Esenin son una maldición arrojada al «visitante de hierro», a la ciudad. Con orgullo, pero también con tristeza, como un pobre y tonto potro queriendo adelantarse a una locomotora. Porque la batalla desigual entre la aldea y la ciudad suele tener desenlaces obvios. Y la ciudad quiere consumir como el fuego hasta el pathos de los poemas que provienen de los millones que no leen en salones literarios o que no saben leer.

Según Ehrenburg, los poemas de Esenin son una maldición. Yo digo: pura venganza, «pero con palabras» (Dovlátov). Porque los cantos desesperados a los enormes campos de una Rusia quemada por el sol de la revolución (terrible Cronos que acabó devorándose a su hijos) no pudieron nacer de los intelectuales adiestrados en los círculos parisinos. Si no del poeta de entrecasa, que hasta hacía poco pastoreaba vacas y luego creaba estilos. Como un borracho vagando por los campos para quien el viento canta más fuerte que para los demás. Así como los campesinos ya no usaban las viejas horcas sino las mismas metrallas fabricadas en el Centro para defenderse de quienes de todo se apoderaban, Esenin expropió las más modernas técnicas literarias para sus lágrimas y sus insultos, sus amenazas y las plegarias. En fin, esos poemas que lo llevaron a la pira de la inmolación.

*

Suena un chamamé de Tránsito Coco Marola, ladran los perros, el niño chapotea en un charco de barro al ritmo de la melodía de los grillos talóngastado frotándose.

«Yo no tengo en cuenta la música» –dice Juanele en una entrevista-, «yo la necesito. Pero no solo la música, si no lo que hay más allá, a la manera de Debussy; no es la evocación del silencio sino la sugerencia de algo que está germinando, que va a florecer y que no puede definirse». A eso creo se refería Yupanqui con la musiquita del pago que resuena en los poemas y las canciones. Raúl Barboza y el Chango Spasiuk dieron un concierto en el Théâtre Claude Lévi-Strauss de París con un proyecto llamado Chamamé Yeroki Ñeemboe, que significa en castellano: el chamamé es un rezo que se baila. Pienso, ahora, en las palabras que siempre me acompañan y sostienen; que acompañan y sostienen a los pueblos, como los poemas -que son oraciones (Blok)-. Pienso también en las canciones, los sonidos y los ruidos que son parte ya de nuestros huesos, que viven grabados en mis oídos, en mis pies y mi corazón. Me detengo en los silencios. Recordé el cuento Kilómetro 11, de Mempo Giardinelli que me leyeron en la escuela secundaria, al que siempre regresaba sin dejar de llorar. Me ví sentada en el patio de mí casa de entonces, junto a mi abuelita Rosa que me dijo: «yo te voy a contar lo que vivió nuestra familia en esos años», hablándome por primera vez de la detención de mi abuelo en los ‘70.  

Cosas de familia.

La familia de mi padre llegó a Misiones del país vasco. Mi bisabuelo, dicen, era un viejo déspota que se agenció una mujer guaraní como esposa y la obligaba a sostenerle el mate mientras él lo tomaba y a lavarle la cara, las manos y los pies cuando llegaba del campo. María se llamaba y fue la abuela de mi papá. Por parte de mamá somos alemanes del Volga, judíos injertados, primero en Rusia y luego en la zona pampeana, siempre detrás de las vías. Cuando mi bisabuelo Peter llegó de Sarátov a Colonia Barón (La pampa) no sabía hablar ni mucho menos leer en castellano. Venía con un campito apalabrado que, con su firma en el papel equivocado, lograron arrebatarle condenándolo a vivir con su mujer Elizabeth (a quien le debo mi segundo nombre) y las primeras crías que nacieron vivas, mucho tiempo en una carreta. Cuenta mi madre que, a pesar de las penurias, el malhumor y la sordera, su abuelo era un tipo ingenioso y divertido, que reboleaba su boina ni bien escuchaba una polka o un chamamé. En las primeras reuniones sociales a las que tuvo que asistir de peón, los paisanos le jugaron un par de bromas echándole polenta caliente en las manos y dejándolo quemarse la jeta con el mate. Ahora que vivo en la ciudad, noto que hay formas y formas de chamuscarte el cuerpo y la voluntad.   

Yo nací con las manos quemadas de mi bisabuelo, rodando como una carreta y torcida como un acordeón.

*

Si pudiera volver desde el agua al laurel / Volvería a la infancia del río (…) Yo muero para volver / Juntando rocío en la flor del laurel. (Cuchi Leguizamón)

Intento regresar al principio. «A veces, nuestra naturaleza nos ha preparado (para) un prado», reza el poema de Francis Ponge que cita Arturo Carrera a propósitodeJuanele en Ensayos murmurados. Juanele decía que podía pasar no sé cuántos años sin hablar con nadie, conversando con los animales o con un árbol, o cualquier cosa, cualquier criatura, sometiéndose a eso que Machado llamó «la prueba de la soledad en el paisaje». Carrera, que compara a ambos poetas con Basho, dibuja su condición de escritores de provincia. Lo que es vivir «provincia adentro» y resistir a la prueba de estar sin compañía (sea lo que sea que eso signifique ahora).

Hace dos días se murió un gran poeta cordobés a quien había leído, antes de conocerlo en las redes, guiada por su cercanía con Vicente Luy. Luego hablamos algunas veces por chat y, pese a su fama de peleador y su carácter complejo, siempre se mostró muy generoso y alentador con mi trabajo, algo que era habitual en él porque además de poeta, fue un gran propagador de la poesía. «Ya lo era cuando ni siquiera habían comenzado los blogs (a los que luego también hizo su generoso aporte) y tampoco imaginábamos las redes sociales. Ya editaba a poetas que incluso hoy en día siguen estando relegadxs (nombro a Edith Vera por dar un ejemplo), cuando todavía no se había dado el crecimiento de las editoriales alternativas en el país», escribió Valeria Cervero en su muro de feisbuk, refiriéndose a «esos otros noventa que no han sido narrados ni estudiados».

En la comunidad virtual, lo que no corre vuela, las palabras alusivas y las fotos abundaron entre cercanos y no tanto. «No es que se estén muriendo más poetas que antes. Sucede que ahora nos enteramos de inmediato a través de las redes. Y sucede también que nuestros coetáneos van superando los sesenta. No es para consolarse. Digo. Antes les pasaba a ellos. Ahora nos pasa a nosotros. Hagamos lo necesario para abrazarnos, ayudarnos, leernos mientras sea posible», escribió Mónica Sifrim. Y tiene razón. Esa noche de la muerte quise escribir unas palabras pero la piel se me puso de gallina, me dio frio y me acosté. Pensaba en la cantidad de poetas provincianos que partieron en el último tiempo, muchos de ellos pobres, enfermos y solos en el oficio «heroico pero absurdo» de escribir en este país (Sara Gallardo). Inéditos o editados en condiciones tales que leerles se transforma en una tarea verdaderamente arqueológica. Y luego viene la muerte y en Buenos Aires y en los grandes centros sus obras son “rescatadas” en ediciones muy lindas y los poetas vivos homenajeamos a los poetas muertos y las miradas se posan por un momento sobre nosotros. Y así, hasta que nos toque caer del otro lado de la taba. 

«Corrijo un poema con otro y con otro… desde los 13 años estoy buscando el poema verdadero…Escribo casi todos los días, ceniza, perlas, florcitas de plástico y también mi lírica de dolor y de veneno…va saliendo la poesía, va saliendo de esa tripa y uno no sabe qué es, ni maneja ni controla nada, salvo alguna corrección inevitable, alguna prudencia en publicar, alguna música», decía Alejandro Schmidt. Vuelvo a la metáfora arqueológica. Hace poco vi la película The dig (La excavación), de Simon Stone. «Tu trabajo no es sobre el pasado ni el presente, sino sobre el futuro, para que las próximas generaciones sepan de dónde vienen. Lo que las relaciona con sus ancestros», le dice uno de los personajes al autodidacta Basil Brown, quien permaneció hasta hace poco borrado por la academia luego de descubrir uno de los hallazgos más importantes para la historia de los museos de Inglaterra. Situación que nos habla de un futuro que nos pertenece por prepotencia de trabajo (¿futuro?) «De la poesía solo esperé la poesía/ de todo lo demás la lluvia espesa», escribe Schmidt, quien en sus poemas dejó el corazón, su bolsillo, su vigor y el agua que pudo acertar en un cerebro desierto. ¡Y la música! He mencionado antes al chamamé. El chamamé era para los antiguos ñeemboê yerokî. Significa crear la palabra mientras se está danzando en ronda cuando llueve. Ñeemboê es crear la palabra y, para el guaraní, la palabra es el alma, digamos, o el alma está en la palabra; yerokî viene de yerê, que quiere decir dar vuelta.

Y puede que todo en el cosmos sea una gran re-vuelta.  Y aunque hace rato me arranqué las esperanzas de cuajo e insista en el gesto gastado de estar en «el corazón del siglo»; a veces, me consuela pensar que todo muere y no muere también, mientras el horror avanza sobre lo que existe. Y que, sea como sea, siempre puedo retornar a mi tribu de palabras (comunidad subterránea habitada por mis vivos y mis muertos), alterando la línea del tiempo. Puede sonar ingenuo pero,  íntimamente, sé que «alguien puede excavar toda su vida sin encontrar lo que yo hallé aquí».

*

…nosotras debemos volver al lugar donde nacimos… Visitar la ermita del Santo, tomar el fresco con las vecinas, rezar las novenas con ellas, aunque no seas creyente… porque si no, nos perdemos por ahí como vaca sin cencerro.

(La flor de mi secreto, Almodóvar.)

Olvídame te lo ruego, / yo soy como el Paraná/que sin detener su marcha

/ besa la playa y se va…

(Escribió Cholo Aguirre, canta Ramona Galarza.)

A estas alturas ya me temo que no lograré responder ninguna de las preguntas que ensayé a lo largo de estos párrafos.  No importa. Como si de momento el dejarme vivir (que la vida y la muerte me atraviesen como un río) sea quizás la respuesta a un interrogante que todavía no existe. Volví al paisaje buscando respuestas. Hallé preguntas acerca del tiempo y momentos cargados de poesía (¿o es que me hallaron a mí primero?) Los silencios, el enorme resplandor entre los árboles, la lluvia que bajaba del cielo serena y fuerte como una sonrisa en los labios, las palabras queridas que florecieron en mis manos sin necesidad de obligarlas… No hay temas en la poesía, no hay lugares comunes. La poesía, cuando sucede, deja tras de sí una huella similar a la del agua cuando se aleja para volver.

Carlos Mastronardi, en el documental Luz de provincia, se define como «un modesto poeta elegíaco, representante de la paz y la serenidad de Entre Ríos (…) determinado por el medio natal, esa provincia que un fresco abrazo de agua define para siempre…».

¿Pero qué cosa define? Bueno, cada poeta, creo, lleva consigo una visión del mundo, un estar entre las cosas y palabras, palabras que se repiten como reflejo o resonancia de eso que Pavese llama mitos y que vienen de la infancia. Cuenta Mastronardi (lejos ya de su tierra) que, como todo muchacho provinciano esperaba encontrar en la ciudad, la magia y el deslumbramiento, pero cuando regresaba por la triste calle Moreno, después de unas horas en la biblioteca de la facultad y notaba que las calles estaban solas y las voces se habían apagado, se decía que la vida puede ser la mínima en todas partes, en resumen, que las convenciones son más visibles que la misma realidad viva y palpitante.

Esto nos acerca a una variación sigilosa sobre el concepto de Naturaleza que elaboró Carrera, refiriéndose puntualmente a aquella que miramos desde el cuadrado de la página, en los versos, en las sílabas, en los acentos, en sus sonidos, en los intervalos repetidos pero diferentes…

La hoja en blanco, «crepúsculo de la libertad»  que defendió con su vida Osip Mandelshtam, (poeta sin tumba) quien se alejaba de su casa solo para deambular en los trenes que lo llevarían a morir en la Siberia, despojado hasta de sus pantalones pero jamás de sus lujosas palabras. El papel blanco y la tinta azul de donde nacen los ríos perezosos, los cerdos en las calles y los molinos vacíos de Jorge Teiller y que mantuvieron a Inchauspe encadenado a esas palabras que no vienen. Una ropa «de andar dentro de sí», antes que versos colgados de un alambre allá cerca de un rancho donde el diablo perdió el poncho, que decía el sanjuanino Escudero. «¡Oro nestas piedras!»

*

Escribo esto ya de regreso. Lejos ha quedado la casa de mis padres, el cerro Nevado, la mano invisible que enciende el chirrido de las lechuzas y el tucutuc en las cuevas de los tunduques. Las bandadas de patos volando en V, armando y desarmando su forma. Los jotes dibujando a lo alto, círculos concéntricos dejándose caer por el aire y preparándose para cazar. Las hojas plateadas de los álamos oscilando de un lado a otro; la luna color viento.

Las tormentas de piedra migrando hacia el norte, los aviones y las manchas fucsiasverdesanaranjadas apareciendo y desapareciendo en el radar.

Los niños descalzos en bicicleta por la calle terrosa sobre los rieles oxidados de trenes que no vendrán. Las cúpulas del cielo cayéndose a pique por su propio peso…

Abandono; me despido aunque no deje de mirar ese sur al que llegué de polizón como una ortiga chúcara entre otras hierbas, ni de verme montada en un caballo blanco con una estrella negra tatuada en la frente. Guardo para mí el hábito del ir y volver constante con las manos vacías y «este poco de aire movido por los labios, palabras, palabras» como caminos, siempre en busca de algo que se escabulle más allá y que, al fin, cuando lo agarro se deshilacha como una nube de polvo o reaparece, ojalá, en forma de poema.

S. Barrego

Enero-Febrero de 2021.


*La primera parte de esta crónica puede encontrarse en Los cuadernos pueblerinos.