Podcast #4: Darío Zangrandi*

Poemas grabados a la vera del Arroyo El cuerno, Plaza de Mulas, Parque Nacional Aconcagua, Mendoza, Argentina.

Darío Zangrandi (Chapanay, Mendoza, 1974). Publicó Grandes Éxitos (Mendoza, deespaldased, 2006), Nunca seremos cuentachistes (Mendoza, Zediciones, 2008), El beso, barroso (Mendoza, deespaldased, 2009), Su manera blanda de karateca forzudo (Mendoza, Carbónico Ediciones, 2010) y La cosecha en 1991, el cotipeto y la manera (Buenos Aires, Proyecto Editorial Itinerante, 2013). Coantologó la muestra de literatura contemporánea mendocina Desertikón (Buenos Aires, Eloísa Cartonera, 2009). En 2001 participó en la revista de humor anarquista A vuelo Chanfleado. Corealizó las perfo-ensayo La espalda de los santos, y Sitio donde la noche no cesa, entre otras, junto a Pierro y Gutiérrez. Desde 2010 realiza junto a Pablo Grasso el programa de radio Contemporáneos. Textos suyos han sido publicados en diversas antologías y revistas, como 53/70, poesía argentina del siglo XXI (Rosario, Editorial Municipal de Rosario, 2015), revista Campotraviesa; y revista La Leónidas, entre otras. En 2019, Ediciones Culturales de Mendoza reeditó  La cosecha en 1991, el cotipeto y la manera.

Nota bene: Hoy, viernes 21 de febrero de 2020, se realizará, en el marco de la Fiesta de la Vendimia de la Capital de Mendoza (Argentina), un acontecimiento paralelo denominado La vendimia es del pueblo contra el fracking y el saqueo de los bienes comunes.

De La cosecha en 1991, el cotipeto y la manera.


Apuntes

Por Claudio Rosales

cumpleaños

sobre la mesa en una caja de cartón gris hay

empanadas frías, servilletas arrugadas de papel y restos de

pizzas entre botellas medio llenas con vino o cerveza.

están los históricos del Verde y el Vieja, sentados en sillas

de algarrobo, modositos como sustantivos pero atareados por

los destinos de la República, brindan en vasos largos llenados

con notable habilidad y vaciados con indiferencia a la salud

del Alejo Brumoso,académico librepensador. hay un cuadro

oblongo con un gamo pintado como una lámina de madera

de árbol que cuelga de la pared, por sobre una mesita alta

color caoba, con un tejido/testigo de la parienta medio india,

que todavía lo visita, desde un más allá/la que le dijo haber lamido

los salados sobacos del Viejo/ trans traído del hotel Ensueños/

soñadas luces lacias de los pasillos, afuera cascajos y música

mexicana/ olor a espíritus de muertes en la casa del Verde/

delgado y fumando parichos en toallones descalzo ah / les

jóvenes que tras la felicidad/ y la belleza escriben te gusta/te

gusta mi concha / el gamo ocre entre ramas come los pastos

de un color verde, verdolaga/ pasillo, agua del dispenser… glub

glub /chin chin de los históricos para nuestro querido matón/

liberal y pequeño, de los de antes.


al capitalismo se lo combate

como la pera que madura de adentro hacia afuera Gustavo, el Punty, Berlas se rememora a sí mismo sentado a la mesa y esperando el brindis de navidad el Estado era la bota que aplasta y vigila, la política una cueva de ratas, y la mersa rolinguera: un error, los cartoneros: una lacra. Iba siempre a las plazas y galerías del centro; era cínico como Diógenes, blanco como una sábana de hospital con ropas rotas de color negro, una silueta pateando canteros de la Peatonal madrugando giles… hasta la tarde de la piñadera con los bultosos en la parte alta de plaza Independencia… estaba todo sarpado y dejé de ir, primero los sábados me quedaba en mi casa acompañaba a mi viejo a la empresa. hasta que se murió y entonces me hice cargo de las cosas de, la conocí a Vero que me pidió la corte terminá con la punkeada dijo y recién ahí entendí eso de no future. tarde es nunca

felicidades!


el espíritu nos enseña

Lémur, un paisa travesti y empleado del Ingeniero, que es jovencito y goloso como un caniche baila en un galpón del Bermejo, un lugarcito trans-gore lleno de bolsas con cebollas y esqueletos de cajones, maquillado de colores chillones y con cinta de embalar cruzando su cuerpo imberbe y cobrizo, atiza los apetitos soeces y violadores de los amigos del Tío, que le pasan de sus bocas el alcohol antes de cojerlo.

hoy  hay pateadura. en el piso como en bolsa le pegan. Lémur es un poco inocente, como mucho se la chupó a los más grandes en la escuela o al hijo del pastor. asique a los primeros golpes reaccionó con placer cómplice y curiosidad. después decirles que pararan no funcionó, y luego de un buen rato alcanzó a darse cuenta que la guita, si le toca zafar, va a servirle para poco.


pueblito al Sur

cuando llegó al pueblo Godoy encontró trabajo y un lugar donde parar en la panadería de la Sra. Cresta, limpiaba y ayudaba al panadero con la horneada, luego entró a repartir el pan, de esto hace mucho, antes de conocer a la Ilda, riojana de trenzas negras y ojos de gata que hizo fama de vidente entre las gentes de la zona, ayudando a la policía en el caso de la desaparición de una hija del Flaco Mendéz. dice José Antonio y tinca con la uña el vidrio marrón del porrón, sentado en una mesa del comedor de buscas y jubilados.

mientras Ana y Aldo meten los pollos al corral por la ventolera que se levantó del lado del Carril, miran a Godoy que viene de la casa de la vidente riojana, pensará en el finado Samper o en el peón de albañil que lo mató hace unos días cerca de la panadería Apolo en el Barrio Tortugas, y en el sepelio se dijo que el Samper había discutido con la dueña de la confitería, una vieja malgestada, apocada e insidiosa, antes de salir con las tortitas y el pan para subir a la camioneta, que el peón venía con él y que se saludaron bien. pero que al rato cuando partió el micro que lo lleva hasta Colonia Cardo, el peón siguió parado en la estación, pero que era como otro, y que le pegó mal con la cortafierro que el mismo Samper le prestaba.

Podcast #3: Amanda Varín

Estos textos nacen desde el buscar un lugar en la sociedad, desde inquietudes metafísicas, de la reflexión sobre las relaciones lésbicas, libres y desde el análisis político, feminista. Me planteo desde mi diferencia considerando la poesía una buena instancia para incomodar y para dialogar sobre otras realidades.

Amanda Varín

Amanda Varín (Temuco, Chile, 1986). Escritora lesbofeminista. Su seudónimo responde al reconocimiento y homenaje a la escritora Stella Díaz Varín. En el año 2015 publica Crisálidas, poesía e ilustraciones, Ediciones Miau, Concepción. En el año 2018 publica el libro de poemas, Transmutaciones, Ediciones Mujeres de Puño y Letra, Concepción. Sus textos pueden ser encontrados en diversas revistas literarias y antologías de circulación nacional e internacional. Participa en intervenciones poéticas feministas, colectivas, poesía y música, instalaciones poetico visuales como: Poesía peligrosa, Territorio Sitiado y Junio Veinticinco, junto a activistas, músicas y artistas.

Stella es de su primer libro Cisálidas (2015). Octubre 18, es de 2019, inédito. Todos los otros pertenecen a su segundo libro Transmutaciones (2018).

Sacar agua de pozos secos *

Por Sabrina Barrego

Uno

Mucha agua ha pasado debajo del puente desde el año 2016 cuando escribí la primera parte de esta crónica. La metáfora acuática llega sin necesidad de invocarla. Mendoza es hija del agua, es la frase del músico y defensor de ese bien común, Nolo Tejón. Y más allá del tema de la división política (también dijo lo mendocino tiene algo diáfano, algo de agua, de verde) de alguna manera extraña todxs expresamos el territorio donde habitamos.

…Y entonces el regador trazo los caminos del agua, alzo la compuerta y dijo:

¡Hágase el verde!

Su voz voló por el aire de fuego. Rozo la arena calcinada. Corrió entre las piedras

resecas y el verde se hizo.

¡Hágase la primavera!

Un cielo turquesa se bordo de flores blancas y jilgueros, y la primavera se hizo.

¡Háganse los olivares y viñedos!

Los olivos retorcieron sus ramas y los pámpanos treparon por el aire.

¡Cubra la corrihuela los campos de campanitas blancas!

¡Cante coros de pájaros, grillos y acequias!.

¡Hágase la vida!

…Y la vida se hizo.

Lo demás fué fácil. Agarrar una guitarra, pegar el oído a la tierra. Escuchar la

eterna charla del agua. Empacharse de luz. Tutearse con los demonios verdes de la chipica.

Atrapar el gesto de los regadores.

Robar un cogollo de malvón en una galería. Podar el parralito casero. Sentir el olor

a mosto de las bodegas. Masticar un zarcillo de vid.

Tomar unos mates con hojitas de menta.

Ver crecer una parra. Plantar un álamo. Regar a baldazos la tierra reseca. Maldecir

al viento zonda.

Salir a Cazar estrellas y volver con tonadas.

Columpiarse en las ramas de un sauce y zambullirse en el agua gredosa de los zanjones.

Insolarse persiguiendo lagartijas y víboras a la hora de la siesta. Trepar cerros clavándose

espinas y llegar a un manantial muerto de sede. Mirar el horizonte.

Enamorarse en una alameda.

Internarse en la magia de un atardecer de madreselvas y siluetas azules.

Escuchar atentamente el volido de la torcazas en los nogales.

Cargar un tacho de uva enterrándose hasta los tobillos en los terrones.

Esperar el agua a la luz de un farol. Crujir con las heladas…Tomarse un vaso de

vino con el compadre.

(Nolo y Magda:
Los Rumores Del Agua, Manuel Nolo Tejón, 1972)

Mark Strand habla del tiempo como un flujo que nadie es capaz de detener y muchos menos iniciar. El día que empecé a escribir la crónica original, estuvimos junto a Roberto Rinaldi, parte de su familia y amigxs de la Asamblea por el agua en la plaza central de General Alvear festejando el aniversario de la sanción de la Ley 7722. Así como el tiempo es circular en el cosmos, así de constantes son los embistes del Capital contra nuestros territorios -aunque el problema haya empezado acá hace 200 años- y hoy nos hallamos con el viejo y omnipresente fantasma del extractivismo en carne viva en todas las cosas, sobre todas las cosas, ensañándose contra lo humanx y contra lo no humanx aún más. En este momento, hay en los distintos departamentos de la provincia protestas permanentes contra la fracturación hidráulica o fracking y contra el mal manejo del agua del Departamento General de Irrigación. Todo esto en ebullición desde el ataque del gobernador Rodolfo Suarez a la ley que busca regular la actividad minera (7722), apañado por el sector privado, el radicalismo y el peronismo local, de quienes ya conocíamos sus políticas extractivas,  sumado a la desidia expresa del gobierno nacional que dejó bien en claro que el constructo que llamamos Interior (sea Mendoza, Chubut o Salta) ES TERRITORIO SACRIFICABLE, mismo que esta periferia sudamericana para Europa o Canadá de la Barrick Gold.

Dos

Mientras tanto, en esta danza para no morir, la vida sucede. Para eso luchamos; porque de una manera u otra perseveramos en el ser (frente a la necropolítiK del Estado, nuestra venganza es sobrevivir).

Me mudé con mi hijo de cinco años desde el sur de la provincia a Mendoza capital a fines del 2018. Prácticamente me escapé. Corrí como una liebre con su cría en temporada de caza.

Regresé recién un año después y escribí esto en mi diario:

Día primero

Allá en la finca el E me espera para mostrarme un papa con forma de corazón. La imagen del tubérculo en mi mano imita a la de la película de Agnés Varda que vi por primera vez en ese lugar, también rural, de esta provincia donde aprendí la diferencia entre cosechar y espigar.

El saldo de la metáfora: la representación realista de un grupo de cuerpos, por necesidad o por puro azar, buscando entre la basura los restos desechados del incendio, del tiempo como un refocilo, de la vida y la hierba sobre la tierra.

Día segundo

[…]

Fue necesario estar al sur de mi cabeza. General Alvear: zona de incendios. Es de noche. El sentido de la certeza se quema. Entramos en un laberinto que, como el del corazón, puede que no tenga un centro.

[…]

Cuando lo conocí, Él trazó para mí un mapa señalando el horizonte plano que me circundaba. Sin la cordillera. Un solo cerro. Acaso él haya tenido razón y las que vivimos una infancia en el campo portemos una mirada diferente del mundo: para observar, en otro tiempo, mirarlo todo, mirar mirando, yendo hasta el fondo.  

Tres

Volviendo a la poesía: hablamos de Nolo Tejón, hablamos de Roberto Rinaldi y yo me pregunto en la distancia, ¿cómo se configura una voz, digamos rural, digamos de pueblo, esa musiquita del pago, como diría Yupanqui? ¿Cómo sería la lira, digamos, del poeta, para cantarle a su tierra, a los elementos que la componen? (Pensemos lo siguiente: de la superficie total del planeta, el 96,5 % es agua salada y se distribuye entre los océanos, mientras que el restante 3,5 % es agua dulce que se encuentra a nivel superficial en forma de ríos y arroyos, a nivel subterráneo en forma de acuíferos naturales, y en forma de hielo en los polos y cimas de montañas, o sea que lo que conocemos por tierra acaso deberíamos llamarlo agua…)

¿Por qué son tan calladxs acá en los puestos?, le pregunté una vez a Don R en la Payunia… Porque las chivas no nos hablan, me contestó.

(Él está muerto ahora)Silencio. Contemplación. Memoria (¿?)

La guitarra antes de ser instrumento fue árbol y en él cantaban los pájaros. La madera sabía de música mucho antes de ser instrumento… (Yupanqui)

Hace poco vi Paterson, de Jim Jarmusch. La película narra la historia de un tal Paterson del pueblo homónimo Paterson (Nueva Jersey), cuna del poeta William Carlos Williams. El chico es un conductor de colectivo y su rutina es muy regular: recorrido laboral-novia-salida a pasear con el perro-bar; cerveza y amigxs de siempre. Las modificaciones son mínimas.

Paterson es un poeta, en el sentido profundo de la palabra (no esta categoría profesional/comercial de pronta adquisición en las redes sociales, Filosofía y Letras, una ronda de bares o un slam, etc.).Todo lo que le sucede bien podría ser un poema, un haiku: esa posibilidad de encontrar en lo simple, en lo efímero, un secreto sobre los objetos, las personas y el mundo. Un modo de ser poético entre las cosas sin necesidad de demasiado análisis, clasificación o explicación. La simpleza de eso es tramposa. Un no-lugar oriental que nos pone en horizontalidad con lo no-humano: una caja de fósforos, un vestido nuevo, un pastelito… sin esa relación instrumental, sin ese hambre feroz por los grandes temas con MAYÚSCULAS; por occidentalizarlo todo (ojo: el extractivismo ontológico sienta las bases para todo lo demás).

Cuando eres niño aprendes que hay tres dimensiones:

Alto, ancho y profundidad.

Como una caja de zapatos.

Luego, escuchas que existe una cuarta dimensión: El tiempo.

Hmm… Entonces, alguien dice

que puede haber un quinto, sexto, séptimo…

Me retiro del trabajo, bebo una cerveza en el bar.

Miro abajo al vaso, y me siento feliz.

(Otro más, Ron Padgett)

Acaso la poesía en el fondo sea eso: un diálogo constante -una pelea (¿?)- con el tiempo día tras día, hora tras hora, no sé (solo que algunxs no podemos hacer otra cosa, ¿o preferirías ser un pez?)

Volvemos a la metáfora acuática. Acaso porque todxs venimos del agua y hacia el agua es que volvamos. El poema que da nombre a este texto es del nigeriano Moyosore Orimoloye:

¿no es extraño?

que la tristeza sea la maldición del payaso

que los orgasmos rara vez sean la suerte de las putas,

que a veces

demos lo que no tenemos.[1]

Sacar agua de pozos secos: el pueblo árido, lento, monótono. Sin esa capacidad performartiva de las grandes ciudades (¡ah,las luces!) pero ecosistema propicio para esas raras avis -enanas blancas-: choferes que leen a Emily Dickinson. Aunque el pueblo también ahoga, mata (porque entre los ceibos estorba un quebracho). Entonces la apuesta es total. Es por la supervivencia.

Durante mi visita a Real del padre tuve la posibilidad de presentar, junto a la Gisela Villordo, una de las amigas de siempre, El rumor de lo quieto/ Amores, el poemario de Roberto Rinaldi, de quien dije muchas veces que era el único poeta que conocía. Aunque muy poco beneficiado por las condiciones materiales y de la época, él le dedicó su último libro a su compañera Norma, quien había fallecido recientemente. En esa ocasión escribí: Un artesano de ese material que es la palabra es capaz de realizar un acto de amor tan grande como el de transformar el dolor en otra cosa. A mí me parece que si amamos, sentimos dolor. Ese es el trato. Ese es el pacto. El duelo y el amor están por siempre entrelazados. En la mitad de camino acaso estén los recuerdos. Y las presencias invisibles que provienen de esa danza a la que llamamos memoria. Hermosos regalos que son todo lo válidos y reales que necesitamos que sean. Que son como guías que nos orientan en la oscuridad. ESTAS son, también, nuestras imaginaciones estupefactas después de la calamidad.

Roberto escribe porque está vivo. Cantándole al cuerpo eléctrico a la manera de Whitman, que no es más ni menos que un canto cósmico. Como otrxs, entre tantx zombie sueltx; cada quien desde su lugar en esta cadena trófica. Y yo vengo pensando mucho que el paisaje marca, alimenta o desnutre y no hay mucho que hacer al respecto, humanamente digo. En mi caso, como escribí en un poema (y no logro decirlo de otra manera):

me endurecí me he endurecido

en estos meses

he hecho de mi corazón

un tubérculo seco […]

Las masas de las ciudades de Benjamin

son un flujo espeso

un rio laberíntico

lleno de meandros

en movimiento aparentemente acelerado

vertiginoso y sin embargo

pesado atontado lerdo

un pantanoso riacho de llanura:

Aca la locomoción es más lenta

una vieja chilena en la parada del bondi

Es que no es este mi ritmo   arrebatada

salí y me perdí en la hora pico

deshacé todo lo que has andado

mi madre       su voz en off

que hago yo en esta ciudad

tarima de todo lo que sucede

un verso de la María

como camiseta

ahora que parece

que todo lo que traigo

de mi pueblo

tuviera un precio   y hay

hay gente dispuesta a pagarmeló

(quieren tu médula que respiró aire limpio)

les vendería pues

las horas encorvada desespinando pescado

las pesuñas de cabra

y el perfil trasnochado de un bandido rural

lo único que quedo en pie

de la que fue mi habitación

la ropa vieja que aun

no logro amontonar en el ropero

el álbum familiar vacío

Me dice el J que la ciudad no tiene memoria

es mentira

la memoria de esta ciudad está montada en finas capas abigarradas

de restos humanos y materia inorgánica.

*

Pienso ahora en la sucesión de hechos de la vida íntima que han acontecido en estos últimos años y que se unen entre sí y con otros. Como círculos concéntricos generados por una piedra al caer en un espejo de agua. Las leyes del pensamiento son las mismas que las del agua. El agua transmite el movimiento y la fuerza del cosmos a todo. Todas las cosas tienen diálogo con todas las cosas. Somos como seres humanxs responsables de lxs víctimas y lxs victimarixs en la historia de la tierra, de los volcanes, de la historia del genocidio. Es paradójico: eso nos hace infinitxs pero insignificantes.

Cuatro

Llueve mientras escribo. La referencia obvia es tentadora: moriremos de literalidad y Sylvia Plath lo sabía:

Hace calor, húmedo y mojado. Está lloviendo. Estoy tentado a escribir un poema. Pero recuerdo lo que decía en el papel de rechazo: Después de fuertes lluvias, los poemas con título de Lluvia llegan a raudales de todo el país.

Pero yo sé íntimamente que la lluvia es un regalo, la bendición del ngen del agua sobre la tierra. Dicen los pueblos del agua que el agua tiene memoria. Ella guarda secretos y es también un cementerio. Pienso en lo que me dijeron en confianza (y a pesar de la euforia) aquellxs con quienes compartí las últimas movilizaciones: a veces tengo miedo… a veces me angustio. No quiero que nos maten, me dijo mi hijo. Luchan por la vida aunque saben que ya están muertxs en el fondo, me dijo Leonor. Pienso que no podemos hacer otra cosa. Pienso en el pueblo donde me crie, amé, odié y parí un bebé; ese pueblo alzado entre miles de antorchas de fuego como una larga culebra anaranjada de hermosas escamas resplandecientes y, a pesar de mí, no puedo evitar llorar, como un caño que estalla con feroces chorros, una represa sin nada que la contenga.

Mendoza, 7 de febrero de 2020.


[1] https://www.zaidenwerg.com/sacar-agua-de-pozos-secos-moyosore-orimoloye/


*Segunda parte de la crónica sobre el poeta Roberto Rinaldi.

El pueblo en palabra *

Por Sabrina Barrego

Andaré por los cerros, selvas y llanos toda la vida
arrimándole coplas a tu esperanza, tierra querida.
Atahualpa Yupanqui

Uno

Quien haya leído a H. D. Thoreau sabe que hay momentos en que toda la ansiedad y el esfuerzo acumulados se sosiegan en el reposo de la naturaleza. Y que tal vez, para alcanzarlo, tuviéramos que prolongar el más breve de los paseos, con imperecedero espíritu de aventura […] Y estar listos para una caminata. [1]

20 Km hasta Real del Padre. El escaso sol de la mañana me acaricia la cara a través del vidrio de la ventanilla. Desde mi asiento puedo ver la cortina forestal: los álamos más viejos inclinados hacia el norte, la crueldad del otoño con los más jóvenes (amarillo y rojo, colores del fuego que parece abrasar su ramaje transparente); el vaivén de los sauces llorando largas lamentaciones; las últimas hojas de los membrillos y las damascas; la viña recién podada; los  nuditos de nylon que contienen sus pámpanos contra el alambrado…

Bajo del colectivo en los semáforos, según las indicaciones. Roberto me espera. Anduvimos un par de cuadras, pretexto perfecto para trazar una cartografía del lugar.

El pueblo: el tiempo como detenido en las calles de tierra desiertas por el feriado. Los baldíos cargados de cañaverales. Las acequias secas. Los perros. La plaza central, la iglesia, la escuela y la comisaría (aquí también la nación crece). La pequeña biblioteca popular, el club de futbol de los azules, el bar de caballeros… El flagelo de la piedra cada año, con la escasez de alfalfa, de pasto y de frutas. El hueco que dejó la partida del tren y de las fábricas y los habitantes sentenciados a una eterna nostalgia.

Roberto Rinaldi vive hace 45 años en la misma casa con su compañera Norma, su guitarra y sus paredes repletas de imágenes: un tapiz del Che Guevara, fotografías familiares y una muy vieja de Atahualpa Yupanqui. Antigüedades que le regala la gente del pueblo, aunque él prefiera la austeridad a la esclavitud de las cosas materiales. A lo que se suma un mueble repleto de sus cuadernos y libros que no conocen más que su orden personal.

Nada de lo que tengo es mío…

acaso si las acacias, el  sauce y las palomas;

los lirios, la  mañana

algunos pocos versos

y toda la tierra, tanta …del patio de mi casa.[2]

Sentados frente al hogar Roberto me ceba mates amargos y atiza el fuego. Hablamos de la revolución industrial y sus máquinas, del vacío en El extranjero de Camus, de una visita a la biblioteca de Ángel Bustelo y de sus lecturas de pensadores hindúes en los ´70. “Por ellos aprendí a liberarme de cosas que enferman”, me dice con una determinación en la mirada capaz de invertir los roles entre entrevistadora y entrevistado.

Roberto es un hombre sencillo. La vida en el pueblo lo ha ido marcando hasta hacerse parte de sus rasgos. Nacido en 1948, descendiente de inmigrantes italianos, me cuenta que su familia fue la fundadora del primer hotel y del primer cine de Real del Padre. Lo que me hace pensar en una generación de hombres y mujeres con una visión que trascendía el horizonte del trabajo rural.

“Un golpe para mí fue la caída de la agricultura y de las fábricas, que provocó la partida de muchos de los habitantes del pueblo (hablamos del año 76)”, me dice. Los demás se fueron pero él decidió quedarse, será que se conformaba con menos, con caminar por las calles, con tocar la guitarra, con conservar las viejas costumbres que caían junto con la economía. “Oprimidos por las circunstancias aprendíamos a ser pobres, pero libres… con la felicidad de vivir con la vida a los tirones”, escribió Roberto. Pero la realidad es que el pueblo se achica y con él las posibilidades, “volviéndose gris y chato por la falta de oportunidades.” Y el dolor ante el éxodo de los jóvenes. ”Mis hijos se han ido sin irse, mucha gente se va sin irse”, dice. Así se fueron apagando los sonidos de una época luminosa. Tal vez en la nostalgia por esa vida de espiritualidad compartida aún exista la fe para enfrentar un mañana en soledad. Tal vez el poeta lucha contra el olvido con el coraje de ser y del decir desde este pago del álamo y del granizo.

Este hombre de 68 años escribe desde los 15. Trabajó en la finca, actividad que lo conectó con la agricultura, y como gasista y en todo tipo de asuntos de  albañilería dejando la literatura para los momentos libres. Escribió siempre “con grandes lagunas” pero sin renunciar a la escritura porque el poeta es eso: “un trabajador igual que los demás, pero con otra visión, para escribirle a las demás generaciones. Y con oído, porque el silencio no existe.”

Aún así logró editar seis libros y participar de dos antologías nacionales. Esto sucedió gracias al “fruto de su trabajo y el de la familia” y a la colaboración de la Biblioteca Popular de Real del Padre (la mayoría de los ejemplares terminaron siendo regalados por el propio autor).

Autodidacta, Rinaldi ha sido lector de autores latinoamericanos como Juan Rulfo, Antonio Di Benedetto, Horacio Quiroga, Eustasio Rivera, Juanele Ortiz, Héctor Tizón y Atahualpa Yupanqui, además de las distopías clásicas por tratarse según él de “historias de pueblos infelices”. “Yo no llego al conocimiento de quien estudio mucho. Observo al hombre que me rodea y de ahí saco la materia prima para hacer algunos versos”.

La escasez y la vanidad de los círculos literarios lo han mantenido en soledad. “Asistí a clases de literatura, con un profesor que obligaba a tachar y comenzar de nuevo hasta el hartazgo. Enredado en un laberinto de verbos, tiempos, silencios, entraba en un estado de desconcierto del que me costaba salir”, escribió.[3] De literatura habla con sus hijos, todos profesores de lengua y literatura, y con su compañera que es maestra jubilada y le corrige las faltas ortográficas. “Yo debo tener un montón de vicios por estar siempre solo… Me han dicho que tengo versos muy quebrados.”

Siempre con el mate de por medio me explica su método de escritura y corrección: “Yo me paro delante de un árbol, de un pájaro,-mis preferidos son los carpinteros, aunque se coman las casas-y escribo lo que me traspasa.” Después viene la corrección, podar los versos vacíos, aquellos que no se entiendan. Que justamente es lo que él les recomienda a los poetas más jóvenes: evitar las repeticiones, concentrar, corregir, tachar, borrar lo que no sirva. Y paciencia. “Cuando amas la literatura, el camino es largo.”

Dos

Roberto escribe con mansedumbre contra la crueldad del mundo (“me acompaña el paisaje, lo rural del paisaje, la sagrada tierra, los potreros, el agua. Me conmueven hasta refugiarme en ellos porque el hombre me asusta”).[4] Me cuenta de las siestas debajo del sauce para “almacenar” los sonidos del patio porque “de a ratos aparece el duende… entonces las palabras se conmueven, se alistan y nace una historia”. [5] Es por eso que lo rural se convierte en la imagen central de su obra: los pájaros, el azul del cielo y del horizonte, el desierto, las tormentas.

Siesta de diciembre[6]

Este volcán en llamas,
de la tarde,
de la noche,
casi eterno,
escupe toda clase de materia,
y ahoga toda especie de murmullos.
¡Que ni las moscas se reúnen!

Cuando por el infierno del calor
se va el oxigeno
es una cárcel de fuego
el aire de las casas,
una herida vagabunda,
el polvo de las calles.

Con una plenitud desértica en el cielo, el sol
desmonta nuestra piel,
hasta caerse de sudor el cuerpo.

Los poemas de Rinaldi buscan representar a su pueblo con las herramientas que tiene a su alcance. Existe en él una voluntad de rescatar lo mitológico de los lugares chicos y sus personajes, como lo hizo en su libro Vecchio (1992), donde se denuncia la situación de los trabajadores, la falta de trabajo y la desaparición de los pueblos.

Tres

Norma se levanta y se acerca a la mesa. Roberto le prepara un té. Ella escribe un cuento para su nieta y me muestra sus tejidos para el que vendrá. Hablamos del amor, “una larga búsqueda”, dice el poeta y de ese otro refugio que es la niñez y que tanto lo desvela. “Estamos viendo morir el tiempo de todos los juguetes” escribió, y los gobiernos están ciegos ante la muerte de la infancia, que es la humanidad.

Hicieron un puré con nuestras almas,
y nosotros:
“Seguíamos yendo al supermercado”.
Nos permitieron ver novelas de amores tardíos
y adolescentes pálidos; ¡y eso sólo bastaba
para reírnos tanto!
Nos cerraron un ojo primero
porque veíamos demasiado lejos,
allí crecía la rosa, la infancia de insurgencias
la pelota de trapo… [7]

Defraudado de la política partidaria, Rinaldi se une a la lucha contra la minería contaminante (“el río es el alma de nuestra tierra, las empresas y los gobiernos están lejos del sufrimiento del pueblo. El hombre cuando tiene poder, es un depredador”). De allí nace una de sus últimas canciones, Río herido. (Hasta ese momento ignoraba que, después del encuentro terminaríamos todos en la plaza festejando el aniversario de la sanción de la Ley 7722.)

Influenciado por Yupanqui debido a su sencillez al decir, lo primero que hizo Roberto fue garabatear letras de canciones, “aunque ya no salga a cantar como antes”. La verdad es que en casa de los Rinaldi todos cantan y tocan la guitarra y se arman -fui testigo-verdaderas peñas de amigos y artistas que se acercan al hogar.”Hemos tenido una suerte muy grande de vivir con alegría y buenos recuerdos”, agrega Norma.

Cuatro

El futuro. Existe mucho material para corregir y editar, siempre en la misma línea pero sumando la presencia de la fantasía del pago chico vinculándose con lo mitológico. Casi sin darnos cuenta pasamos la mañana y hay que prepararse para ir a la plaza. Mientras se realizan las tareas  del almuerzo me quedo copiando algunos versos en un cuaderno: “El pueblo para mí solo… lo amo porque compone las trisaduras de la fe.” [8]

Roberto Rinaldi fabrica sus poemas con las alas de los pájaros del jardín, con la totora que crece en las ciénagas, con el olor de la fruta recién cosechada. Escribe con sencillez y terquedad para elegir de entre todos los versos posibles, los más bellos para su pueblo.

19 de octubre

Con este… amanecer
tengo la paz…el cielo
Un pájaro celeste sube por el aire
sigo su vuelo
me lleva lejos…
Con esta tarde,
tengo las moras, los ciruelos,
y el sol, bañando el lomo de los potreros.
Con este atardecer vuelve la luz
hacia el espacio manso y libre de mi pueblo.

General Alvear, Mendoza. 23/06/2016


[1]  Thoreau, H. D. Caminar,

[2] Rinaldi, Roberto, Lazo de amor.2009

[3] Opus cit.

[4] Ídem.

[5] Ídem.

[6] Rinaldi, Roberto. El rumor de lo quieto. 2000.

[7] ídem.

[8] Rindaldi, Roberto. Lazo de amor.2009.

*La siguiente crónica apareció publicada por primera vez en mayo del 2016 en la hoy extinta Revista Panero.

Caballos blancos de humo[1]

Por Pablo Grasso

Como un recuerdo que fuera –entonces- mera pompa y circunstancia. Como un recordar circunstancial, por otra parte nada pomposo de aquellas horas perdidas con la que ahora no dudaré en llamar la Dotación Efímera (el pecador o alto fantoche de siempre tropieza con esa singularísima piedra: la doctrina vertical de lo acontecido mientras enhebra las distintas modulaciones de su pasado). Aquella Dotación Efímera, decía, que, atravesada de amhor y horror químicos, desapareció sin dejar rastros por horas días semanas meses años para ya no, nunca más.

Nunca más.

No

VOLVER.

(Me dicen que no es por el lado de la rememoración que debo comenzar este hibridaje genérico. Que en el corazón delator y veleidoso, por añadidura buchón y por eso mismo amargo del Lector -mi hermano, mi asesino-, me perderé hasta quedar hundido, palito huacho sin redención posible, en el agua negra del ayer, ay, tan sin fin.)

Entonces…

La Sesión

Recuerdo sí… estar acostado bocabajo sobre un colchón con olor a espermicida mientras las luces de la habitación se derramaban en rápidas y vehementes franjas verticales… Rojas, azules y amarillas, las luces: un espectro más bien hermético –¡Il Diávolo!- acuchillando gradualmente los puntos cardinales.

(Recuerdo) una lámpara de escritorio pequeña girando frenética como una bola de espejos inmensa al ritmo abracadabrante de Egberto Gismonti (todo este recordar, me digo, es casi casi imposible [me repito]: todo se clausura en una imposibilidad o vía muerta que termina deformando la experiencia en sí: su elemental muesca evanescente). Falsa alarma: los Patrulleros del Terror de la Cuarta Sección (nebulosa, nebulosa) titilaban vehementes dentro de la pantalla del televisor –un adentro adentrado, como si se tratara del interior polarizado de una hipodérmica-.

/Corte/

Sonidos y colores, texturas y patrones insólitos yuxtaponiéndose como realidades tangibles a los cuerpos de los otros psiconautas (llamémosles X y Z de aquí en adelante) que, al igual que un servidor, estaban dando sus primeros pasos –atolondradamente ensoñados– por esos fríos andurriales de la quetamina (en ese momento me vinieron a la memoria, no, miento: ahora brotan aggiornados en tropel –of course- los chutódromos edimburgueses de Irvine Welsh o los aguantaderos inmunodeficientes de José Sbarra y me quedé, me quedo -me quedaré- pensando en la naturaleza moral de mis actos pero no mucho: a veces se puede vivir –eh- sin pensar).

Pero sigamos la estela pespunteada del Texto que, en su desvelo (que es su penar y perdición), aúlla, aúlla:

¡ump…!

¡cat valium…!

¡honey oil…!

¡jet…!

¡K…!

¡la K Especial…!

¡la Keta…!

¡kit kat…!

¡special la coke…!

¡super ácido…!

¡super C…!

¡vitamina K…!

Recuerdo el balde verde (¿o era azul?) que tenía adelante por si se me ocurría vomitar (una sombra del tipo sabiduría práctica operativa ante las catástrofes innominadas y por eso mismo vigílica en su actitud se ocuparía de auxiliarnos en el caso extremo de dar una vuelta de campana y bron-co-as-pi-rar; sobran ejemplos en el ejército de cadáveres perfumados).

Recuerdo el nenúfar rosado que flotaba justo en el centro del hoyo-K (no hay ironía alguna en esto). Lo estoy viendo como si ocurriera ahora mismo: Mi rostro descompuesto en una serie de círculos concéntricosdentados al ritmo de una pura conmoción sinestésica. ¡Era el Alfa y la Omega del Supremo Agujero!… ¡Mi gran Noche Obscura cercada por gusanos alfabetizados!… ¡Señor!… ¡La de vomitonas jupiterinas que escuché! ¡Dodecafónicas! […] Labios, nariz, cejas, pómulos, ojos y orejas, en fin, toda la mampostería facial se licuaba en un proceso de intensidad creciente; estaba arrojado –o eso creía- al voraz engranaje transformador de la materia. Era un trozo de carne anestesiada que, aguas ¿aéreas? abajo, devendría sangre, sudor y semen: un charco rebosante de información genética. Un asco (redundante).

Recuerdo cómo X (en esa versión de sí aún se autopercibía como chicachico, o sea, antes, minutos previos de declararse urbi et orbi y a rajatabla cactusmalvón) no dejaba de ponderar las virtudes salutíferas del agua que brotaba del desierto más sin especificar si este último se trataba de un desierto real o de uno metafísico tramado en la paz y el retiro (luego de ciertas derivas que involucraron el uso recreativo sapiencial de la mescalina [Echinopsis terscheckii], la pscilocibina [Psylocybe Cubensis], el DXM [dextrometorfano] y el cébil [Anadenanthera colubrina], entre otros poderosos psicoactivos, comprendí  –si la palabra es adecuada en este contexto- que no importaba mucho la diferencia y que acaso se trataba de un mismo e inabarcable desierto del tamaño –esto último es relativo- de la habitación). [2]

Así decía X: “agua poderosssssssa”, seguido de “desssssssierto”, y al darle un énfasis sibilante a sus palabras, el ambiguo ser progre que había conocido en la Facultad de Filosofía y Letras se transformaba en el acto en un roedor atemorizado ante el reflejo amplificado de la aguja en mis pupilas… ¡Qué bello error!

Mi yo drogado entendía lo que quería decirme aunque para eso tuviera que realizar una verdadera proeza hermenéutica (el discurso que acompaña a ciertas drogas, querido lector, suele ser totalmente inarticulado, semejante a una neo-lengua al uso para primates y siempre hay alguien que asume los fueros enigmáticos de la Esfinge).

Y la estela del Texto pespunteado que aullaba, aullaba…

/Corte/

Unas pocas horas después quise dar testimonio de ese salir de mí y no pude (todos se habían ido, me refiero a X, Z y a la sombra vigílica, dejando en la habitación un desastre digno de lástima: vidrios rotos, velas, algodones,  agujas, instrumentos musicales, tucas, botellas, libros, cidís, preservativos, comida, etc.). Me temblaban las manos y mis pensamientos, si es que los tuve y llegaron a buen puerto, parecían inmensos bloques de yeso desprendiéndose de un oscuro cielorraso. (¡Mi reino anestesiado por un solo enunciado cabal!) Lo único que pude rescatar de todo esto fue una tentativa de prosa estrangulada de cuyo título, ahora, no quiero acordarme.[3]

(P)astillas

Alcanzar un lenguaje de alucinación, hecho de capas, de experiencias de lectura, que no tienen que ver con la erudición sino con un itinerario oscuro de escritores y de vidas quizás desesperadas y atractivas, sin importar el canon ni la respetabilidad pero sí el universo y su energía doméstica.

Sergio Taglia[4]

Sucede: siempre hay algo en otro lado que uno quisiera alcanzar, llámese deseo, sabiduría o, por rizar el rizo elegantemente, Revelación (escribí revolución pero ignoro por qué motivos se borró). Es que, rimbaudianamente hablando, la verdad o sus sustitutos -sus ersetzt pauperizados en palabras del purista que nunca falta-, la vida o su complejo sistema de flujos, el envés o el revés de lo que consideramos real, está en Otra Parte. Por eso la literatura (al menos aquella que me interesa) parece estar atravesada de punta a punta por una melancolía sin fondo desde el momento mismo en que plantea un imposible: insuflarle a las palabras toda la belleza pero también todo el pánico & la locura & la sensualidad caleidoscópica que subyace a esos rarificados estados de la conciencia.

Lo que queda siempre es un resto, un detritus vivencial que se adhiere a la piel como el cansancio después de una prolongada huida. Como Henri Michaux supo muy bien explicar: “todo psiconauta sabe que en la experiencia psicodélica no es todo miel, per aspera ad  astra, el mal viaje es parte esencial de la experiencia, fundamental para la catarsis: el psiconauta como el poeta también viaja al inframundo.” 

Y es probable que sólo la poesía o la música sean capaces de captar ese salir de sí que, en palabras de Néstor Perlongher, “pulveriza el ego logoegocéntrico llevándonos por los más intrincados senderos del follaje lingual”.[…] Esa suerte de supernova flamígera en constante expansión hacia las zonas desconocidas de la mente humana y sin la cual la vida, como el infierno ilimitado de Marlowe, sería una pesadilla concentracionaria.

Un matadero hiperconectado.

Tomando como base el concepto de esquizofrenia experimental que Michaux utilizó para explicar ciertas “desintegraciones del ser” ocurridas durante sus trances lisérgicos en México y Ecuador, comencé a rastrear las obras de autores mendocinos que, a veces de manera explícita y otras tangencial o francamente timorata, abordaron la temática, configurando así una tradición (?) lumpen –con conducta, como diría Néstor Sánchez- de alto potencial visionario. Roberto Abelardo Vázquez, Leonardo Feldman Gracia, Claudio Rosales, Gastón Ortiz Bandes, Pablo Arabena, Dario Zangrandi, Sol Muñoz, María García, entre otrxs, fueron sumando sus distintos cromatismos a la variopinta secuencia (ver al final del texto). Por detrás y por debajo llevaba conmigo la ristra alucinada de Artaud, De Quincey y Miguel Ángel Bustos a modo de copilotos sobremedicados.

Sí. Aún hoy sigue siendo un tema tabú para autores, lectores y críticos locales hablar de una conjunción productiva entre drogas y poesía, psicodelia y literatura a secas. La mayoría desmerece de plano el planteamiento o huye despavorido como si el rabo del mismísimo Señor de las Tinieblas se insinuara bajo la sotana. Me consta que la amenaza de terminar vistiendo el sambenito escrachante del apologeta, del decadente, del náufrago noventoso y, lo que es peor, del transa es real. Poco importa si algunas de estas búsquedas y extravíos poéticos se cuentan entre lo más auténtico y arriesgado, por el espesor político y la tensión de cara al lenguaje que plantean, de la poesía mendocina contemporánea.

Como siempre lo más fácil será llamar al patrullero. 

Archipiélago Sur,

2017/2020


XIV

Flores amarillas bajan entre la luz del sol y la sombra de los árboles

A las 15:30 del sábado la alameda es el lugar perfecto para un drogadicto

O para alguien que desea sin ambición y goce de su propia imposibilidad

Es un lugar hermoso porque bajan flores amarillas del cielo

Bajan como si perder fuera delicioso y nos sentimos acompañados

Porque algo se escapa de lo enorme y robusto de los árboles

Y bajan como recuerdos o fotos de algo que hemos amado

En un viaje interior de maravilla dentro del misterio.

(Arabena, Pablo. Intoxicaciones, Babeuf, Mendoza, 2015)

*

1.2. Rebis/Libre

willka sube cabeza dientes de puma

mi carne será rica y fresca; mis huesos harán brillo siempre

soy un pequeño tambor, quien me toca

practica el sonido eleva el vacío

y la ausencia en una entidad

impalpable.

en mi mente retumba la willka

enternece mi corazón el achuma

inspecciona el mortero la araña

no tengo deudas,

escucho y reparto el mazo

fuera de uno: todo absolutamente

(García, María. Apertura de Primer Cuarto: la naturaleza de las cosas, Anti ediciones, Mendoza, 2014.)

*

Visión felínica

Luna llena, espejo del cazador:

refleja los sentidos en la imagen presa.

En el rio, vemos al puma sediento

salpicarse de imágenes

y vestirse de rugidos.

Los sentidos se deshacen

en sensación felínica.

Felino al acecho ¡ah! ¡chuma!

de todo lo que pasa fuera y dentro

¡ah! ¡chuma! baño vaporoso

de inextricables manchas.

Los cerros son el perfil

de la palabra ¡achuma!

arco estirado, contorno

del lomo del puma.

(Feldman Gracia, Leonardo. Achuma y otros poemas. Edición de autor, Perú, 2006.)

*

dirty joker

soliviante mañana de porcelana

filmada en vórtices

balanceo de bólidos

en la helada hilera

el cadáver estorboso

danza danzando ahí

tras volutas la mueca

del joven peruano arrebatador

desplazamiento de autos

titilar descangallador del sol

envuelto en nubes

danza ahí

danza espíritu santo

con ese bizque melancólico

deshojando ventiladores

hologramas pifian en el agite

filmación de un vago enroscado

un receptor de la pérdida

los procesos de su mente registrados

con esa doble sombra

de joya mareada envuelta en lo resbaloso

campos de ajo

riestras secas deshojándose y cayendo

hologramas de perfumes

tras disparatada carrera

espantapájaros en secos cañaverales

desgarrado y remendado

envuelto en cazcarria

con esta doble mañana

metiendo chispas

film en 16 milímetros. doble imagen del lobo lobando

reflectoras gotas encandilando

golondrinas muertas.

(Rosales, Claudio. Pelotas Coloradas, edición de autor, Mendoza, 2002.)

*

HAS probado el fruto prohibido.

Y un rock relampagueante está despertando a la serpiente

encadenada a tu columna vertebral.

Has probado el fruto prohibido en la Tierra.

Y la espiral iridiscente estremece tu cuerpo en anillos

que se desprenden y giran y giran y…

Todas tus vidas están reunidas alrededor del fuego

sagrado.

Ese círculo gira y se eleva en una calesita de dorados

dragones drogados.

La serpiente ardiente se está desenroscando en una

helicoide de colores.

Es una llave ondulando en el secreto del Paraíso.

Ahora comprendes porque está prohibido: ninguna razón

puede gobernar lo que no tiene límites.

La llave está cascabeleando en el monasterio de la

adormidera de oro.

Donde la música se dilata en salones de espacios

fosforescentes.

Todos los mundos te esperan en este.

La puerta hacia el infinito se abre y tu cuerpo se

derrama en la brisa de oro.

La serpiente ígnea se desenreda del árbol de cristal.

(Vázquez, Roberto Abelardo. El extraño y su éxtasis. Ed. Carmina, Mendoza, 1984.)

*

[1] Con ilustraciones de Camila Randis, la primera versión de este texto apareció en el N°2 de El viajero indeciso (Ediciones Culturales de Mendoza, 2017). El feteado que hoy publicamos constituye de alguna manera la explicitación (vale decir: la puesta en palabras y en forma) del alejamiento de cierto imaginario que, por recurrente y melancólico, ha determinado, para bien o para mal, mi escritura. Sabido es que todo “tomarse un tiempo” lleva en sí la amenaza latente de una separación irremediable. Hay quienes ven en esto último el germen de una libertad agazapada.

[2] Lo que puede el Cuerpo, sí, y la Metáfora.

[3] Umbral (una memoria). Mendoza: Carbónico ediciones, 2010. Versión on line: https://es.calameo.com/books/0022186230eb699bbb15e

[4] https://revistapanero.wordpress.com/2016/05/23/alucinacion-1/amp/

Podcast #2: Débora Benacot

En esta segunda edición de podcast de La intemperie, nos acompaña Débora Benacot (Mendoza, 1976).* La autora de los textos actualmente reside en California, Estados Unidos, y desde allí nos envía esta serie de poemas. Los tres primeros no tienen título y pertenecen a la esperatriz(elandamio ediciones, 2018). Las salas velatorias y los albergues transitorios se parecen y Memento son parte de En las fotos todavía corre el viento(Fundíbulo Ediciones, 2017). Finalmente, Consuelo de tontos aparece en Ácaros al sol(Fundíbulo Ediciones, 2011).

En su poesía, los versos cortos despojados de metáfora parecen acercarnos con el zoom a lo trivial del habla, al sermo plebeius de la cotidianidad, instalándolo tranquilamente en el poema. Lenguaje tensado por una influencia clásica -de índole académica, si se quiere- en diálogo constante con una biblioteca de autores en su gran mayoría anglosajones, con la familiaridad de quienes comparten una lengua en común al tiempo que se mecen con la música de Jacques Brel y César Banana Pueyrredón.

Toda mujer está rota hasta que entiende que solamente ella puede arreglarse. Escribe Benacot en un poema sobre Sylvia Plath. A través de su experiencia de escritura la poeta nos ofrece muy a su manera (con ironía, con humor) una tregua de palabras, embrague de los mundos, cierta especie de alimento. Son inocuas las clasificaciones literarias si, pasando los poemas sobre la vida de una autora traspasan a la nuestra, a nuestros propios vínculos. Se  cierra, entonces,  el círculo de la comunicación de una manera,  muy mágica, como afirma la poeta.  Esta poesía es útil, te encuentra porque no es más ni menos que una persona tratando de llegar a otra.

Es una decisión estética el ocupar un rol activo de narradora de la propia historia. Una forma de ejercer la consigna de que lo personal es político (no basta con simplemente enunciarlas  para saber lo que significan estas palabras, si todo estuviese dicho en la superficie de cada una no habría nada que leer en la compleja relación que hay entre ellas) en el seno de la propia crianza, de los propios duelos, en los viejos retratos familiares. Como también en el deseo de desnudar la profunda intimidad del sexo, echando mano al bracero personal de las experiencias vividas y de los propios sentimientos. Tomar una bocanada de aire y meter la cabeza en el pozo de la rutina diaria en búsqueda de alguna pista. Lo autobiográfico puesto a los fines de la construcción del relato, como dice María Moreno. Que  poco tiene que ver con lo anecdótico de un vacío avatar de facebook que, a fin de cuentas, a nadie le importa. Ni con las fantochadas histriónicas, tan rentables y  tan de moda, para justificar la carencia de texto.

Y allí está quizás el rasgo más emancipatorio de esta forma textual: la dialéctica de aquella mujer (niña)sola, al borde de un abismo, con el pelo revuelto disfónica de tanto llorar  y la señora del futuro que llega atontada por el jet lag de un viaje, con muy pocas certezas pero consciente de su propia contradicción.

Acaso la escritura sea ese acto de perforar (performatear, dijo León Rozitchner) la lengua materna (y paterna).

Leé más sobre Débora Benacot, en La escritura como un pircing, crónica de Sabrina Barrego con entrevista de Emilce Herrera Cozzoli: https://laintemperierevista.wordpress.com/2019/01/08/la-escritura-como-un-pircing/

* Ha publicado los libros Ácaros al sol (Fundíbulo Ediciones, 2011), Pirsin (Premio Literario Vendimia, Ediciones Culturales de Mendoza, 2012), Texturas (X Certamen Literario Provincial Eduardo Gregorio 2016), En las fotos todavía corre el viento (Fundíbulo Ediciones, 2017) , La esperatriz (elandamio ediciones, 2018) [poesía] y Escrito en un grano de arroz (2014) [microficciones]. Como integrante de la Cofradía del Cuento Corto (Triple C) ha participado en publicaciones colectivas: Con la literatura no se juega (2013) y Beber para contarla; cosecha tardía (Macedonia Ediciones, 2017). Sus textos han aparecido en revistas nacionales (Serendipia, Poslodocosmo, Maten al mensajero) e internacionales (El Alambique, Duende, Sonora Review) además de diversas antologías. Fue traducida al francés en el marco de Lectures d’ ailleurs y al inglés, por la poeta Margaret Young.