Para el que mira sin ver/La tierra es tierra nomás

Por Sabrina Barrego

El 11 de marzo de 2017 presenté la antología de una colectiva de poetas mujeres en una librería de la ciudad de Mendoza. El desierto está lleno de mujeres, rezaba por entonces su consigna.

Cuentan al sur, es la voz del desierto, escribí.

Me equivoqué.  

Así que, nobleza obliga, aquí va la debida enmienda por escrito en un acto de coraje intelectual; es decir, la decisión de criticar el error cualquiera que sea su fuente y, fundamentalmente, cuando la falta es propia. O, como dijo Max Weber, no cumplir con el sencillo deber de honestidad intelectual nos impide hacernos responsables de nuestras acciones y relativizarlas; significa renunciar a la claridad.

Algo me han dicho en estos últimos días a propósito del ejercicio de la crítica en esta provincia, y como considero que la crítica por medio de otrxs es una necesidad casi tan buena como la autocrítica, me dediqué minuciosamente a encontrar mis propios errores y a grabarlos en la memoria: analizarlos por todos lados hasta llegar a su causa. A riesgo de que no me convenga demasiado el público repudio a mi propio texto, ensayo una “episteme propia” capaz de incluir términos no lineales, opuestos, zonas de conflicto y encuentro, nuevos puntos de partida (Silvia Rivera Cusicanqui), no desde una mirada científica positivista sino desde una que eche luz a la discusión.

I

La configuración del espacio

LADO A

Juan Sasturain en su texto La invención del desierto, plantea que para el sentido común argentino incorporado, el desierto entra en la historia cuando la civilización –dueña de la pelota y de la palabra– lo alcanza, lo modifica y lo puebla. ¿Lo puebla? ¿Es que no tenía agua y estaba despoblado?  La definición ortodoxa de desierto es a la vez geográfica –zona llana sin agua– y cultural: zona despoblada, sin civilización asentada.

Una verdadera tabula rasa.

Claro que la ecuación no es irreversible: desde la cultura en tanto tecnología se puede ir al desierto y darle agua, transformarlo en zona fértil. Pero también hay otra, más perversa: desde la cultura se puede ir contra la naturaleza y transformar una tierra fértil en desierto. La pregunta sería: ¿el desierto es o se hace?

Aparece luego el desierto como un artefacto discursivo que provee las imágenes en torno a las cuales se hace, se deshace y se rehace el sentido de lo vacío. Un bien territorial y textual que el Estado y la literatura argentina no han dejado de repartirse.

 No sean bárbarxs, alambren, diría un Sarmiento inclusivo.

Si es cuestión de nominaciones, la conquista del desierto es paradójica desde el vamos –si no había nada, ¿qué se conquistó?–. En realidad sólo fue la ocupación, a sangre y fuego, durante el último tercio del siglo XIX de vastos territorios indios para incorporarlos –como tierras de pastoreo, primero, y de cultivo, después– al circuito económico agroexportador sustentado en el previo reparto latifundista. El Facundo en estado puro: el desierto como un territorio disgregado pero no solitario; una soledad poblada de tribus vagabundas y bandas de jinetes nómadas lanzadas a la carrera por un espacio sometido al terror del caudillo. Multiplicidades salvajes sin orden ni medida, un verdadero territorio enemigo donde el Estado debía intervenir. La operación fue, entonces, nombrar como vacío lo que no lo estaba. El desierto, que no lo era, fue bautizado de prepo y se obró en consecuencia.

Montajes de observación y de visibilizacion, estrategias afectivas y de identificación, y de acumulación de saber y poder conforman una máquina que arrasa directamente sobre lo real, como si la geografía fuera una sola con lo imaginario, imponiéndose, fundando lo que nombra.

Mendoza es un falso desierto. En la Cordillera los límites dibujan los codos bordeando las primitivas estancias sin atravesarlas. Hacia el secano se constituyen por el perímetro de las mismas. Y lo mismo pasa con los caminos y rutas. O sea que la división política es directamente proporcional a la repartija de las tierras.

Escribe Alberto Rodríguez (h) en República canalla que un grupo de conquistadores hambreados y en abstinencia obligada de alimentos, bebida y “amores” dan finalmente con lo que suponían la tierra prometida. Chasco que se dieron al encontrarse, en lo que sería la provincia de Cuyo, apenas con unas chozas y una naturaleza hostil e inentendible: el viento Zonda como “el aliento del demonio” (“Ni un árbol ni un animal ni un alma”, “La tierra más pobre de toda la conquista, Tierra maldita de Dios”). Si David Viñas asegura que lo fundante de la literatura argentina es la violación, remitiéndose a El matadero de Esteban Echeverría, en este relato mítico del “primer encuentro”, el autor mendocino plantea que el origen de nuestro terrunio, con todo y su literatura, no es ni más ni menos que una cacería infernal, versión del pecado original pero multiplicado. Mujeres asustadas y escondidas entre los matorrales que de pronto son asaltadas por la gula del conquistador. De tal nefasto apareamiento son lxs descendientes, de la misma clase que lxs originales, quienes continuarán la conquista pero por otros medios olvidando el ultraje irredimible a sus madres y transformándose en lxs nuevxs mandamases.

Entonces, en la coyuntura actual de la escritura hecha por mujeres (y disidencias) en Mendoza y aprovechando el aterrizaje de Silvia Rivera Cusicanqui en este territorio, la cosa, para mí, si vamos a hablar en términos de genealogías feministas, está (como ella lo plantea) en comenzar por la biografía para contar la propia historia y hacernos cargo de toda la sangre que nos habita. Y empezar a reconocer esos momentos de herida colonial infringida o recibida (eso vale también para lxs chicxs de élite, parafraseándola).

La idea de una imagen que viene del pasado e irrumpe y se vuelve profundamente reveladora en el presente: la civilización que realizó la campaña del desierto despobló para poblar a su manera. La civilización que se asentó en esos conceptos y en esas tierras pisó, usó y manipuló el supuesto desierto. A la cuestión sustantiva le sigue la verbal, la verbalización del desierto: quien nomina domina (Bordieu), y pienso ahora en lxs ejercicios del poder que le dan nombre al desierto como objeto para la ciencia, el arte y el capital.

El chanchullo

Desde los ‘80 y los ‘90 el mercado y la academia funcionan como marca cultural en la Argentina. En momento de crisis de ambos: el Estado, también.  No importa si el mercado editorial mendocino es mínimo, no importa si la academia vernácula no es más que una ilusión, la cosa es que la mayor parte de la literatura y la crítica que circula de manera visible en los últimos años fue la escrita desde esos dos lugares. Digo circula, NO que fue escrita. Entonces más allá de la especificidad de cada uno de estos ámbitos para captar en su radar todo lo que sucede por fuera y devolverlo deglutido, en ambos se produce a favor de sus convenciones, sosteniendo un mismo tipo de literatura que, usando el concepto de Damián Tabarovsky, bien podemos llamar literatura de derecha.

Por suerte la literatura que a mí me interesa, sospecha de toda convención, incluyendo la propia.

Con respecto a la antología a la que me referí en un comienzo, escribí:

Mujeres que escriben y que no se limitan a ser meras amigas, amantes, esposas o musas; mujeres que están en el mismo momento y en los mismos círculos de amigos, pero que no tienen la misma visibilidad que los hombres y que lo tienen mucho más difícil a la hora de ser publicadas o de participar públicamente en los recitales.

En este párrafo creo que se condensa la confusión -diría sintomática- del enfoque de mi texto de ocasión. Voy a ampliar los puntos que me parecen más relevantes de esclarecer:

El contexto

En una entrevista el grupo de mujeres comenta que, siendo todas egresadas de la academia también tienen una (1) pierna fuera de ahí y que, si bien no son feministas ni activistas por los derechos de las mujeres, son conscientes de la opresión de género que nos atraviesa a todxs. Tengamos en cuenta que esta nota es del 2017 y mucha agua ha pasado bajo el puente. Pero este primer acercamiento permite darnos una idea cartográfica de la diversidad con respecto a los espacios y círculos de escritorxs en Mendoza. Y por otro lado, ahora que hablamos de feminismos y no de feminismo, y entendemos las diferentes intersecciones que tienen que ver con lxs sujetos como pueden ser el origen y la clase, el acceso a la educación, también para plantearnos los propios privilegios y las jerarquías que se establecen dentro incluso del movimiento feminista, así como los mecanismos e instituciones que nos respaldan y legitiman.  

La entrevista sigue: lo más trágico es que las mujeres no tenemos tradición, no tenemos referentes, no existe continuidad de ciertas líneas y de la escritura femenina. No hay casi escritoras mujeres, sobre todo en Mendoza, si me preguntas por mujeres que escriban son muy poquitas las que puedo mencionar, dicen explicitando un postulado al que lamentablemente me acoplé.

Escribir es un acto absurdo y heroico, dijo Sara Gallardo. Si las más de las escritoras escapan al canon de la literatura argentina, ese hecho no se debe específicamente a ellas mismas ni a los escritores varones, si no al circuito que dibujó la historia de las instituciones bajo el dominio de una cultura masculina que sistemáticamente privilegió el hacer del varón. Y no cualquier hacer ni cualquier varón, porque también el del escritor es un oficio absurdo y heroico, por lo menos en este país. Sin embargo las operaciones de exclusión se han ejercido y ensañado históricamente con las mujeres, cerrándonos el acceso político y público, estrechando el reconocimiento social sobre el espacio reducido del hogar, sin la posibilidad de un cuarto propio. Entonces, son cuestiones referidas al poder las que hicieron que esa diferenciación sea objeto de desigualdad. Como afirmó Aldo Pellegrini, el poder en cualquier forma de autoridad: el dinero en primer término, y toda la estructura del estado, desde el poder de los gobernantes hasta el microscópico, pero corrosivo y siniestro poder de los burócratas, desde el poder de la iglesia hasta el poder del periodismo, desde el poder de los banqueros hasta el poder que dan las leyes. Toda esa suma de poder está organizada contra la poesía.

Audre Lorde en un congreso organizado por el Instituto de Humanidades de la Universidad de Nueva York, también en 2017:

En el ámbito académico se tiene la peculiar arrogancia de emprender debates sobre teoría feminista sin entrar a analizar nuestras numerosas diferencias y sin conceder espacio a las significativas aportaciones de las mujeres pobres, Negras, del tercer mundo y lesbianas [… ] Promover la mera tolerancia de las diferencias entre las mujeres es incurrir en el más burdo de los reformismos. Supone negar por completo la función creativa que las diferencias desempeñan en nuestras vidas. Las diferencias no deben contemplarse con simple tolerancia; por el contrario, deben verse como la reserva de polaridades necesarias para que salte la chispa de nuestra creatividad mediante un proceso dialéctico. Sólo así deja de resultar amenazadora la necesidad de la interdependencia. Sólo en el marco de la interdependencia de diversas fuerzas, reconocidas en un plano de igualdad, pueden generarse el poder de buscar nuevas formas de ser en el mundo y el valor y el apoyo necesarios para actuar en un territorio todavía por conquistar.

Es en la interdependencia de las diferencias recíprocas (no dominantes) donde reside la seguridad que nos permite descender al caos del conocimiento y regresar de él con visiones auténticas de nuestro futuro, así como con el poder concomitante para efectuar los cambios que harán realidad ese futuro […]

A las mujeres se nos ha enseñado a hacer caso omiso de nuestras diferencias, o a verlas como motivo de segregación y desconfianza en lugar de como potencialidades para el cambio. Sin una comunidad es imposible liberarse, como mucho se podrá establecer un armisticio frágil y temporal entre la persona y su opresión. Mas la construcción de una comunidad no pasa por la supresión de nuestras diferencias, ni tampoco por el patético simulacro de que no existen tales diferencias.

Quienes nos mantenemos firmes fuera del círculo de lo que esta sociedad define como mujeres aceptables; quienes nos hemos forjado en el crisol de las diferencias, o, lo que es lo mismo, quienes somos pobres, quienes somos lesbianas, quienes somos Negras, quienes somos viejas, sabemos que la supervivencia no es una asignatura académica. La supervivencia es aprender a mantenerse firme en la soledad, contra la impopularidad y quizá los insultos, y aprender a hacer causa común con otras que también están fuera del sistema y, entre todas, definir y luchar por un mundo en el que todas podamos florecer. La supervivencia es aprender a asimilar nuestras diferencias y a convertirlas en potencialidades. Porque las herramientas del amo nunca desmontan la casa del amo. Quizá nos permitan obtener una victoria pasajera siguiendo sus reglas del juego, pero nunca nos valdrán para efectuar un auténtico cambio. Y esto sólo resulta amenazador para aquellas mujeres que siguen considerando que la casa del amo es su única fuente de apoyo.

La tradición

En la misma ponencia, Audre Lorde dice que las mujeres pobres y las mujeres de Color saben que hay una diferencia entre las manifestaciones cotidianas de la esclavitud marital y la prostitución, porque son sus hijas las que pueblan las aceras de la Calle 42. Y que si la teoría feminista estadounidense no necesita explicar las diferencias que hay entre las mujeres, ni de las resultantes diferencias en nuestra opresión, entonces ¿cómo se explica el hecho de que las mujeres que les limpian la casa y cuidan a los hijos a otras mientras asisten a congresos sobre teoría feminista, sean, en su mayoría, mujeres pobres y mujeres de Color? En Argentina: migrantes, indias, villeras, rurales, luchonas, viejas, travas y la lista sigue (yo misma he hecho ese trabajo). (A propósito recomiendo indagar sobre el feminismo de las marrones. ) Lorde se pregunta acerca de su presencia en esa conferencia: ¿Por qué no se ha buscado a otras mujeres de Color para que participaran en este congreso? ¿Soy acaso la única fuente posible de nombres de feministas Negras? 

En los círculos feministas académicos la respuesta que suele darse a estas preguntas es: no sabíamos a quién recurrir. Esa elusión de responsabilidades, ese lavarse las manos mostrando la hilacha es, asimismo, el motivo por el cual se excluye el arte de las mujeres otras de las exposiciones de mujeres, la obra de las mujeres otras de la mayoría de las publicaciones feministas, excepción hecha como el ocasional Número especial sobre las mujeres del Tercer Mundo y los textos de mujeres negras de las bibliografías.

No hay mujeres escritoras en Mendoza, no podemos nombrarlas. Bueno, acaso no se encuentren justamente allí (no todxs), en Filosofía y letras, si no por fuera. Pienso en la mismísima Virginia Woolf (en su yo ficcional de Un cuarto propio) en los jardines de Oxbridge retrocediendo porque no se admite a las señoras (a ciertas señoras) en la biblioteca, más que acompañadas de un «fellow» o provistas de una carta de presentación. Mientras que la biblioteca, maldecida, venerable y tranquila, con todos sus tesoros encerrados a salvo en su seno, duerme con satisfacción y así dormirá para siempre. Nunca volveré a despertar estos ecos, nunca solicitaré de nuevo esta hospitalidad, dijo esa vez. Al no reconocer esas diferencias como una fuerza fundamental, ciertas feministas académicas no consiguen superar la primera lección patriarcal. Simone de Beauvoir dijo en una ocasión: Debemos extraer la fuerza para vivir y las razones para actuar del conocimiento de nuestras auténticas condiciones de vida.

De nosotrxs depende no convertirnos en lxs bedeles de lxs demás.

Tal como señaló Adrienne Rich en una charla reciente, si las feministas hemos mejorado tanto nuestra formación en los últimos diez años, ¿cómo es posible que no hayamos mejorado nuestros conocimientos sobre las experiencias de mujeres otras y sobre las diferencias entre nosotras cuando son un factor clave para la supervivencia de nuestro movimiento? Y  refuerza Lorde, que a las mujeres de hoy día todavía se nos pide que nos esforcemos en salvar el abismo de la ignorancia masculina y eduquemos a los hombres para que aprendan a reconocer nuestra existencia y nuestras necesidades. Todos los opresores se han valido siempre de esta arma básica: mantener ocupados a los oprimidos con las preocupaciones del amoAhora se nos dice que corresponde a las mujeres que hemos estado en situaciones subalternas educar a ciertas académicas (acá nadie cuestiona -aún en las condiciones de precariedad actuales- la educación pública como derecho y como herramienta masiva de formación, ni a quienes, por dentro de este sistema, insisten en generar prácticas que rompan con el status quo), afrontando su tremenda resistencia y enseñarles a reconocer nuestra existencia, nuestras diferencias y nuestros respectivos papeles en la lucha conjunta por la supervivencia. Lo cual es una manera de desviar nuestras energías y una lamentable reproducción del pensamiento hegemónico patriarcal.

Entonces consciente de lo que ahora, casi tres años después, logro poner en el plano del discurso y por escrito, ¿a qué se debe mi fracaso de captación, ese error de estímulo? Acaso al exceso de expectativa, peligroso en un sistema patriarcal donde el cuerpo de la mujer (y de la disidencia) es mercantilizado y rapiñado, como también lo son nuestras consignas, urgentes y necesarias -léase aquí: LO PERSONAL ES POLÍTICO, NI UNA MENOS-.[1] O a este estar mareadas en la marea, como lo definió Fernanda Laguna y a la necesidad de distanciarnos temporalmente de los hechos para poder entenderlos desde metodologías antipatriarcales y anticoloniales. Acaso sea por afectividades que no fueron tales, espacios con una ética que no me convenció, mi distancia física (400 km alejada de la capital y lo que eso significa), o porque habrá sido realmente un mal año.

Acaso nunca lo sabré.

*

Yo sigo creyendo en la literatura y en la política de la literatura. Pienso en esto que dijo Adrienne Rich, completando el concepto de Woolf de desobediencia a la biblioteca del padre (patriarcado-padre-profesor-crítico-tallerista- facilitador-bedel, etc): ES LA LESBIANA QUE HAY EN NOSOTRAS, QUE ES CREATIVA PORQUE LA OBEDIENTE HIJA DEL PADRE QUE HAY EN NOSOTRAS ES UNA YEGUA DE TIRO. Vivimos en un mundo complejo que reclama nuevas formas tanto para el lenguaje como para las relaciones humanas (y con el cosmos).Una de nuestras tareas es empezar a definir esas formas y el ocultamiento de las experiencias otras eclipsadas con ellas. El nombrar y definir (aunque el lenguaje sea una camisa de fuerza) no es un juego intelectual sino una captación de nuestra experiencia y una clave para la acción. La palabra margen debe ser recuperada porque descartarla es colaborar con la mentira y el silencio de nuestra existencia misma. Es hacernos caer en “el closet” de la clandestinidad. No sea que suceda como dijo Paul. B. Preciado que, cuando socialmente no percibimos la violencia es porque la ejercemos. Son nuestros propios privilegios los que nos impiden verla.

LADO B

Otro modo de estar juntxs

Según Hannah Arendt, el crecimiento moderno de la amundanidad [imposibilidad de una comunión de los hombres (mujeres y otres) con el cosmos y entre sí], el declive de todo entre humano (distancia que separa pero al mismo tiempo posibilita el encuentro), también se puede describir como la propagación del desierto. El mayor peligro en el desierto consiste en que hay tempestades de arena. El desierto no siempre es tranquilo como un cementerio. Estas tormentas amenazan también los oasis en el desierto, sin los cuales ningunx de nosotrxs podría resistir (mientras que cierta psicología sólo intenta acostumbrarnos a la vida en el desierto de modo que ya no sintamos la necesidad de los oasis). Allí donde, al fin y al cabo, todo sigue siendo posible, puede desencadenarse un movimiento autónomo. Los oasis constituyen todos esos dominios de la vida que existen independientemente, o al menos en gran medida, de las circunstancias. Cuando perdemos la facultad de criticar comenzamos a pensar que hay algo equivocado en nosotrxs; si no podemos vivir bajo las condiciones del desierto perdemos la posibilidad de resistir. El arte se convirtió en un campo privilegiado de extracción de plusvalía para el capitalismo financiero, dice Suely Rolnik… Porque en su nuevo pliegue el régimen cafishea la potencia vital mucho más violenta y refinadamente, es decir incrementa su intervención en la esfera micropolítica para sostener su poder. Hay una lucha al interior del campo de arte para no caer en esa trampa. Y hay una lucha afuera del campo del arte para estar a la altura de lo que nos exige la vida para perseverar, lo que involucra retomar en nuestras manos la pulsión en su esencia creadora de manera a devolverle la posibilidad de orientarse hacia su destino ético.

Quizás por esto, tiempos previos a la llamada Conquista del Desierto, previo al plan macabro se cometió uno bizarro: la construcción de una zanja con el fin de amedrentar a los malones y de impedir el robo de ganado. El Zanjón de Alsina o Zanja Nacional. Un límite.

La cuestión de lo de afuera y lo dea dentro, y dios oh dioso, de los limites que no aplican ni apelan, pero molestan el hágase desbordándose…, escribe María García en uno de los prólogos de Desertikón, antología, en parte “de acá” que ya configuraba el paisaje. Un desafiar la desidia e inquina que nos viene empobreciendo más, y a full, a este destino provincial, de borde, de frontera, escribe Claudio Rosales en otro de los prólogos que abren el libro.

Mi concepción de desierto, a la manera del cuerpo argentino de María Moreno, pretende ser contradictorio, rugoso, hecho de pliegues, ajeno a las pretensiones esencialistas con que las ideas de Patria o de Nación arman sus modelos de pertenencia. Más bien me gustaría armarlo con sus exclusiones, sus forajidos, sus fuera de catálogo.

En ese sentido, las mujeres y disidencias que escribimos podemos ignorar al escritor canónico o, al menos, por estar afuera de la pulsión genealógica patriarcal, filiarnos en una mujer infértil (Alejandra Pizarnik), en otra que parió fuera de la ley (Alfonsina Storni) o escribir guachas para volver a la gauchesca.

No es la voz, es la polifonía de voces

La Gauchita es un término que se inventó Ariel Schiatini para un libro de Cabezón Cámara, pero bien podría ser utilizado para otros. En las Gauchitas; lxs forajidxs no caen bajo el peso de la ley, se fugan para la farra y la libertad pero siempre en comunidad desbolada, con otrxs, entre otrxs, al vive y nunca al muere. Como en Las aventuras de la China Iron: el romance de la mujer de Martín Fierro y la gringa Elizabeth luego de un autostop sin ruta y en carreta, el cuento del viaje que las dos hicieron por la pampa adonde encontraron peligro y amistad, leyeron libros y probaron especias, siendo maestra una de la otra y, pasando fortín y desierto, fundaron una patria flotante que no pide carta de ciudadanía, en la que se trabaja un mes de tres y se cultiva el sexo, la lectura, la droga y la cría y no hay patrón ni marido y menos polecía (María Moreno).

*

Para el agua del desierto/ hay que tener corazón jugoso y verde, nos dice María García en la Apertura del primer cuarto, la naturaleza de las cosas (Mendoza, 2014). Pensemos al desierto ya no como una tabula rasa sino ondulante, en una irrefrenable proliferación de formas, dinámico. Como en La madre del desierto (2007), de Ignacio Bartolone, que toma como punto de partida la leyenda de la santa popular Difunta Correa. En esta obra, el espacio es el lugar central sobre el que se desarrolla la escritura. Porque en “la alfombra amarilla de polvo estéril, se extiende desde la punta de sus chanclas hasta un infinito de significaciones que naida nadita le dicen a la pobre Mamita” está el espacio como una zonza alfombra amarilla o como un sinfín de significaciones. Y luego el bebé de Deolinda, agrega: “El paisaje es mío en mí ahora. Porque io soy El Bebo, y soy El Todo”, escribió el autor. El espacio no es espacio, ni espacio teatral, ni siquiera es teatro: el espacio es pura escritura.

Entonces en esta obsesión con el espacio, hablemos de experiencias de escritura, pero no desde un canon: allí donde existe un canon hay que cargar contra él cualquiera sea el canon. No se trata de cambiar un paradigma por otro, sino la idea misma de paradigma. Si algo tiene de interesante la escritura es la posibilidad de derribar las jerarquías. Tabarovsky habla de la comunidad inoperante, no como tradición sino como eco, resonancia de un texto en el otro. La discusión sobre el margen del lenguaje. La supervivencia del deseo loco, como pulsión, de lo nuevo produce efectos de escritura -textos reales- que ni la academia ni el mercado pueden asimilar.

En este recorrido, breve, subjetivo (mío) por el desierto pude encontrarme con varios títulos  editados de manera autogestiva (sí, todavía usamos esa palabra que también ha sido vaciada de significado) de manera un poco arqueológica por las condiciones de circulación de la poesía mendocina. Un poco en estos planes de lectura que hacemos con amigxs y con mi compañero, en esta suerte de tallerismo matrimonial en el que vivimos -como dice Tamara Kamenszain-. Grasso lo plantea así en La preguerra: la lectura como desplazamiento: hacia atrás (la tradición la historia de la literatura), hacia el costado (la contemporaneidad inmediata) y hacia adelante (visión pragmática, de grupo, etc.). Con una definición plástica de la contemporaneidad (T.S.Eliot). Y otro tanto por experiencias de resistencia simbólica y corporal -entiéndase proyectos con compañerxs y no autobombo, o vacuo intento de insertarme en algún tipo de linaje-. La cosa es que hace tiempo me vengo topando con esta serie de antologías en diferentes formatos que aglutinan textos escritos por mujeres y disidencias en la provincia en los últimos 20 años y que,  ahora, forman parte de mi biblioteca:

13: poesía y narrativa de chicas argentinas. Mendoza: Protocultura, 2004.

Desertikón: Antología de poesía y narrativa mendocina contemporánea. Buenos Aires/ Mendoza: Eloísa cartonera, 2009.

Lo oscuro trabaja! Mendoza: Carbónico ediciones,2015.

Estepa. Colectivo El hormiguero. General Alvear: Edición de autorxs,   2014.

Errante: Fanzine noisero, con poemas de mujeres. General Alvear: Edición de autorxs, 2017.

Opera Prima. Mendoza: Ediciones delalora, 2012.

Silenciadxs pero no silenciosxs: textos mendocinos sobre el aborto. Mendoza: La fanzinera del sur,2019.

El día de la vieja: Fanzine feminista mutante. Mendoza, 2018.

Chuncanxs: Fanzine del foro de escritorxs mujeres y disidentes de Mendoza. Mendoza, 2019.

Entre otras…

Sin especificar todo el material editado a lo largo y a lo ancho de los 16.692 km² de extensión de nuestra provincia -si es que de geografía hablamos-, de aquellas mujeres y disidencias que, en el transcurso del tiempo, han ido encontrando posibilidades para leer, escribir y agruparse en lugares como la S.A.D.E., talleres y otros espacios públicos, algo que debe entenderse desde el entramado de su época y las condiciones materiales. 

Cada una de estas publicaciones son recortes de la memoria espacio-temporal, pero –como escribe Josefina Ludmer- no la memoria proustiana de lo vivido en singular (densa y cargada de incisos, volutas y desvíos) que se pierde y que puede recuperarse. Si no como experiencia compartida, una historia en presente que registra los acontecimientos, una memoria del desierto donde todxs somos contemporánexs…

Mendoza, 2019.

Bibliografía

-Kamenszain, Tamara. El libro de Tamar. Bs. As.: Eterna Cadencia, 2018.

-Rodríguez, Fermín. Un desierto para una nación: la escritura del vacío. Bs. As.: Eterna Cadencia, 2010.

-Rodríguez (h), Alberto. República canalla. Mendoza: Ediciones Culturales de Mendoza, 2016.

-Grasso, Pablo. La Preguerra. Mendoza: Babeuf, 2016.

-Rivera Cusicanqui, Silvia. Un mundo ch’ixi es posible: ensayos desde un presente en crisis. Buenos Aires: Tinta Limón, 2018.

-Rich, Adrienne. Es la lesbiana que hay en nosotras… Mendoza: La fanzinera del sur, 2019.

-Woolf, Virginia. Un cuarto propio. Argentina: Lumen, 2014.

-Moreno, María. Subrayados: leer hasta que la muerte nos separe. Bs. As.: Mardulce, 2013.

-Tabarovsky, Damián. Literatura de izquierda. Rosario: Beatriz Viterbo, 2011.


[1] El 3 de marzo, día de la Marcha de Ni Una Menos, fue una fecha clave antes de la presentación de la antología de Write like a girl (Peces de ciudad, 2017) una semana después.  

Putito forever

Por devenori

Ésta es mi contribución a la caligrafía

de la circuncisión

Gastón Ortiz Bandes

Hace como dos años me topé con El Guanaco[1], el libro de Gastón Ortiz Bandes (Mendoza, 1977). Recuerdo que un cumpa me lo regaló en el bondi en el trascurso de Ciudad a Tupungato. Leí Chacha Warmi en voz alta, de puto y modismos corporales de una marica exótica, cosida por sí misma y pasada de copas, en presencia de todes les pasajeres. Obviamente hubo voces intentando exorcizar a la demonia que poseía mi cuerpa, y que leía con bravura: Estoy melanculiado / ha venido / el chongo de la Muerte / y me ha dejado / el sol negro del culo / hecho una roja flor azul.

A partir de ese momento, la escritura de GOB fue directamente abono para el armado de mi biblioteca queer/cuiar cosmopolita-regional. Y aquí el porqué:

Educado por el enemigo

Guanaco o Huanaco proviene de la palabra quechua Wanaku, sustantivo que denomina a un animal mamífero de Los Andes, según la RAE. Animal cuyo hobbies es escupir, lanzar garzos por doquier. Ese acto no grato para la sociedad hetero-winca-capitalista se la reapropia el libro de GOB, con las voces que conforman el yo lírico y que disparan desde lo más profundo de sus esfínteres al machote con su espectro denominado masculinidad, pieza principal del heteropatriarcado. Porque, como confirma Grasso en un ensayo de La Preguerra (2016), es difícil escupir al varón heteronormado que se halla en une cuando se nace con determinado genitales y la sociedad impregna en la carne mamífera la masculinidad como único destino.[2] Varoncito bien varoncito, como dios manda.

Por eso GOB escribe:

Yo fui educado por el enemigo.

[…] Por eso me meto el yo lírico en el orto,

para que el testigo y el omnisciente la sigan chupando.

Yo fui educado por el enemigo.

Por eso distanciamiento hay, pero crítico las pelotas.

En este país la polifonía se ha hecho concha.

Falsos putos colgado de las tetas del género.

[…] Yo fui educado por el enemigo.

Decirse yo fui educado por el enemigo es cantarse las cuarentas, admitir la opresión para poder construirse como sujetx; es decir, convertirse en alguien a pesar de la opresión[3], tejer una identidad propia a partir de la reivindicación de los efectos del poder heteronormado de la sociedad sobre nuestres cuerpes.

Cesárea harakiri –putito forever-

No se nace marica, se llega a serlo.

Dicho popular

Estoy feliz.

Estoy embarazado y no de un bebé

humano sino de un guanaco

que tras breve, suficiente, veterinaria crianza

arrojaré de mi seno a la cordillera.

Después de tantos y tantas que murieron

en los experimentos incontrolables del amor,

aprendí por fin a dar vida conmigo mismo,

a repoblar la naturaleza yo solo.

Por eso mi cesárea será un harakiri,

Con nomás la luna llena y la intemperie,

Para que nazca mi guanaco de varón,

Hijo del dolor que ya camina

Sobre un charco amniótico de sangre,

Por un corte de helada soledad,

Un balido indemne.

De les creadores de los anales de la historia y la historia de los anales, aparece El Guanaco para escupirle con toda su mariconería al heteronormado y recuperar las reliquias de la muerte para el ritual haraquiri. Bajo la luna llena y la noche de los sentidos, armonizar el cuerpo heraldo para la apertura de las puertas de ahí (donde la silueta de la espalda desaparece) y dar la bienvenida de una vez por todas al putaso que concebimos dentro.

Me cosí mal, con viento

Que traía disparos de caza

Y arroyos con veneno de la técnica del siglo.

Para ir menguando la dilatación anal y su gozadera, volveré a citar a Grasso, quien percibió en su lectura del libro la idea de un hombre –escrito- en minúsculas: Y al hacerlo, Ortiz Bandes, perfila el contorno posible (y yo agregaría que necesario) de un hombre nuevo en minúsculas: sin sangre en las manos y que ha aprendido, finalmente, a dar vida consigo mismo. No solo es posible la idea de un hombre no macho que plantea Grasso y que algunos feminismos proponen como la construcción de nuevas masculinidades (la toma de conciencia de los privilegios que tienen y han tenido a lo largo de la historia). Sino pensar que los poemas evocan una corporalidad disruptiva: el devenir marica.[4] Identidad que ha sido, como muchas otras, violentamente invisibilizada lo largo de la historia de la humanidad. Por eso, es fundamental pensar en una cartografía sudaka de la  disidencia sexual (marica, trans/travesti, lesbiana, queer, no binare, etc.) para criar la lengua del desacato[5] y desarticular los modo héteros de leer, escribir y habitar los libros y el mundo social.

Leer El guanaco es de alguna manera leer cierto linaje de la disidencia sexual, reviviendo con todos los sentidos los versos de la Pedro: Yo no pongo la otra mejilla./ Pongo el culo compañero. […] Mi hombría es aceptarme diferente. Es comprender el agenciamiento político-poético que propone Perlongher (yo no quiero que me acepten, ni que me quieran ni que me comprendan, yo solo quiero que me deseen). Es encarnar ese cuerpo para odiar, de Claudia Rodriguez; cuerpo no blanco, no hétero, pobre, abyecto que busca sentirse -y ser reconocido, también- como humano.

Pero unos yuyos se acercaron

Y entre cantos me ayudaron.

Y así, después de la teta lo vi

Ir a jugar con los otros guanacos del valle,

Divinos, igualitos a él.

Agosto, 2019.


[1] Ortiz Bandes, Gastón. El guanaco. Mendoza: Babeuf, 2015.

[2] Grasso, Pablo. La Preguerra. Mendoza: Babeuf, 2016.

[3] Witting, Monique. El pensamiento heterosexual y otros ensayos. Madrid: Egales, 2006.

[4] Vidarte, Paco. Ética Marica: Proclamas libertarias para una militancia LGBTQ. España: Egales, 2007.

[5] Flores, Valeria. Desmontar la lengua del mandato, criar la lengua del desacato. Chile: Mantis, 2014.

La memoria del té

Sobre Kasu, de Marisa Negri

Por Maite Esquerré

Instrucciones para vivir una vida:

Prestar atención.

Sorprenderse.

Y contarlo.

Mary Oliver

Kasu, apuntes sobre el té (La gran Nilson, 2019), así se llama el nuevo poemario de Marisa Negri. Nos disponemos a leerlo, queremos saber todo sobre el té. Abrimos el libro. Leemos el primer poema. Y la casa se nos llena de té de jazmín. Entonces nos damos cuenta que no abrimos un libro, estamos en una ceremonia, un ritual de los sentidos. El aroma nos envuelve y nos trae una calma, cito:

hierve agua en un jarro enlozado

estira su mano hacia la lata azul

abre el té de jazmín

y aspira

también este dolor

pasará

Dice Okakura Kakuzo en El libro del té que el arte del teísmo es el de recatar la belleza que se acaba de descubrir y de sugerir lo que unx no se atreve a revelar. Ahí está el noble secreto de sonreírse a sí mismx, sosegada pero enteramente. La poeta descubre y comprende la ley de la impermanencia y comparte su sonrisa con las palabras necesarias y precisas, sin la exuberancia o la arrogancia de quien se supone poseedor de un conocimiento que el otro no tiene. En este sentido, el poemario se presenta generoso y humilde desde el inicio.

La autora atiende al tiempo de la contemplación, a un tiempo femenino, podríamos decir. Entre estas hojas el tiempo no corre, brota (Bachelard). Las imágenes brotando a cada sorbo de té.

Entraremos descalzos/ en el tiempo del té; dice Marisa, y más adelante la clave para el ingreso: no proferir palabra desde el amanecer/ dejar los zapatos en la entrada/ junto con el pensamiento.

Para dejar el pensamiento necesitamos el silencio y la observación sin prejuicio. La poeta nos invita a detenernos, a demorarnos, haciendo vibrar cada hoja entre los dedos, las del té, las de este libro… conectando todos los sentidos a un orden distinto, más cercano a la disposición de las estrellas en el cielo, al origen sutil.  

Los espacios en blanco entre los versos revelan esa intimidad que se necesita para la preparación del té. Parece decirnos: Paciencia, siempre hay evidencias para lxs que se detienen. El poemario destrona el tiempo entendido en términos de productividad capitalista, donde demorarse en contemplar la vida, en asistir a la transformación de las cosas, es un desperdicio. Eso que encontramos resumido en el slogan publicitario «me tomo cinco minutos y un té”, la poeta lo cuestiona:

Tiempo/ para que ascienda el sonido del agua/ que hierve en la tetera de hierro

Tiempo/para revolver con el batidor de bambú/ el polvo de té

Tiempo/para que los tres sabores del matcha/ acudan a la cita:

dulzura/amargor/astringencia.

Como en el poema Maestro de té se necesitan tres movimientos para entrar en el instante poético que nos propone Marisa: primero, el ojo. Leer las hojas que se despliegan,entre sus pliegues. Segundo, velar la vista, despertar los otros sentidos, los que en la vida cotidiana suelen estar supeditados a la mirada: el gusto, el tacto, el olfato, el oído (vaya, teníamos un cuerpo íntegro: el cuerpo cansado/ agradece). Tercero, abrir los ojos al cielo, agradecer y accionar (comprender).

Es decir, parece que leemos un libro sobre el té, lisa y llanamente, pero… El primer y segundo movimiento se tocan, suceden casi de manera simultánea: leer el texto con todos los sentidos entusiasmados. Y en el paso de un pliegue al otro, cuando el vapor de los textos nos entibia la cara, comprendemos la acción interna que está operando y agradecemos: el libro habla de mujeres.

Estas mujeres se van tejiendo en los poemas, no se imponen, surgen. Sus texturas van creando la trama del poemario: cada historia, cada dolor es una flor tranquila. Lavarán toda pena/ en la distancia perlada del agua.

Marisa utiliza el tiempo presente y la tercera persona como procedimiento para actualizar el recorrido de estas mujeres. Escribir es activar y recuperar en la memoria colectiva una vida que había sido olvidada en la trama de la historia.

El único olvido que se realiza en el poemario es el de sí. Kakuzo dice que lxs bebedorxs se olvidan de ellxs mismxs ante una taza de té. La poeta realiza un corrimiento para que hablen esas mujeres, y es la misma acción que debemos hacer nosotrxs lectores para escuchar lo que relatan las mujeres en los pliegues de estas hojas.

La anciana que canta mientras bebe su té, mujeres que hacen temblar las hojas de té en sus dedos, la muchacha que lee las hojas en el fondo del poso, mujeres con trabajos mal pagados llevan vendas en los tobillos, las chicas que inventaron el saquito de té, ella que escucha la respiración acompasada de los hijos cuando duermen, las niñas en el servicio de té, la recolectora de té que sueña, la viajera atenta a los detalles, ancianas cuidando el origen del té, mujeres anónimas que controlan con su ternura el punto de ebullición del mundo. Todas ellas convergen en el poemario:los extremos del mundo se han tocado/ una línea de tiempo llega hasta el borde de la taza.

Una mujer del inicio del libro se transforma en el último poema en un nosotras potente.

Mientras haya textos como estos, nada es olvidado, nadie es olvidada.

Luego de leer Kasu permanece una sensación de reposo en el cuerpo, la mente aquietada, las imágenes de las mujeres resonando, el sentimiento después de haber reído, y el pecho y el corazón calentito luego de un buen sorbo de poema.

Volvamos a la primera belleza: también este dolor/ pasará. Hasta que suceda, sonriámonos y tomemos un poco de té:

Espejo de té

El río comienza a aquietarse

reposan las hebras doradas en el infusor.

Quiero decirle a ella, decirme que todo pasará

que será complicado, pero resultará bien.

Bebemos juntas este té

bajo los nombre amados

aquí

ahora.

Junio de 2019.

Las humildes ganancias del no *

Sobre la experiencia de concurrir a algunos ciclos de lectura de poesía vernácula

Por Pablo Grasso

TOMÉ una decisión importantísima con algo que atañe exclusivamente a mi salud mental: en los próximos meses dejaré de concurrir a cuanto recital poético, evento literario o presentación de libro nuevo sea invitado, personal o virtualmente, por vía telepática o intermediación directa del mismísimo Paracleto. Y aunque la mayoría se lleven a cabo bajo condiciones de higiene moral intachables (por cierto, algo muy difícil de corroborar), diré que no, que gracias, que ya pasaron mis quince minutos de exposición gloriosa y que, como el héroe procrastinandor de Melville, preferiría no hacerlo. O hacerlo -prolongando, por el solo deseo de ver caer la Farsa, justamente ese hacer- hasta agotar las calendas griegas que es como decir nunca. ¡Entre tanto plumaje lleno de glitter, entre tanta testa achicharrada por la furia profética de la Musa, nadie notará mi ausencia! ¡Y yo de lo más feliz!

Incluso

Es una de esas medidas drásticas, urgentes, casi in extremis, ante la aparición inminente de una náusea capaz de barrer, con una furia digna de mejores causas, los diques interpersonales erigidos en nombre del contrato social. Ese que prohíbe a los ciudadanos probos de una sociedad moderna, a los consumidores biliosos de objetos culturales, coserse a cuchilladas por cualquier bagatela más o menos importante… Como venía diciendo: he decidido desensillar hasta que aclare y hacer termópilas de mi covacha. ¿Y eso por qué, se preguntará el lector desprevenido? Razones hay muchas y como esta soledad resulta propicia para todo tipo de lucubraciones, bueno, ahí voy y que el espíritu atrabiliario de Ignacio B. Anzoátegui, azote magnánimo, me asista. Total, estamos en retirada y ya nadie lee nada, ni se entusiasma siquiera con la idea de interpretar de forma original los signos premonitorios que, como las extremidades de la mítica culebrilla, vienen cercando al campo literario local.

Despegue

Desde muy joven participé como oyente y lector, esto es, al mismo tiempo como víctima y victimario, en revistas, fanzines, blogs, festivales, ciclos de lectura, programas radiales, ferias del libro estatales e independientes, varietés y otras formas de circulación de la palabra escrita. Fui un engranaje más girando dentro de una modestísima maquinaria libresca, propulsada por esa mezcla de voluntarismo y desesperación de baja intensidad tan típicamente mendocina. Se dirá: berretines que adopta un autor del interior para mostrar su trabajo y no quedar encallado en la muelle confortabilidad del ego (que es la muerte en vida, una denegación vital). Sí, y algo más: formas, modos –manieras– de encarar un tipo de supervivencia al margen de la cultura oficial.

Como a casi todos los que nos dedicamos, con mayor o menor fortuna, a esa extraña calistenia que constituye el acto solitario de escribir, la adolescencia trajo consigo el descubrimiento de la poesía (que en mi caso particular, y luego de vincularme con algunos de lxs poetas de la Escuela de la Alameda, constituyó una verdadera introducción a la crítica literaria). Eso me arrojó a una pesquisa milimétrica por las anfractuosidades de la lengua, decisiva para la construcción de mi autonomía como lector. A partir de ahí podría decirse que saqué chapa de discapacidad frente al universo pragmático. Fui, para mi familia y mis amigos más cercanos, el Idiota que leía Poesía.

Desapego

Con el correr del tiempo y, sobre todo, a lo largo del proceloso 2017, quedó en evidencia que mi vínculo con los modos de socialización de la literatura local (en especial con la puesta en escena de cierta poesía) había llegado a un callejón sin salida. Más que eso: ¡Estaba empantanado!

Asqueado, aburrido y lleno de una ubicua sensación de culpabilidad por haber incurrido en un sinfín estupideces extraliterarias -la marca de estilo, aseguran, de todo una generación de escritores, varones y no-, comencé a hacerme una serie de preguntas sin la más mínima esperanza de hallar respuesta: ¿Por qué motivos se leen textos propios ante un público equis?¿Por qué razón alguien da por sentado que será escuchado? (¿Tienen algo en común el comportamiento en los recitales de poesía y las normas de etiqueta?) ¿Es condición sine qua non de la práctica autoral el autobombo, la proclamación estentórea de los propios méritos desde la solapas del libro o desde los distintos perfiles que la comunicación virtual permite?¿Es directamente proporcional el tiempo y el talento invertidos en la profesionalización de lx autorxs a los méritos, digamos, intrínsecos de sus obras? 

Menos interrogantes debió resolver Edipo y así le fue.

Porque una cosa es estar inmerso en el viaje de tal o cual propuesta poética, y otra muy diferente encontrarse abrumado por la superchería totalitaria de la performance (claro que existen excepciones y estas hablan por sí solas). Voces salidas de la bruma de las redes sociales que, en la mayoría de los casos, confunden la escritura literaria con la simple redacción, la construcción de un poema con el amontonamiento indiscriminado de palabras hasta lograr la tersa, arquetípica “silueta” de una estrofa. Y a todo eso se suma un pandemónium de intenciones políticas que van de los feminismos al ecologismo, del antiespecismo al anarquismo (en todos sus andariveles) y que, más allá de su indiscutible legitimidad, terminan revelando muchas veces una debilidad teórica funcional a aquello que con tanto ahínco dicen combatir. Por no mencionar esa suerte de malditismo acuyanado drogado de testosterona, más preocupado en encastrar en la mitología bolañesca que en abandonarse a una auténtica aventura poética. 

Puro humo.

Hoy, a poco de iniciarse el 2018, ignoro cómo terminará esta cura de desintoxicación. Supongo que la mejor forma de volver a presenciar un recital de poesía, humilde y con la risa negativa presta al menor estímulo, será dejar que el lírico Procusto se ahogue una vez más en su propia y rencorosa mierda.

Archipiélago Sur,

 2017/2018/2019…



* Texto aparecido por primera vez en la revista El Viajero Indeciso y recuperado por La fanzinera del sur bajo el título de Tres ensayos castrados (2019).


Escribir en movimiento (primera parte)

Por Sabrina Barrego

El yo

Hoy murió Mary Oliver. La poeta viva que leí con más ardor en estos últimos meses. La conocí a través de Natalia Leiderman (quien trabajó en su traducción), charlando mientras armábamos cigarrillos en la puerta de un colegio de danzas cerca del obelisco, en ocasión de una lectura en un festival. Dijo Claudia Masin que la poesía de Oliver es humilde, anclada en lo cotidiano y lo sencillo, ajena a cualquier expansión innecesaria. Que, como decía el poeta peruano José Watanabe, la naturaleza, aun cuando es violenta, no hace aspavientos. Que esa poesía no sólo habla de la naturaleza si no que se parece a ella. Es muy sinuoso, muy escarpado, el camino de lo celebratorio en la poesía. Y es que es tan fácil, está tan regalado –para lx poeta- la posibilidad de desbarrancarse, de caer en la Literatura chombi, en el lugar común de lo -ñoño (?)-, en las verdades higiénicas y absolutas, en los discursos ligados a la autosuperación,  siempre pregonando un optimismo profundamente moral en el que la alegría sería un logro más a alcanzar en base a méritos propios. Y los poemas, declaraciones de principios y lecciones de vida deslactosadas que nos llegan sin invocarlas, posmodernidad mediante, en el horóscopo de los bondis, dentro de un Dos corazones o por mensaje de guasap.

Sigue: Salir de tu día/ocupado, importante, escribe Oliver, para escuchar lo que canta, lo que resiste a la uniformidad, la apasionada batalla musical de los seres ínfimos, de los que pasan inadvertidos, de los que hacen su tarea no en nombre del éxito/sino por puro deleite y gratitud. Hay en este texto una suerte de ars poética: es ese, precisamente, el movimiento de su escritura: estar atenta, más allá de los imperativos de este/teatro más bien ridículo, a lo que suena en los márgenes de la experiencia humana y convertir esos márgenes en el centro. No es la suya una naturaleza transformada en mera metáfora de las emociones y de las ideas del yo: es una naturaleza que se funde con un yo difuminado, leve, que no teme perderse en lo que mira, huele, toca, escucha, prueba.

Hay un hueco. Triste, verdaderamente triste el mundo sin ella. Llueve. Garúa… tristeza… ¡Hasta el cielo se ha puesto a llorar! La tarde está gris. Todo está -como escribí una vez- muriendo un poco. En la casa, las crías de la gata caen una por una debido a la debilidad de sus miembros. Recordatorio acaso de que lo arrogantes no nos quita lo mortales. Mi compañero hace las veces de enterrador designado. Su karma será terrible, dijo, reencarnará en un poeta mendocino. Salgo, la tarea de alcanzar un colectivo en esta ciudad es un verdadero reto. Lo afronto y sin paraguas. La Emilce me espera en el Kafra, un barcito activo, de artistas y de viejas, me dijeron hoy. Y con cerveza barata.

Tomamos café con leche, lo que seguramente me costará un dolor de panza. Hablamos de todo un poco. De las cartas de amor de Franz Kafka. En 1922, dos años antes de su muerte, Kafka confesó que nunca había conocido las palabras te amo. Puede que lo que declaró tenga que ver más con su forma de entender el amor que con su capacidad para relacionarse. Y su definición del amor, que explica su renuncia a pronunciar las palabras millones de veces repetidas en todo tiempo y lugar, tantas veces en vano te amo.[1]

Sentadas ahí, con mi amiga, nos preguntábamos por aquello digno de ser escrito. Por si podríamos escribir nuestras propias historias con una empatía tan potente que los otros no solo podrían ser YO, si no que serían ese YO. (Por si podríamos escribir, aunque sea.)

Quiero citar este poema de Oliver:

El primer pescado
que capturé en mi vida
no se quedaba acostado,
quieto en el balde,
sino que se sacudía y boqueaba
por el ardiente
asombro del aire
y murió
con una lenta vertiente
de pequeños arcoiris. Después
abrí su cuerpo y separé
la carne de los huesos
y lo comí. Ahora el mar
está en mí: soy el pez, el pez
brilla en mí; somos
sacados juntos, nos enredamos, seguros de caer
otra vez al mar. De dolor
y dolor y más dolor
alimentamos esta afiebrada historia, somos nutridos
por el misterio.

Acá el YO deja de contemplar y se convierte en lo que contempla. Lo político se desprende, en este poema, no de lo preconcebido, del puro campo de las ideas, si no del campo que las ideas riegan: el cuerpo. De la comprensión que el cuerpo puede alcanzar de la existencia ajena, con sus goces, sus penas y sus miedos. En épocas en que dificultosamente logramos empatizar con la otra, Mary Oliver empatiza con un pez.

En el prólogo del El pájaro rojo, Maria Teresa Andruetto la diferencia de sus contemporáneas. Dice Oliver: tuvimos un periodo largo de poetas confesionales. S.Plath, A.Sexton -confundieron el trabajo que hacían con la terapia y eso es una pena. Puede que me equivoque, pero creo que sentían que podían sanarse con su escritura, y eso no funcionó.[2] Oliver no le canta al cuerpo deseante, al cuerpo doliente. No le ofrece al poema los desgarros de su biografía, ni inmola su vida en la tragedia personal para generar palabras encendidas y combativas de dolor, de gozo o de la política de los cuerpos, así como lo hicieron Rich, Lorde, Jordan, y Clifton. Hace un giro, raro, individual, ¿incorrecto? para su época, luminoso, el camino de la contemplación y el agradecimiento.

     Después de todo estaba viva.

La poeta

La Emilce me pasa dos libros, Charlas breves de Anne Carson (mío), Veinte y una velocidades de Soledad Muñoz (suyo) [3] , y parte de los audios desgrabados de la entrevista que le hicimos a principios de enero a esta última, copiados a mano y en cursiva en hojas de carpeta rayadas N°3.

[…] Si algo pudiera hacerme vivir bajo el agua

y poder respirar a través de membranas, como los peces

el cielo sería el mismo dese abajo

encausaría a todos mis fantasmas

hacia profundidades más luminosas

Otra brazada y estos pulmones inflados de emoción

parecen estallar dentro de mí.

la piel brilla bajo este sol.

Nademos amigos hacia la otra orilla del río

con los ojos cerrados y que todos los ríos se estremezcan

con los rumores de los pájaros que llevan nuestras palabras

nademos hacia allá donde los pescadores nos esperan con alegría.

Con este poema la SOL nos invita a zambullirnos en su universo acuático. Remitiéndonos un poco a eso que dijo Heráclito sobre quienes se meten en el mismo río por donde pasan aguas siempre distintas, donde las almas se alzan exhaladas de lo húmedo (Las aguas como lonjas de una piel infinita, dijo Viel Temperley). Este es un poema fuertemente corpóreo. En el sentido de volver sagrado lo corpóreo, en una suerte de espiritualización de la materia, de transformarla en una revelación, de contemplarla con el respeto y la admiración que merece aquello que guarda en sí belleza pero también sabiduría.

He aquí, creo, una clave de lectura para acercarnos a la poeta.

Dice Soledad Muñoz que comenzó a escribir cuando tenía 15 años, unos primeros textos muy oscuros, muy suicidas, muy dark, muy pizarnikeanos, aunque a Pizarnik, confiesa haberla descubierto dos años más tarde, a los 17, cuando uno de sus amigos le prestó uno de sus poemarios.[4]

En el año ’97, Soledad se presentó a un concurso de poesía joven de la ciudad de Mendoza y sacó una mención por uno de sus poemas. En ese momento salió a la luz, según dijo. Ella no creé en la existencia de algo tal como un closet, si no que, llegado un momento puntual, es necesario hacerse cargo de la propia escritura (bueno, estoy escribiendo, voy a ver qué pasa, si esto es algo o es gilada…). Ahí fue cuando conoció a Sergio Taglia, de quien dijo muchas veces que fue el primer escritor con quien se relacionó. Dijo también que es importante, cuando sos pendeja, la opinión del otro (sin que esto implique, necesariamente, el tan mencionado pecado del paternalismo).Como escritora se siente parte de una generación de gente que escribe desde los ’90 o antes, la de los chabones de carbónico, dice, aludiendo a la editorial mendocina de Claudio Rosales y a la tracalada de varones que conformaban el catálogo (salvo excepciones como Agustina Randis e Ika Fonseca). María García y Eugenia Segura escribían en esa misma época, cuenta, y menciona también a Jorge Luis Peralta, a Américo Manzini, a Ramiro Tapiz y a Pablo Grasso y a quienes conformaron la revista La Leónidas en la que ella participó con posterioridad.

La coyuntura

Difícil tiempo para los hombres y mujeres en su despertar

temerosos se ocultan bajo una vieja máscara

para mostrarse “cool”

antes remueven un poco el barro podrido de sus entrañas

y lo adornan con frases célebres

nosotras los escuchamos o hacemos que

mientras bebemos cerveza negra, luego aplaudimos

pero no volveremos ahí

a esas lecturas inentendibles […]

La tarde de la entrevista hacía mucho calor. Quedamos temprano en el Kafra – ya mencioné cierto ecosistema que se está generando en el lugar y la cerveza barata-. Primero llegó la Sol. A mí se me hizo tarde así que ella me esperó amablemente en la vereda. Llegué caminando, detrás de mí cayó la Agustina y un rato más tarde apareció la Emilce en bicicleta. Un grupo de mujeres de diferentes generaciones, cada una con sus condiciones materiales, nos sentamos a la misma mesa. Debatimos sobre las lecturas, la escritura, la política, la violencia, el deseo y el amor, entre otras cosas. Nos reímos. Nos preguntamos. Bebimos bastante y fumamos también. Nos tomamos una fotografía que no compartimos en ninguna red. No es poca cosa: cuatro mujeres con las cartas sobre la mesa.[5]

Aprovechamos la ocasión y le preguntamos a la Sol sobre la relación con los varones escritores de su camada (si bien podrían tildarnos de chusmas, siempre es mejor indagar antes que terminar hablando por la otra, más cuando la tenemos en frente y no en un gusano espacio-temporal que bien podríamos convenir en llamar nuestras antecesoras). Ella contó una anécdota que incluye a un poeta, más célebre en la actualidad de la farándula literaria local por sus intervenciones guarangas en las lecturas -que incluyen interrupciones a las poetas mientras leen/perfomatean sus versos- que por sus textos. La cosa es que, en su momento, ella, parada y con el micrófono en la mano, le propinó un par de palabras tales al caballero en cuestión que el antihéroe desistió de sus hazañas y ella continuó con su lectura. A veces pienso que, si bien es feo que no te dejen leer, peor sería que no te dejen escribir. Esto no es la naturalización de la violencia. Lo que intento decir es que en los últimos años (de 1929 para acá, más o menos) los cambios políticos y culturales nos han hecho pensar en cómo ha sido históricamente escribir desde esa posición social que hemos dado en llamar mujer. ¿Cuáles son las condiciones materiales y simbólicas que hacen posible -o imposible- la escritura de una mujer? ¿Qué tienen de particulares los modos en que las mujeres construimos nuestras voces? (Aquí debo aclarar que personalmente me niego a caer en la tentadora trampa de hablar por todas las mujeres -y disidencias- que escriben como si esa fuese la única forma de construir un sujeto colectivo.) Ni que la única violencia que podamos permitirnos nosotrxs fuese acaso el pararnos de manos frente a un grupete de borrachos o el suicidio, como bien plantea Adrienne Rich.

Escribir es un acto absurdo y heroico, dijo Sara Gallardo. Si las más de las escritoras escapan al canon de la literatura argentina, ese hecho no se debe específicamente a ellas mismas ni a los escritores varones, si no al circuito que dibujó la historia de las instituciones bajo el dominio de una cultura masculina que sistemáticamente privilegió el hacer del varón. Y no cualquier hacer ni cualquier varón, porque también el del escritor es un oficio absurdo y heroico, por lo menos en este país. Sin embargo las operaciones de exclusión se han ejercido y ensañado históricamente con las mujeres, cerrándonos el acceso político y público, estrechando el reconocimiento social sobre el espacio cerrado del hogar, sin cuarto propio. Entonces son cuestiones referidas al poder las que hicieron que esa diferenciación sea objeto de desigualdad.

Yo nunca me tuve que hacer cargo de nada, dice Soledad, nunca me importó si un chabón me invisibilizaba o no. Yo iba como un caballo sin mirar a los costados. Es loco. Antes de conocerla me había formado de ella una imagen muy parecida a lo que ahora reconozco en el autorretrato que hace María Moreno en Black out, a propósito de la relación de paridad con sus colegas de escritura y de copeteo (Miguel Briante, Norberto Soares, Claudio Uriarte, Charlie Feiling) y de unos cuantos objetos de devoción amorosa y/o literaria (entre ellos, David Viñas y Osvaldo Lamborghini) donde M. Moreno se presenta como una superviviente. Su libro plagado de cadáveres  es menos un réquiem personal que un manual de instrucciones encarnado de una ética de la supervivencia. Del mismo modo imagino que, Sol Muñoz, como muchas de su generación, no debe haber experimentado menos violencia patriarcal, ni en el cuerpo, ni en la vida,  ni en los ambientes escriturales que cualquiera de nosotrxs en la efervescencia de la actualidad, y que su ética de la supervivencia está en sus textos que perduran en el tiempo.

Los poemas

PEDALEAR

pedalear

pedalear

no pensar

vaciar el pensamiento

de fantasmas quisquillosos

sólo pedalear sobre la ruta

vacía sabiendo qué:

“así es todo”

el silencio y todas sus formas

las piernas se tensan

sentir el peso del cuerpo

sobre los pedales

oír el canto de los pájaros

en los cerros

respirar el perfume de la jarilla

desplomarse sobre la bicicleta

y bajar velozmente

que el viento arrase

con todo los olores

que el viento me lleve

más cerca del cielo

entran y salen las penas

el bajón del día domingo

ya no importa

que el viento se lo lleve

pedalear

pedalear

sólo pedalear. 

La bicicleta. A lo largo de la historia la relación entre la mujer y la bicicleta fue escandalosa. Este vehículo alejaba a las amas de casa de la esfera doméstica, les daba autonomía y las igualaba a los hombres. Por eso, con toda clase de artilugios, se nos intentó alejar del pedaleo.

En el siglo XIX, un grupo de médicos llamó “cara de bicicleta” a la dolencia que sufríamos las mujeres cuando circulábamos sobre las dos ruedas. Decían que, como consecuencia del andar, podrían afectarnos los músculos faciales y nuestras caras adquirirían una expresión de ansia y agobio por el resto de nuestras vidas. Era común el desaconsejo. Nos asustaban con problemas de salud como la infertilidad, la tuberculosis y hasta un aumento desmedido del deseo sexual.[6]

En Veinte y una velocidades , Soledad Muñoz traza para el lector un recorrido imaginario en bici por las calles de Dorrego y los lugares habituales de su rutina diaria durante el 2014. Una constante en sus poemas: el movimiento.

En física, una de las variables para calcular el movimiento es el tiempo. (Me detengo en esto porque es importante.) El tiempo, lo dijo Einstein, no yo, es un concepto complicado de aprehender y todos los idiomas recurren a metáforas para expresarlo. De hecho, con una monotonía sorprendente, recurren todos a la misma: el espacio. Los hispanohablantes expresamos el tiempo en términos de cercanía, que es una propiedad del espacio físico, con hitos temporales que sólo existen en nuestra mente. En todos los idiomas indoeuropeos los hablantes tenemos frente a nosotros al futuro. El tiempo discurre desde un punto enfrente, atraviesa el lugar donde nos encontramos (el presente) y se aleja en el pasado a nuestra espalda. Con Sol estuvimos conversando sobre Silvia Rivera Cusicanqui y su identificación con la cosmovisión Aymará, a raíz de unos ciclos de conferencias que dio en Córdoba (territorio en el que habita por el momento Muñoz).

Los Aymarás también sienten que el tiempo se mueve, pero, para ellos, los hablantes están de cara al pasado y de espaldas al futuro.[8] Se me ocurren pocos actos tan revolucionarios como subvertir la linealidad del tiempo, encarnar eso que decimos cuando cantamos jamás la lógica del mundo nos ha dirigido. En el poemario de Soledad todo sucede de golpe (en palabras de Kristeva: en una revuelta íntima).

EN LA SIESTA

aparecen

las mejores imágenes

de todas las ideas olvidadas

salgo en la bici

del trabajo

en el tiempo de descanso

a dar una vuelta

por las calles

empedradas de Perdriel

adentro

todos están en sus casas

almorzando quizás

un puchero

o hablando

o mirando

algún programa de T.V.

y los niños chillan

yo los escucho desde afuera

el volumen está alto

la calle está silenciosa

mientras pedaleo

silbando por lo bajo una canción

que nadie conoce

porque los espacios

se hacen largos

y las nubes

flotan errantes

y los pájaros

hacen más grandes sus nidos

entonces paro un rato

contemplando el cielo

y me siento en un banco

frente a unas viñas

a esperar que el momento llegue

la tibieza del sol acaricia mis manos

sosteniendo la calma

de esa mansa siesta

y entonces un niño llora

probablemente

no quiere comer

y su cara esté pegoteada

de comida que no le gustó

tomo un sorbo de agua

y lo retengo en mi boca

y vuelvo a pedalear

todavía queda un espacio de tiempo

entre vos y yo

acaso para seguir

pedaleo lento

acaso para no llegar

pedaleo lento

y pienso en los trabajadores

que continúan su jornada como yo

que en mi tiempo de descanso

busco una imagen

que me estremezca

y las retroexcavadoras

no paran

la tierra

se ve húmeda

removida hasta los más profundo

y el silencio del comienzo

se desvanece cuando me acerco

a lo más oscuro

de esa tierra

de ese recuerdo

y mi cuerpo vibra

y me paro sobre los pedales

que también tiemblan

empujando suave lento

los motores se escuchan

cada vez más bajos

un hombre cruza el alambrado

un niño junto a un naranjo

parado está

y espera a su madre

con una pelota en la mano

dos vecinas se han sentado en

la puerta a tomar coca-cola

bajo el sol

de este invierno amarillo

y pienso en que todo podría ser

más sencillo

en la vida de cada uno

en mi espera

en mis gestos

como ese niño

que ata con paciencia

los cordones de sus zapatillas

y me dice hola

y siento

cómo un aire fresco

atraviesa

mi cuerpo

y me conmueve

por la calle de la plaza

hay una casa color rosa

con malvones en la entrada

un perro duerme junto a la puerta

otro perro

levanta la pata

en el último árbol

que olió

las bicis de unas niñas que cruzan

y yo me quedo

debajo del cielo

mirando las nubes

y ladra a las ruedas de

bajo el cambio

la bajada es suave

la pedaleada lenta

el viento apenas se siente

helar mis dedos

el viento apenas mueve

las últimas hojas

y pienso

en el chico que me gusta

y su campera de cuero

en sus ojos negros

desparramándose

por mi espalda

y cuando pienso en eso

parada frente a la escuela

en el chico que me gusta

y su campera de cuero

siento que

no hay nada más bonito

que la siesta

y sus efectos

permanecer en silencio

bajo este sol salvaje

bajo

la grandeza

de esta naturaleza

con sus casas

sus familias

sus perros

sus maestras

vuelvo al trabajo

de regreso

pedaleando lento

cantando bajito

una canción que nadie conoce.

La medida del tiempo es ese lapso que transcurre entre pedaleo y pedaleo. Soledad transita el paisaje,las innumerables postales, como un impresionista las innumerables pinturas de un mismo nenúfar, que varían según evolucionan las transformaciones de su jardín. Hasta dar con el exacto, el que coincide con la imagen deseada aunque en el fondo eso nunca se alcance y esa sea la única certeza. Las acumulaciones de verbos implican variedad de acciones: se chifla, se silba, se pedalea, se cava, se empuja, se pedalea nuevamente…Todas las metáforas son dinámicas sinestésicas (lo que se contempla, lo que se oye, lo que se prueba, lo que acaricia). Una música. No escribe, compone, diría Mandeldestan. Sus versos cortos que avanzan y retroceden son un latido, un pulso, una respiración, un movimiento. Y es que hay algo primitivo en esta poesía, acaso 30.000 años de un mismo grito, como lo describe M. Duras en Las manos negativas.

Con quién se habla o eso que decía T.S. Eliot que es la contemporaneidad: “todo lo que me toca”

Hablamos con Soledad sobre sus lecturas y mencionó a la uruguaya Marosa di Giorgio: panteísmo, le decían algunos a la expresión religiosa que resplandece en su obra donde el fenómeno de la vida, el sexo y la muerte se observa con asombro, con curiosidad infantil sin un atisbo de filtro moral. En sus fábulas, las vírgenes se inician en el misterio del sexo copulando con animales, plantas, ángeles y hasta con Dios, creando un continuum indisociable entre experiencias sexuales y místicas tan característico de su obra. Di Giorgio nació en el campo donde su padre y su abuelo se dedicaron a la horticultura. Y si a sus lectores más urbanos les incomoda ese universo mágico-rural, esos hurones, esos lobos, esos perros y ratones que se casan con las vírgenes, violan y asesinan a las flores que vuelven a renacer, deben saber que el gran tema de su obra no fue la naturaleza, esa naturaleza que es puro referente, entorno, contexto, elemento provisorio, si no el paraíso perdido de la inocencia, el desamparo ante el sexo, la muerte y los miedos de la infancia.

De Soledad y en esta misma sintonía:

[…]

y trato de recordar

el sueño que tuve

veo un pedazo de cielo

de noche

apenas iluminado

tres ancianas en el patio

quieren el pájaro de colores

que está apoyado

sobre mi hombro

les obsequio el pájaro

a las tres ancianas

y en eso te paso a buscar

[…]

y el paisaje

siempre es el mismo

y me preguntás

que pasa

yo callada medio loca

te miro

y mis pensamientos

se hunden sobre tu pecho

que sigue caliente

y me quedo así un rato

recordando el sueño

los pájaros

[…]

y me digas

quiero estar tranquilo

y la mañana sea fresca

y mi resaca no te asuste

y mi bajón no te espante

(…)

y pienso

en regalarte una arrocera

en decirte que ya no hay

nada que temer

que todo lo que nos pasa

no es más que estar vivos.

Durante la entrevista con Muñoz le preguntamos y ella nos re-pregunta a su vez, nos interpela; esto en el diccionario significa exigir explicaciones sobre un asunto, especialmente si se hace con autoridad o con derecho. ¿Con qué derecho me dirán? Bueno, yo también, a eso, siempre lo cuestiono(y lo que las palabras que nos “apropiamos” buscan decir teniendo siempre en claro que la apropiación del lenguaje es una ilusión de la que nos valemos para explotar al otrx -el que nomina domina, dijo Bordieu). Acaso, con el tiempo y la distancia, Soledad ha comprendido ciertas cosas para ser otra (algo que por ahí intuimos las presentes, pero que olvidamos sumergidas en la coyuntural miseria). Sin una codificación en común no hay diálogo posible con nadie. Será que, parafraseando a Fito Páez en su versión más chévere e inclusiva, no es bueno nunca hacerse de enemigxs que no estén a la altura del conflicto (ni de amigxs tampoco). La Sol dialoga directamente con Marosa di Giorgio, con la naturaleza a la manera de Juanele Ortiz: eso que se siente cerca de una, enfrente de una, como un río imaginario. Cuando los arroyos crecen, los poemas fluyen. Y cuando los arroyos se vacían, apilamos piedras… Y que a veces lxs poetxs muertxs están más vitales y más jóvenes que lxs vivxs. Y que en materia de escritura la discusión es siempre con el lenguaje. Y que hay que desconfiar de todo lo que rodea a la Literatura, así con mayúsculas, porque, en palabras de Tamara Kamenszain, es pesadilla. Gorda casi siempre. Pura grasa.



[1] Carta a Felice, 21 de junio de 1913: Pero qué me dices, Felice, acerca de una vida matrimonial en la cual, por lo menos durante algunos meses al año, el marido regresa de la oficina hacia las 2.30 o las 3, come, se acuesta y duerme hasta las 7 o las 8, cena rápidamente, pasea durante una hora, y luego comienza a escribir hasta la 1 o las 2 de la madrugada. ¿Serías capaz de aguantar todo esto? ¿No saber nada del marido, sino que está en su cuarto escribiendo? ¿Y pasar así todo el otoño y el invierno? ¿Y hacia la primavera recibir a ese hombre medio muerto junto a la puerta del escritorio, para tener que contemplar durante la primavera y el verano como se recupera para el otoño y el invierno? ¿Es esta una vida posible? Quizá, quizá sea posible, pero es preciso que tú reflexiones sobre ello hasta la última sombra de una duda.

[2] Oliver, Mary. El pájaro rojo. 1ed. Argentina: Caleta Olivia, 2019.

[3] Muñoz, Sol. Veinte y una velocidades. 1ed. Mendoza: Proyecto Editorial Itinerante, 2015.

[4] Ya que estamos: César Aira definió el personaje alejandriano protagonizado por Alejandra Pizarnik (1936-1972) con estas palabras: La clave de su funcionamiento era la juventud, que seguiría siendo su rasgo esencial hasta la muerte, y más allá. Se fue perfeccionando a partir de rasgos espontáneos, todos los cuales se envolvían de una justificación poética, que tomaba la forma de una amplificación metafórica. Esa cristalización entre la figura y la obra de Pizarnik, con su repertorio de niñas eternas, autómatas y miniaturas verbales, favoreció el ingreso al mundo de la poesía de muchas jóvenes y adolescentes, que la leyeron con fervor y admiración. En este sentido, hay tantas Alejandras Pizarnik como lectoras. Yo pienso que, a lo largo del tiempo, ha ido cambiando la imagen y significación de su obra literaria. Si bien ahora la leemos como poeta, crítica literaria, autora de textos en prosa transgresores, diarios y correspondencia todavía queda mucho por incorporar de su acervo depositado allí. Y creo también que si la colocamos en el lugar de única y atemporal – ahistórica ejemplar de joven poeta mujer en la Argentina, de su generación y hasta el fin de los tiempos-, cometemos eso que se llama borramiento en la inclusión neutralizando justamente lo que queremos visibilizar. A propósito siempre digo que el problema no es Pizarnik sino las pizarnikeanas, una legión de sus autopercibidas representantes sobre la faz de la tierra, lo que me costó por supuesto la retirada del saludo de muchas de mis contemporáneas y sus respectivas (absolutamente válidas) coléricas promesas de venganza. En fin.

[5] La mesa, ese locus (algo se ha dicho acerca de las mesas de varones donde nos sentamos algunas. Y es que hay algo de verdad: la mesa no debería de compartirse con cualquiera. Política personal: YO NO ME SIENTO CON VIOLADORES. Igualmente, qué miserable y qué machirulo pensar que las únicas mesas donde se debate sobre materia literaria son las plagadas de caballeros, como en la corte del rey Arturo).

[6] Otro tema eran las vestimentas femeninas de la época, en las que predominaban los corsés y las polleras. Aquel atuendo incomodaba, por lo que se comenzó a usar menos ropa y los pantalones llamados bloomers. Las mujeres se vestían casi igual que los hombres y eso generó un gran repudio. Se llegó a denunciar públicamente que de ese modo se perdía la esencia femenina.

[7] La palabra aymará que indica el pasado es nayra, que literalmente significa ojo, a la vista o al frente. La palabra que traduce futuro es qhipa, que quiere decir detrás o a la espalda. Es más, qhipüru, la palabra aymara que se traduce como mañana, combina qhipa (atrás) y uru (día), siendo literalmente día que está a la espalda.

Narraciones enclaustradas

 Por Agustina Gramajo

La niebla se traslada al vacío de la mente y la cautiva. El futuro es una forma borrosa. No está escrito.

Lecturas de percepciones. Intoxicaciones anudadas o yuxtapuestas con otras formas de narrar la mirada, taquigrafía de sensaciones[1], confluencia necesaria como oxigenación para liberar de intoxicación la sangre.Vomito aire, versó un poeta beat.[2]

Para Silvia Rivera Cusicanqui, reactualizar -la memoria del hacer- consistiría en descolonizar la mirada.[3] Liberar la visualización de las ataduras del lenguaje. Visualizar sin la mediación de ese lenguaje que desplaza a los otros sentidos. Reactualizar la memoria de la experiencia como un todo. Acordarse con el cuerpo y la mente. Habitar de otra forma.  Se trata de trabajar la mirada despercudiéndola de la tentación de dominar lo que mirás.[4]

Pero el cine ha sabido ser otra cosa, el monstruo es dividido y desgarrado, en él se enfrentan la voluntad de poder y la exigencia de libertad, así se presenta desde su origen el cine según Jean-Louis Comolli.[5] El cine es escéptico. Todo cambia y mostrar esto, dice, es la misión política del cine que se opone al punto de vista religioso donde el mundo ya está dado por dios y nadie puede hacer nada. El cine desrealiza el mundo, produce una versión y traducción alterada de este.

El gatillar de la contemplación

Nunca se apaga la luz de ese poste, el brillo de la luz les golpea los ojos a la gente; les apunta sin paredón. El régimen se expande como una bruma se traslada y se fuga en persecuta, se habla sola para entenderse. Camina para atraparse en algún rincón secreto como ese.     

La obviedad es la consecuencia resplandeciendo en el horizonte virtual. La vigilancia instantánea de las masas es la consecuencia hediendo en el horizonte virtual. La producción desaforada de imágenes. La tecnología por la construcción de la imagen del yo como un proyecto social cotidiano.[6]

Lo que W.S. Burroughs llama imagen-cautiverio es la barrera absoluta de imágenes a las que estamos sometidos que va a acabar embotándonos la que forma una niebla permanente en los ojos y ya no permite ver ese bombardeo.[7]

La distribución del capitalismo, la globalización, tejió un entramado: es lo que viene a buscarnos como una flecha. Trama de muerte de la contemplación –fundido largo a rojo-.

Somos bombardeados por imágenes, y en cuanto al desciframiento de las intenciones colonizadoras que trae consigo la imagen, no somos alfabetos. Entonces es muy importante perder la inocencia con respecto a la imagen y saber que detrás hay mecanismos deliberados de control de conciencias, de captura de deseos y de pulsiones del alma, lo cual permite que el sistema de propaganda sea tan eficaz.[8]   

La realidad se autocomenta paródicamente como una imagen de imágenes.[9]

Fracturas múltiples

Rayó el desvelo toda la noche como una sirena en el pensamiento corriendo en la imaginación enérgica una escena; -plano abierto- una golpiza, alguien cae al verde del pasto, al lado el concreto, no se levanta, el agua estanca bajo un puente, el dolor y su música dan a la expresión de la personaje una especie de fortaleza inversa bajo la impasibilidad del cielo aclarado, y su inmovilidad. Ponerse de pie es un paso, erguirse es otro paso. Avanzar es ser golpeada. En un año con trece lunas (1978), de Rainer Werner Fassbinder, sigue el recorrido de una alemana transexual en los días de su paseo de regreso al hombre que la rechazó. Vuelve como una peregrina, fantasmagoría de los años de ansiedad que le royeron los huesos del cuerpo más fuerte que el frío. En los días de un año con trece lunas nuevas.

La historia de la tragedia de un ex matarife pareció ser parte de los cabos sueltos en la vida de Fassbinder, vertido y desdoblado fantasma del director. Volcado en una película que corre como un tren por la cabeza, en el día, en la noche por los vértices, hipótesis como vías se cruzan.

El dolor se extiende en todas partes, el amor nos iguala, nos diferencia. Las miserias íntimas -atraviesan la precariedad moral de la tierra-. Las expresiones comunes, la posibilidad para vencer la angustia y lo que oprime. En un año con trece lunas es una película que Fassbinder filma con urgencia a modo de reparación. Poniendo desde la primera escena al espectador en la perspectiva o en el margen de la posibilidad de que la historia terminará violentamente.  

-A ella le dieron la espalda, pero su voz está grabada, y es el fantasma de su cuerpo, su tono disfórico relata la excitación efímera de un camino que la llevó y la resonancia de sus palabras son la confluencia de ese proceso en el que fue corrida, desaprobada, odiada, abandonada terminalmente.

Como en La mujer insecto (1963), de Shohei Imamura, lxs personajes de las películas de Fassbinder  parecen no tener tierra en el mundo del dolor, o nido, o madriguera, o guarida. No refugiadxs, irrescatables, van errando libremente (Nietzsche). Hablan desde esa fisura del tiempo como una piedra rota.[10]

Las ideas de Fassbinder desbordan en cada trama, imaginación rabia creciendo la película y contrariando su gestación en la oscuridad de un vientre. Diferencian el margen del lenguaje que lo abisma deconstrucción-destrucción. La furia acumulada, la imaginación furiosa recorriendo el estriado cañón de una pistola fría. En guiones malditos, hacer cine es escribir sobre un papel que arde (Pasolini).   

En este elemento nuevo del discurso que es el cine, decía Fassbinder, no se debe buscar la revolución.[11] No, claro que, en la pantalla, si nos damos cuenta de la necesidad de cambiar nuestra realidad humana, es por ciertos mecanismos de forma develados. Apuntando a descubrir nuevas fuerzas. Fassbinder trata, apuntando contra sí mismo, contra la correspondencia entre la estructura burguesa que lo forma en su historia. Contra esa tiranía.

La libertad es tan violenta como el crimen (J-L Godard)

El cine no es solamente una experiencia lingüística sino también, en tanto que búsqueda lingüística, una experiencia filosófica, escribió Pier Paolo Pasolini en Poeta de las cenizas:

hay que decir más fuerte que nunca el desprecio

contra la burguesía, gritar contra su vulgaridad,

escupir sobre la irrealidad que ella eligió como única realidad

no ceder con un acto o una palabra

en el odio total contra ellas, sus policías,

sus magistraturas, sus televisiones y sus diarios. [12]

Hay un sentido de realidad que el creador debe extraer, decía Fassbinder. El problema reside en que siempre hay una clase que quiere educar a la otra. Hay esta relación de educación amo-esclavo casi fascista. La forma de educación sólo conduce a la ausencia de comunicación. Una comunicación real sería revolucionaria.[13]

Lo que tiene efecto de largo alcance, lo que emerge del submundo ocultado porque agita, lo borrascoso reflota, supera el golpe extraído del paisaje, lejos la abundancia, el bienestar que la superficie del charco oculta para lxs de las profundidades que martillando como el corazón la piel hablan con sus gritos, escupiendo, miran tenazmente su resonancia en los ojos que tiemblan ante un fantasma que regresa.    

Fotograma de The Insect Woman (1963) de Shohei Imamura.


[1] Taquigrafía de sensaciones es una idea esbozada por Francis Bacon en el documental “The South Bank Show”. 55 min. Español | Dir. David Hinton (1985) (https://www.youtube.com/watch?v=Z1nrFrtL0yo)

[2] Ginsberg, Allen. “Madurez”. Poesía beat. 1ed. CABA: Ediciones Colihue, 2004.

[3] Rivera Cusicanqui, Silvia. Sociología de la imagen: Miradas ch´ixi desde la historia andina. 1ed.CABA: Tinta limón, 2015.

[4] ibíd.

[5] Comolli, Jean-Louis. Cine contra espectáculo Seguido de Técnica e Ideología. Bs. As.: Ediciones Manantial, 2010.

[6] Appadurai, Arjun. La modernidad desbordada: Dimensiones culturales de la globalización. Argentina: Ediciones Trilce, 2001.  

[7] Burroughs, William S. La Tarea: Conversaciones con Daniel Oldier.1ed Argentina: Ed. El cuenco de plata, 2014.

[8] Rivera Cusicanqui, op. cit.

[9] Richard, Nelly. Fracturas de la memoria: Arte y pensamiento crítico. 1° Ed. Bs.As.: Siglo XXI editores, 2007.

[10] Rivera Cusicanqui, op. cit.

[11] Torres, Augusto M. R.W. Fassbinder. En: Colección: directores de cine. N°13. Madrid: Ediciones JC, 1983.

[12] Pasolini, Pier Paolo. Poeta de las cenizas. Buenos Aires: INTERZONA, 2015.

[13] Torres, op. cit.

Editorial 2

Fragmentos de Postales de la contracultura: un viaje a la Costa Oeste (1974-1984) de Osvaldo Baigorria. 1ed. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Caja Negra, 2018.