Editorial 1

LA ESCISIÓN DETERMINA EL TEMA TODO TEMA ES POLÍTICO HACER TEXTOS POLÍTICOS ES MOSTRAR LA MISERIA DEL MUNDO ESCRIBIR TEXTOS POLÍTICOS ES HACER PÚBLICO UN TEXTO ANTES DE ESCRIBIRLO ESCRIBIR POLÍTICAMENTE ES DESTRUIR LOS TEXTOS POLÍTICOS CON LAS ARMAS DE LA CRÍTICA Y LA AUTOCRÍTICA ESCRIBIR POLÍTICAMENTE ES HACER EL MONTAJE DEL TEXTO ANTES DE ESCRIBIRLO Y DURANTE LA ESCRITURA ESCRIBIR POLÍTICAMENTE ES SABER QUE ESCRIBIR LIBROS ES UNA ACTIVIDAD SECUNDARIA UN PEQUEÑO TORNILLO DE LA REVOLUCIÓN UNA CRÓNICA ESCRITA EN VERSO NO CONSTITUYE UN POEMA LA NECESIDAD DEL POEMA ESCINDE LA NARRACIÓN POLÍTICA DE SUS VALORES LÍRICOS EN UN SENTIDO PUNITIVO PERSIGUE LA VAGUEDAD DE SU ESTELA CON UN RIGOR DISCIPLINANTE DIGNO DE MEJORES CAUSAS LA DISCIPLINA HACE Y DESHACE AL POETA LO TENSA HASTA LOGRAR UNA VERSIÓN DISTORSIONADA DE SÍ MISME EL ESTILO ES LA PLENA DISTORSIÓN A LA QUE ARRIBA EL POEMA DILUCIDAR UNA TEORÍA DEL CUERPO DETRÁS DE UNA PERFOMANCE ES EN UN SENTIDO PROFUNDO DAR CON EL ORIGEN NO- ESCINDIDO DEL POEMA LO CRÓNICO DEL POEMA ES LO IRREDUCTIBLE DE SU SENTIDO LA INDETERMINACIÓN DEL ORIGEN OBLIGA AL TEMA A DEVELARSE HACE DE LO IRREDUCTIBLE DE SU CONDICIÓN UNA AVENTURA DEL SENTIDO PERFOMANCE ES A VECES LA FORMA QUE ADQUIERE LA AUSENCIA CRÓNICA DE SENTIDO LA AUSENCIA CRÓNICA DE SENTIDO JUSTIFICA LA BÚSQUEDA DE LA FORMA LO LÍRICO ES A VECES LA AUSENCIA POLÍTICA DEL CUERPO FORMA Y SENTIDO NO SIEMPRE DETERMINAN AL POEMA LOS GÉNEROS Y LAS FORMAS CAMBIAN PARA HABLAR EL MISMO IDIOMA HAY QUE VOLVER AL CUERPO NUESTRA FOSA COMÚN EL LENGUAJE ES EXCLUSIVO PORQUE NO HAY CONFORMIDAD CON NINGUNA LETRA LA CONTEMPORANEIDAD ES TODO LO QUE NOS TOCA EN EL MUNDO DE LOS SIGNOS LO NUEVO NO SUPONE NUNCA UNA INVENCIÓN EN TÉRMINOS ABSOLUTOS SI NO APENAS UNA REELABORACIÓN QUE DIALOGA PRODUCTIVAMENTE CON ALGO ANTERIOR SIN TRADICIÓN SE BORRA EL SUJETO COLECTIVO DE LAS MUJERES TEJIDO EN UN PROCESO REVOLUCIONARIO NO HAY PROPIEDAD PRIVADA DEL LENGUAJE ES LITERATURA AQUELLO QUE UN PUEBLO QUIERA GOZAR Y PRODUCIR COMO LITERATURA LA INSISTENCIA DE CIERTOS JUEGOS DE PALABRAS ES LITERATURA COMO LO COMPRENDE CUALQUIERA QUE SEPA ESCUCHAR UN CHISTE CONTRA LA INSTITUCIÓN ESCRITOR Y SUS CLASIFICACIONES CONTRA LOS LÍMITES DE LA LITERATURA COMO UNA PALABRA QUE SE ANUNCIA EN SU PRÁCTICA SIN ALUCINAR LA VIDA PORQUE LA LITERATURA QUE SE CONSAGRA A LA CORRECCIÓN POLÍTICA ESTÁ MARCADA POR UNA DOBLE CENSURA FORMAL Y TEMÁTICA AL FASCISMO NO SE LE DISCUTE SE LO DESTRUYE

Materialidad de un clima opresivo

O el monstruo adaptado a un género

Por Agustina Gramajo

En la noche vuelve la descomposición frente a una imagen que en una pesadilla  recurrente se materializa – de un estado alterado – a una confusión de la realidad – a una imagen fugaz – a una secuencia pre sentida – terrorífica – a otra de las imágenes fugaces – a su ausencia – provisoria -. Alerta por los movimientos aparentemente ausentes de un movimiento, los invisibles, los que circulan alrededor de un movimiento que pide atomizar un gesto, paso a paso de monje. Corridas, arrebatos, fuga, muerte en la calle, autos faroles en persecución, claroscuro estrellas, estruendos. El humo del cigarro, risas, el vino, cuerpos, heridas punzantes, espejos, miradas bajo el sombrero. Imágenes permeables que prenden interrogantes en la cabeza, y a medida que pasan y el detalle intima (o es punctum) marca, queda, se acumulan imágenes como hilachas, hilvanan en el cerebro la trama que deja una psiquis gedienta, una resaca que pide más del vicio para esclarecer. Heridas punzantes en la historia de la imagen complotada con la violencia. Hay que Desconfiar de las imágenes, H. Farocki escribe en el capítulo Indagaciones sobre una cultura del plano y el contra-plano, retrata una definición: soportamos aquello difícil de soportar porque siempre aparece velado, con una mitad oculta que, sin embargo, sigue estando presente. Como parte de un método de corte que sostiene la estructura burguesa, dice: el montaje se reconoce como montaje pero el corte trata de pasar desapercibido como tal. Y como al montaje le pertenece la idea, y la ideología de la evidencia burguesa sostiene nada de ideas (1) Ese enojo elevado de Farocki que plasma y detecta al aparato que inscribe la violencia en las imágenes, en su lenguaje, al monstruo, el más frío de todos los monstruos fríos dice Silvia; el estado… ella además enseña a encarnar ese pensamiento de rabia al cine creando las imágenes en contra de su misma política, contra el estado de ellas, Silvia (Schwarzbock) ilumina… /el cine, como arte de estado, parece hecho a su medida no para reproducirlo en todo lo que es (en toda la frialdad que lo hace tangible), sino en todo lo que no es, en todo lo que le falta, en la intangibilidad que no tiene. Que el cine tenga lo que al estado le falta es lo que permite amarlo. U odiarlo / (2) Cine, películas que proponen lo opuesto al capital porque primero que nada quiebran la línea, infraccionan, estas infracciones constantes de la convención que nos vendieron por realidad que R. Zelarayán dice, es donde se encuentran las fuentes de la poesía, en la Obsesión del espacio. Embriagan la sensibilidad atrofiada. Si toma partido en la micro lucha de clases que refiere a la reproducción de modelos de deseo, si puede ser a la vez la máquina del eros , la interiorización de la represión , y , la máquina de deseo liberado … el cine nació político-erótico (3) El quiebre, el salto… pensar esto y ver alguna película del inglés Peter Watkins. La parte en sombra de la realidad de la pantalla estatista, imágenes creadas para ser dinamitadas. Partir de líneas bajadas de un confusionismo o un deliberado aturdimiento atomizado… una imagen que naufraga, hilachas que hilvanan una trama, un trabajo de detective, que se desmorona por la desaparición de la amnesia, pero que se funda en ella misma, en El corazón del ángel (de Alan Parker), el detective es Mickey Rourke que resplandece y con una expresión dice /me estoy yendo al infierno, y me olvidé radiante de que este no era uno/. En otra pantalla Escalera de Jacob (De Adrian Line), sin los últimos escalones, adaptada en este concepto; que el soldado se muera, pero que en su lucidez final descubra que no hay otro infierno aparte de este – y en el año de la guerra – que lo único que se va a quemar en ese fuego es la parte que quiere soltar lo que tiene la vida de vida. Mirada sensible para lastimar o mirada herida para sensibilizar. Se canta Love me tender en Corazón salvaje. Como si la palabra eterno y retorno fueran la misma, D. Lynch y el mérito de saber pescar las ideas como peces, Lynch medita sobre las Generalizaciones escribe que en una película una mujer no representa a todas las mujeres ni un hombre a todos los hombres, que es un personaje en particular en una historia concreta que sigue un camino concreto (4) pero la creatividad de la conciencia decide qué hacer con esos peces, en qué pecera ponerlos, o liberarlos… El heroísmo de Lynch al seguir pensando con imágenes el cine después de Godard que como dijo Silvia. S dejó extasiada a la teoría por practicar un cine que pensaba por ella. Puede ser una frase de salida a la superficie. Para invocar a Harry Dean Stanton en Lucky (de John Carroll Lynch) que profesó: cuando seamos nada, cuando quede nada, nadie va a quedar a cargo, o algo así. Y pudo prender su cigarrillo en el bar libre de humo. Y por el camino de la vastedad del desierto desapareció del plano. Suficiente para ver la película tomando el mate con hiperlentitud, como los pasos del monje Walker en el corto del taiwanés Tsai Ming-liang, donde por veinticinco minutos la indistinción del movimiento (o el pulso inadaptado) deviene en pasos bajo la fijeza de la mirada hacia cada peldaño sentido con los pies en recorrido por las calles de Hong Kong, con la cadencia en la que se come una hamburguesa mientras suena el Sutra en una canción, que puede arrimarse en una traducción a los versos…

Ella lo ama profundamente Cómo puede ser esto cierto ¿Cómo puede ser profundo el amor cuando ella está vestida en harapos? Si una corriente divide la tierra. Los que no tienen riquezas están del lado del sufrimiento. Sin riqueza, todo es sólo un sueño no digas que es lamentable Incluso el pan cuesta unos centavos por pieza no esperes que viva en el aire si la corriente divide la tierra […]

no digas que es pesimista la felicidad no va con el hambre […]

Mientras el agua del mate se enfría a la espera del claro en lo oscuro del tono, para querer vivir, amar y pensar iluminarse en el final, en otro escenario de la noche de Occidente, hasta que el cuerpo y el cerebro se encuentren fuera de la pantalla lejos de la cámara y su lente, en una atmosfera -probablemente trágica-, en secuencias de guerra, corriendo al encuentro, kimonos desatados, suspendidos en el aire por la velocidad de la corrida hacia un horizonte liberador, donde finalmente el idiota y su batallón pierdan la cabeza al verse las manos ensangrentadas, la materialidad de esas miradas opresivas, el mismo monstruo de género cinematográfico adaptable sigue desfalleciendo en el Palacio de la aurora y su clima fotografiado.
Shumpu Den
(Fotograma de Shunpu den. Historia de una prostituta. Seijun Suzuki 1965)

(1) Desconfiar de las imágenes. Harum (2) Los monstruos más fríos. Estética después del cine. Silvia SchwarzbÖck. (3) Apéndice. Un Amor de UIQ. Guion para un film que falta. Félix. (4) David Lynch, Atrapa al pez dorado. Meditación, conciencia y creatividad.

Una mujer que escribe siente demasiado

Una mujer que escribe siente demasiado

Por Sabrina Barrego

Este texto iba a ser leído en la presentación del libro de las cartas de Violeta Parra a Gilbert Favre. No sucedió por amenazas de escrache a los editores que lo iban a publicar.

I

Una mujer menuda con su pelo negro y su abrigo grueso, de espaldas, bordaba aún con pequeños retazos de lana. La arpillera sobre la pared.   

Voy a hacer algo para ti, dijo.

Entonces ella toma la guitarra y frente a cada tapiz comienza a cantar todas las canciones relacionadas con las arpilleras.

La observadora llora. La escena es de una belleza total.

A la hora de almorzar, la europea la invita a comer algo.

No tengo hambre, le dice. Ya me comí tu alma.

Violeta Parra en el Louvre. Donde muchos artistas terminaban su recorrido, ella recién lo comenzaba. Llega al museo con los hijos. Una nieta. La obra y la guitarra a cuestas. Un movimiento centrípeto: de afuera hacia adentro y nunca al revés. Porque lo académico es gris. Y la vida no es gris ni monocorde.

Una mujer chica, desprolija. La cara marcada por la viruela. Sin esa pulcritud para el mercado, para la venta de la sociedad occidental. Una mujer de campo, natural, descuidada de sus medias, de sus zapatos. Sin padrinos mostró, durante mucho tiempo, la cultura de un pueblo. La danza. La artesanía. La escultura. El tejido. La poesía. El canto.

Violeta era alguien que aportaba al universo.[1]

El individuo y la artista estaban ahí. Frágiles e indestructibles. Heridos y orgullosos.

Los especialistas en el discurso del exotismo la visten a Violeta de india. Así, legitiman su mirada exotizante: la oposición entre lo universal y lo particular. Algo totalmente falso: la mirada antropológica de que el mestizo es universal. Si hay un particularismo es justamente el del mestizo.

(Dice Silvia Ribera Cusicanqui, que el mestizo carga con una doble culpa: culpa de ser blanco, culpa de ser indio.)

Nieta, hija guacha de las canciones cantadas en gran parte por mujeres del campo en su país. Motor primario de mucho de lo que vendrá. Sin tradición y único gran exponente, la figura de Violeta Parra, es utilizada para borrar aquello mismo que se le resalta: el sujeto colectivo que las mujeres venimos tejiendo en un proceso revolucionario.

Pero aquí no se clasifica a nadie. Aquí es el desorden, el poético caos. Violeta fue una vagabunda. Una suelta. Con el corazón rebosante de un amor muy próximo en ósmosis al conjunto al que ella admite llamar dios.

Su genialidad está en el acceder a una realidad diferente. No en escribir como la Mistral. Si no  alimentar a los hombres, a las mujeres y a los otros con su propia lectura del universo. Reavivar un soplo revolucionario en una sociedad que, por lo demás, se consideraba muerta. Ella no estaba para hacer un poema y que la aplaudieran. Estaba dando un mensaje por los cuatro ángulos de la vida.[2]

 

II

 En Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes presenta la figura de la carta de amor como una dialéctica que es a la vez vacía (codificada) y expresiva (cargada de ganas de significar el deseo). Un puente entre unos seres separados que, gracias a una escritura particular, se juntan en la pasión.

Violeta y Gilbert.

Dicen que el suizo viajó a Chile en busca de algo que incluso él mismo desconocía. Y que fue ese deseo de implantarse en lo popular lo que lo llevó a enterarse de la existencia de Violeta Parra. Preguntó por ella. Esta pregunta lo llevó a la comuna de La Reina. Ese día Violeta cumplía 43 años. Gilbert Favre tenía 30.

El se convirtió en un artista en la casa de ella (su cuarto propio). Con el trabajo de su casa, con su música, la lana, el color. En esa casa fregaron los suelos, cocinaron las tortas, pusieron leña en la salamandra. Escenificaron la felicidad.

Un día, durante una estadía en Europa, Gilbert decide tomar la quena. No se sabe cuánto peso tuvo Violeta en esa decisión. Ella tuvo algo que ver, seguro. Graban un single: El tocador afuerino.

Un signo. Hasta ese momento Gilbert había sido uno más de la Familia Parra. Alguien que llegó para quedarse. Desde que ella le da ese nombre pasa a ser un afuerino. El que no pertenece.  El “tocador”. Un aprendiz que será músico por derecho propio. Ese fue el regalo de mayor belleza.

Ahora eres un músico y eres libre.

Tengo unos papelitos y unos hilitos, y unos clavitos, y unas cintitas, todo muy lindo para armar mi trabajo en el fondo de tu alma. Tú eres vida, yo soy vida. Las maquinas son cosa muerta. No tienen sangre, escribe.

El texto es la casa.

La casa es la música.

La música es el cuerpo.

Bajo la aparente serenidad de los gestos cotidianos fulgura la violencia del deseo.

Yo no quiero recibir comida nada más que una vez al día. De repente no comeré nada más. Tengo una rabia con todo. Trabajo poco. Se fue la alegría, se fue por el desierto. La casa de madera está llorando. No tiene sentimiento de guitarra, escribe.

No tiene la inteligencia en la cabeza si no a flor de piel. En ese dolor, en ese deseo. En el tormento insoportable de ese deseo. Incluso aunque tenga que desembocar en el suicidio. El mal de la muerte es no saber qué es el amor. Solo conoce el amor que siente por él. Entero. Terrible. Y él no está allí para librarla de eso.

Vacía como el hueco

del mundo terrenal

Run Run mandó su carta

por mandarla no más.

Run Run se fue pa’l Norte

yo me quedé en el Sur,

al medio hay un abismo

sin música ni luz

Ay ay ay de mí.

Canta. Los cuerpos son soportes pasajeros para los personajes. No se habla de ellos si no de una historia que no dominan. La desmesura. Se dejan atravesar por la música. Ella dice una canción sobre la ausencia. La pone a  disposición de otras memorias que no son la propia. Ella es el deseo. La carencia de amar la devuelve a la hoja en blanco. Su goce llega hasta el alarido.

Ama el amor.

Por lo menos cuando te escribo me consuelo un poco.[3]

 

La felicidad de escribir. Mientras le escribe a su compañero de los últimos años está escribiendo, inmensa, sobre su vida entera. Todos los años confundidos en esta vida. Sobre ella como no lo había hecho hasta entonces.

Violeta tendría hoy 100 y 17 años. No se trataba de una cuarentona nostálgica de escandaloso pasado que se atrevía a hablar con crudeza de lo que ya no correspondía a su edad. Sino de una mujer en la que sobrevivían intactas todas las edades de su vida.

Flaca y mañosa. Envuelta en la mortaja de su propio jardín. Radiante. Trabaja la greda frente a su público. Baila la cueca sola.[4]. Recita décimas. Canta sus pinturas. Es de fierro muy duro y de voluntad inquebrantable. Sufre por irse pero aún así resiste. Hasta que su país se ablande y sepa y sienta que ella anda por allí, realizando meticulosamente la fantasía con una fuerza casi humana. Porque su fuerza es sobrehumana.

Porque se trata de un amor que no tendrá fin. O no se resolverá nunca. Que no es vivido. Invisible. Están muy lejos de la consumación. Lo consuman otros. Es una especie de juego trágico, a veces, la felicidad. Se quieren. Están juntos en esa fragmentación. Se querrán toda la vida.

Gracias a las palabras, el amor se vive.

III

Después de algunos intentos fallidos, Violeta Parra se suicidó de un disparo en la cabeza a los 49 años. Una capilla ardiente se levantó en su carpa. Su funeral se hizo dos días más tarde. Cuando se mató sólo tenía 80 escudos; todo su capital. Se hacían los encuentros de la peña y había que pedir la harina fiada para hacer las empanadas. No iba mucho público. Había escrito que estuvo muerta años de años… esclava del trabajo y del país. Adelgazada por el tiempo. Habitada por su propia historia. La de sus hijos y matrimonios.

La de su pueblo.

           

Fue quizás  por su carácter severo, arcaico, intransigente y drástico, que llegó a ese arrebato de violencia.[5] Presa de antagonismos más fuertes que ella misma, se abandonó a esas fuerzas brutales.

No fue un ser inconsciente. Acaso con su aguda sensibilidad ella vio lo que iba generando en el sistema social en el que estaba enclavada, y cómo se iba quedando sola en su pelea (profética aunque no lo desee frente al panorama  trágico que se avecinaba en su país). Quizá en un momento de quiebre optó por el suicidio. Pero no buscando la aceptación: ella sabía muy bien que el sistema nunca la aceptaría -hasta siendo capaz de darse cuenta de que trabajaba para un largo plazo, un legado póstumo- .

Algo hiperbólico: quizás aprovechó esa última fuerza, en un momento de fragilidad para aventurar que, en definitiva, la única forma en la que realmente quedaría en la codificación de la historia era poniendo en juego su vida. La ironía final: un mensaje cifrado para aquellos a los que quiso y que no la quisieron bien. Su propia muerte como una marca cargada de sentido.

Quizás sea como dijo Fréderiqué Lebelley a propósito de Marguerite Duras:

La vida de una estrella es una lucha incesante contra su propio peso. Durante mucho tiempo, encuentra fuerzas renovadas para soportarse. Pero el combate es desesperado: tarde o temprano la gravitación se impone.

Y la estrella se desmorona sobre sí misma.[6]

No sé.

 

¿Es indispensable un final? Yo creo que no. Es un pasaje de la vida y punto…Ya ves como todo es pasajero. No hay eterno. Puede que ni la muerte es eterna.[6]

 

Hay mujeres que se sienten cómodas con lo inasible. Que son un universo de misterio que emana de una época anterior a la palabra, a las ideas. El potencial revolucionario de la perdición constante. Fuego. Pasión interior y sensibilidad en todo. La naturaleza primitiva de una poesía que tiene sus raíces en la tierra.

Quizás los muertos vivan. No se puede prescindir de la presencia del que se ha ido. Y el que se ha ido, vuelve.

Durante 1977, en plena dictadura chilena, se genera el mito distorsionante de una Violeta Parra suicidada por amor. ¿Esa mujer que experimentó en su propia carne la pobreza, la fuerza bruta, el machismo, la soledad? ¿Y también la juventud, el deseo, la belleza y la maternidad?

No fue militante. El Comité le quedaba chico. Considerada insolente por el PC chileno debido a las letras de sus canciones [7].Sola y su alma increpó incluso al Papa. Siguió la huella de sí misma desligada de partidos, filosofías o religiones. Con una actitud de lucha que significó la entrega total de su vida.

Una de sus últimas canciones es un agradecimiento a la vida en su significado más amplio, intransferible, único como cada dolor. Como el dolor que todos sentimos (una historia como sólo le sucede a quien es capaz de narrarla).

Un agradecimiento al amor.

Ausente. Y por ausente, narrada. La escritura de esta historia llega tarde porque el acontecimiento ya sucedió. En las cartas. En los cuerpos. Nosotros sólo hemos puesto luz en la habitación de los amantes.

Violeta Parra no fue un útero funcional al Capital. Ni  una víctima sacrificada en los altares del amor romántico. Imagen de sí misma, propia e irrepetible. Agua que se escapa entre los dedos, no debería ser juzgada pasándola por el filtro de la contemporaneidad -la novedad ya tiene sus tradiciones-,  acomodándola dentro de alguna categoría como la de “literatura feminista”. Un rosado escaparate de mercado para las energías institucionalizantes.[8]

Profundamente intuitiva y lúcida, Violeta entendía que una subjetividad masculina o femenina (u otre) no constituye un valor en sí mismo, y que el lenguaje también hace su propia subjetividad. Y que la percepción de ésta, a veces, implica más al lector/oyente (a su ideología, supuestos, marcas culturales y deseos) que a la autora.

Han visto la mantequilla,

dicen de que’s vegetal,

y que de leche animal

fabrican la mostacilla.

Las líneas de las chiquillas,

desmáyese el más sereno,

que lo que miran por seno

no es nada más que nilón.

Pregunto con emoción:

¿quién trajo tanto veneno? [9]

 

Claramente, algo está erupcionando en el movimiento feminista. Una construcción, para muchas personas, que está en mutación permanente. Acaso en algún punto reconocerse feminista sea estar mareada en la marea. [10]Pero el enemigo también está dentro; en las encarnaciones del orden patriarcal, en la contradicción en la que una habita.  En la impaciencia por llenar inmediatamente el silencio. En rivalizar a ver quién pronuncia las palabras más adecuadas en nombre de TODES.

(La leña que arde muy rápido parece fuerte pero es débil.)

IV

La historia detrás de las cartas de Violeta Parra y Gilbert Favre es, ya, un poco de todos.  Una huella escrita diseminada entre los demás. Ahora, como lectora de ese relato busco compartir lo encontrado: hallar las palabras. Los silencios. Pero, una vez pasada esa historia, una vez abierta y vuelta a cerrar, no será posible volver a ella. Hacer pasar el abismo -ese amor: primera edad de los hombres, las mujeres, las bestias, la greda…-, por el fraude de la luz.

En todo caso, el pecado ya está hecho.

Mendoza, diciembre de 2018.


[1] Entrevista a Alberto Zapicán.

[2] Ídem.

[3] Ídem.

[4] La cueca sola es una variación de la cueca, creada por la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD) de Chile, organización fundada tras el golpe militar de 1973 en Chile.

Esta variante de la cueca presenta la particularidad de que es bailada solamente por una mujer,​ sin una pareja, tal como sería en cualquier cueca, y portando el retrato de la persona que busca recordar. Del ausente. La tonada y el ritmo del baile se preserva, pero los versos de la cueca manifiestan el dolor de la pérdida del ser querido en los tiempos de dictadura.

Violeta Parra, adelantada a su época,  interpretaba particularmente dicha danza muchos años antes de la tragedia de Chile.

[5] Testimonio de Ángel Parra. En: Viola chilensis. Director: Luis R. Vera Año: 2003 Pais: Chile.

[6] Fréderiqué Lebelley, Marguerite Duras o el peso de una pluma, Barcelona, Ediciones Martinez Roca, 1994.

[7]Desde París, Violeta Parra enviaba canciones al comité central (del PC) para la campaña presidencial de Allende, cada una de ellas fue rechazada. Al igual que Pedro Lemebel, sufrió el rechazo y la censura del PC, debido a que sus letras eran consideradas muy excesivas, demasiado directas.

[8] Romina Freschi.

[9]Violeta Parra, Décimas, Chile, Editorial Pomaire/Ediciones Nueva Universidad, 1970.

[10] Muestra Mareadas en la marea en Multiespacio Cultural UNGS, con curaduría de Fernanda Laguna y Cecilia Palmeiro.

Editorial Pan cumple 11 años de liberaturas

 

Por Neeuke Dominguez

Que no falte el Pan en los finales

13 duetos son 26 sujetxs
por tres textos son 72 luces
mas colores en los asientos
da una infinita tarde sin tiempo 
ni cálculo.

La editorial Pan cumple 11 años de existencia creando lo que el arte indique crear y eso refiere más que libros, es más bien, lo que en los libros se encuentra lo que Pan ofrece como posibilidad. Cada instancia de esta editorial atmósfera es un camino de aperturas a lo por suceder, dado que aquí leen tanto quienes están comenzando a escribir como quiénes ya tienen sus décadas encima, lo cual genera una metacomunicación literaria que camufla los poemas tras las voces que leen en las personas que escriben, generando impúdicas intoxicaciones de estilos.

Ayer 7 de diciembre de 2018 se realizó el último Episodio Poético del año. Este ciclo reunió todos los primeros viernes de cada mes a escritorxs, musicxs, teatristas, cineastas, y otra porción inclasificable de seres artistas que crean fuera de géneros y academias del confort artístico e intelectual.

Comenzó Juan Montaño, fundador e integrante de Pan, a presentar este encuentro que ya había comenzado antes de llegar; con su inmanencia natural, largó las primeras palabras sobre el micrófono, testigo sublime de las porosas lenguas poéticas que salivaron sobre él, sus calamidades y caricias, sus prosas e indirecciones. Emilce Cozzoli, integrante de Pan, continuó un ping pong de frases que vacilaban entre la dificultad de nombrar once años de sitios inventados y la vibración corporal que respiraba una tarde sin nombre.

Leyeron más de 15 escritorxs, algunos junto a músicxs, durante más de 10 minutos cada unx. Podrá quién lee, imaginar la Panzada de Poemas que las orejas táctiles que asistieron pudieron merendarse y casi cenarse, dado que el evento se extendió una hora más de lo planeado y hasta hubieron quienes no pudieron mostrar su media verdad y lo harán la próxima cena de Panes rallados, Panes mojados, Panes con leche y Panes al horno muy al horno, porque sabemos que sino hay poemas desgarrando la muerte, es porque el planeta se está comiendo a sí mismo, sin parar y con gula de llanto en el cajón.

Si algo hubo ayer, fue diversidad y escucha, algo no difícil de conseguir, sino imposible de encontrar. Nos lavaron los pelos poemas oscuros, poemas sexuales, poemas divertidos, poemas intelectuales, poemas sin corregir, poemas ingeniosos, poemas feministas, poemas Ultramachistas, poemas repetitivos, poemas que no se entienden, poemas que se entienden demasiado, poemas clishé, poemas impresionantes, poemas slam, poemas políticos, poemas modernos, poemas freaks, poemas peinados, poemas performateados, poemas moralistas, poemas anarquistas, poemas naturalistas, poemas antipoemas, poemas asquerosos, poemas que te rompen el oído, poemas que lamen la sangre, poemas adolescentes, poemas envejecidos, poemas musicales, poemas inoloros, poemas tribales, poemas poemas poemas sin fin, uno atrás del otro como capas de serpientes enroscando municiones sin camino, como selvas de lenguaje sobre superficies secas de banalidad.

Ayer respiramos un poco mas enlazadxs, desde el arte, no desde nuestras absurdas personas que no escriben poemas. Los poemas no son nuestros, como lo revela los divertidos lapsus que ayer se escucharon mientras personas leían algo suyo que no es suyo, sino un Pan de su carne para los ríos del devenir otra cosa. La idea de no ser lo que no somos fue central en esta larga tarde de 11 años. La poesía es así sin serlo, no pide permiso. Por eso a veces la poesía estuvo más allá del poema leído: el infaltable aroma a vino en el fondo, Ernesto corriendo entre cada recoveco, las voces que surgían desde la subterránea oscuridad, las miradas entre desconocidos luego del poema con efectos corpóreos, entradas y salidas del sitio como cambios de tiempo irregulares, en fin, espacios creacionistas alrededor del Pan. Ese que solo Pan puede actualmente ofrecer.

Juan dijo: “por once años más” y le tomamos la palabra como le tomamos el espacio, junto al licor de sus actos literarios. Es poético crear espacios poéticos. Es político hacer política poética. Es política escribir con el cuerpo la generación de escrituras en políticos poéticos terrenos.

Poética Política de Panes como Política Poética de primera necesidad.
Que siga la editorial, que hay muchxs naciendo.

Apuntes para una Orquesta Oculta

 

Por Pablo Grasso

Escribir[1] dejándose llevar por los sonidos que producen los dedos sobre el tablero. ¿Se trata de algo nuevo, inaudito? No podría decirlo en este momento, ni declararme a favor ni en contra. Pero, tranquilo, hay tiempo y aún queda suficiente hilo en la madeja. La urgencia todavía no se manifiesta como una amenaza concreta verdadera. No insiste al estilo de un viejo acreedor malhumorado. Observa. Hace números. Vigila.

Acecha.

Quizá se trate de un engaño o de una simple ilusión óptica producida por el cansancio ocular, pero el monitor se dilata hasta desbordar los límites de su perímetro… Abre sus fauces como si se tratara de una “partitura” en estado salvaje que, extraña y enigmática, adquiere profundidad amparándose en la oscuridad alegórica de la habitación.

Es de noche y, si no lo fuera, tendría que inventarla ya mismo.

§

Por extraño que parezca, experimento la misma paz embrutecedora, la misma calma animal que me invade en el cine cuando está por comenzar una película cuyo argumento central desconozco. Mi conciencia se infantiliza. Pierde peso. Flota.

Me dejo arrastrar.

§

Otro paisaje, otra dimensión suplementaria se abre al tiempo que avanzo seducido por lo que no sé; vale decir, por el capital especulativo de mi ignorancia puesto en juego. Por eso retrocedo volviendo al punto de partida, aturullado por unos torpes prejuicios estéticos que en nada ayudan. Luego escucho las grabaciones de los ensayos[2] con la Orquesta Oculta y me pregunto si, en el fondo, no se trata del viejo arte de la Música presentado -representado- bajo otro embalaje, uno que guarda una poderosa bomba de relojería en su interior. Sus ejecutantes, que el lugar común denominaría músicos, no dejan de parecerme figuras poseedoras de un extraño secreto (esta perplejidad, este error de idealismo perspectivo, demuestra claramente mi condición externa al grupo).

Me estabilizo en un intento de mantener cierto rigor notarial. Escribir sobre esta experiencia, me digo, es de algún modo una tentativa de desarrollar un concepto musical increado. Rechazo la idea de que la literatura sea una forma de profilaxis total, ajena a la intemperie del mundo. Hay cosas que la atraviesan cuestionando el confort de su estatuto totalizante. Por eso no hay como el oído para guiar mis pasos…

Al menos por ahora, en este instante de tregua momentánea, habrá que hacerlo y rápido. ¿Qué? Escribir. Oír (¿lo mundanal ruidoso?) en el mundanal ruido.

Cambiar de filias y rencores.

Abandonar.

Desaparecer.

Descolocarse.[3]

§

Arrugadas. Sucias. Manchadas. Plegadas sobre sí mismas, crispadas, casi vegetales en su aspecto exterior; como exponentes de una botánica monstruosa, las manos reciben una serie de órdenes-mensajes provenientes de una instancia superior que se muestra perpleja ante lo desconocido (mucho de lo que acontece y acontecerá en el transcurso de la Sesión[4] excede su jurisdicción). La razón es un fantasma cuya fuerza se diluye a cuentagotas sobre una mortaja virtual a la espera un protagonismo imposible.

Como una red invisible, el procesador de textos atrapa la deriva pánica de los signos; quedan inmóviles como peces monocromáticos dentro de una pecera. El monitor ha detenido momentáneamente su desmadre, y de ese hecho infiero a la vez una realidad y un peligro: he extraviado mi rumbo y estoy oyendo sin oír. La analogía inmediata que se me ocurre con respecto a la escritura es la de alguien que escribe sin percibir del todo la hechura de su propio texto. Alguien que, como en los antiguos cuentos infantiles, extravía o, peor, malvende su sombra a un poder infernal.

§

Se está todavía a tiempo de abandonar la empresa, de decir que no, que después, que en otro momento y en una mejor ocasión. Es la tragedia de un órgano –el oído- que no posee párpados. Ser avasallado, asaltado impunemente. ¡Violado!

Empieza. Siempre empieza, la música mala…

«He aquí una actitud heroica en tiempos de sugestión canalla», escribo en pleno éxtasis de codificación. Las palabras en el monitor son notas; las notas, huellas inclasificables que mi escaso conocimiento en la materia insiste en confundir alterando el sentido global del texto.[5] ¡Qué fácil sería llevar esto al plano de la literatura con todo su arsenal metafórico, con sus símiles recurrentes! Pero prefiero el aturdimiento, el no poder decir nada desde una lengua seca.

§

Los sonidos que proyecta la Orquesta Oculta circulan por el canal auditivo adquiriendo el ritmo necesario para la estabilidad mnemotécnica. Se está o, mejor, se cree estar compensado en una suerte de inmovilidad dinámica, donde lo sucedido (el golpe seco de una cuchara de plástico sobre una tanza unida a una lata de picadillo de carne cuya base está atornillada a una pequeña madera rectangular) se duplica como en un juego enfrentado de espejos. [6]

§

Anoto en mi celular:

Ruidos. Ruidos. Ruidos.

¿Notas?

-Diapasón absurdo-. 

Ruidos excluyentes, abarcativos. Infinitos.

Ruidos sin intimidad (sin psicología).

¿Música? Empalme de sonidos chirriantes, melodramáticos. ¡Patéticos!

Ruidos imperiales, de dominación mecánica transhumana.

Ruidos que penetran la superficie de la percepción hasta dañarla. 

-Ruidos del Nuevo Orden Mundial-.

Ruidos de caños, de papeles, de bolsas de arpillera, de botellas de vidrio, de maderas astilladas (naturaleza muerta).

Choque de partículas subatómicas.[7]

Pecios atonales que, luego de una larga peripecia atmosférica, encallan en la isla auditiva más cercana.

Ruidos blandos & duros, muelles & cortantes.

Ruidos de confusa sobredeterminación genérica. 

Camalotes de botellas de gaseosas anónimas de toda territorialidad.

………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………///

[…]

Abismos ininteligibles entre una expresión sonora & otra.

/L. sopla su cornucopia de fabricación industrial; parece un fauno algo desnutrido en medio de un cataclismo.

¡Larga vida al pebe, frate!/

¡Wagner de tripa! Llegan las Valquirias con su ornato espantoso.

//M. ulula muy dentro de sí; diasporiza sombras. // 

///Detrás del grosor de sus anteojos, C. cartografía un territorio en continua transformación (volver luego sobre esta idea).///

Puertas que se abren; trenes que pasan a lo lejos; choque frontal entre las fuerzas represivas & manifestantes de rostro velado; blockout; sinfonía de industrias en quiebra; depósitos ardiendo en poblaciones menesterosas; espaaaaaaaaaaaaaasmos de las sinapsis narcotizadas; la respiración de un animal moribundo, prehistórico.

De pronto, la presencia del agua –la imagen intraconsciente de una piedra provocando ondas concéntricas en todo tiempo & lugar. 

El aire se llena de ruidos vagamente cotidianos que componen el soundtrack glorioso del fin de la especie.

¡Campanas…!

¡Campanas…!

¡Campanas…!

¡Shhhhhhhh…!

[…]

§

La percepción del tiempo, gusano interminable, se difumina volviendo tediosa cualquier tentativa de parcelación. Si bien se perciben ciertos eventos sonoros como vividos en un determinado contexto y bajo una particular subjetividad, éstos resultan de una rara novedad para la conciencia que termina girando en falso en un ámbito hostil.

Una plataforma de silencio.

Mis dedos, decía, tejen el recuerdo de una experiencia que, como una cicatriz quelonia, aún persiste en el cuerpo. Una marca sonora semejante a un vagido reverberando contras las paredes de una oscura sala de parto.

§

El modo didáctico de Gabriel Cerini[8] es el de un maestro lateral. Enseña alejándose de todo tipo de centralidad docente. Sospecho en él una relación con el alumno en donde la experiencia personal y el azar constituyen una forma de pensar también la política: un estar desmarcándose todo el tiempo de las expectativas, tanto propias como ajenas.

§

La manipulación de los materiales, la búsqueda de sus distintas sonoridades, hacen de estos «instrumentistas» raros  alquimistas del desecho  (pienso en la deriva ciruja de una vieja amiga anarquista que no despegaba los ojos del suelo buscando objetos a los cuales transformar).

§

Abstrayéndolos entre dos planos -vertical y horizontal-, los participantes de la Orquesta  Oculta adquieren la gracia pictórica de Las espigadoras (1857), el famoso y en su momento controversial cuadro de Jean-François Millet. Hay una suerte de ascesis (?) accidental en el acto de agacharse y seleccionar los materiales dispersos por la sala de ensayo. Se diría que uno retorna a la verticalidad con una visión más amplia -más generosamente ecuménica- del entorno y de sí mismo. Inmersión precaria en lo ruidoso y, sin embargo,  inmune a la posibilidad de un giro metafísico.

§

A propósito de una imagen auroral: presencio la vista aérea de una megalópolis nocturna.[9] Los puntos de ingreso y egreso a esta Ciudad se intuyen infinitos e imposibles de traducir al lenguaje verbal. Acaso a través de esta expresión sonora se manifieste una cierta vigilia descentrada común a la especie y olvidada en nombre de una normalidad perceptiva.[10]

§

De pronto tengo conciencia de haber atravesado cierta frontera (las expresiones «surco sonoro» y «meseta represiva» se repiten como estribillos siniestros). Devengo extranjero en una geografía que bien podría pertenecer a una pintura del expresionismo abstracto traducida, claro está, a lo musical (pienso, por ejemplo, en los planos bermellones de Mark Rothko): hilachas dramáticas, tensiones y distensiones en torno a un núcleo vivo de sonido. De algún modo, mi experiencia con la mezcalina (Echinopsis terscheckii) y, sobre todo, con la ketamina pareciera habilitar un campo de percepción sumamente fértil para las asociaciones descolocadas. Es por eso que esto tiene visos de ser un retorno al antiguo pago psicodélico de mi juventud.

§

¿Podría ser este magma sonoro el filón oculto de una lengua pre-babélica?[11]

Archipiélago Sur,

14 de diciembre de 2018.



[1] Escribir para saber –entonces- qué se escribe.

[2] Para una idea más acabada de lo que ocurre durante una sesión de las Lecturas Silenciosas, recomiendo la escucha atenta de uno de sus ensayos en https://survector.bandcamp.com/track/last-assay-before-performance.

[3] Como es de público conocimiento, el dictum del oscurantismo progresista viene marcando la agenda política/estética contemporánea. Silencio y discreción*, entonces, para el libertario arte de la sátira… El resultado es, fatalmente, obligatoriamente, una producción textual pergeñada a la carta, muy a gusto con las posturas timoratas de la época. Parece olvidarse que, en la lucha encarnizada contra el Poder, los fueros salutíferos de la risa han sido fundamentales contra la amenaza de embastillar la imaginación.

*–esos modos taimados de la supervivencia-

[4] Si un texto –y esta crónica lo es- puede ser definido como un artefacto verbal capaz de transmutar la experiencia personal y colectiva en un deliro lúcido maleable, esta Sesión está constituida por la sumatoria de micro-registros realizados cada vez que, bloc de notas/celular en mano, concurrí al taller de Lecturas Silenciosas dictado por Gabriel Cerini en la Biblioteca Pública General San Martín de Mendoza.

[5] Aturdimiento que, con el correr del tiempo, fue diluyéndose en una vaga noción de qué hacer frente a los objetos sonoros y cómo actuar siguiendo las directrices laterales de Cerini.

[6] Luego de releer la descripción anterior me atrevo a formular la siguiente hipótesis: el Conde de Lautréamont, al describir algo tan «bello como el encuentro fortuito entre un paraguas y una máquina de escribir sobre una mesa de disección”, se estaba refiriendo sin lugar a dudas a un objeto musical, una suerte de Frankenstein sonoro semejante a los utilizados por Cerini y sus alumnos.

[7] Dispersión premeditada de los materiales… Luego descubriré que los movimientos llevados a cabo por los ejecutantes, tanto grupal como individualmente, describen una extraña coreografía no exenta de belleza.

[8] Mendoza, 1954. Estudió flauta traversa en la Escuela de Música (UNCuyo). Autor y compositor, desarrolló música para teatro, cine, espectáculos multimediales y performances. Se graduó como especialista en Nuevas Técnicas de Composición Musical en la Escuela Superior de Música y Teatro de Hamburgo, Alemania. Algunos de sus «apuntes» teórico-prácticos pueden encontrarse en mambobubu.blogspot.com

[9] Nota marginal para un ensayo literario: el posible mapa auroral de la literatura mendocina contemporánea sería, en lo aspectual inmediato, como el electrocardiograma de un difunto por el que se ha tenido cierto afecto y a cuyos parientes uno quisiera mantener bien lejos.*

* Hoy sobran sepulturerxs.

[10] ¿Me he convertido, gracias a esta experiencia junto a la Orquesta Oculta, en lo que generalidad llamaría un “músico”? ¿Hay atajos que me salven de volver a experimentar este Estado Temporario de Descolocamiento (ETD)?  Espero sinceramente que no.

La escritura como un pircing

A propósito de la lectura de textos de Débora Benacot

Texto: Sabrina Barrego

Entrevista: Emilce Herrera Cozzoli

El Viaje

Al norte

Las vísperas de fin de año, esto según el calendario gregoriano, son la fecha límite para la materialización y/ o abandono de lo que representó de alguna manera toda la ansiedad y el esfuerzo acumulados durante un ciclo. Y eso, en muchos casos, se traduce en desplazamientos. Por eso no es raro que esta crónica nazca en un contexto de viaje.

Escribe Débora Benacot:

Los hospitales y los aeropuertos se parecen.
Hay quien llega
quien espera
quien llora
quien se va
quien huye
gente reunida
en la bienvenida
y otros muy juntos
para despedirse
[…]
Los hospitales y los aeropuertos se parecen
tanto que se infiere
que todos tenemos un asiento reservado
en ese único vuelo
y estamos mortalmente enfermos
de lo mismo.
[…][i]

Este poema pertenece a Pirsin y forma parte de un material textual que la autora le envió a la Emilce a principios de este año desde California (Estados Unidos). Un destino que me resulta casi tan exótico ahora como las imágenes que veía de niña en los documentales por la tv sobre los templos en China, inundados debido a la construcción de represas para energía eléctrica y a las violentas ansias de progreso de sus gobernantes.

En fin, estoy sentada en la pequeña Terminal de un pueblo del secano en el sur mendocino y, salvando las distancias, entiendo, Débora, que estamos hablando de lo mismo… En algunas culturas, como la Aymará, las palabras viaje, vida y caminar coinciden. Se entrelazan. La palabra: ese material. Entonces, a veces sucede que aparece la escritura para darle forma a lo que en nosotros se derrama. A intentarlo.

Débora le contó a la Emilce que en ella el escribir fue algo que surgió de modo natural para decir y decirse. Para jugar a crear cosas con las palabras. Cuando era chiquita le dictaba a su mamá los poemas y, años después, de más grande, los aprendió a escribir sola. No se los mostró a nadie hasta los 15 años, con motivo de algún concursito en el secundario y, después,  mientras estaba en la Universidad escribía pero tampoco se animaba a sacarlos a la luz. Hasta que en el 2006 salió del “clóset literario”, como le gusta llamarlo a ella.

Desambiguando el término clóset, en el diccionario de la RAE, encuentro lo siguiente:

Clóset: Voz tomada del inglés americano closet (‘armario’), que se usa en la mayor parte de América con el sentido de ‘armario construido en el hueco de una pared’.

Definición acompañada  casualmente con una frase de José Donoso de Donde van a morir los elefantes (Chile, 1995), aunque, mal hecha la citación, y es que, parafraseando al hermano pequeño de la serie yanqui del 2000  Malcolm in the Middle: Real Academia Española: nunca esperé algo de ti y aun así logras decepcionarme…

En fin, la novela en cuestión relata los pormenores de un profesor de literatura chileno que es contratado por una típica universidad del medioeste norteamericano. Y de una serie de personajes peculiares y a la vez representativos. Lo que me hace pensar en los alcances del ámbito universitario en los procesos de identificación de las personas que allí se forman para tal o cual cosa. Aunque, claro está, como escuché por ahí, nadie se mete a Filosofía y Letras para hacerse escritor (y si sucede es por accidente). Hablo de un espacio que, muchas veces, en vez de fortalecernos para lo que fuera de allí sucede, corre el riego de convertirse en el árbol que no nos deja ver el bosque. A riesgo de  nosotros mismos terminar como Donoso, quien nunca salió del clóset.

Ha sido todo bueno, desde que me animé a salir de esa zona de confort que es tener los textos en el cajón y que nadie los mire.[ii]

Benacot habla del armario porque, según dice, hasta 2006 nunca había leído en público y no se identificaba como escritora. Algo que, por un lado, y a mi modo de ver, acaso se vincule más con la socialización de lo que una hace que con los textos en sí. Y con el hacerse cargo de un oficio y de un deseo, esa voluntad de enunciación que trascienden la construcción de un personaje “escritor”.

Es mentira que un escritor
que se precie
deba fumar
beber alcohol con frecuencia
posar frente a su biblioteca
mientras acaricia un gato.
Es una quimera
una campaña del mercadeo
cultural más bajo
que han inventado
y sostenido exitosamente
por años
tabacaleras
destilerías
libreros
y descendientes de egipcios. [iii]

Dijo Gregory Corso que la poesía y el poeta son inseparables. Y agrega: En realidad, como poeta, yo soy la poesía que escribo. Cuando sentí que deseaba ser poeta, no sabía cómo escribir un poema. Puede ser. Pero:

Uno. Hablamos de Corso,  no en vano considerado por Ginsberg  «el poeta más grande de América».

Dos. Los grandes conceptos siempre me hacen ruido. La romantización del poeta como institución y sus respectivas clasificaciones generalmente desembocan en la búsqueda acomodaticia de a ver en qué cajoncito nos sentimos más cómodos. Y puede ser, también, el lugar desde donde nos proyectamos para ejercer esa actividad comercial que es el marketing de nosotros mismos.[iv]

Acaso entrando en esta larga discusión, con Pirsin Débora Benacot pareciera estar en búsqueda de una marca. Algo distintivo, no sólo de quien escribe sino de aquello que distingue un texto del otro  e incluso un cuerpo del otro. Porque quizá, en un punto, para ella sean la misma cosa.

seres comunes y corrientes
esperando su turno
para hacerse sobre el cuerpo
algo igual
que los distinga. [v]

 *

Tan sencillo habituarse
al miedo
esa cota de malla
pero a la vez
tan preciso saltar
hacia un lugar más verdadero
que la rutina y su jaula
de sueños domésticos
amaestrados.
Claro que afuera hace frío
y el sendero es extraño
pero si no es ahora
cuándo.

a tu paladar anfibio.

 Y acá me ves
los nervios perforados
de tanto esperarte.
Aparecé pronto
no me dejés esta angustia
como un pirsin inefable.
Nunca confié en la soledad
la vida me queda grande
y además
como te dije aquella vez
vos
sos mi cábala. [vi]

Pirsin: ruidos metálicos que quieren hablar sobre el camuflaje de la belleza como esa hojarasca de la que debemos despojarnos, del límite con el afuera que es la piel. Y de cómo nosotros mismos en constante devenir vamos definiendo nuestra propia corporalidad (física y textual). A veces, lo logra. Un pirsing es algo punzante, doloroso y del que, en un momento determinado, podemos prescindir dejándolo en el cajón de los recuerdos. Pero no así a su rastro: la anquilosada cicatriz.

En relación con esto aparece el tema de las generaciones literarias. El que D.G.Helder haya caracterizado las tendencias de la poesía argentina “como el rubor en la piel de la cara: un momento y se borran”[vii] es un indicador de la necesidad y la dificultad de los críticos para  establecer la pertinencia de los acontecimientos en la poesía de una época muy cercana y de un futuro insospechado. Lo mismo les sucede a los poetas. Le preguntamos en la entrevista a Benacot acerca de su sensación de pertenencia a alguna generación. Ella nos respondió:

Nunca me lo había planteado. Quizá porque para ese análisis hace falta tiempo, perspectiva y voluntad académica. Sí me ha tocado compartir páginas de antologías en las que tal vez se pueda vislumbrar algo de eso.[viii]

 Elsa Drucaroff, por su parte, plantea la existencia entre 1991 y 1996 de poetas y narradores con conexiones estéticas muy fuertes que forman parte de las nuevas generaciones postdictadura. Dato que, me parece, no es menor y donde podríamos situar a Débora Benacot entendiendo la contemporaneidad como “todo lo que nos toca” (T.S.Eliot).

En ese sentido, y pensando en el panorama de literatura actual (local), la poeta confiesa que ha tenido oportunidad de conocer gente nueva gracias a espacios de difusión como, por ejemplo, la revista Panero (Mendoza, 2015-2016), donde encontró voces mayoritariamente femeninas que se asumen genuinamente y dicen lo que tienen para decir.

Aplaudo esa actitud, me hubiese gustado tenerla así de clara de más joven.

A partir de esta respuesta (que da cuenta también de la separación etaria y espacial de la autora con las nuevas generaciones) y retomando un poco lo que plantea Drucaroff, me resulta interesante agregar que, en el mundo de los signos, lo nuevo no supone nunca una invención en términos absolutos si no apenas una reelaboración que dialoga productivamente con algo anterior. Nada surge de la nada y ningún hablante rompe el silencio universal. O sea que, dentro de la multiplicidad de experiencias de escritura (desde esas voces de mujeres puestas en las jarchas y cantigas pasando por el ensayo Un cuarto propio de Virginia Woolf escrito en 1929 -absolutamente, profundamente actual- hasta las últimas manifestaciones) existe un hilo conductor que une los extremos de esa gran madeja. Es cierto que los cambios históricos y políticos (sin caer en el evolucionismo pero no se puede negar que The Times They Are a-Changin, como dice Bob Dylan) crean un ambiente un poco más favorable para que más cantidad de mujeres asumamos el rol de escribir. También es cierto que siempre hubo individualidades con los puntos bastantes claros. Hacernos cada vez más conscientes de esa historicidad que nos atraviesa es una deuda que debemos asumir colectivamente. Y si, como dice el poema más quemado de John Donne, ningún hombre es una isla entera por sí mismo, ninguna mujer  lo es tampoco.

Al sur

Escribo a 400 km de distancia de Alvear (3 horas y pico de viaje). El colectivo se zarandea frenéticamente y salta cada 5 minutos cronometrados. Nada alejado del chiste interno acerca de mis viajes hacia el sur pero en sulky… El paisaje se va desertificando. El aire acondicionado está más frío de lo tolerable. En el asiento de atrás una señora bien con sus cuatro hijas hace comentarios con otra más vieja acerca de fiestas de egresados, viajes a Disney, cumpleaños de quince y toda la agenda social de los círculos más paquetos de la comunidad de los colegios secundarios de la UNCuyo. Las nenas gritan, patean impunes los asientos de los demás pasajeros (sí, hay –existimos– otros, señora) y cantan enfáticamente canciones de catecismo. Un verdadero coro de ángeles, dice la mamá, lamentando la ausencia del progenitor para disciplinar a las pollitas. La novicia rebelde era una megalómana arribista que terminó casándose con un aristócrata de oscuros contactos filonazis, me escribió mi compañero por SMS. La dimensión telefónica me hace pensar inmediatamente en una traducción directa y cotidiana del patriarcado heteronormado: el Grupo de Madres de guasap.

Las dos
sosteniendo una banana
mientras posamos
en la previa al recital
de César ídem.

Lo que no ha cambiado
en todos estos años

ahora en tu casa
de señora con hijos
te robo una fruta
para darle al mío
mientras sonreímos
y lloramos también
un poquito
por todos los conciertos
a los que ya no iremos

 por los corazones
que bajaron el volumen
hasta apagarse
mucho antes
de los bises.[ix]

Esta escena, un extracto de la vida íntima de dos mujeres, parece extraída de lo que se ha llamado poesía confesional. Cosa de mujeres. Cosa de alta poesía. Cosa de alta política. Las mujeres tienen una vida biológicamente salvaje, comienza diciendo el prólogo de La materia de este mundo, de Sharon Olds. Se refiere a una escritura que parte del cuerpo y desde donde se capta todo lo que sucede. Acaso empoderarse, en este contexto, tenga que ver con romper aquel postulado platónico (el cuerpo es la cárcel del alma) reproducido con tanta liviandad en mucha poesía femenina. Y hacernos cargo de que, como una gran máquina tipográfica, traducimos permanentemente el mundo para nosotras.

Sociología barata
A la gente le pasan cosas
todo el tiempo
pero muy rara vez nos percatamos

es preciso detenerse en los detalles
si  uno viaja en colectivo
por ejemplo
hay quien fija su mirar
en la anatomía posterior
d
e la chica que desciende

a mí, en cambio,
me llama la atención el bolso con sus cosas
hacia dónde va tan ola un domingo
dónde ha pasado la noche
qué  viento  de dolor le despeinó la sonrisa
hace cuánto nadie le dice algo en serio
con ojos de piedad
me identifico
pongo  un dedo en el mentón
y reflexiona sobre aquellas cosas que pasan todo el tiempo
y apenas percibimos

 las gastadas carteras
de las hembras,
por ejemplo.[x]

Nunca es abstracto, son escenas de la vida cotidiana. La historia de su propia mirada que le deja ver los puntos oscuros de su mundo: la familia, la orfandad que viene con la maternidad, la opresión sobre las mujeres, las desigualdades sociales y la sexualidad.

La edad de merecer

A  nadie rindes cuentas

a nadie decepcionas

hace tiempo renunciaste  a la parodia

de acometer una vez más

el himen perfecto.

Tu cuerpo es una fiesta

y están todos invitados

(al  fin y al cabo

nunca soñaste con ser

una  heroína

de Mármol).[xi]

Se pregunta Armonía Somers: ¿Por qué el sexo como una «constante» en mi narrativa?  Primeramente por lo que muchos fingen ignorar, aun en su carácter de evidencia, que el sexo está en la literatura pero también fuera de la literatura. Y en cuanto a que sea una constante en mis textos, también algo opinable. Figurando la muerte, la locura y la angustia metafísica, según dicen, entre los componentes repetitivos, creo que al otro le correspondería, si acaso, una entrada natural.

Para hablar del Erotismo en la Literatura entonces, como dice María Moreno en Panfleto, primero calentemos la máquina de escribir que, al no tener sexo no traiciona. Es una buena jugada esa de desnudar la profunda intimidad del sexo echando mano al bracero personal de las experiencias vividas y de los propios sentimientos. Tomar una bocanada de aire y meter la cabeza en el pozo de la rutina diaria en búsqueda de alguna pista. Más aún si se contrasta con algunas imposturas de las tribus de poetas que, circunscribiendo el universo del erotismo de las mujeres a la figura de cierta femme fatale, coquetean al límite con lo peor del consumismo heteropatriarcal o con el nuevo nicho de mercado que impone a ese “deber ser monstruosx” (derivado, por otra parte, de una Virginie Despentes muy mal leída).

Equívoco de las equivocaciones poéticas, dice Arturo Carrera, la palabra monstruo quiere decir no solo mostrar sino mostrar espectacularmente. En todo caso, una discusión muy vieja. Una hipótesis de Leónidas Lamborghini plantea que gran parte de la poesía y el arte contemporáneos -quizás el más representativo- se caracteriza por su percepción de lo monstruoso como hecho cotidiano, como mundo enajenado (un rasgo distintivo común a los poetas de los años ochenta y noventa, el cruce constante de teorías de las percepciones cotidianas, donde el humor, lo grotesco, el lirismo ironizado y el absurdo entre el horror y la risa, asimilan toda la distorsión y la devuelven multiplicada.)

En la poesía de Débora Benacot, los versos cortos despojados de metáfora parecen acercarnos con el zoom a lo trivial del habla, al sermo plebeius de la cotidianidad, instalándolo tranquilamente en el poema. Lenguaje tensado por una influencia clásica -de índole académica, si se quiere- en diálogo constante con una biblioteca de autores en su gran mayoría anglosajones (Bukowski, Dickinson,  Yeats, Plath), con la familiaridad de quienes comparten una lengua en común al tiempo que se mecen con la música de Jacques Brel y César Banana Pueyrredón.

Son inocuas las clasificaciones literarias si, pasando los poemas sobre la vida de una autora traspasan a la nuestra, a nuestros propios vínculos. Se  cierra, entonces,  el círculo de la comunicación de una manera,  muy mágica, como afirma Benacot.  Esta poesía es útil, te encuentra porque no es más ni menos que una persona tratando de llegar a otra.

Ahora  que tienes

el tiempo detenido a tu favor

las ollas en constante  ebullición

los besos en perfecta asimetría

la  calma de la noche a tus espaldas

el asma medicada y sin sorpresas

los años a razón  de  cicatrices

la ingenuidad batida  a punto blancanieves

justo ahora

vienes  a quedarte

con tan pocas palabras.

*

Intento  de mujer

tamaño A4

te quedas en el margen

oteando los esbozos

migajas de palabras

el  saldo de una guerra

que despliega

trincheras de papel

donde escondernos.[xii]

[…]

pero los niños

no son crueles

solo siembran

en cada familia

las anécdotas.[xiii]

*

Sigo el viaje, en el colectivo la situación es límite. Permanezco con la templanza de quien aprendió a los golpes el sinsentido de discutir con alguien si no existe una mínima codificación común de por medio (ESO es semiótica en estado puro, como lo sería también, por ejemplo, la capacidad de discernir entre una interpelación y una pesquisa). Como quien lee por primera vez el gastado letrero que dice “EN CASO DE EMERGENCIA ROMPA EL CRISTAL”, saco de mi mochila un libro que alcanzo a manotear entre el pánico y la hipotermia. De repente leo un ensayo de Carver [xiv] que pone luz a esta tensión entre trabajo productivo y reproductivo (escisión típica capitalista que se trasluce en los textos y de la que tanto gustamos de hablar desde el aterrizaje de Federici a tierras sudamericanas). Dice el viejo Carver que leyó en un ensayo de Flannery O´Connor que no hacían falta muchos acontecimientos en la vida de un escritor después de que haya cumplido veinte años para que se constituya la ficción. Agregando que esto no se aplicaba a él, que todo comenzó a sucederle luego de casarse y tener un par de hijos. A quienes menciona como una influencia real. Y se extiende en ese momento crucial en una lavandería en Iowa City, mientras lavaba los calzones de sus hijos y de su compañera, que trabajaba fuera de la casa, ese momento en que sintió -supo- que la vida que llevaba era muy diferente a la vida de los escritores que más admiraba. Carver pensaba que estos escritores no eran personas que pasaran los sábados en la lavandería y todos los momentos de vigilia sujetos a las necesidades y caprichos de los hijos. Y agrega, que claro que había habido escritores con mayores impedimentos en su trabajo, incluidas la cárcel, la ceguera, la amenaza de tortura o de muerte en una u otra forma. Pero que saber esto no es ningún consuelo.

Y es que no es ningún consuelo. Entonces, frente a la voracidad de las circunstancias materiales –su apretón y su barullo, en la expresión de D.H. Lawrence-, aparecen los acomodos. Sin tirarnos a muertos porque mano muerta no aprieta cuchillo (ni tampoco lapicera) para escribir, aunque las condiciones de vida, dicten lo contrario.

*

Ahora (AVISO SPOILER DE RAPTO YOICO) cuando pienso en mí, en mi propia experiencia escribiendo, quizás esos primeros poemas y textos cortos se vinculan mucho a esas cosas cortas que podía sentarme a hacer y salir volando rápidamente. Como sacarme ropa mojada del cuerpo, lo pesado, lo que oprime y ponerlo en palabras. Empecé a escribir y leer con deseo de hacer de eso un verdadero oficio mientras le daba la teta a mi hijo. Literalmente: con una mano sosteniéndolo y la otra en el teclado. Aunque a veces lea esas palabras como algo que ya no me pertenecen pero que a la vez son muy mías porque yo me escribía los poemas y los leía una y otra vez, un poco para no volverme loca. Sea como sea el camino de maternidad y el de escritura y sus respectivas intersecciones son, en muchos casos, un viaje de ida hacia algún destino incierto. Pero en el mientras tanto, me permito maravillarme de estar viva. Una de las cosas que sí aprendí es que, en el proceso,  tengo que ceder o romperme. Y también aprendí que es posible ceder y romperse al mismo tiempo.

Volviendo. De todo esto, lo que me gustaría aclarar es que de ninguna manera estoy reduciendo a la escritora a su condición uterina (ténganse en cuenta también el caso de Carver que no ostenta el órgano en cuestión). Esto no busca ser una declaración de principios ni el fruto de una elaborada crítica literaria. (Algo que vengo pensando frente al panorama literario actual es que quienes gozamos de la manía de garabatear poemitas no tenemos porque ser los/las/les más inteligentes de nuestro barrio. A veces basta con el asombro de presenciar con la boca abierta esta cosa o la otra- la bolsa de pañales de la cría, un atardecer en el mar o en el zanjón de los ciruelos-. Acá, la chicana de ser una “boluda autoconsciente” propinada por Alejandro Rubio a Fernanda Laguna no es obligatoriamente perniciosa y debe re-significarse. Pero eso ya es otro tema.)

Se trata del reconocimiento absoluto del trabajo de escritura dividido entre los propios deseos y las tareas de cuidado, que se deprenden puramente de eso que pasado por el cuerpo se materializa por escrito. Lo autobiográfico puesto a los fines de la construcción del relato, como dice María Moreno. Que  poco tiene que ver con lo anecdótico de un vacío avatar de facebook que, a fin de cuentas, a nadie le importa. Ni con las fantochadas histriónicas, tan rentables y  tan de moda, para justificar la carencia de texto.

Honrar al padre

Tu padre yace bajo el peso del mar,

es un coral, la dimensión de las olas.

[…]

Su calavera – es un coro.

Todo en él suena, tiembla.

Nada en él se marchita

pero se transforma

en algo extraño, espeso, prometedor.

[…]

Él suspira, pero no hacia afuera, por dentro:

encierra el sonido sin compartirlo con nosotros:

Él duerme, Ferdinando. El hielo brilla en sus labios.

La respiración es una cosa muy pequeña

rodeada de sueños.

[…]

Polina Barskova.

“Honrar a los padres (Kibud av vaem)”, así dice en la Torá. Es el Quinto Mandamiento  y está colocado entre los cinco que rigen la relación del hombre (y del resto) con Dios. Es el único que promete larga vida si se cumple porque, según se dice ahí, por más que respetemos a nuestros padres, nunca podremos retribuirles el hecho de habernos dado la vida. Sin embargo la verdadera razón por la que los respetamos es porque es una mitzvah y eso debería ser suficiente.

Escribo un primero de año, lejos de la casa paterna. El hueco que produce la maternidad en las vísperas y la mudanza reciente me hacen ver ciertas cosas con un filtro suavizado. En el medio: releo En las fotos todavía corre el viento. Poemario editado en septiembre del 2017 que, según dice la autora,  tiene sangre, sudor y muchas lágrimas. Empezó a escribirse en el 2015 con la muerte de su viejo. El último verso de un poema de Ácaros al Sol le da título. Es una especie de homenaje y una especie de duelo con palabras. Una experimentación textual usando como material el dolor, las fotos y las palabras. Su padre era un aficionado a la fotografía que, cuando ella era chica, solía usar una cámara analógica y, a veces, hasta revelaba sus propias fotos.

Intercalando su ausencia y presencia en las mismas.

imágenes que vuelven

rastro

marcas

heridas

para que nadie salga

ileso

del pasado.

Reza la cita de Juan López que abre el poemario.

Es algo muy antiguo el panegírico, en tanto discurso en el que se alaba a alguien, a un héroe o a un santo. O al padre. Pienso en Jorge Manrique cantando coplas a la muerte del suyo, en el Medioevo europeo usando los grandes tópicos latinos. Registro de que existieron épocas con más certezas que interrogantes, sin ese margen para el final abierto que nos plantea la contemporaneidad.

Assí, con tal entender,

todos sentidos humanos

conservados,

cercado de su mujer

y de sus hijos e hermanos

e criados,

dio el alma a quien gela dio

(el cual la ponga en el cielo

en su gloria),

que aunque la vida perdió,

dexónos harto consuelo

su memoria.

Con sus poemas Benacot da testimonio del dolor como una constante universal.

somos

una fábrica de lágrimas

que funciona a destajo

por temporadas.[xv]

Hace un tiempo tuve la posibilidad de presentar junto a Gisela, una amiga de siempre, un libro del poeta de su pueblo (Real del Padre, al sur de Mendoza). Roberto Rinaldi, de quien dije muchas veces que es el único poeta que conozco (pero muy poco beneficiado por las condiciones materiales y de la época), le dedicó su último libro a Norma, su compañera de toda la vida, madre de sus hijos y correctora de sus textos. En esa ocasión escribí lo siguiente:

Un artesano de ese material que es la palabra es capaz de realizar un acto de amor tan grande como el de transformar el dolor en otra cosa. A mí me parece que si amamos, sentimos dolor. Ese es el trato. Ese es el pacto. El duelo y el amor están por siempre entrelazados. En la mitad de camino acaso estén los recuerdos. Y las presencias invisibles que provienen de esa danza a la que llamamos memoria. Hermosos regalos que son todo lo válidos y reales que necesitamos que sean. Que son como guías que nos orientan en la oscuridad.

ESTAS son, también, nuestras imaginaciones estupefactas después de la calamidad.

A veces, después del trabajo de escritura, el dolor sigue pero creo que un poquito, un poquito más liviano, según dice Débora Benacot.

En épocas de ostentosos balances de fin de ciclo, continúo sosteniendo los beneficios de superar la cifra de los libritos leídos a los escritos.[xvi] Yo sigo con el libro de Carver. Retomo el comentario sobre el parentezco entre los textos de Benacot y la poesía angloparlante. Carver tiene un poema que se titula: FOTOGRAFÍA DE MI PADRE A LOS 22 AÑOS. En el texto se describe a un padre del siglo pasado sosteniendo una cerveza y una rastra de pescados. Un hijo mira con cuidado esa fotografía tratando de dilucidar cosas sobre él y, también, sobre sí mismo. Pero el padre se aleja cada vez más hacia atrás en el tiempo. Entonces aparece el poema exacto en lo detalles, con una salvedad: el protagonista murió en junio y no en octubre como lo indica el texto en su palabra inicial. Carver quería una palabra con una sílaba más para dilatar un poco el verso. Pero más que eso, quería un mes apropiado para lo que estaba sintiendo entonces. Un mes de días cortos y de luz declinante, humo en el aire, cosas que perecen. Junio era verano, noches y días, grados, mi aniversario de matrimonio, el nacimiento de uno de mis hijos. Junio no era el mes en que moría el padre de uno, explica.

La anécdota es importante. Antes hablé del uso de lo autobiográfico en la escritura, de la recreación constante. Débora Benacot es consciente de que un poemario no es un diario íntimo ni un obituario. En las fotos todavía corre el viento constituye, junto con otros libros de la misma especie, una máquina de duelo.  El punto donde confluye una experiencia del dolor y la literatura que lo precede. El relato está construido desde la subjetividad de una hija que se reconoce escritora. Una mujer con la capacidad de leer, escribir y reescribir su propia historia familiar a través de su padre; el padre, ese arquetipo, esa institución… Hojeando el libro me detengo en el siguiente poema:

Tres mujeres

al borde

de un abismo

el pelo revuelto

la pose espontánea.

Soplá, papá, y

mirá cómo caemos

las tres sin vos

ni voz

disfónicas

del llanto.[xvii]

 En una primera lectura superficial, perspectiva de género mediante, puedo ver la crianza en la familia tradicional heteronormada, esa cultura operando sobre el individuo que escribe. Sí, la división de roles, el lugar del patriarca en la construcción familiar. Después con el dar vuelta de las páginas, voy aprehendiendo algo del tono general del libro: la ironía, el humor -a propósito de esto recordé a Hokusai, que no dibujó cadáveres bellos sino la belleza de los cadáveres, una humorada que sus contemporáneos no tuvieron la capacidad de apreciar, yo creo que el sentido del humor y la inteligencia están fuertemente vinculados; los chistes, como los poemas, no se explican- que resignifican no solo cada poema si no también  las condiciones de escritura y las tradiciones que los motivaron. Los mitos fundacionales de nuestras infancias (la inmortalidad de los padres) y el tópico universal de la muerte y el tratamiento particular que la autora le da. Y, también, cierta crítica al culto postmoderno de la imagen (acá podría citar dos versos: selfies vemos/corazones no sabemos… mientras pienso en todos esos recitales poéticos donde se toman tan lindas pics… Y en mi hijo, la angustia que le provocan nuestros retratos en blanco y negro, registro de mis ausencias reiteradas durante el pasado año).

De los creadores de “Los hospitales y los aeropuertos se parecen” llega

Las salas velatorias y los albergues transitorios

se parecen

La cita es en un cuarto

que te prestan

a cambio de dinero

espacio impersonal

decoración exigua

(ojo que igual está todo inventariado).

Hay gente que lo siente

—ymucho—

hay otros que no tanto

—pero fingen—.

Promiscuos

que pasan a diario

gimiendo su luto

llorando el desgarro

gente que espera

ver la cara de algún dios

65que dé explicaciones

un baño bien a mano

para recomponerse

algún refrigerio que ayude

a pasar el trago amargo.

Las salas velatorias y los albergues transitorios se parecen.

Hay que pagar un alto precio

por el turno

y después irse

que alguien vendrá

con presteza a limpiar

los restos.

Te corrés, te corren

y esto parece el acabose

pero empieza de nuevo

escenario al filo de la vida

algunos prenderán

sus cigarrillos

para asumir en silencio

su destino de inquilinos temporarios.

Parece que al fin todos terminamos

66—horizontales los cuerpos—

en el éxtasis

de las pequeñas muertes

que nos unen.

Las salas velatorias y los albergues transitorios se parecen

(me contaron).

Es muy posible que  la verdadera hazaña, el riesgo más grande que asuma la autora a la hora de relatar la tragedia personal (y familiar), sea una decisión: ocupar ese rol activo de narradora de su propia historia. Una forma de ejercer la consigna de que lo personal es político (no basta con simplemente enunciarlas  para saber lo que significan estas palabras, si todo estuviese dicho en la superficie de cada una no habría nada que leer en la compleja relación que hay entre ellas) en el seno de la propia crianza y allí está quizás el rasgo más emancipatorio de esta forma textual: la dialéctica de aquella mujer (niña)sola, al borde de un abismo, con el pelo revuelto disfónica de tanto llorar  y la señora del futuro que llega atontada por el jet lag de un viaje, con muy pocas certezas pero consciente de su propia contradicción.

Acaso la escritura sea ese acto de perforar (performatear, dijo León Rozitchner) la lengua materna (y paterna).

Memento

Si despertás otra vez / siendo nena / y viene una

señora / que dice ser / tu yo del futuro / no la

dejés / seguir hablando // sacale la lengua / y

después / sacale la lengua / de nuevo / pero esta

vez / con un cuchillo / o alguna herramienta /

de buen filo // y si sos / esa señora / que llega

atontada / por el jet lag de un viaje / en el

tiempo / no le hagás caso / a esa nena que se

parece mucho a vos / cuando eras chica // no

confíes / en que es inofensiva / corré mientras

se pueda / no creas sus mentiras.

Por mi parte -muy internamente, inconscientemente- pensé algunas veces en escribirle un poemario a mi padre a partir de un simulacro de deceso (funeral incluido-llanto). Acaso el procedimiento tuviera algún efecto psicomágico: hacer las paces con Él (no con su embestidura) y de paso conmigo misma. Ahora y no después; antes de que el tiempo haga lo suyo.

No sé.

Toda mujer está rota hasta que entiende que solamente ella puede arreglarse. Escribe Benacot en un poema sobre Sylvia Plath. Suelto el teclado de mi máquina. Dejo de escribir.

Breathe in, sweet Sylvia.

Y seguí respirando.

Mendoza, enero de 2019.



[i] Débora Benacot,  Ácaros al sol, Fundíbulo Ediciones, Mendoza, 2011.

[ii] Entrevista realizada por Emilce Herra Cozzoli a principios de 2018.

[iii] Débora Benacot, Pirsin, Mendoza, Ediciones Culturales de Mendoza, 2011.

[iv]

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POETAS POST POST DE LO QUE SEA

MAXIMALISTAS POETAS SIN EDITOR

POETAS SIN PATRÓN

Y LA LISTA SIGUE

(Pablo Grasso, La Preguerra, Mendoza, Babeuf, 2016.)

[v] Op. cit.

[vi] Op.cit.

[vii] Arturo Carrera, Monstruos: Antología de la joven poesía argentina,  Bs.As., Tezontle, 2001.

[viii] Op. cit.

[ix] Débora Benacot, En las fotos aún corre el viento, Mendoza, Fundíbulo, 2017.

[x] Op. cit.

[xi] Op. cit.

[xii] Op. cit.

[xiii] Op. cit.

[xiv] Raymond Carver, La vida de mi padre: cinco ensayos y una meditación, Colombia, Norma, 1997.

[xv] Op.cit.

[xvi] (Cosa que tampoco nos exime de frivolidades: habrá quienes crean que una imagen con la portada vale más que mil palabras; Lispector está muy de moda [su cara es muy estética también]; la China Iron y su prole más huérfana que la de Fierro aún; la chombi de Gioconda Belli; las imitaciones de Blatt; lxs salieris de Bolaño, Pizarnik y sus representantes en la tierra; los y las beat [todxs queremos ser esxs, ningunx nos bancamos el cadenazo]; César Gonzales, a quien leemos desde nuestra zona de confort de la culpa de clase; Neruda [machirulo]; Luciana Peker con Putita Golosa [mainstream militante y con errores de edición, posta]; Alfonsina y sus poetxs enamoradxs del mar en pleno pedemonte cuyano; Bukowsky [hay que ser verdaderamente malditx para leer bien a Bukowsky, hay que ser verdaderamente alcoholicx para entenderlo]; Lamborghini x 2 en épocas del Mendotran; Montalbetti [muy vanguardista, muy culto, muy caro]; una fotografía leyendo a Michaux [un clásico: fotografiarse leyéndolo siempre queda muy bien, aunque él pensara que con un click le podían robar el alma]; Pavón [que es de acá e incluso consiguió una página en wikipedia]; Alguien [que haya fallecido este año]. ¿Rodón?; una selfie con el libro de unx amigx, pariente, editor/ial; la antología de lxs alumnxs del propio taller que facilito, asisto o el de mi profe, obvio; la promoción del evento literario del que participé y/u organicé, con o sin la dirección de cultura y su minúsculo, casi imperceptible sello en mi proyecto Au-to-ges-ti-vo.

[xvii] Op. cit.