Los cuadernos pueblerinos (segunda entrega) *

por Sabrina Barrego

A la memoria de Alejandro Schmidt

Mi palma se ha convertido en un puño…

Viktor Tsoi

Anda rodando la tierra, con toda su tierra adentro.

Manuel José Castilla

«Deja las letras y deja la ciudad», me aconsejó Juanele en un poema el otro día. «¿No estás tú también un poco sucia de letras y un poco sucia de ciudad?» 400 km he viajado hacia el sur de la provincia. Sentada, ahora, en la galería de la casa de mi madre, circundada no más que por las hormigas y un viento que nace en el sur y se pierde en los álamos, escribo. 

General Alvear: árido, soleado, monótono. Vuelvo a la tierra donde viví casi dos décadas, un año después del aislamiento. Llegando en el colectivo, el espacio que separa las grandes urbes de lo rural se va ensanchando como un elástico en el que siempre quedo atrapada, ay, mosca del mediterráneo en la trampera. Como les pasa a los niños al crecer y regresar a los viejos lugares: lo que era grande se volvió pequeño. Los viejos rostros palidecen como el romerillo florecido. Lo que deslumbró no deslumbra más. Las tierras salitrosas se ajan con los primeros calores. Las casas siguen siendo bajas. A la orilla de los canales, entre los yuyos, como hace mucho, mucho, ruedan los cardos rusos.

Sin embargo algo en el pecho se ensancha, comprime y avanza.

*

La finca de mis padres está ubicada en un callejón de campo en la colonia Alvear Oeste, un pueblito del ferrocarril. Llegamos en época de tormentas; hacia el norte los cúmulos de las nubes chorrean sucios;  entonces sabemos que cerca llueve. Lejos, los rayos descienden verticales ensañados contra el horizonte. Se oyen rapaces, las lechuzas, los caranchos, las aguiluchas entre los pastizales.

*

Juan L. Ortiz se fugó velozmente de Buenos Aires a su Entre Ríos natal en búsqueda de la «virgen del aire». Yo me pregunto qué cosa ando buscando por acá, si hace tiempo que me fui sin caer en esta hierba y viví para vengarme.

*

Me propongo leer y escribir todos los días. En la mochila traigo varios libros de poemas y entrevistas: Juanele, Arnaldo Calveyra, Ricardo Zelarayán, Ilyá Ehrenburg y Leónidas Escudero. Imágenes rurales me rodean dentro y fuera de la hoja. Mi obviedad me da risa. He caído en el lugar común de los comunes de las que vuelven del Centro haciendo turismo rural en los paisajes que habitaron, retocados por la nostalgia, por la ilusión.  A invocar una voz y constituirse poetas por ósmosis con la naturaleza. Ah pero la naturaleza, como dice Zelarayán, «la naturaleza, la de uno y la de afuera de uno, no conoce fronteras, razas, edades, sexo ni condición social». Y también: «Es mejor ir por lana pero volver… aunque sea trasquilado y cubierto por las nieves del tiempo».

Pero volver; a dónde, a qué…

*

De pronto, ay, la gata ya se entró una pichonera. Ay que metí la mano hasta el cuadril en el cajón de las cebollas y las papas. Diana la cazadora le decíamos, que despertó a todo el mundo de la siesta por causa de una culebra. ¡Y la bicha! Había que verla encrestada ¡bonita, tan lejos del pastizal! ¡Y la gata! Como loca de alegría con los saltitos ondulantes, el olor sudoroso y la lengua al aire de la serpiente. Y mi hermano desenredandolá con cuidado para que se volviese al campo:

«volver con los ojos en blanco del mendigo / con los ojos redondeados de la lechuza / con los ojos del que nunca se miró en espejo / con los ojos cerrados de la papa». (Calveyra)

*

Comienzan a cantar los grillos y aparecen las bicicletas arando por el callejón. Filas de mujeres, como azules pájaras, pedalean hasta la fábrica. Turnos largos paradas contra la línea tamañando los duraznos, aguantándose la pelusa y el olor a azufre. Al borde del desmayo por la calor. Los hombres no están porque la cosecha. Secaderos, frigoríficos y pulperas poblándose de mujeres, viejas y jóvenes, en la temporada alta, eso tampoco ha cambiado.   

La otra tarde me la crucé a la E, una que fue mi alumna, hacía los mandados en el barrio de la vinchuca, el mismo en el que se crió. Yo me tomaba una gaseosa sentada en la cuneta y me reconoció en seguida, dijo, mientras caminaba por la calle. Yo no hubiera podido. Cuando la vi, ahí, sus ojos verdes (que le decían la chica más bonita del curso, que fue reina de la vendimia, «de las que tenían futuro» como decíamos con las maestras…). No era mucho más joven que yo… Cuando la vi tan señora, en los zapatos de su mamá y de su abuela, yéndose para la fábrica. Lo mismo mis compañeras de colegio, siempre en la misma y pariendo. Y los varones que también vi, trabajando con sus papás. ¿Y yo? Regresaba. («¿Era yo quien regresaba? ¿En la angustia vaga de sentirme sola entre las cosas últimas y secretas?») ¿Qué siento que me separa y me amontona con esos cuerpos domados igual que yo por las circunstancias,  peleándose contra el tiempo y sus fantasmas? Contra la muerte. Miro sus caras como si fuese la primera vez que nos conocemos, el paisaje nos ha moldeado como una arcilla arenosa que se desmigaja ¿Será que yo me ablandé con el aire encajonado del Centro? Los alimentos que consumía, como el agua, me dan alergia, el sol y las picaduras de los bichos que me han curtido la piel. ¿Qué me llevó a mirar con la mirada de quien te estudia, a acostarme del lado de semejante tilinguería? Acaso esxs otrxs que me encontré entendieron algo mejor que yo y por eso me miran con respeto pero también con sorna. No sé. Entonces, recuerdo ese poema de Lucille Clifton a la que fue la rosa de Georgia:

«yo me pongo de pie / frente a tu destrucción / yo me pongo de pie».

Frente a mi destrucción, yo me pongo de pie. Las palabras se desperdigan como los espirales amarrillos derramados por todo el suelo y el viento me dice: deberías callarte para escribir.

*

Soy el último poeta de la aldea, / el puente de madera es humilde en las canciones. / Me detengo en la liturgia de las despedidas / que cantan las hojas de los abedules.

(Sergey Esenin)

Según Ehrenburg, los poemas de Esenin son una maldición arrojada al «visitante de hierro», a la ciudad. Con orgullo, pero también con tristeza, como un pobre y tonto potro queriendo adelantarse a una locomotora. Porque la batalla desigual entre la aldea y la ciudad suele tener desenlaces obvios. Y la ciudad quiere consumir como el fuego hasta el pathos de los poemas que provienen de los millones que no leen en salones literarios o que no saben leer.

Según Ehrenburg, los poemas de Esenin son una maldición. Yo digo: pura venganza, «pero con palabras» (Dovlátov). Porque los cantos desesperados a los enormes campos de una Rusia quemada por el sol de la revolución (terrible Cronos que acabó devorándose a su hijos) no pudieron nacer de los intelectuales adiestrados en los círculos parisinos. Si no del poeta de entrecasa, que hasta hacía poco pastoreaba vacas y luego creaba estilos. Como un borracho vagando por los campos para quien el viento canta más fuerte que para los demás. Así como los campesinos ya no usaban las viejas horcas sino las mismas metrallas fabricadas en el Centro para defenderse de quienes de todo se apoderaban, Esenin expropió las más modernas técnicas literarias para sus lágrimas y sus insultos, sus amenazas y las plegarias. En fin, esos poemas que lo llevaron a la pira de la inmolación.

*

Suena un chamamé de Tránsito Coco Marola, ladran los perros, el niño chapotea en un charco de barro al ritmo de la melodía de los grillos talóngastado frotándose.

«Yo no tengo en cuenta la música» –dice Juanele en una entrevista-, «yo la necesito. Pero no solo la música, si no lo que hay más allá, a la manera de Debussy; no es la evocación del silencio sino la sugerencia de algo que está germinando, que va a florecer y que no puede definirse». A eso creo se refería Yupanqui con la musiquita del pago que resuena en los poemas y las canciones. Raúl Barboza y el Chango Spasiuk dieron un concierto en el Théâtre Claude Lévi-Strauss de París con un proyecto llamado Chamamé Yeroki Ñeemboe, que significa en castellano: el chamamé es un rezo que se baila. Pienso, ahora, en las palabras que siempre me acompañan y sostienen; que acompañan y sostienen a los pueblos, como los poemas -que son oraciones (Blok)-. Pienso también en las canciones, los sonidos y los ruidos que son parte ya de nuestros huesos, que viven grabados en mis oídos, en mis pies y mi corazón. Me detengo en los silencios. Recordé el cuento Kilómetro 11, de Mempo Giardinelli que me leyeron en la escuela secundaria, al que siempre regresaba sin dejar de llorar. Me ví sentada en el patio de mí casa de entonces, junto a mi abuelita Rosa que me dijo: «yo te voy a contar lo que vivió nuestra familia en esos años», hablándome por primera vez de la detención de mi abuelo en los ‘70.  

Cosas de familia.

La familia de mi padre llegó a Misiones del país vasco. Mi bisabuelo, dicen, era un viejo déspota que se agenció una mujer guaraní como esposa y la obligaba a sostenerle el mate mientras él lo tomaba y a lavarle la cara, las manos y los pies cuando llegaba del campo. María se llamaba y fue la abuela de mi papá. Por parte de mamá somos alemanes del Volga, judíos injertados, primero en Rusia y luego en la zona pampeana, siempre detrás de las vías. Cuando mi bisabuelo Peter llegó de Sarátov a Colonia Barón (La pampa) no sabía hablar ni mucho menos leer en castellano. Venía con un campito apalabrado que, con su firma en el papel equivocado, lograron arrebatarle condenándolo a vivir con su mujer Elizabeth (a quien le debo mi segundo nombre) y las primeras crías que nacieron vivas, mucho tiempo en una carreta. Cuenta mi madre que, a pesar de las penurias, el malhumor y la sordera, su abuelo era un tipo ingenioso y divertido, que reboleaba su boina ni bien escuchaba una polka o un chamamé. En las primeras reuniones sociales a las que tuvo que asistir de peón, los paisanos le jugaron un par de bromas echándole polenta caliente en las manos y dejándolo quemarse la jeta con el mate. Ahora que vivo en la ciudad, noto que hay formas y formas de chamuscarte el cuerpo y la voluntad.   

Yo nací con las manos quemadas de mi bisabuelo, rodando como una carreta y torcida como un acordeón.

*

Si pudiera volver desde el agua al laurel / Volvería a la infancia del río (…) Yo muero para volver / Juntando rocío en la flor del laurel. (Cuchi Leguizamón)

Intento regresar al principio. «A veces, nuestra naturaleza nos ha preparado (para) un prado», reza el poema de Francis Ponge que cita Arturo Carrera a propósitodeJuanele en Ensayos murmurados. Juanele decía que podía pasar no sé cuántos años sin hablar con nadie, conversando con los animales o con un árbol, o cualquier cosa, cualquier criatura, sometiéndose a eso que Machado llamó «la prueba de la soledad en el paisaje». Carrera, que compara a ambos poetas con Basho, dibuja su condición de escritores de provincia. Lo que es vivir «provincia adentro» y resistir a la prueba de estar sin compañía (sea lo que sea que eso signifique ahora).

Hace dos días se murió un gran poeta cordobés a quien había leído, antes de conocerlo en las redes, guiada por su cercanía con Vicente Luy. Luego hablamos algunas veces por chat y, pese a su fama de peleador y su carácter complejo, siempre se mostró muy generoso y alentador con mi trabajo, algo que era habitual en él porque además de poeta, fue un gran propagador de la poesía. «Ya lo era cuando ni siquiera habían comenzado los blogs (a los que luego también hizo su generoso aporte) y tampoco imaginábamos las redes sociales. Ya editaba a poetas que incluso hoy en día siguen estando relegadxs (nombro a Edith Vera por dar un ejemplo), cuando todavía no se había dado el crecimiento de las editoriales alternativas en el país», escribió Valeria Cervero en su muro de feisbuk, refiriéndose a «esos otros noventa que no han sido narrados ni estudiados».

En la comunidad virtual, lo que no corre vuela, las palabras alusivas y las fotos abundaron entre cercanos y no tanto. «No es que se estén muriendo más poetas que antes. Sucede que ahora nos enteramos de inmediato a través de las redes. Y sucede también que nuestros coetáneos van superando los sesenta. No es para consolarse. Digo. Antes les pasaba a ellos. Ahora nos pasa a nosotros. Hagamos lo necesario para abrazarnos, ayudarnos, leernos mientras sea posible», escribió Mónica Sifrim. Y tiene razón. Esa noche de la muerte quise escribir unas palabras pero la piel se me puso de gallina, me dio frio y me acosté. Pensaba en la cantidad de poetas provincianos que partieron en el último tiempo, muchos de ellos pobres, enfermos y solos en el oficio «heroico pero absurdo» de escribir en este país (Sara Gallardo). Inéditos o editados en condiciones tales que leerles se transforma en una tarea verdaderamente arqueológica. Y luego viene la muerte y en Buenos Aires y en los grandes centros sus obras son “rescatadas” en ediciones muy lindas y los poetas vivos homenajeamos a los poetas muertos y las miradas se posan por un momento sobre nosotros. Y así, hasta que nos toque caer del otro lado de la taba. 

«Corrijo un poema con otro y con otro… desde los 13 años estoy buscando el poema verdadero…Escribo casi todos los días, ceniza, perlas, florcitas de plástico y también mi lírica de dolor y de veneno…va saliendo la poesía, va saliendo de esa tripa y uno no sabe qué es, ni maneja ni controla nada, salvo alguna corrección inevitable, alguna prudencia en publicar, alguna música», decía Alejandro Schmidt. Vuelvo a la metáfora arqueológica. Hace poco vi la película The dig (La excavación), de Simon Stone. «Tu trabajo no es sobre el pasado ni el presente, sino sobre el futuro, para que las próximas generaciones sepan de dónde vienen. Lo que las relaciona con sus ancestros», le dice uno de los personajes al autodidacta Basil Brown, quien permaneció hasta hace poco borrado por la academia luego de descubrir uno de los hallazgos más importantes para la historia de los museos de Inglaterra. Situación que nos habla de un futuro que nos pertenece por prepotencia de trabajo (¿futuro?) «De la poesía solo esperé la poesía/ de todo lo demás la lluvia espesa», escribe Schmidt, quien en sus poemas dejó el corazón, su bolsillo, su vigor y el agua que pudo acertar en un cerebro desierto. ¡Y la música! He mencionado antes al chamamé. El chamamé era para los antiguos ñeemboê yerokî. Significa crear la palabra mientras se está danzando en ronda cuando llueve. Ñeemboê es crear la palabra y, para el guaraní, la palabra es el alma, digamos, o el alma está en la palabra; yerokî viene de yerê, que quiere decir dar vuelta.

Y puede que todo en el cosmos sea una gran re-vuelta.  Y aunque hace rato me arranqué las esperanzas de cuajo e insista en el gesto gastado de estar en «el corazón del siglo»; a veces, me consuela pensar que todo muere y no muere también, mientras el horror avanza sobre lo que existe. Y que, sea como sea, siempre puedo retornar a mi tribu de palabras (comunidad subterránea habitada por mis vivos y mis muertos), alterando la línea del tiempo. Puede sonar ingenuo pero,  íntimamente, sé que «alguien puede excavar toda su vida sin encontrar lo que yo hallé aquí».

*

…nosotras debemos volver al lugar donde nacimos… Visitar la ermita del Santo, tomar el fresco con las vecinas, rezar las novenas con ellas, aunque no seas creyente… porque si no, nos perdemos por ahí como vaca sin cencerro.

(La flor de mi secreto, Almodóvar.)

Olvídame te lo ruego, / yo soy como el Paraná/que sin detener su marcha

/ besa la playa y se va…

(Escribió Cholo Aguirre, canta Ramona Galarza.)

A estas alturas ya me temo que no lograré responder ninguna de las preguntas que ensayé a lo largo de estos párrafos.  No importa. Como si de momento el dejarme vivir (que la vida y la muerte me atraviesen como un río) sea quizás la respuesta a un interrogante que todavía no existe. Volví al paisaje buscando respuestas. Hallé preguntas acerca del tiempo y momentos cargados de poesía (¿o es que me hallaron a mí primero?) Los silencios, el enorme resplandor entre los árboles, la lluvia que bajaba del cielo serena y fuerte como una sonrisa en los labios, las palabras queridas que florecieron en mis manos sin necesidad de obligarlas… No hay temas en la poesía, no hay lugares comunes. La poesía, cuando sucede, deja tras de sí una huella similar a la del agua cuando se aleja para volver.

Carlos Mastronardi, en el documental Luz de provincia, se define como «un modesto poeta elegíaco, representante de la paz y la serenidad de Entre Ríos (…) determinado por el medio natal, esa provincia que un fresco abrazo de agua define para siempre…».

¿Pero qué cosa define? Bueno, cada poeta, creo, lleva consigo una visión del mundo, un estar entre las cosas y palabras, palabras que se repiten como reflejo o resonancia de eso que Pavese llama mitos y que vienen de la infancia. Cuenta Mastronardi (lejos ya de su tierra) que, como todo muchacho provinciano esperaba encontrar en la ciudad, la magia y el deslumbramiento, pero cuando regresaba por la triste calle Moreno, después de unas horas en la biblioteca de la facultad y notaba que las calles estaban solas y las voces se habían apagado, se decía que la vida puede ser la mínima en todas partes, en resumen, que las convenciones son más visibles que la misma realidad viva y palpitante.

Esto nos acerca a una variación sigilosa sobre el concepto de Naturaleza que elaboró Carrera, refiriéndose puntualmente a aquella que miramos desde el cuadrado de la página, en los versos, en las sílabas, en los acentos, en sus sonidos, en los intervalos repetidos pero diferentes…

La hoja en blanco, «crepúsculo de la libertad»  que defendió con su vida Osip Mandelshtam, (poeta sin tumba) quien se alejaba de su casa solo para deambular en los trenes que lo llevarían a morir en la Siberia, despojado hasta de sus pantalones pero jamás de sus lujosas palabras. El papel blanco y la tinta azul de donde nacen los ríos perezosos, los cerdos en las calles y los molinos vacíos de Jorge Teiller y que mantuvieron a Inchauspe encadenado a esas palabras que no vienen. Una ropa «de andar dentro de sí», antes que versos colgados de un alambre allá cerca de un rancho donde el diablo perdió el poncho, que decía el sanjuanino Escudero. «¡Oro nestas piedras!»

*

Escribo esto ya de regreso. Lejos ha quedado la casa de mis padres, el cerro Nevado, la mano invisible que enciende el chirrido de las lechuzas y el tucutuc en las cuevas de los tunduques. Las bandadas de patos volando en V, armando y desarmando su forma. Los jotes dibujando a lo alto, círculos concéntricos dejándose caer por el aire y preparándose para cazar. Las hojas plateadas de los álamos oscilando de un lado a otro; la luna color viento.

Las tormentas de piedra migrando hacia el norte, los aviones y las manchas fucsiasverdesanaranjadas apareciendo y desapareciendo en el radar.

Los niños descalzos en bicicleta por la calle terrosa sobre los rieles oxidados de trenes que no vendrán. Las cúpulas del cielo cayéndose a pique por su propio peso…

Abandono; me despido aunque no deje de mirar ese sur al que llegué de polizón como una ortiga chúcara entre otras hierbas, ni de verme montada en un caballo blanco con una estrella negra tatuada en la frente. Guardo para mí el hábito del ir y volver constante con las manos vacías y «este poco de aire movido por los labios, palabras, palabras» como caminos, siempre en busca de algo que se escabulle más allá y que, al fin, cuando lo agarro se deshilacha como una nube de polvo o reaparece, ojalá, en forma de poema.

S. Barrego

Enero-Febrero de 2021.


*La primera parte de esta crónica puede encontrarse en Los cuadernos pueblerinos.

AQUÍ ME QUEDO PARA SIEMPRE; EN ESTA BOMBA BIOLÓGICA QUE SOY Y QUE TODOS TEMEN

Breve comentario del poemario Trópico Mío, de Mara Rita Villaorrel Oñate *

Por devenori

Una voz lírica me seduce mientras leo Trópico Mío (Mago Editores, 2015).** Me invita a ser parte del  permanente y poderoso nacimiento de sí misma, de su universo híbrido. Una voz donde me recuerda lo vulnerable, azarosa y cambiante que es la existencia misma.

Me rebelo tocando mi cuerpo
siento una gran pena por mí
yo no soy quien yo soy
buscándome otra me encuentro

Los poemas que contiene Trópico Mío me revelan, con su juego de lenguaje y sus estrofas pequeñas -como los momentos cotidianos que une misme vive-, la construcción y destrucción  de un universo hibrido, inestable, frágil, efímero y potente, donde la actitud contemplativa y el auto-reconocimiento son claves para desarticular y articular la subjetividad que posee la voz lirica del poemario. Voz que, en su búsqueda por la autenticidad, desobedece las leyes cósmicas del sistema sexo-genérico establecido que conoce la creadora de este yo –plural- lírico. Sistema que en las sociedades occidentales y occidentalizadas se caracteriza por la heterosexualidad como régimen socio-cultural y que, la autora, a través de la voz poética, intenta tajear con un lenguaje poético, transparente y filoso. Como dice Val Flores: saltó con su lengua afilada a trozar el mundo que le había sido asignado.

XII
a mí se me perdió una joya muy querida
una joya muy valiosa a mí se me cayó
a mí me robaron todo lo que yo tenía

XIII
Siento que alguien está de tras de mí
Siento algo que me está tocando
Siento algo que no me deja salir

XIV
Es mi madre la que está detrás de mí
Soy madre de mi madre
Difícil es parir a mi madre que me pare a mí

XVI
Algunas de mis madres tienen el rostro de mi padre
En mi cuerpo llevo mi padre
En mi cuerpo llevo todo ese peso

Sabe que para encontrarse a ella misma tiene que aceptar a todas las voces que la habitan, a todas las subjetividades deformes que se reflejan en su prisma. Por eso las convoca con  las palabras y las plasmas en el papel: Somos reflejos distorsionados  por el prisma único / Mi joya es el prisma único que nos separa. Una distancia donde se puede reconocer tanto como otra y símil a ellxs, y que conlleva a un permanente proceso de mutación: la piedra cae y rueda torpemente / la piedra se rompe y es polvo / de entre mis piernas cae un huevo

Es una voz que se reconoce como un entre-nos, un yo madre de mí de mi hermana de mi hija de madre, pero que sabe que por efecto del orden establecido se tiene que reconocer  primero como sexo, como un sexo, sus sexos. Por primera vez fijo mi mirada en mis sexos / Me toco y hurgueteo frente al espejo.  Y de ahí se sabe espora: Muchas larvas salen de mi huevo que salió de mi sexo/ Una larva come a la otra quedando solo una / la ultima larva crece rápido y me jura amor. Un amor que la lleva al eterno retorno de su génesis; un eterno renacer bajo su danza espiral: una prometea de su subjetividad plural e inestable pero predispuesta a ofender, a ser.

LXXI
Yo toda  innegable
Yo toda soy verdad
Yo toda soy líquido

LXXX
Veo a otro no un otro yo
Veo a otro sí un otro otro
Atravieso  el tajo para habitar  este mundo

XCIV
Lo único que tengo es voluntad
Valentía  de ofender por existir
Ya no vengo solo a cantar  sino a bailar también 

Al final se percibe con un cuerpo, una voz y con una autenticidad que la lleva a no temer vivir en este mundo: moviéndome copio todo lo que hacen y dicen/ todos son inspiración perfecta / agito mi cuerpo al ritmo de todos / al moverme  y al agitarme me expando /  habito todo así bailando/ soy la tremenda bomba biológica  que todos temen.  

Tan segura en su danza provocativa que se convierte en virus; un virus que invade al temor, que es simplemente temor por desear esa joya silvestre: de ser quien une quiere ser. Y por eso así concluye sentenciando la última estrofa: Ya sé por qué me temen/ Nunca entendí por qué tiene que ser así/ Pero aquí me quedo para siempre.

Tunuyán, 2020.

BIBLIOGRAFÍA

Flores, Val. Deslenguada: desbordes de una proletaria del lenguaje. Neuquén: Ediciones Ají de pollo, 2010.

Han, Byung-Chul. La agonía del Eros. Barcelona: Herder, 2014.

Preciado, Paul  B. Un apartamento en Urano: Crónicas del cruce. Barcelona: Anagrama, 2019.

Wittig, Monique. El pensamiento heterosexual  y otros ensayos.

* Mara Rita Villaorrel Oñate (Santiago, 10 de abril de 1991, 19 de abril de 2016) fue una escritora, profesora y activista LGTB chilena. Mara Rita publicó el 2015 su poemario Trópico mío en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, su alma mater y espacio de exploración durante su proceso de transición. Sobre libro comentó: doy luces de una hablante lírico transgénero, pero traté de no centrarme sólo en eso, sino en muchos aspectos que nos complican a todos en nuestros procesos de formación de identidad. El libro es una experiencia de formación que no es sólo mía.

Estuvo involucrada en la creación y gestión del Preu Trans de la U. de Chile, un preuniversitario popular para acoger estudiantes LGBT y prepararlos para rendir la Prueba de Selección Universitaria (PSU). Además de trabajar como profesora de Castellano, se dedicó a compartir su conocimiento y experiencia como mujer trans feminista.

También contribuyó en la visibilización de las vivencias trans en Chile, como la discriminación, el acceso a la salud pública, el rechazo de las instituciones laborales y otros factores que limitan el tránsito de las personas trans en este país.

Su experiencia fue reflejada en un capítulo del programa de Televisión Nacional de Chile, Qué pasó con mi curso,  y en el documental En Tránsito.

**https://es.slideshare.net/Piratalibros/trpico-mo-mara-rita

Sabrina Barrego: Una trinchera para la buena poesía*

Por Luis Benítez

Hace pocos meses, en Argentina, fue reeditado el poemario Trinchera (Ediciones Culturales de Mendoza, Colección Cactus, provincia de Mendoza, 2019) de la poeta Sabrina Barrego. El volumen se hizo acreedor a una mención especial del Premio Provincial de Poesía Vendimia 2018.

Las cuatro decenas de poemas que componen este poemario, dividido en 3 secciones, exhiben una parejo desarrollo de la sensibilidad de la autora, quien utilizando un discurso aparentemente sencillo se las arregla eficazmente para introducirnos en un universo signado por la autoindagación, por una parte, y paralelamente por la comprensión madura de los nexos que la ligan con la realidad exterior, estableciendo una red de vasos comunicantes donde sus visiones de un campo y el otro se entrelazan y complementan.

Así, Barrego va más allá de lo convincente: la verosimilitud de su propuesta tiene el sabor inequívoco de la genuina experiencia estética, aquella que proviene no del proponerse sentir, sino del empirismo sin obstáculos entre la apreciación sensible y la elaboración posterior –ya en términos poéticos- para dar por resultado textos donde la belleza bien entendida (no como máscara) se revela, casi tan desnuda como es, sin que lo trágico y el pathos de la existencia contemporánea cedan necesariamente sus espacios ante su presencia.

La joven poeta ya conoce los mecanismos escriturales que conducen a la elaboración de una obra sólida y como su colega Denise Levertov, parece apreciar a la poesía como una variedad de la telepatía: “But mind and heart continue / their eager conversation” (Pero la mente y el corazón prosiguen / su charla animada), nos dijo en Broken pact la poeta de Essex, mientras que la de General Alvear, Mendoza, señala a la par: “hoy el lenguaje / me construyó una casa”. Esa calidad telepática, es posibilidad de comunicación alternativa que con tanta felicidad Levertov le atribuyó al género, en Barrego se plasma adecuadamente en imágenes, sensaciones, emociones que contienen ideas y conceptos (esa capacidad que posee el verso honrado) que de manera casi inmediata capturan la atención del lector y, más allá de esa operación primera, invaden la imaginación y nos trasladan a situaciones en apariencia simples, pero que se revelan por el arte de la autora como recipientes de un sentido poderoso. Aquí no podemos hablar de lo unívoco, sino de una polifonía del sentido. La poética de Barrego es develadora de multiplicidades: como en el famoso cuento de Hans Christian Andersen nos muestra al rey desnudo y también las implicancias de esa revelación, ya que actúa en varios planos a la vez. En su poema Las Heras (incluido en este volumen que nos ocupa, págs. 14-15) parece estar hablando del gallinero que tenía su abuelo y efectivamente, también se refiere a eso; pero al octavo verso ya señala Barrego la “anomalía” que conduce al despliegue de otros significados para lo mismo: las aves que alberga dicho gallinero: tenían un corte de tijeras / en las alas / y yo no sabía por qué.”, refiere como al paso, y remata esa sección del poema hábilmente: “las manos de mi abuelo / eran filosas como las de Dios.” Luego sí da remate efectivo al poema, ampliando todavía más el radio que abarca el conjunto: “recuerdo el gallinero / con desesperación: / las palomas, / las gallinas, / juntas como hermanas / en la quinta de mi abuelo.”

Como el poeta argentino Juan Laurentino Ortiz, Sabrina Barrego no elude mostrarnos de qué manera tan íntima la belleza del mundo convive íntimamente con el horror, la precariedad y la injusticia, hora tras hora y en todo lugar y ello no hace más que acrecentar los alcances de su poética. Elegí estos fragmentos de Trinchera como ejemplos de lo antedicho, porque me pareció el modo más práctico y directo de intentar siquiera aludir a algunas de las capacidades de su arte, pero en todo el poemario las imbricaciones –estas y muchas otras más- entre elementos supuestamente opuestos abundan y ninguna será desperdiciada por el ojo atento del lector del género. La superposición de lo entendido como antitético en Barrego no es una mera estrategia literaria, sino otro rasgo de su honestidad intelectual y sensible: es lo que ella ve y eso que ella ve es lo que nos muestra. Trinchera , de Sabrina Barrego, confirma que la poesía argentina está en buenas manos.

*

Benítez, Luis. (27 de febrero de 2020). Sabrina Barrego: una trinchera para la buena poesía. Recuperado de https://hawansuyo.com/2020/02/27/sabrina-barrego-una-trinchera-para-la-buena-poesia-luis-benitez/

Benítez, Luis. (25 de febrero de 2020). Sabrina Barrego: una trinchera para la buena poesía. Recuperado de https://aladecuervo-vocablos.blogspot.com/2020/02/sabrina-barrego-una-trinchera-para-la.html?fbclid=IwAR1iGuxyQ60akz54jj-OzsE5H3RXztxlgRVbP07nHTXvDkhbUdbjpMgGr_U

Benítez, Luis. (1 de marzo de 2020). Sabrina Barrego: una trinchera para la buena poesía. Recuperado de https://www.ral-m.com/revue/spip.php?article17170&fbclid=IwAR3INSYXN54yfejn_nXoaH5KlvkJ2zUYCyPWAqkUy4pVA5XJxV6fhbsiJu0