Nota(s) paranoica(s) acerca del cine

Por Leandro Agustín Alías

El cine puede ser ese espejo que nos refleja, pero oscuramente. Una bomba en Siria, un golpe de estado en Bolivia, puede ser Charlotte Gainsbourg cortándose el clítoris con unas tijeras. Cuando hablamos de cine hablamos de autores, pero quizás esto (el cine) solo sea las erupciones del mundo y, cuando hablamos de la última de Haneke, no somos más que esos niños vanagloriándose por particularidades que solo ellos descubren en sus pedos. Quizás las películas no surgen de sus respectivos autores y simplemente son algo que surge del aire, como las gallinas o el mismo universo, y una manga de vivos nos engañan adjudicándose estas cosas que ya estaban ahí, que en realidad no hizo nadie. Una manga de vivos que visten esmoquin, van a fiestas y consumen droga gratis por sus engaños.

Quiero creer que consumimos películas como Divine consume mierda en Pink Flamingos, y quizás por eso Pink Flamingos es la película más honesta jamás hecha en la historia del cine (capaz que se deban incluir a Un perro andaluz y Gummo). Las películas, con todos sus “artificios”, sus escenografías acartonadas y Leonardo DiCaprio haciendo siempre exactamente lo mismo con algún tic exagerado que nos haga creer que está actuando, no son para nada ningún artificio, sino la naturaleza misma expresada de alguna manera con muy poca rigurosidad científica. El cine es las erupciones del mundo, “la sal de la tierra” como dicen los Stones (o el documental de Wim Wenders), la bosta de un perro que, con el paso de los años, se reincorporara a la tierra. Se reincorpora como fantasmas que rondan las pantallas, como los ya debatidos hasta el hartazgo collages de Tarantino o los clichés que se reproducen eternamente de películas que jamás vimos, como cada imitación burda que hace Damián Szifron (como si Leonardo Favio jamás hubiese pasado). Se reincorpora como fantasmas que rondan el mundo, aun antes de la globalización, aun antes de Clinton, aun antes de Carlos Saúl Menem, como todo acto de violencia que surge del porfiado chiste de un niño o de la inocencia fatalista del falso Jake La Motta. El cine es como las películas de Bruno Dumont… El cine es las películas de Bruno Dumont. Como en P’tit Quinquin y ese criminal que mutila gente para luego esconder sus restos en vacas, para que luego el gendarme Roger, en un momento de enorme sabiduría, comprenda que jamás podrá descubrirlo porque tal criminal no existe, solo existe el mal liso y llano. Como el chiste maestro de David Lynch en Twin Peaks: ¿Quién mato a Laura Palmer? Pues nadie, simplemente el Mal. Eso es el cine. Por eso el cine es la más banal al mismo tiempo que la más perfecta de las artes. Pero el cine también es una película de superhéroes, autos chocando sin sentido, chistes malos, el rostro de Chloë Sevigny con cejas y cabello decolorado en cámara lenta, un cuchillo en una bañera, “una mujer y una pistola”, una puerta cerrándose detrás de John Wayne, Federico Luppi y su gallo, los fantasmas de Leonardo Favio, Anna Karina que llora mirando La Pasión de Juana de Arco en el cine. Ya sabés de lo que estoy hablando: el cine.

Herzog afirma que para el documental Las campanas del alma necesitaba filmar (suponiendo que esta gente realmente filma “sus” películas) a pueblerinos siberianos arrastrándose por el hielo cumpliendo una promesa religiosa. Cuando fue al lugar tal cosa no ocurría, era una farsa, por lo que tuvo que pagarle a unos ebrios para que lo hicieran y cumplir con lo que su documental le exigía. Herzog, como viejo sabio, entiende que lo que realmente importa es lograr la imagen. ¿Sino para qué hablamos de cine? Todo lo demás, el “que sea verosímil”, importa muy poco.

Pero, entonces, si lo único que importa es el momento trascendental cuando aparecen las imágenes (imágenes que aparecen como revelaciones, imágenes que surgen, perdón por repetirme, de las erupciones del mundo, imágenes que al surgir de las erupciones del mundo no pueden tener mayor combustión que la auténtica maldad), ¿cómo puede ser que el cine también sea ese plano sublime de Chloë Sevigny? ¿Cómo puede ser que este trágico universo paralelo le permita un lugar a las lágrimas de Anna Karina? ¿Cómo puede ser que el cine nos refriegue las erupciones más horrendas del mundo en Freaks y no puedan más que despertarnos la más extrema de las ternuras?

No lo sé, es todo un misterio; prometo que intentaré averiguarlo.

2021.