Los cuadernos pueblerinos (cuarta entrega)

Me regalaron una runa que simboliza una vaca lamiendo hielo y sal

Por Sabrina Barrego

y anduve solo y no era la luz
fuime por duros corredores

Juan Carlos Bustriazo Ortiz

Sueño
con que las hojas
del otoño me entierran.
El cuerpo me germina.

Abbas Kiarostami

Cuando se murió la Lala, mi madre me llamó por teléfono y me contó una anécdota familiar. El hermano de su mejor amiga, mi tía Ani, se murió de sida en un pueblo chico. Su madre, la Lala, lo cuidó con dedicación hasta el último momento. Cuando finalmente se fue, la mujer se dedicó a caminar sin rumbo las calles de tierra de Villars. La hija, preocupada por los rumores acerca de la locura de su mamá, la cuestionó preguntándole por el motivo de sus deambulaciones.

“Yo estoy buscando hija”le contestó la Lala. “Déjame buscar…”.

Hasta que un día se detuvo. Nunca supimos por qué.

*

Caminar para mí siempre ha sido la manera más segura y eficaz de escaparme, hasta de mi misma. Moverme, con la tradición rusa de no dejar más que la tierra arrasada a mí paso. Hoy, 29 de abril de 2021, cerraron las fronteras de General Alvear por el rebrote. Qué linda manera de cerrar un texto justo cuando me preguntaba cómo. Linda, la manera de darme cuenta, finalmente, de que no sabría cómo resolver el hecho de quedarme quieta en un lugar.

Por ejemplo: cuando estuve en el hospital me sentía como en la cárcel, como en un campo de concentración (¿o qué otra cosa puede ser un neuropsiquiátrico?) Por efecto de la medicación que me daban, me pasaba esto que se llama “acatisia” o, según los diccionarios médicos, la incapacidad de quedarte quieta. En ese entonces lo que hacía era caminar alrededor de un árbol. Cuando coincidíamos en el síntoma con alguna de las compañeras o, simplemente, alguien me acompañaba, tomábamos mate. Siempre caminando. Yo no tengo un número tatuado en la muñeca que me recuerde que estuve adentro y salí. Que sobreviví al espanto de los corredores grises que conducen a la sala de los inyectables y  los gritos. Pero una tracalada de muertas me sigue pisándome los talones; no tienen bocas para llamarme pero, a veces, casi lo logran y hasta me ofrecen un mate. 

La pequeña voz del mundo

Cuenta Mary Oliver en una entrevista, que tuvo una infancia difícil en una casa muy pobre donde pasó demasiado tiempo sola, sin nadie con quien hablar del daño que recibía (sin nadie con quien hablar de nada). Decía que caminar por los bosques en Ohio le salvo la vida. Y ella, a cambio, salvó a la belleza (y a la poesía). Caminaba con su libreta por el bosque y Walt Whitman en la mochila. Caminando llego hasta la que fuera la casa de Edna St. Vincent Millay. Se movía garabateando, cazando y recolectando frutos, bayas, almejas y pececillos para comer. Deseando de manera casi religiosa unir (y unirse) con la experiencia del poema. Dios sabe cuándo habrá empezado a escribir. Ella solo sabía, íntimamente sabía, que, sin importar quién seas,  qué tan sola te encontrés, el mundo te llama a la imaginación, regalándose como los gansos salvajes llegan, anunciando tu lugar en la familia de las cosas. Es cuestión de tener oídos y corazón para escuchar. 

¿Qué son las fronteras?

Cuando mi hijo nació, el Estado de Israel bombardeaba Palestina todas las noches. Recuerdo estar sentada sola llorando al borde de la cama sin saber qué hacer con un bebé, mirando videos y fotografías de los sucesos al otro lado del mapa, sin poder imaginar siquiera la situación de velar por el sueño de la cría en un contexto de guerra. Por estos días, nos llegan las más cruentas noticias de este conflicto tan largo como la historia. Me contaba Alelí, compañera querida de un trabajo que supe tener, que, siendo ella una adolescente, Israel les ofrecía casa y estudios a los hijos de quienes ya se habían alejado hace tiempo de la madre patria con la condición de alistarse en el ejército. Eso significaba, decía, “que yo tendría que tomar las armas y apuntar y matar a los primos, a los amigos de mis vecinas, a los chicos con los que aprendíamos a tocar la guitarra en el barrio…somos lo mismo, el pueblo es el mismo”. Eso me contaba Alelí, y se le llenaban los ojos de lágrimas.

¿Qué son las fronteras? Quizás la manera que encontraron los Estados nacionales para tapar el sol con el dedo del fascismo. Si hasta las membranas defensivas que protegen el organismo vivo autosuficiente que es un huevo, son porosas.

¿Qué son las fronteras? Cuenta mi madre que la mamá de su abuela Elizabeth se murió de hambre en Rusia y que alimentaba a sus hijos con los huevitos de las aves que anidaban cerca de la casa, lo poco que había de pan y cebolla. Dividía minuciosamente las raciones saltándose siempre la propia. Cuando finalmente no aguantó más, su marido, siguiendo la tradición, se casó con su hermana a la que también llenaría de hijos, pero ya en La Pampa, República de Argentina. Contaba mi abuela que algunos de sus vecinos en Colonia Barón seguían construyendo sus casas debajo de la tierra por temor a los pogromos. La última vez que estuve allá, yo era muy chica y mi abuela todavía vivía. Fuimos con ella y con mi tío Rafael por motivo de la muerte de otro tío materno.

La otra abuela de mamá -su cabello nunca se volvió canoso- se murió realizándose un aborto clandestino. El viudo, mi bisabuelo, encontró sus propias maneras de renunciar a la descendencia y, con la muerta todavía tibia, repartió a todos sus hijos para dedicarse a las mujeres y al alcohol. Los menores con las hermanas; uno fue a parar a un colegio de curas en el litoral; a mi abuelo lo criaron los trenes en su vida de linyera y a Perla, la mayor, la casó con este chacarero, un tal Caíno, a quien conocí en su propio velorio. Recuerdo a mis parientes de la rama Casanova, oscilando entre los despojos de los aristócratas de pueblo que supieron ser, unidos a la familia política y ciertos personajes picarescos de alguna novela costumbrista o a los Peaky Blinders. Unos primos (no entendí nunca en qué grado de parentesco) me llevaron a una carrera de karting y unas cuantas tías no se cansaron de resaltar mi parecido con mi mamá. Cocinaban mucho y sus casas eran muy paquetas, “al estilo pampeano”, como decía mi vieja. De todos, mis preferidos fueron mi tía Korina, la hermana de mi abuela, y el Cholo, su marido, un despensero de boina y bigotes que nos regaló una bolsa enorme llena de semillas de girasol. Korina, no recuerdo muy bien la historia clínica que relataban, creo que tenía algún tipo de afección en las glándulas del crecimiento y un pronóstico de vida muy desfavorable al que pudo desafiar no se sabe cómo. Me acuerdo de su rostro, muy similar al de mi abuela, pero con los rasgos más marcados, las orejas alargadas, la nariz, el cabello oscuro. Era alta, altísima o, por lo menos, así la veía yo, y levemente encorvada. Su estigma: una “capacidad intelectual” dudosa para el resto de la familia. Su madre, sabia y pacientemente, le había enseñado antes de morir los oficios que la harían una mujer trabajadora y con ingresos personales, lo que la diferenciaba exponencialmente de las señoras que la contrataban para dejarles la casa bonita para las visitas, a base de tapices, cortinas y chucherías. Y también su incapacidad para concebir hijos. Recuerdo como si acabara de entrar recién en el comedor de su casa: era la hora del almuerzo, la mesa pequeña, dos sillas, dos vasos, dos platos, dos juegos de cubiertos, bifes y ensalada de tomates en porciones pequeñas para ella y su marido: no había nadie más que alimentar. Como si hubiese habido algo raro, algo que faltara en la secuencia que me dejaba impresionada en un sentido que, ahora, a la distancia comprendo. Pienso en toda la historia familiar y la trama de la descendencia tejida con la labor con que se tejen los mitones, las telarañas y las mortajas. Luego pienso en la tía Korina, en su instinto de preservación y en su útero infantil, y me digo a mi misma: es infinitamente creativa la vida.

Elizabeth Tailov

Me llamo Elizabeth Tailov, fui alimentada con huevos de aves,

pan y cebolla por mi madre que murió de hambre

a orillas del Volga guardándole la porción a la cría .

Me llamo Elizabeth Tailov, mi tía se casó con mi padre

(el viudo) y viajamos en barco hasta Sudáfrica primero,

y luego hasta la Argentina (mis vecinos en la pampa

construían sus casas como hoyos bajo la tierra

por temor a los pogromos).

Me llamo Elizabeth Tailov, a los trece me casaron

con un hombre 15 años y medio metro mayor que yo;

al principio tuve que negarme para que vuelva a pedir mi mano,

luego hicieron un gran baile familiar

y yo lloré en la habitación durante meses.

Me llamo Elizabeth Tailov, parí once hijos:

los primeros en una carreta, dos murieron de pequeños;

su padre quiso venderlos en una ocasión

y yo la eché con una escoba de mi casa

a la mujer fina que vino a buscarlos.

(Él esperó un año fuera para poder regresar.)

Me llamo Elizabeth Tailov, yo les lavaba los

pañales y las sábanas a las señoras del pueblo de Colonia Barón,

ellas no tenían mis manos toscas como tampoco mi lengua

para contar sus historias, pero si el dinero para comprar

azúcar, para amasar las kreppels y cubrirlas de nieve de manteca,

sin siquiera imaginar cuánto cabe en mis palmas vacías. Me llamo Elizabeth Tailov,  levanté mi casa en cuclillas

sobando el piso con adobe, menta y bosta de caballo;

alimenté durante décadas niños, chanchos y gallinas;

fui nido, vientre fecundo encendiendo velas todos los días como acto de fe.

Y con el puñado de hijos de la mano (a veces hasta en los hombros)

caminé kilómetros y kilómetros a la iglesia más cercana

para rezarle a un Dios hombre, distinto al de mis padres,

por si acaso fuese cierto y desde su morada eterna

alguien cuidara de las madres.

Ciudad de Mendoza, mayo de 2021.

*

Mi madre tiene los dientes como los de mi abuela, manchados de marrón por tomar agua yodada durante años. Me imagino que, si le hiciesen una radiografía de colores, sus huesos deberían estar iguales. Por mi parte, cada vez que pasa algo en Alvear me duelen las muelas. Una vez escuché de un hombre que, para curarlas, hacía nuditos en un hilo rojo que luego enterraba pronunciando unas palabras; si la pieza estaba enferma, entonces se caía. Creer o reventar. Escribo, y mi madre está internada en el Hospital local. Después de saltar la burocracia reinante, conseguimos permisos y pasajes para que mi hermana se traslade más de 1000 km para cuidarla. Es el Día de los Enfermeros y ella me cuenta que discutió con una antigua compañera por cuestiones de criterio, que se siente angustiada y que recién logró sentarse a escuchar a Marlene Dietrich en la habitación compartida con otra pareja de paciente y cuidador. Yo le comento que, durante la Segunda Guerra, había un pacto de cese de los bombardeos mientras ella cantaba para las tropas desde la radio. La imagen que –pensé- serviría como consuelo estético entre tanta pavura, le terminó provocando el llanto. He fracasado (otra vez). Me siento en la cocina y escribo cartas que jamás le mando: 

¿Quién cuida a quienes se encargan de cuidar?

“Ser enfermera no es solo entregar una comida

administrar una droga, controlar signos vitales”

me decís enojada. El otro día mamá se complicó;

“yo ya la había regulado para cuando llegaron ellos

y otro, ¿Qué hace?” Quizás lo que hiciste vos

con el chico ruso de al lado, que también cuida

a su madre. Ayer a la tarde mientras alguien

se moría  los gritos arañaban las paredes

del pasillo blanco. Vos y el chico levantaban la voz

“sólo nos faltaba bailar”, me dijiste, malabares

para que los vivos no se peguen la amargura

de los que se van yendo. Pero quién vela por quien

vive con la vocación extraña de consagrar sus días

al cuidado de los otros. Me comentas que

te quedaste sin frazada, que la espalda te duele

(cinco días sin dormir y quedan otros).

“Cuando una vía se tapa, hay que aspirarla”,

me explicaste, es una cuestión de reflejos

de intuición, de estar ahí en el corazón

de los hechos, sin dilatarlos, “no es a vos

al que se pincha”, la piel se gasta. Querida

el dolor ajeno siempre fue tu prioridad, algo que yo

no entiendo desde los mismos lugares. Escribo

para pensar cartas que jamás te envío, escribo

porque no puedo hablar, vos sabes que la

mandíbula se traba (algo en el orden

de la ansiedad) escribo mientras rumeo, frutas duras

zanahorias como clavos, como vos me lo indicaste.

Ciudad de Mendoza, 12 de mayo, de 2021.

*

…la puerta se abrió para siempre
mientras yo ardía

Mary Oliver

“Escribo como si fuese a salvar la vida de alguien. Probablemente mi propia vida”, escribió Clarice Lispector. A lo largo de estas crónicas fui trazando una cartografía metafórica de los espacios rurales que me vieron crecer. La Rusia (real y literaria) de mi historia familiar me hizo dialogar con La Zona, de Tarkovsky (antes de que cercaran el sur de la provincia como a un gueto). He estado hablando con otras personas de la potencia anticipatoria, incluso profética, de algunos textos. Yo no sé cómo sucede. Quizás una palabra sólo arrastra a otras palabras y las frases a otras frases, y así el Verbo se impone al mundo. Pero movidas ¿por qué?… Ya no por el viento que percute entre las hojas temblorosas de los álamos. No es tiempo para metáforas; es tiempo para decir lo que se tiene que decir.

Es tiempo.

Leo este poema de Ingeborg Bachman:

Ya no hay nada que me guste.

¿Debo

adornar una metáfora

con una flor de almendro?

¿crucificar la sintaxis

por un efecto de luz?

Quién se romperá el cráneo

con cosas tan superfluas –

Tuve una comprensión

de ciertas palabras,

las que están ahí

(para la clase más baja)

Hambre

              pena

                      lágrimas

y

                                      oscuridad […]

El hambre, sobre todo. Finalmente fui al médico, un clínico y naturista que me prescribe un cambio de rutina que incluye una dieta rigurosa. Me dice que no busque más palabras para entender, “que ya lo he entendido todo”. Que no es ese el camino y que recuerde -ya que estuve entre los indios- que ellos dicen que el pasado está delante y el futuro está en la espalda. Existen dos partes complementarias en la vida de una, lo propio y la historia familiar, y tratar de no repetir patrones. Que mi cuerpo lleno de fuego y viento me está pidiendo agua y tierra. Que me alimente de aquello que me acerque los elementos faltantes y que haga una ofrenda.  Que vuelva, pero por otros medios.

*

alguien en la noche
va a tomar un carbón encendido para
trazar círculos de fuego
que lo protejan de todo mal.

Jorge Teiller

El fuego

El fuego purifica, según dicen. Pero quienes venimos del sur -territorio sacrificable- sabemos que el fuego también cumple sus funciones más tradicionales: el fuego abrasa y quema. Hoy es sábado, me despierto con los mensajes de mi hermana avisándome que durante la noche anterior alguien encendió uno de los galpones del ferrocarril de Oeste. Aquí se juntan la desidia de un municipio frente a los espacios de la cultura y la memoria de un pueblo, y la mano de un idiota o, simplemente, de un villano que decide, impunemente, cortar un hilo en el tejido de muchos. Con qué derecho y con qué fin, no lo sé. Si lo pienso más solo me encuentro frente a la lógica de una época oscura, pachacútica y demencial, en la que cualquier hijo de vecino, eventualmente, puede darle cuerpo a la banalidad del mal. Las cosas no tienen por qué tener sentido alguno y “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Pienso de nuevo en la película de Merker, comenzando con un desfile en el que un milico relativamente raso, dentro de la jerarquía zarista, presiona a los campesinos y trabajadores que pasaban a quitarse las boinas de la cabeza, frente a la aristocracia. Dice la voz en off del documental: recuerden, antes de las grandes purgas, antes del nazismo, un oficial en Rusia obligaba a los pobres a saludar a los ricos. Esos anónimos, esos humildes personajes de la historia del día a día, que encarnan lo peor fascismo, incluso, sin saberlo.

Dicen que el galpón estaba siendo utilizado por el consorcio ferroviario y que en su interior había materiales de obra, pintura, madera de pinotea y algunos durmientes. La pinotea es un elemento muy resinoso que, al arder, ha inundado todo el pueblo con su olor característico. Como partículas invisibles desperdigándose en el viento, como palabras sobre el vacío sin nadie que las escuche o las reconozca… palabras, para qué palabras. Tengo miedo de escribir. ¿Dónde están las palabras? ¿Se agotaron? Quería escribir un texto que hablara de mí, de los hangares de mi memoria. Un largo texto que no terminase nunca, pero los hechos se imponen y se han levantado llamas dentro de su cuerpo. Como si las palabras invocasen algo que me supera y que excede a mi entendimiento. El lugar del que vengo escribiendo ya no existe. Debo encomendarme al peligro de hurgar en lo que está oculto. No: en el vacío de lo que se ha retirado de la vida, como la raíz seca de un árbol que partió dejando sus semillas, aunque de los arboles ya no pueda ver los árboles y no queden hojas para sostener al viento. Esta mañana llore, unos brazos me rodearon tiernamente y yo lloré. Me he apartado de mí.Todo lo que amo muere, de modo que ahora ya no sé si amo o no para matar”, reza un poema de Diane Di Prima.  Y sí, esto no es un lamento, es un chillido silvestre, como las chicharras y los gallos. Debo aprender a partir. Retirarme como el Orlando de V. Woolf, venciendo la maldición que recaía sobre su cuerpo: nunca envejezcas, nunca te marchites. Debo convivir con el paso del tiempo, ese gusano que vive dentro de cada fruto alimentándose de su pulpa. Debo convivir con el horror. Es extraño: hay una parte de mí que se ha quemado; cierro los ojos y lo veo al Lázaro, con su puñado de perros yéndose a dormir para el galpón, siento su olor a ginebra, estoy oyendo una música: linyera soy… Veni Lázaro,  levantáte y andá por los senderos de mis recuerdos. ¿Quién ha transformado en ceniza la arena de mis borcegos, la arena que traigo de mi pueblo? Debo escribir, a riesgo de traicionarme, a riesgo de perderme en el camino y caminar. Caminar pero sin correr carreras contra mí misma. Con mi propia sombra delante de mí.  Escribir en carne viva y tirando piedrazos a los pozos vacíos, como si en el eco de cada palabra latiese un corazón. Escribir librándome de mí y de mi propia huida. Escribir. Y apenas estoy empezando. 

*

El olfato

En sus apuntes venecianos, Joseph Brodsky escribe que, para él, el sinónimo de la felicidad absoluta es el olor a las algas heladas: “Para algunos es la hierba, o el heno recién cortados, para otros los aromas navideños de las agujas de las coníferas y de mandarinas. Para mí son las algas heladas, debido en parte, a los aspectos onomatopéyicos de la propia unión de términos (en ruso un alga es un maravilloso vodorosli) y, en parte, a un cierto absurdo y un oculto drama subacuático en esa noción”.

Brodsky, quien fuera condenado a trabajos forzados en la Unión Soviética por “parasitismo social”, se exilió en los Estados Unidos por sugerencia de las autoridades que le prometieron “días calientes” en caso de que se quedara. Algo contrastante con los días fríos que tuvo que pasar en la Siberia, y las torturas con agua congelada que dejaron la mella de un corazón enfermo crónico. Cuando en 1987 le dieron el premio Nobel, la Tierra Madre lo invitó a regresar, pero nunca pudo hacerlo por recomendación de su médico: la emoción enorme podría causarle un infarto mortal. En cambio, viajó a Venecia y escribió. El olor a algas congeladas en la escalinata de la stazione lo recibió transportándolo mágicamente a San Petersburgo, a sus canales y a su propia infancia pasada junto al Báltico, el hogar de aquella sirena errante en el poema de Montale. La anguila que deja los mares fríos para llegar a nuestros estuarios y nuestros ríos, bajo la crecida adversa, de cauce en cause, de hilo en hilo, entre burbujas de barro, hasta el corazón del macizo, “el alma verde que busca / vida solo allí donde/ muerde el ardor y la desolación…”.

*

La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.

Constantino Cavafis

Regresa en oleadas el olor a pinotea. Agarra rápido la ruta 188 desde el sur, se impregna de yuyos en el secano, entra por mi ventana y me golpea fuerte en la nariz.

Dice Jorge Teiller que la carga de plomo que se respira en el aire de Santiago de Chile inhibe el pensamiento en los niños de 8 años. Cuenta Natalia Litvinova que algunos niños en Ucrania y Bielorrusia nacen con un agujero en el corazón; a esa condición se la llama “corazón de Chernóbyl” (su promedio de vida es de doce años). Jacobo Fijman, ante su inminente fin entre los muros del Borda, aterrado por la perspectiva de una autopsia, le pidió insistentemente a su tutor que no permitiese que le destrozaran la cabeza, incluso, estando ya muerto. ¡Pobre Jacobo que quisiste dar un último paseo como Walser para morir en tus términos, para no morir como un loco, como un enfermo cualquiera en la cama de algún manicomio!

Cuando me fui de Alvear, siendo nómade como supimos ser con mi familia, sabía de sobra que la nostalgia y el cansancio de la huida se alojarían en alguna parte de mi cuerpo. Ahora quisiera saber en cuál. ¿Será en el estómago que se enfermó? ¿En todo el sistema digestivo? ¿En el pecho que se aprieta, en la piel ardida, en las muelas, en  los oídos? No importa. Cuando pienso en estos días a veces tengo la total seguridad de que todos venimos entrado en las vías de un irremediable exterminio. A algunos les queda, tal vez, una hora; a otros una semana o, quizás, un año, incluso varios,  pero el final es inevitable. El final de todo: de los familiares, de los amigos, de mi madre, del pueblo…

Me refiero, precisamente, al pueblo, porque no existe en esta ciudad, en “lo nuevo” donde me encuentro, no existe ni por asomo ese conjunto de sentimientos, ideas y conceptos que constituyeron hasta hace poco mi vida. Era otra vida, la mía, hasta hace poco y ahora ha desaparecido. Los pueblos han desaparecido o están desapareciendo porque ya son pequeñas ciudades. Ser una poeta de pueblo es ser parte de algo que ya no está, que se está yendo. En eso quisiera ser generosa, darme a misma y escribir para que me lean las que son iguales a mí, como lo aprendí de los otros. Pero eso tampoco existe. Me he convertido en una extraña hasta para las que fueron mis amigas y supongo que eso está bien. O no. No es un tema de la moral, es cuestión de las versiones de la historia. Es cuestión de hacerse cargo de lo propio. Es cuestión de renunciar, a la manera de Rilke, a la  utopía del tiempo propio y de la patria. “Yo no tengo una utopía política ni sociológica, tengo una utopía personal”, decía Teiller. No me había dado cuenta sino hasta ahora que lo escribo: el pueblo no tiene sentido si no es narrado. Yo me fui. En el mismo instante en que puse un pie fue afuera y vi hacia atrás a través del cristal del colectivo, el mundo se partió para mí en dos mitades.

Miré hacia atrás. No puedo explicarlo sino con el poema de la mujer de Lot, de Wislawa Szymborboscka:

…Mire hacia atrás por soledad.

Por la vergüenza de huir a

escondidas.

Por las ganas de gritar, de regresar.

O porque justo entonces se soltó el

viento,

desató mi pelo y me levantó el

vestido.

Sentí que me veían desde los muros

de Sodoma

y se morían de risa, una y otra vez.

Miré hacia atrás llena de rabia.

Para gozar plenamente de su ruina.

Mire hacia atrás por todas las razones mencionadas.

Mire hacia atrás sin querer…

Y puede que algo de salitre me brille por siempre en el esqueleto.

Todos estos años pensé, largamente, en si una debe responder cuando le pegan. Si una debe gritar cuando hay dolor. ¿Sera mejor, acaso, pasmarse, refugiarse en el orgullo y devolverles a los verdugos un aristocrático silencio? Cuando fui a parir, parí callada, jamás me quejé. No hace tanto decidí que debía aullar. “En los sordos calabozos, casi impenetrables para el sonido, están concentrados los últimos restos de la dignidad humana y de la fe en la vida. En ese aullido, el hombre deja su huella en la tierra y comunica a los demás cómo ha vivido y muerto. Con su aullido defiende su derecho a vivir, envía un mensaje a los que están fuera […] Si no queda ningún otro recurso, hay que aullar”, escribió Nadieznha Mandelstam en Contra toda esperanza.

ESTE, aquí, es mi único recurso ¿Quién soy yo cuando no escribo? La esperanza nunca la tuve… Puedo rezar sin creer en Dios y me permito la nostalgia de futuro. Existen poetas de la intemperie y poetas burócratas. Con el poder de mis palabras sello mi vida palpitante con sus propias cartografías por fuera de otros mapas que pronto las borrarán de la historia. Asumo mi lugar en la familia de las cosas y estoy dispuesta a desaparecer. Yo soy guardiana de mi propio mito.

Es tierra sagrada la que están pisando, por favor, sáquense las sandalias.

Ciudad de Mendoza, Abril-Mayo de 2021.


La primera, segunda y tercera parte de esta crónica pueden encontrarse en Los cuadernos pueblerinos (primera entrega),  Los cuadernos pueblerinos (segunda entrega)  y Los cuadernos pueblerinos (tercera entrega) .