Bukake*

Por Pablo Grasso

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Algunos escribas locales comienzan su labor diaria -¿de escribir?, ¿de posar?- realizando el ejercicio mecánico de postear una selfie de perfil, de medio perfil, acostados, sentados, de espaldas, victorianamente ataviados o, en su antípoda reversible: carnales, plenos de sí hasta la náusea. Chiquillos y chiquillas, adultos mayores y menores, autores éditos y de los otros, practicando por igual esa variopinta gama de posiciones cuyo objetivo secreto pareciera ser alimentar el morbo contemplador de sus contactos en las distintas redes sociales. No digo que esté mal –dejo la censura, la pulsión de vigilancia para el Comisariato de las Costumbres-, si no que me llama reverendamente la atención tal exceso de énfasis y amaneramiento en la proyección facial (con piquito corazón, así). Pura fachada.

Bajo dicho perfil, decía, capaz de plasmar los contornos y meandros interiores de una personalidad autónoma y desarrollada, se ubican muchos de los que, a falta de un término más imaginativo, llaman “hijos” o “criaturas” al producto masturbatorio de su intelecto. Ojo: que el creacionismo (sic) chambón no es un fantasma oxidado del pasado y sigue, lamentablemente, pululando en los pasillos oscurantistas de cierta intelligentzia menduca. Un fantasma que se pisa su propia sábana y hace de eso -y por eso- una mercancía cultural de bajo rendimiento.

El oasis del chiste

Otros se deshacen en largas y solitarias polémicas en torno a una baldosa vacía, que de eso y no de otra cosa se trata la literatura mendocina contemporánea. Porque lo importante no radica en la existencia o inexistencia de dicha baldosa (el huevo, la gallina, el canon, etc.), si no en los modos –obsérvese el potencial- en los que, bajo determinadas condiciones, podrían colisionar ciertas escrituras locales. Vale decir: el hecho material y tangible de la literatura, su rareza y densidad específica. El resto es cuestión de estilo, perseverancia y una sutil amalgama de táctica y estrategia: la política de autor. Su auténtica eficacia: hacer de sus carencias (reales o autopercibidas) algo medianamente legible capaz de tramarse con la tierna subjetividad del lector.

Poseurs

Pero esto no sólo se observa en el gremio de los escritores del Cuyum si no que, últimamente, también en las así llamadas Zonas de Resistencia (un territorio asaz difuso en donde chapotean líricamente el kirchrnerismo emo, el anarco rentismo, la autogestión adánica y cierto feminismo sediento de acción directa) tienden a desnudar sus intenciones en una demostración suicida de falta de tino e improvisación. Lo que cualquier jugador de truco más o menos avezado sabe, en estos casos no se cumple: se repiten los yeites, se cristalizan “los truquitos” que deberían resultar inaccesibles para el lego o, al menos, no estar tan regalados al vicio catalogizador del aparato represivo (que existe y no son sólo los padres). En las redes sociales o en las conversas de bar se desgrana un sinfín de planes para acabar de una buena vez con el patriarcado y de paso combatir al capital (actitud sumamente noble que, por cierto, está adobada con el sulfuro irrebatible de la rebeldía y el ethos combatiente). Pero…

¿Dónde topa?

Todo bien, muchachxs, pero al fascismo cebado, a esa bestia asesina que cambia de nombre pero no de hábitos, no se lo detiene con un texturizado de soja, ni mucho menos con la marchita cantada a deshoras en el interior de un bar partidario. Como siempre, la indignación es el privilegios de unos pocos.

2016


*Pensado como un pequeño ejercicio de observación sociológica, este texto apareció en la Revista Panero bajo el título Bukake /1. Si, como dictamina el célebre tango, veinte años son nada, los seis transcurridos entre ese momento de incipiente decepción (o de kairós bajoneante) y el presente, se borran rápidamente en lo que tarda un parpadeo.