Los cuadernos pueblerinos (tercera entrega)

Por Sabrina Barrego

Quedándote o Yéndote

Lo que escribo no es para ti ni para mí/ ni para los iniciados/ Es para la niña que nadie saca a bailar, es para los hermanos que afrontan la borrachera y a quienes desdeñan/ los que se creen santos, profetas o poderosos.

Jorge Teiller

1. En “El último bolchevique”, documental de Chris Marker, Aleksandr Ivanovich Medvedkin, el cineasta ruso nacido en 1900, dice ser campesino por herencia; esto significa ser hijo y nieto de campesinos. El otro día mi madre me mandó un video en el que se oía en su voz quebrada: ¡No lo puedo creer! ¡Llego el agua, miren! ¡Como si fuera un manantial, llegó el agua potable!… La imagen del chorro aflorando entre el salitre de la finca alvearense  me recordó en seguida a  “Un dique contra el pacífico”, la novela de corte autobiográfico en la que Marguerite Duras recrea a su mamá, una mujer abatida por la vida y la miseria que había intentado (en vano) cultivar arroz en un terreno de la Indochina colonial que todos los años invadía el Pacífico.

El lunes el cartero me entregó dos libros que me enviaba Karina Lerman desde Buenos Aires. En la contratapa de “Las hijas de Lot” leo el siguiente poema:

Es el impulso de los pájaros / Olor a viento y rocío filtra la tierra.// Cosecheras golondrina

migran hacia los campos.// Al borde del ritual/ colman sus canastos con los frutos.// Van y vienen y no sabemos sus nombres./ Aprenden a salir ilesas de sus cuerpos.// Resaca en sus lenguas partidas./ Entre palabra y silencio./ Ellas danzan la infinita espera

Me pregunto qué esperan las mujeres de la tierra. ¿El final de la lucha por el agua (sinónimo de vida) contra la sal que todo lo seca? ¿O solo esperan lo que cada ciclo traiga como frutos en esta diáspora,  reconstruyendo los diques contra la brutalidad de los hechos y las condiciones materiales de la vida?

2. El agua tiene memoria.

Cuenta Svetlana Boym la historia de un regreso al hogar. Cuando por fin abrieron las fronteras soviéticas, una pareja alemana decidió  visitar Königsberg, la ciudad natal de sus padres, por primera vez en su vida. Después de la Segunda Guerra Mundial ésta había pasado a llamarse Kaliningrado, uno de los ejemplos más destacados de las Zonas de Obra soviética. El hombre y la mujer pasearon entre las ruinas del pasado prusiano sin encontrar nada que les resultara familiar hasta que llegaron al río Pregolya. Allí, el aroma a hierba y a los dientes de león les hizo recordar a sus padres. El viejo se arrodilló en la orilla del río para lavarse la cara en aquellas aguas, pero después tuvo que retroceder gritando de dolor: las aguas cargadas de basura y de desechos tóxicos le habían abrasado la cara.

3. Cuando tenía 13 años iba a una escuela que no me gustaba con gente que tampoco. Vivía en esta provincia desde hacía un año. Lejos había quedado el horizonte plano como hoja fina que no corta lo que está arriba de lo que está abajo (un solo cerro, en cambio, imponente, solitario, parecía ser testigo de todo). Lejos, mis amigos de la primaria que hablaban y se veían igual que yo. Tuve que volver entonces a intentar una vida social con mis contemporáneos (cosa que jamás me fue fácil), sobre todo desde mi condición de extranjera, marca que yo no sabía me acompañaría a lo largo de la existencia (mía y familiar). A partir de ese momento biográfico deje de ser “Sabrina”, nombre que nunca me disgustó, para ser “la porteña”, hija de un mecánico y un ama de casa en un colegio público de la Universidad de Cuyo con ínfulas de corte masónico. Plagado de hijos de “profesionales” y comerciantes, pichones de “futuros líderes”, quienes, desde el primer momento hasta el último de esos cinco años de prácticas tortuosas a la subjetividad a la que llaman “escuela secundaria”, se encargaron de hacer visible todo lo que los adultos no nombraban (excepto a voces): las diferencias entre los mundos que habitaban los chicos “bien” y los pocos que llegamos ahí por cercanía física con el establecimiento o por la creencia de nuestros pobres padres acerca del ascenso social relacionado con la educación. Bien. (Hay -hasta acá- un relato digno de una novela de Dickens  o de Andrea Del Boca.) No es el caso. No reniego de ninguno de mis resentimientos porque, en el crisol de esta experiencia olvidable (salvo por rarezas contadas con los dedos de una mano), se cocinó algo fundamental para mi supervivencia posterior: el instinto contra todo sentido de pertenencia y una consciencia de clase. No digo que haya sido fácil y sin dolor pero, gracias a esta serie de trayectorias (desafortunadas o no), es que ahora soy lo que soy. Y no pretendo ser, de ninguna manera, aquello que repudio.

Recuerdo que en el transcurso del último año de colegio se murió mi abuela Rosa y metieron preso a mi tío, dos hechos aislados que me rompieron el corazón y la salud para siempre. Con mi familia viajamos al interior de Buenos Aires al velorio de ella y al hospital donde estuvo él herido por la policía hasta que lo mandaron a cumplir su sentencia. Cuando regresamos y volví a la escuela, habíamos gastado dinero en el viaje y mi papá no pudo renovarnos las zapatillas. Fui a las clases de la tarde con los zapatos del uniforme matinal y se rieron de mí hasta hacerme llorar. Entonces mi mamá me contó que, teniendo los mismos años que yo en ese momento, limpiaba casas en Plomer y Lozano, provincia de Bs As, verano e invierno en alpargatas de yute, y que cuando llegaban las hijas de los estancieros se morían de ganas (y lo hacían) de ponerse un par de alpargatas blancas y aparecerse en la despensa o en la iglesia o en cualquier situación social que les permitiera ser vistas camuflajeadas. A ella le daba bronca que nadie las mirase con desprecio. ¡Qué más hubiese dado ella (me imagino) que un par de botas calentitas para ir a ver a su padre a la Unidad Carcelaria Nº 13 de La pampa en plena dictadura! ¡Que más hubiera dado yo en ese momento para que mis compañeras se pusieran en mis zapatos! Me equivoqué, no podían (como tampoco yo debería permitirlo).

Ahora, más de 20 años después, camino por lo que fue el terreno baldío que atravesé de lunes a viernes todas las mañanas con la salida y la puesta del sol. Cuando empecé a estudiar habían plantado álamos. Ahora, miden varios metros de altura y quién sabe cuántos chicos como yo han visto pasar de ida y de vuelta del colegio o ratearse al bar del Bassino. Han sido testigo de los primeros pasos de mi hijo y de los encuentros y rondas de poesía que organizábamos con mis amigos de  esa época. (Pensar que quienes llegaban del centro y se habían ido antes que nosotros a estudiar, viajar o trabajar se reían un poco de nuestros gustos “pintorescos”  -hasta burgueses nos decían- por los libros de literatura y la lucha por el agua que seguíamos tomando y por la tierra húmeda a nuestros pies en vez de preocuparnos por la “Real Política”). ¿Qué habrá sido de todos esos rostros?… Los que se quedaron y se alejaron de mí después de lo del hospital, o cuando la puerta de mi casa se cerró y se acabaron las reuniones. O quiénes se fueron antes que yo y ahora regresan (también)  buscando vaya a saber qué cosa, recogiendo algo para llevárselo entre la ciudad y el campo. Siempre se van rostros y vuelven…Solo el tiempo, como los anillos concéntricos escondidos en los viejos troncos, queda. Su fantasma.

4.

Sepa usted y para siempre, el corazón es una achura que no se vende.

Diana Bellessi.

Lo amamantaron entre pajonales

/donde ya se perdía/ el viento, con tristeza./ Lo amamantaron entre pajonales/ oh cuerpo mío,/ antiguo cuerpo mío…

Héctor Viel Temperley

He venido a Alvear a reconciliar el sueño. Durante poco menos de una semana me dediqué a dormir y alimentarme. Caminé y caminé. Largas caminatas desde el Callejón 6 y medio hasta la calle Santa Fe, la de las brujas; y, de ahí, al corazón de Alvear Oeste: la estación de tren, las vías del ferrocarril que hicieron nacer a este pueblito sureño. Con P recorremos los viejos galpones de chapa, hangares de la memoria. Lo miro de espaldas hacia mí, los brazos extendidos, metiéndose en el paisaje entre las colas de zorro. Nada toca más que los pasos de otros caminantes que, quizás, ya han muerto… como si no estuvieran, como si hubiese una forma de existir flotando. Algo en la caída del sol, en los metales centellantes, en las antenas y los postes del tendido eléctrico evoca el orden de la ciencia ficción (habíamos estado hablando de “Stalker”, la película de Andrei Tarkosvky).

Para Boym hay dos tipos de nostalgia: la más nociva es la “restauradora”, un tipo de chauvinismo que formula teorías conspirativas y fabrica mitos históricos a medida. La otra, la nostalgia reflexiva, se recrea en las ruinas, en la pátina del tiempo y en la historia, y sueña con otros lugares y épocas. No es raro que transitemos este viejo cruce de caminos entre la añoranza y el extrañamiento, como si se tratara de un país no especificado, una “Zona de aterrizaje” en donde pudo haber caído un meteorito o habitado una civilización extraterrestre. Zona que fue evacuada y resguardada continuamente por un fuerte cerco militar. Todo esto porque la mayoría de las personas que entran allí no regresan jamás, a no ser que sea por la gracia de un Stalker o guía que conduzca a los desesperados a una habitación secreta donde se cumplen los más íntimos deseos.

Miro a mí alrededor mientras me tambaleo en una zorrita encallada en pampa y la vía. Yo no nací en este lugar donde los rieles se pierden bajo el hollín del abandono; tan solo anduve de paso como las bandadas de cuervillos que forrajean en pastizales abiertos camino a los humedales. ¿Por qué regreso con el cambio de las estaciones y el transcurrir de los años a la tierra nueva de mis padres? ¿Recreando qué mitos de la infancia? Después de los daños recibidos y causados, peleándome con mis demonios como mosquitos desintegradores, esos demonios que han de llevarme al infierno, pero escribiendo, como diría Bolaño. ¿Será que busco poemas o alguna cosa que me trascienda y me guíe por el mundo de los signos? ¿Con el fin de generar metáforas, imágenes bonitas cargadas de lirismo rural? Ahora que mi experiencia es mostrable y extraíble como el jugo de los damascos en la fábrica de pulpa, ¡y que el sulfato se lo respiren los que se quedan! Ahora que existen nichos y categorías tales como Artistas de la Ruralidad y del Interior para ser repartidas entre quienes nos fuimos más temprano o más tarde a buscar los júbilos ajenos, cansados de vivir en nuestra tierra y/o expulsados, una y otra vez, del umbral de aquellos cuyos nombres aun guardamos (y aun así el pago querido seguirá como siempre riendo y llorando donde lo dejamos). O peor, aquellos que fingen raras ficciones bucólicas porque imaginan que es la única historia que se le puede contar a un papel, pura anécdota fantasiosa y romántica porque en el fondo (o no tanto) la vida real les parece “otra cosa”. Nadie puede entrar a la Zona con fines lucrativos, dice el Stalker. ¿Por qué quieren destruir la fe?

Y todo esto por un manojo de palabras. Palabras. No quiero más palabras que se repitan huecas, que me den nombres, que me definan, que me hagan esclava. El poema, el que anhelo, / al que aspiro, / es el que pueda leerse en voz alta sin que nada se oiga (Hugo Mujica). Me niego a regalar un solo puñado de greda que hayan pisado mis borcegos gastados y traducirlo en un vocablo que sirva para negociar con Gerentes de Ventas de sí y demás apropiadores que ejercen como dueños sus derechos de dueños sobre todo lo que nombran (sobre cada condenada hoja de los árboles que fueron testigos de mi crecimiento como muescas en las puertas de mis ancestros, de mis primeros besos y lágrimas de amor y de mi primer cigarro). Aunque de esos árboles nada quedase salvo el leve recuerdo de su forma, su memoria de raíz. Silencio, ruido blanco, es todo lo que obtendrán de mí. Como si hablásemos en otro idioma; lo que no aparece en su lenguaje no pueden arrebatármelo, rapaces. Deserto de las convenciones lingüísticas que no me pertenecen. Canto y nada más… No soy de aquí ni soy de allá. No tengo edad, ni porvenir…Y ser feliz es mi color de identidad… Angá. Despojada del peso muerto. Liviana como  las aves migratorias  busco mi lugar en el hueco, en el intervalo que no lograron llenar con palabras. En la grieta que hay en todo por donde entra la luz, esa luz obstinada en pelear contra las sombras.

5.

Mi forma favorita de la comunicación es con el más allá: en sueños. Soñar con alguien. La segunda es la correspondencia. Las cartas son una forma de comunicación con el más allá, no tan perfecta como los sueños pero sujeta a las mismas leyes .(M.T.)

La correspondencia fue siempre el medio de expresión preferido de Marina Tsvietáieva. Y sí, es lindo recibir el correo, me dijo Karina al enviarme un sobre de papel madera conteniendo sus dos libros y un señalador azul aterciopelado con mis iniciales pintadas a mano. En el transcurso de la pandemia presté particular atención a este viejo circuito de diálogos con personas afines y de apasionada intimidad que son las cartas y los poemas, cuando la vida diaria abruma y nos aísla y la civilización de las “prótesis” está haciendo “inválidas” las almas de las personas. Cuando el sentido de cercanía y de lejanía (física y espiritual) se desmantelan. Cuando las amadas palabras pierden su sentido y no se puede nombrar ni al amigo, ni a la ventana, aún se mira la compañía potencial de las páginas que llegan como llegan quienes viajan -aunque sea por momentos- en el mismo vagón que una. Para notarlo no es necesario dedicarse a la literatura, vivir en el campo o en la ciudad. Nos estamos enfermando de algo que se inhala fuerte, atomizado en una sociedad deshumanizada, competitiva e irrefrenable. Olvidando acaso la única certeza a nuestro alcance: que respiramos y dejamos de respirar.

“Tú no conoces mi soledad…he terminado un largo poema. Se lo leo y uno y a otro: silencio total —ni una palabra—un silencio insensible, me parece, ¡y de ninguna manera, por  un exceso de  sentimiento! Simplemente porque no llega, porque no entienden lo más mínimo. Pero para mí es claro y no puedo hacer nada (…) La lírica me servía como fe y  verdad, me salvaba, me llamaba… y daba color a cada hora a su modo, a mi modo. Estoy cansada de desgarrarme, de saltar en pedazos, como Osiris. Cada libro de poesías es un libro de separaciones y de desgarramientos (…)

Boris tengo nostalgia del paisaje ruso, de los lampazos, de los bosques sin yedra, de mí -allí. Si pudiera nacer de nuevo.”

Le escribe Marina a su querido Pasternak. Leo esta comunicación entre almas y pienso en qué cosa me une con una poeta que apenas conozco y que me envía con tanto detalle en vísperas de Pesaj (fiesta de la libertad) “Cayupán”, libro talismán como dice en su prólogo Alicia Silva Rey. Entonces digo: el hambre. No hay idioma ni lengua ni dialecto que indique la magnitud del hambre cuando el hambre es apetito de palabra (Silva Rey). Un hambre primordial y la ingesta salvaje de palabras (las verdaderas), la legua indócil de los niños y la avidez. Algo que anida en lo primordial, un ave que se va por las ramas de las metáforas, una voz ancestral que avanza de boca en boca y deja a la poeta en estado de fascinación, como un instinto donde la mano sabe y sigue a aquello otro que exige ser a través de nosotros. Todo consiste en oírse a una misma y en confiar, con la máquina de escribir como instrumento musical.

Entonces digo: la fe. Escribimos por un acto de fe. La poesía existe porque creemos en ella.

Tarkovski creía que el poeta discutía hombro con hombro con el tiempo. Que el artista existe porque el mundo no es perfecto y que, a través del arte, se puede sostener una conciencia de lo infinito. En este sentido, en el centro del arte, como en la devoción religiosa, está el amor, una forma de imitatio dei: ¿Qué es el arte?… Como una declaración de amor: la conciencia de nuestra dependencia mutua. Una confesión. Un acto inconsciente que sin embargo refleja el auténtico significado de la vida -el amor y el sacrificio-(…) Cuando hablo de la poesía no hablo de ella como de un género. La poesía es una cierta atención al mundo, una manera particular de relacionarse con la realidad. De esta manera, la poesía se vuelve una filosofía que guía al ser humano en la vida.

Digo: la búsqueda, la tensión entre el pueblo elegido y el pueblo imaginado que camina y no se detiene. Ninguna certeza. Una música. Balbuceo.

El lenguaje de la poesía.

6.

Recluido en un torreón a las orillas del río Neckar, en los últimos años de su vida, Friedrich Hölderlin, según se cuenta, a cualquier pregunta que se le hiciese, contestaba invariablemente “pallaksch, pallaksch”, una expresión con la que se remeda el balbuceo de los niños pequeños. Celan alude a ello en el poema “Tubinga. Enero”: Si viniera, / si viniera un hombre, / si viniera un hombre al mundo, hoy, con / la barba de luz de / los patriarcas: / debería, / si hablara de este / tiempo, / debería / sólo balbucir y balbucir, /siempre-, siempre- / asíasí / (“Pallaksch. Pallaksch”). Era en un mes de enero cuando los altos mandos de las SS se reunieron en Tubinga para decretar el exterminio del pueblo judío.

Chantal Maillard

Y así tal vez del propio silencio se desprendan los pasos que nos lleven por los campos secos hacia la pira del horizonte, un pie arrastrando al otro (a riesgo de que el mismo silencio nos revele los secretos que no queremos escuchar). Comencé este texto preguntándome por las mujeres de la tierra, mis amigas y compañeras, por mi hermana; mi madre y las de nuestra clase, simples nombres de dulce compañía que en el fondo desconozco. ¿Por qué? Por el tiempo. ¿Por qué son diferentes mis poemas? Porque son diferentes los años. Esperar de los versos, de los gestos y de las facciones cosas idénticas de aquí a diez años atrás es idiota. Yo misma he cambiado mucho en los últimos diez años (y el por qué asumo que nadie me lo preguntará por razones obvias). Si al final, como dijo Teiller, las personas adultas no se preguntan quiénes son, sino cómo van a actuar.

Me pregunto por lo otro que nos sobrevivirá, por el cielo que no dejo de mirar ¿junto a quién todavía? Tiempos difíciles para lo humano. Para hacer tribu. Para la salud. ¿Qué significa la salud? Son los que se consideran sanos los que han llevado el mundo al borde del desastre en nombre del “bien”. Pero no quiero opinar. Yo quiero escribir y nada más. Invocando, como propia la pregunta de Hölderlin: ¿para qué poetas en tiempos de miseria?  Quizá Tarkovski haya tenido razón y el arte sería inútil en un mundo perfecto. Y por eso tengamos que trenzar la constancia buscando la armonía entre los seres. Sin más para regalar que un rugido de animal gastado en la garganta. Para regalárselo a quién…Esta nostalgia somática como reserva espiritual.

*

Abandono. Me detengo pensando en la tucura quebrachera que encontró el otro día mi hermano entre la leña. Una langosta gigante vista como plaga en nuestros territorios. Resistencia de alas azules contra el extractivismo agrícola, que enmascara su color a medida que migra de norte a sur como quien ha cambiado de lenguaje para silbar en el monte sin reparar en la tierra arrasada a su paso. No pertenece a ninguna parte, ninguna parte le pertenece. Suelta es parte de la variante pequeña voz del mundo;  porque en la Zona nadie regresa por el mismo lugar por el que entra. O acaso sea como profetizó M. Lérmontov: para quienes no tenemos patria no existe el exilio.

Sabrina Barrego.

                                                                                         Marzo 2021- 22 de abril de 2021.

25º Aniversario de la muerte de Jorge Teiller.

Bibliografía

Karina Lerman. Las hijas de Lot, Griselda García Editora, 2018.

Karina Lerman. Cayupán, editado por la Municipalidad de Las Flores, 2020.

Svetlana Boym. El futuro de la nostalgia. Antonio Machado Libros. Madrid, 2016.


La primera y segunda parte de esta crónica puede encontrarse en Los cuadernos pueblerinos (primera entrega) y Los cuadernos pueblerinos (segunda entrega) .