Macht Point: el segundo saque de Vicente Luy

Por Pablo Grasso

Que el benemérito Vicente Federico Luy (1961-2012) merece estos párrafos no se discute. Que el homenaje es una modalidad de la traición perfectamente estipulada por la posteridad, mucho menos. Y que lo que debería ser la antesala de un ditirambo de nunca acabar no acaba por la simple razón de no haber comenzado todavía. De esa paradoja, el burro inane de Buridan, el existencial asno raquítico sale muy mal parado. Se aísla en su angustiosa indecisión y, pobrecito, muere de hambre como los miles de ingushetios, chechenos, kazajas, entre otras etnias deportadas a la tundra siberiana en la gran sangría estalinista del ‘37. Para no hablar de los lectores mendocinos que, dada su calidad, cantidad y menuda constancia, devienen otro tipo de asnos famélicos. En fin, uno hace lo que puede para sobrevivir en tiempos de sequía. Se alimenta de carroña, se prostituye y, muy de vez cuando, concurre a una lectura de poesía y regresa a casa con unas irrefrenables ganas de pegarse un corchazo.

Sabemos que Vicente Luy fue un buen jugador de tenis y, como diría una amiga, todo un performer. Todavía puede vérselo haciendo de las suyas en algún video de YouTube (recuerdo uno en especial donde está leyendo con la vena del cuello hinchada como una boa constrictor a punto de estallar). Podría afirmarse que el autor de La vida en Córdoba (1991), Aviones (2002) y La sexualidad de Gabriela Sabatini (2006) creó voluntariamente el contorno cromado de su propio mito. ¿Acaso, al rebotar esa mañana como un bólido de carne sobre una vereda salteña, no estaba escribiendo su mejor poema? Y lo digo en serio, sin solemnidad ni rebusques. De hecho, su estela aún cabrillea como la de todo suicida inteligente con visión de futuro.

¿Pero a eso se reduce Vicente Luy hoy? ¿A un “suicidado” al que le tocó en suerte escribir cierto tipo de poesía en un determinado momento del país y ser leído, eventualmente, tangencialmente, por sus contemporáneos y no tanto? No lo creo. Debe haber algo más allá de la simple reproducción de un síntoma tan propio de la época: el triunfo de la onda expansiva, del efecto propagandístico y superficial (el malditismo, el reviente, la muerte, la locura) sobre la causa madre, esto es, el efecto de una poesía, a la vez confesional y didáctica, que queda grabada en la memoria del lector como un jingle adictivo («Si va a morir gente, votemos quiénes.»).

Mucho se ha hablado en los últimos tiempos sobre la actitud de Luy frente a la política y no deja de sorprenderme su fresca e inmediata actualidad. Ese plan de operaciones delirante que, para quienes comenzamos a gastar las suelas de los borcegos a fines del los noventa, ha sido y aún constituye el único marco de referencia habitable (ese mundo del cual habló con tanto énfasis Hanna Arendt). Porque por un lado están ellos, la “gente que no y, por el otro, nosotros, los descastados, los resentidos, los anacrónicos, los perversos, los impresentables, los feos, los gordos, los pelados, los bufones, los miopes, los crotos, los inconvenientes, los inservibles, los Judas Iscariote, los execrados, los olvidados, los borrachos, los sonámbulos, los desfasados, los estériles, los groseros, los idiotas, los cerriles, los palurdos, los reventados. En fin, los restos del enorme naufragio de un país que nunca fue. Y no hay concordia ni pacto social, ni juvenilia pelotuda autoproclamada dueña de la pasión que alcance para suturar tamaña herida. Los labios siguen abiertos y la carne late –todavía- sin negociarse. Asqueados del relato masturbador de la Historia, de esa torsión gatopardista que caracteriza y define a gran parte de la clase política argentina (de hoy y de siempre), no nos queda otra que adquirir un gran tarro de vaselina y hacer del dolor un placer invicto.

Eso, releer a Vicente Luy y hacerse un guiso.

2014


Este texto fue leído en una jornada de homenaje a Vicente Luy y publicado en La Preguerra (Babeuf, 2016).