Álamos yirados

Algunas notas sobre la literatura “marica” de Mendoza

por Jorge Luis Peralta

Corre el 2001. Aún no ha llegado la debacle. Para mí, que vengo de San Luis, Mendoza es la Ciudad. Mi Buenos Aires. Tengo dieciocho años recién cumplidos, vivo solo por primera vez, la Vida me espera. Soy Eduardo Ales recién llegado al Asfalto. Todavía no sé demasiado, ni de mí ni del sexo. La gran aldea de las acequias promete enseñármelo todo. Caen, irreversibles, los álamos talados de mi adolescencia.

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Todavía se yira a la vieja usanza: en la calle, en las plazas, en los boliches. Llaman chuqui al mítico dark room/cuarto oscuro, tal vez aludiendo onomatopéyicamente a ciertos actos que allí se practican, entre sombras apenas disueltas un instante por la luz de un encendedor. Hay chuquis en Queen Disco y en Estación Miró. En Queen, haciendo honor al nombre, las locas juegan a la diva, al menos hasta las cinco, después en lo oscuro ya no hay jerarquía que valga. Estación es reviente puro, hay que subir una escaleras vertiginosas, el aire es sombra y sexo, pegote de sombras y perfiles furtivos. Están también las célebres cabinas de la calle San Lorenzo. Qué tiempos. Un peso la hora de Internet. Gay.com, sala Mendoza. Rara vez veías por anticipado la cara de tu posible garche. Llegabas al punto de encuentro y salía lo que salía. A veces, corriendo.

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Aprendí bastante, practiqué poco. Nunca fui muy ducho en el arte del yiro. Y Mendoza no era tampoco una ciudad que alentara la rebelión sexual. La Reserva, el antro obligado de las modernas de aquella época, congregaba la flor y nata del mariconaje local pero estaba prohibido besarse entre sujetos del mismo género. A quién se le iba a ocurrir ir de la mano por la Av. San Martín o la peatonal. Y una sin embargo casi siente nostalgia por esos tiempos idos, por aquellos amores empujados a la clandestinidad y al secreto, por la aventura de hacerse (un poco) la loca entre tanta viña estéril.

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Había otras formas de yirar. Remotas tardes hurgando en los anaqueles de la biblioteca de Filosofía y Letras. Huyendo del sopor indignado que me provocan Hugo Wast o El Periquillo Sarniento, armo mi propia biblioteca. Me hago gideano a destiempo, siempre tuve tendencia a ser anacrónica. Me sorprende ver, en la edición de Las cuevas del Vaticano, un listado de otros títulos publicados y por publicar que huelen al fino hacer de los “entendidos”. ¿Acaso  en plenos años 50 unas locas se habían dedicado a publicar a otras locas? Pudo. Lo supe años más tarde. La editorial se llamó Tirso y su director, Abelardo Arias. Asociado en mis apuntes a ese género terrorífico que con tanto empeño nos pretendían inocular -la “literatura regional”- al principio no vi en los libros de Arias más que añejo costumbrismo o pesadas reconstrucciones históricas. Sin embargo, la sospecha de algo raro no tardó en llegar: la enardecida descripción del peón chonguito de Álamos talados (1942) había descolocado incluso a un lector o lectora anterior, que dejó constancia de su desconcierto en una anotación al costado: “¿Homosexual?”.

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No deja de ser curioso que, tan dadas en general a la exégesis biográfica, las expertas en “literatura regional” no hicieran referencia a la sexualidad de Arias y pasaran por alto que la iniciación del protagonista de Álamos talados, su primera novela, era también una iniciación en el deseo que no osa decir su nombre. En el corazón de ese relato, una escena dice todo sin decir demasiado; el joven protagonista va a bañarse al río con el peoncito de la estancia familiar y este lo salva de morir ahogado:

Cuando abrí los ojos, el sol rodeaba con halo rojizo la cabeza chorreante de Cirilo. […] friccionaba con fuerza mi pecho y mi estómago.

–Gracias, Cirilo…, ya estoy bien –pude balbucir al fin. Había visto en el cine que, en parecidas circunstancias, era casi obligado decir: Te debo la vida. Yo le debía la vida a Cirilo. Tuve vergüenza y callé la frase. […]

–No… ¡Nadita me debes! –gritó y, estallando sus nervios en un sollozo, se dejó caer sobre mí. Me apretó con desesperación, como si de nuevo hubiera de escurrirse mi cuerpo en el agua turbia.

La misma escena, en la película filmada por Catrano Catrani en 1960, resulta aún más inquietante. El propio Arias, en su diario de la filmación, confiesa la aprensión del director, y la suya propia, ante el explosivo material: “no se atreve a penetrar hondo en el tema, por temor a la censura. Yo mismo, no me atrevo a insistir”. Explica también las dificultades técnicas: “Discusión sobre si los muchachos deben bañarse desnudos, como figura en la novela y como es común verlos hoy todavía. Transacción: Cirilo se bañará desnudo, Alberto con calzoncillos. Problemas de cámara para que ésta no muestre demasiado”. Y sin embargo muestra: vemos, que yo sepa, el primer culo masculino del cine nacional. El mismo año en que el escándalo de los cadetes del Colegio Militar ponía por primera vez a la homosexualidad en las portadas de los diarios argentinos (Sebreli dixit), Arias evocaba castamente la que debió ser una forma muy común de iniciación entre adolescentes de provincia: al contacto de la naturaleza, ajenos a las taxonomías que colocaban camisa de fuerza discursiva al galope natural del deseo. Los antecedentes de algo parecido a una literatura mendocina “gay” estaban sentados.

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Si mis púdicas profesoras de “literatura regional” no osaban hablar de la “homosexualidad” de Arias (él, por cierto, hubiera dicho “homosexualismo”), mucho menos mencionaban a su hermano, Juan Arias. Concedamos que tal vez no lo conocían. En verdad se sabe muy poco de este Arias, autor de un único libro, Teatro, publicado en la editorial de su hermano en 1957. El volumen reúne tres obras; una de ellas, Ser un hombre como tú, vuelve al escenario de Álamos talados -San Rafael- para contar el drama de una marica de pueblo cuya sexualidad díscola sale a luz y desata en pandemónium en el seno de una familia de buenas costumbres de la aristocracia local. El recio hermano mayor regresa de Buenos Aires y se dedica a poner orden: a su juicio, no hay lazo de sangre que valga si un hombre se niega a ser hombre. La tesis butleriana de los cuerpos “que no importan” se aplica con precisión quirúrgica y la marica y su amante son entre obligadas e invitadas a quitarse la vida, aprovechando que el río va a desbordarse. Donde los adolescentes disfrutaban, los hombres deben morir. Sería simplista, sin embargo, dejarse arrastrar por la lectura monolítica del “exterminio”. Tirso era una editorial homófila y apelaba a un público que viese en esa parábola terrible no el triunfo de la “homofobia”, sino el fracaso de cierto tipo de “masculinidad hegemónica”, tan cara al macho local:

¿De qué te sirve tu hombría, es decir, tus sueños, tu limpieza de ánimo, tu conducta, si no has sido capaz de tender la mano a tu propio hermano…! Por esto estoy con Jorge. (Pausa) Óyeme: aún estás a tiempo de portarte como un hombre…, como un hombre verdadero…

Como teatro de tesis que es, Ser un hombre como tú acomoda el devenir de la acción hacia su final “ejemplarizante”, pero muestra poco nada de la vida marica provinciana. Los homófilos, por otra parte, eran caballeros muy poco dados a desvelar la intimidad. Sería un error, sin embargo, suponer que todo era drama y suicidio para las locas de “tierra adentro”. Sí, en Buenos Aires el yiro ya había desparramado su indómita red -como prueban por la misma época “La narración de la historia” (1959) de Correas y Asfalto (1964)de Renato Pellegrini- pero no todas las locas pudieron -o quisieron- hacer las maletas para rajar a la capital.[1]

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-Vamos, vení, te acompaño hasta tu casa.

-Cómo no, yo vivo para allá.

-¡Bueno, vamos!

-Vamos, ¿y vos dónde vivís?

-En una obra en construcción cerca del Hotel España.

-Yo también vivo cerca de allí, qué ¿sos albañil?

-Sí, porque por la noche me dejan quedarme, para que de paso cuide la obra.

-Claro… claro… ¿Cuántos años tenés?

-Veintinueve, ¿y vos?

-Diecisiete.

-¡Ja!… ¿Y ya te gusta andar en curda?

-Mirá, como gustarme me gustan muchas cosas.

-Sí, me imagino: la timba, las mujeres.

-No, otras cosas.

-¿Cómo te llamás?

-Ricardo, ¿y vos?

-Pedro. Es en la otra cuadra.

-Che, pedro, ¿y a vos te gustan las mujeres?

-¡Eh!… ¡vaya si no!

-Tenés lindo físico, debés tener tu linda herramienta.

-No, normal nomás, che, si es por acá tu casa creo que ahora podés llegar bien. ¿Se te pasó?

-Che, Pedro, en serio. ¿La tenés grande?

-¡Ufa, pibe! Ni que fueras marica. Dale, andá a dormir.

-Sí, ya me voy, pero primero quiero sacarme la duda. ¿A ver?

-¡Salí, che! Soltá ¿estás loco?

-A la fresca… ¿y eso que está dormida, no?

-¡Salí, pibe, soltá! Che… ¿pero qué te pasa? ¿A vos te gusta?

-Vení, vamos a la obra.

-¡Dale viejo, no seas loco!

-Vení, ¿por dónde se entra?

-Por acá. ¡Pero mirá cómo me hiciste poner! Y bueno, qué- Si a vos te gusta… Después de todo hace unos días que no corro la liebre… y mirándote bien… no sé si no estás mejor que la negra que me hace la gauchada cada vez que cobro la quincena.

La escena transcurre en los años 50 en una calle de Mendoza. La novela, La mezcla, se publicó por primera vez en 1972 y fue reeditada en 1979 por la editorial Orión, que dirigía la cándida Poldy Bird. Del autor, Francisco Aranda, no sabemos nada. Probablemente se trataba de un seudónimo, aunque la novela le haga el juego a la homofobia y arrastre a su protagonista por el fango de la culpa y el auto-odio hasta el consabido final suicida. Aquí y allá, sin embargo, aparecen destellos de deseo, breves crónicas de lo que debía ser la vida cotidiana de muchos hombres que -maricas o no- se enredaban en la madeja de un deseo proscrito.

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Hay que esperar, sin embargo, a Plaza de los lirios (1985) de José María Borghello (194?-2000), para encontrarse con LA novela mendocina marica por excelencia. Borghello había nacido en Buenos Aires pero vivió desde los tres años en Mendoza. Abelardo Arias lo ayudó a publicar su primera novela, Que los niños huyan de mí (1973), aparecida, como La mezcla, en editorial Orión (¿sería gayfriendly Poldy Bird?). Si esa novela presenta el audaz (y perturbador) retrato de un pedófilo, Plaza de los lirios despliega un fresco del microcosmos marica en la capital de la provincia entre los años 60 y 70. Al tópico de la familia acomodada venida a menos, caro a los relatos de las locas de la vieja escuela -como Mujica Lainez y José Bianco- Borghello le suma el tórrido romance entre Flavio, una mariquita drama queen, y Nicolás, un chongo obrero. Ese romance con visos de culebrón sodomita y otras tantas aventuras protagonizadas por Flavio -también conocido como La Ofrecida- constituyen la comidilla de un grupo de locas deslenguadas y pendencieras, que regalan algunos de los pasajes más memorables de la novela. Desmesurada (casi 400 páginas) y acaso imperfecta, como el propio autor reconocía (“la escribí intencionalmente larga y transgresora”), Plaza de los lirios desmonta el mito de que en la provincia todo era represión y sufrimiento. Sus locas descaradas ratifican que ningún lugar, por hostil que sea, consigue doblegar del todo la pluma y el deseo; a veces, incentiva todavía más la altivez marica. Párrafo aparte merecen aquellos pasajes que harían las delicias del investigador cuir si no estuviera tan entretenido con Copi, Puig y otras locas ya canónicas. De hecho, mucho antes de Preciado & cía., la Inmaculada de Borghello ya era consciente de la “ficción” del género:

Miren qué cuadro: la chilena parece un capataz de estancia y la Gata, con las manos combadas, sobándose los pechos, debe de sentirse la loca romana. ¿Y ellos? También adoptan maneras y actitudes cuando están reunidos, abren las piernas como si debieran soportar un peso excesivo, se ponen las manos en los bolsillos, se rascan exageradamente, se palmean, hablan con el cigarrillo en la boca. ¿No los han visto en los baños? Se sacuden con tanta fuerza y ostentación cuando terminan de mear que cualquiera cree que es un fenómeno lo que tienen entre las manos. ¡Todos adoptamos posturas! ¡Todos! Así es queridas, nadie está seguro de su sexo.

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La historia de la literatura mendocina “disidente” tiene uno de sus hitos más curiosos en la novela El ingeniero de J. R. Wilcock, publicada originalmente en italiano en 1975 y recién traducida al español en 1996. Pocos lo recuerdan o lo saben, pero el mítico escritor, traductor y colaborador de Sur vivió durante un tiempo en Mendoza, mientras trabajaba en un proyecto vinculado con el ferrocarril trasandino. Ese es el escenario de una novela epistolar extrañísima, alegoría -según informa la contraportada- “de los placeres de la soledad y de la diversidad”. La diversidad no sería otra cosa que el gusto por asesinar -y luego comer- a los niños lugareños, aunque las misivas -dirigidas a la abuela del protagonista- se cuiden mucho de explicitar esos rituales perversos. Oblicua y finamente irónica, como casi todo Wilcock, El ingeniero recrea la mítica antinomia civilización/barbarie, y aunque no diga demasiado de Mendoza en sí, la convierte, una vez más, en un enclave propicio a la rareza.

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La comunidad de maricas revoltosas de Plaza los lirios vino a tener una suerte de correlato hace unos años, en la novela Soy lo que quieras llamarme (2012) de Gabriel Dalla Torre, centrada en un grupo de travestis. Confieso que me entusiasmó la idea de una novela ambientada en espacios que yo mismo había frecuentado. Incluso creí reconocer, bajo las lentejuelas y siliconas de la ficción, a alguna que otra de las míticas travas de la noche mendocina de los 2000 (¡Maverick! ¡Tasha!). Y sin embargo, el esfuerzo por hacer “literatura” conspira contra la creación de un universo reconocible. Robi sale de San Rafael y en Mendoza se convierte en Rubí: una vez más el cambio de escenario propicia la afirmación de una subjetividad. El problema es que el autor cuida tanto a su protagonista -como si realmente fuera una joya- que la desgaja del circuito que recorren sus compañeras y la encierra a leer a Corín Tellado, privándonos así de conocer un mundillo que -puedo decirlo porque estuve ahí– era fascinante y daba para un auténtico novelón. Lo que queda es una narración atolondrada y, sobre todo, descafeinada, sin el feliz desaliño de Naty Menstrual o la visceralidad de Camila Sosa Villada.

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Me fui de Mendoza, para no volver, hace más de diez años. Estas notas un poco desordenadas e inevitablemente subjetivas, quieren ser un testimonio de lector, la mirada de alguien cuya iniciación sentimental y sexual ocurrió en esa misma ciudad proyectada, con más o menos suerte, por los textos que acabo de comentar. Seguro hay otros que no conozco. En todo caso, se trata de un yiro literario personal. Ojeando el diario que minuciosamente llevé durante mis años mendocinos, me doy cuenta de que ahí habita otra novela. Quién dice, algún día la escriba. Hay también un único libro de poemas, escrito en el fulgor del despertar amoroso, a la sombra de Pizarnik y García Lorca, titulado dramáticamente La protección (Protocultura, 2004). Todo eso parece haber ocurrido en otra vida, a alguien que dejé de ser. Los años vividos en Mendoza -de la que tanto me quejé y casi huí- aparecen ahora, sin embargo y a la distancia, como algunos de los más intensos y -me sorprendo al escribirlo- casi felices. La ciudad de las acequias estará siempre inevitablemente ligada a mi bildungsroman particular, a los primeros polvos, complicidades y (des)amores.

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No me hace falta volver para estar ahí: yirando entre sus textos vuelvo a encontrarme, todavía un poco desorientado, deseando y temiéndolo todo. Camino de vuelta a casa, por la Alameda, con un libro de Abelardo Arias en la mochila, todavía no sé que fue de los míos, que somos iguales, todavía hay tiempo, tengo 20, 23, 25 años. La vida y la literatura acaban de empezar.

Palma de Mallorca, Islas Baleares.

Abril de 2020


[1] ¿Se hará justicia algún día a los intensísimos relatos del loquerío pampeano que nos legó Juan José Sena (1944-2016)? Remito a las interesadas a Los condenados de este mundo (2013) y Los hombres mueren y no son felices (2015), que reúnen parte de la voluminosa narrativa del autor.