Los cuadernos pueblerinos (primera entrega)

Por Sabrina Barrego

Cada día más rojas
las hojas de los perales.
Díganme qué es lo que sangra.
No es el verano
porque el verano se fue.
No es el pueblo
porque aunque ande borracho por su ruta
el pueblo no se cayó.
No es mi corazón
porque mi corazón no sangra más
que la flor de árnica.

John Berger

Y si sentís tristeza

cuando mires para atrás

no te olvides que el camino

es pa’l que viene y pa’l que va.

Alfredo Zitarrosa

Tengo 12 años. Salgo a caballo con mi tío, a pelo sobre el lomo de su yegua Primavera. Recuerdo nuestra ignorancia sobre sus hábitos alimenticios, la cantidad excesiva de avena en la dieta y la velocidad con la que picaba. Las miradas de ilusión de las muchachas del pueblo contemplando al forastero rubio como un sol alto-espigado y yo, como una extremidad más de ese cuerpo joven, sintiéndome parte un poco de eso.  Objeto de devoción y de envidia, sensación sólo opacada por la pasión brutal que sentía por él. Esta no es una historia de incesto. No. El deseo poco tiene que ver con el sexo en sí, con la concepción capitalista de su existencia únicamente si es material.

Por ese mismo tiempo mi madre, quien estaba aprendiendo a conducir, tenía un viejo Citroën 3CV blanco. Nos subíamos con mis hermanxs y mi abuela Rosa y salíamos a dar la vuelta al perro. Plomer, Lozano, La choza, Enrique Finn: hacíamos un sendero de parajes rurales (en todos ellos mi abuela había sido maestra). Mi abuela era asmática, aprendió el castellano a los 10 años. Antes de eso hablaba un dialecto ruso-alemán del que recuerdo escasas palabras. Pudo estudiar de pupila gracias al favor de su hermana que era monja. Mientras la ejerció, vivió la docencia como una verdadera vocación: un llamado más potente quizás que el de la educación de los propios hijos. Después se dedicó a escribir. A ella le hacía feliz visitar las viejas escuelas, reencontrarse con esos pupitres de madera gruesa y los pizarrones, con alguna vieja colega que aun se encontrara trabajando, con los peones de campo que fueron sus alumnos y la recordaban estricta pero dedicada. En una ocasión, durante esos recorridos debimos frenar el auto en el medio de la calle de tierra ante un nubarrón de polvo que se acercaba terrible hacia nosotros. Lo que finalmente resultó ser una estampida de vacas herefords, aberdeen angus, caretas aventándose contra las chapas del pequeño auto amenazando con volcarnos contra una zanja, como ya nos había pasado una vez. Así que solo nos quedamos ahí, quietxs primero, estáticxs, muertxs de miedo; luego esa sensación que duro minutos pero pareciera que fueron años devino en risas, y viejos tangos y valsecitos que se sabía mi abuela a duras penas. A lo último, más atrás del bicherío que nos miraba con su mirada vacuna habitual, pasó saludando con la cabeza y la boina el paisano que las arriaba en un Ford Falcon.

Recuerdo los trigales del campo de mi tía Ernesta, cerca, en Navarro. Ese amarillo. Dice Diana Bellessi en una entrevista: Era mucho más bonito el campo cuando yo era niña, cuando había campos de linos florecidos y era el mar. Yo el primer mar que vi fueron esos campos de lino, porque al mar lo conocí cuando tenía diecisiete años, recién, en un viaje de la escuela secundaria… Ahora ya no ves más esos mares de lino, ves campos de girasoles, con suerte, de vez en cuando. Y ves los trigales, cada vez menos. Y los maizales, cada vez menos. Y después soja, soja, soja.

Y es así.

Ah pero las espigas… esa danza ondulante, lanceolada, como si una mano invisible las peinara sobre la tierra. Como un poema de Mary Ruefle. Recuerdo permanecer largos ratos, horas enteras, sentada sola en el capó de un viejo auto contemplando los trigales. Escuchando Roxette y música de los ‘80 en cassetes que yo reproducía en un walkman usado que me regaló alguna prima más grande. El atardecer, la caída del sol, el momento del día en el que bajaban las gaviotas a comer de la tierra recién arada. Sus plumajes cimarrones y la furia de sus picos incrustándose entre las gramíneas persiguiendo a las lombrices hasta el punto de imaginármelas chillar.

Así de amarilla es la pampa. Y así, lo mismo que deseó Serguei Esenin, yo quiero ser ese amarillo. /Que nos lleva al país que navegamos. A ese color yo lo llevo en mi corazón. Y así es como miran mis ojos, se configuran mis oídos y mi voz.

*

Mi infancia en Villars reúne los recuerdos de la más pura felicidad. Lo más similar a ese concepto que experimenté en carne propia. Cierta luz. Cierta claridad. Por algún motivo que aún no descifro profundamente, ese lugar constituye ese ubi mítico a donde siempre volveré.

La nostalgia es mórbida, pegajosa, desvitalizadora –advierte Edgardo Cozarinsky-. No añoro ninguna época pasada, aun cuando haya cosas que estaban mejor que ahora. Me parece un sentimiento negativo como todo lo que no te impulsa hacia adelante, a vivir, a pelear, a crear. Todo lo que sea quedarse quieto en un recuerdo más o menos idealizado me parece morboso. Me interesa el pasado como reserva ecológica donde encuentro personajes, situaciones y anécdotas que son material para mi trabajo…Yo escarbo en el pasado, pero no es por nostalgia, sino porque busco material. Por mi parte yo veo transitar esas vacas que pastan por el campo de mi memoria como quien mira pasar el tren. Antes de morir mi abuela me dijo que quería reencarnarse en una vaca que anduviera su existencia frente a las vías ferroviarias. Cuando finalmente ocurrió, dejé de ingerir por muchos años carne de cualquier tipo.

No. No es por nostalgia. Me pregunto si es cierto que no valen la pena los recuerdos, si es que hay que vivir el momento y nada más. Mark Strand habla del tiempo como un flujo que nadie es capaz de detener y muchos menos iniciar. Me gusta esa cita. Entonces, en estos momentos de paciencia, de ausencia de grandes movimientos como un fruto que madura por sí mismo con la mente calibrada en la memoria y el cuerpo en reposo, me dedico a contemplar los detalles vulgares de mi biografía. Mía y de nadie más. Es todo lo que tengo.  Es mi diario. Soy yo desconcertantemente desnuda, rebelde contra todo lo establecido, grande entre lo pequeño, pequeña ante el infinito. Soy yo… (Teresa Wilms Montt) Sí, soy yo. Y esto que escribo. Algunxs deshacen sus dolores con histriónicas demostraciones; bueno, yo los deshago con palabras. Dicen que Sylvia Plath, quien sufría de insomnio, le consultó a su psiquiatra de turno por un método para no perder la lucidez durante las copiosas noches de invierno en Londres. El médico le recomendó que anotara todo lo que lograra ver por su ventana (así escribió, en 1963, el poema La lluvia y el tejo).

(Hace pocos días me colgué una piedra en el cuello como talismán. No me fío totalmente, pero disimulo para que me traten con respeto. Bebo mucho té de manzanilla. Mi gata negro ónix me persigue recelosa. Ya no duermo por las noches: escribo.)

Pero, como decía Salvadora Medina Onrubia, yo llevo en las entrañas la promesa de un mundo, y es en ese punto que comparto kilómetros de palabras con miles de otrxs. Como una gran extensión llana; a veces ondulada como una rara ubicación cósmica donde me lxs encuentro. Yazgo en esta meseta fría y árida, desnuda y simple, completamente libre como si nadie pudiera agarrar esta tierra con más fuerza que yo, esta tierra en la que habito. Y una vez ahí contemplo, lo contemplo todo y contemplar, contemplar viene de “templum, templo, lugar, espacio de observación marcado por el augur”. No es simplemente observar, mirar, sino hacer esta acción en presencia de un dios (Denise Levertov). De mi abuela Rosa aprendí que los poemas son oraciones, como decía Alexander Blok. Y yo me he propuesto a pasar mi anecdotario por el tamiz del único dios que conozco y que nunca me ha abandonado.

*

Tengo 24 años, estamos encerrados en una ruka de piedra. De forma circular, escasos metros de espesor. Hombres, mujeres, viejxs y guagas; sin baño sentadxs junto al fogón alimentándonos solo de lo que está tierra nos da. Pan de grasa de chivo, queso de cabra, ajo, papa, cebolla, charqui, mate, sopaipillas, ñako y algo de vino. Afuera un viento de 70 km por hora, a veces más. El puente colgante se rompió, perdí mi boina querida rio abajo. Uno de los kona casi se resbala mientras buscábamos leña. Adentro se canta, se toca la guitarra y los vientos, el tambor de a ratos, se curte el cuero, se hacen los preparativos para recibir a la gente que vendrá de los puestos para el trawun; relatos se cuentan; se teje, se cocina, se cambian pañales, se lee y, también, se escribe. Por ese momento yo solía aprender la lengua, el yo que era solía hacer eso, esos yo que ya no soy ni entiendo. Como una niña que recién veía, aprendía todo lo que hay que saber; que el kurruf es el viento en ráfagas y el maulén, viento arremolinado, y que trae el newen de lxs muertxs. Como usar indefinidamente la “u” y la “v” o dibujarles la diéresis. Como relatar los peumas solo por las mañanas. Aprendía todo lo que hay que saber sobre amar una idea y luego alejarme, simplemente. No me avergüenzo, el amor es raro y monstruoso. O fue más complejo, el cuerpo es más bien poroso. Y perdí algo del agua que vertieron en él. Fui yo quien cruzó el zanjón. No me cuidé ni de víboras ni de nada… Pero la lengua. La lengua es a veces un órgano demasiado callado. Eso tiene sus razones. Como en los viejos relatos de los ancianos -aquel al que su lengua le llegó en forma de un armadillo blanco. Resplandeciente.

Yo quise pasar a través de los días como de montes sacudidos por las ventiscas. Floreciendo, ramificándome, dominando el juego de la vida y la muerte. Que en mis palabras hubiese nubes, enormidad y sueños. Entre árboles autóctonos de sibilante melodía ancestral fundirnos en un único árbol. Sin haber experimentado en la carne -hasta entonces- el dolorido deseo de vientos y estrellas caídas, ni el clima cambiante, domador de hojas y pastos, sin entretejerme con en el viento, ni fusionarme con el azul, el verde, el rojo como criaturas silvestres; alegres y terribles dioses. Quería me diesen el visto bueno. En mi avidez -mi sed- usé los métodos del colonizador. Nunca fui tan ciega. Tan mezquina. Tan blasfema.

De golpe aprendí. Por eso que aprendí de prepo suelo también dejar tabaco y yerba a la orilla de los caminos y pido permiso siempre cuando cruzo el puente de algún arroyo. Agradezco. 

Tiempo y vidas han pasado desde entonces. A veces cierro los ojos y todo transcurre como en oleadas de sueños. Quizás haya recuerdos repetidos. Contados en la mente de tres o cuatro maneras. Luego me despierta alguien que se despierta dentro de mí. De repente el dolor se va y esa voz atragantada podría ser la cura. Ya lo escribí antes. Las palabras, las palabras no han desaparecido. Impregnan el lenguaje propio como a un nuevo paño. Sembrando la pregunta que atiza el fuego con pizas. Como en ese poema de Liliana Ancalao:

Ti ramtun

habrá que resignarse a ser pregunta

arremangarse los pies

seguir andando

con un golpe de sismo por espalda

sin cimientos

ni contemplaciones

habrá que acostumbrarse sin respuesta

morir en una historia y otra historia

salir de madre pateando las preguntas

por los caños de la piel

hasta los huesos

y andar

humano no más

apuntalando luchas

controlando el pulso de la tierra

mirarse escombro en el mapa de los sueños.

*

De chica mi mamá me decía que era varonera. Probablemente haciendo alusión directa a mis hábitos poco femeninos de treparme a los árboles, imitando a mis primos y a otros niños del barrio, de jugar a la pelota, al softball y a la bolita y, lo que es peor, apostar- y peor aún- ganar; a mi método, eficaz, de ajustar las cuentas a trompadas; o a mis escases de modales, la rusticidad de mis modos, la parquedad de mis gestos hoscos y poco mesurados, ese sentarme siempre con las piernas abiertas y jamás cruzadas como se correspondería con mi condición genital. Término que se extendió a mi adolescencia (y después) rodeada siempre de amigos varones y algún que otro novio.

Mi madre. Su infancia no fue muy distinta a la mía allá en el campo. Con la salvedad de que ella tenía que trabajar; hacer el tambo, juntar la leña, cuidar hermanos más chicos, sostener a la mujer de un desaparecido político que era su madre e incluso laburar afuera de mucama en el casco de una estancia, entre otras cosas. Y todo esto con la tosquedad de lo salvaje. ¿Cuál era el problema conmigo entonces? No sé. Muchas veces pensé que mi madre me odiaba o que, simplemente, no me quería. Que en determinado momento algo pasó; no fue culpa de nadie pero, como una losa vieja en la que ya nadie repara, el cariño materno simplemente se trisó y no hubo más nada que hacer al respecto… Me equivoqué. Ahora, en la distancia, pienso que mi madre me teme. Me tiene miedo. El miedo que se les tiene a los descarriados. En la película Arreo, de Tato Moreno hay una secuencia en que algunas cabras de espíritu reyuno se escapan del piño a comer de los pastos tiernos de una lomada. El puestero las observa desde lejos mientras toma mate y charla, comenta que a ellas nadie las obliga a cruzar un arroyo o a escalar un monte si eso no está dentro de su itinerario pensado solidariamente para todo el organismo trashumante, esa figura a veces redonda, a veces plana que dibujan cuando circulan. Hay que aprender más de las cabras: son buenas maestras; la madrina, las viejas, los cabrones, las crías, las guachas, acompañadas por los perros y los caballos, los hombres y las mujeres, pero siempre a su ritmo. A su paso. Nada saben de los alambrados. No les importan.

Los alambrados. La división política en este país es directamente proporcional a la repartija de las tierras. Proceso en el que, además del ejército, los políticos y los latifundistas, tuvieron un rol fundamental los agrimensores y, como mano de obra precarizada, los torcedores de alambrados. No sean bárbaros, decía Sarmiento, alambren. Ahora que soy más madre que hija, de momento entiendo que, a veces, las crías reproducen algunas palabras que no alcanzan a comprender pero que les resuenan, sea por su sonoridad o por hacer una gracia. Entiendo el enojo de mi madre cuando, siendo yo una nena y basándome en una historieta familiar contada a voces acerca de los entuertos de un tío abuelo, le confesé que de grande quería ser cuatrera. ¡Cuatrera! Un cuatrero es, en  principio, alguien que se dedica a robar animales, especialmente caballos o ganado vacuno. En la película homónima de Albertina Carri, este personaje se encarna desde la figura de Isidro Velázquez, un hombre que en la década de ‘60 se convirtió en una leyenda en la provincia del Chaco. Delincuente para algunos, líder revolucionario o una suerte de Robin Hood de los páramos chaqueños para otros, Velázquez es una obsesión que Carri decidió convertir en película. El film comienza hablando de Velázquez con la cita literal de un párrafo de Formas pre revolucionarias de la violencia, escrito por su padre. Ahora pienso en el tiempo como un eterno continuum donde pasado, presente y futuro conviven. Vigilar es defender, reza uno de los slogans que resuena en la película… y también: un país como un organismo vivo debe estar siempre protegido. Un país con las fronteras cerradas y sin libertad de circulación apelando al boconeo del vecinx reivindica eso de que, de este lado de la frontera, somos gente bien y si alguien o algo hacen tambalear el orden imperante, bueno, lo bajamos a tiros. El concepto de cuatrero como burlador de alambrados, entonces, se resignifica.

Juan Crusao, seudónimo de Luis Woollands, trabajador, autodidacta y reconocido activista anarcosindicalista de las décadas del ´20 y ´40 en Argentina, escribió para los gauchos en su propio dialecto: Y estoy seguro que mis paisanos me han d`entender mejor a mí, qu`escribo sin retórica, que a esos escribidores de ofisio que a juersa de floriarse nos dejan en ayunas: hasen lo mismo que los políticos cuando hablan en riuniones y el paisanaje se queda con la boc`abierta sin saber si lo han putiao o le han dicho que es buen moso.

El gaucho que vagaba libremente por las pampas sudamericanas fue acorralado en el siglo XX por el avance del capitalismo, transformándose poco a poco en trabajador rural, en dócil siervo de quienes se apropiaron de la tierra. El escritor contrapone, al gaucho tradicional pasivo, la estampa de un gaucho maula en contacto con la inmigración de los primeros anarquistas europeos:

¡Qué lindas cosas desían! Yo me quedaba con la boc’abierta escuchando. Allí he abierto los ojos yo, mejor que si hubiera ido a la escuela toda la vida, ¡amigo! Desían que los pobres no debíamos aguantarles más a los ricos y que ha llegao el momento que los ricos trabajen como nosotros si quieren comer, que todos somos iguales, porque no porq’ellos sean más istruidos que nosotros han de valer más, si ellos tienen la istrusión, nosotros tenemos los brasos hechos al trabajo y ellos no, que los ricos, sin nosotros que hasemos todo, no podrían vivir y que nosotros pa vivir no presisamos d’ellos. ¡Y fijensé, en eso no habíamos pensao nunca los argentinos! ¡Y tan fásil q’es! Si todos los criollos que viven trabajando como negros comprendieran esto, no habría más que dar un grito y ya estab’hecha la revolusión. Enseguida seríamos dueños de todo: los campos, las vacas, las caballadas, los araos y las máquinas, y los trabajadores del pueblo q’están mil veces más adelantaos que nosotros, se harían dueños de los trenes, las fábricas, los almasenes y las panaderías, nosotros, los del campo, les daríamos la carne, los cueros y el trigo, y ellos nos darían la galleta, el pan, las botas y los visios, y nos llevarían gratis a pasear en tren.

Imagino que algún que otro ejemplar habrá en cada pueblo de esta genealogía (?) hibridada, cimarrona, entre lo autóctono y lo que llegó de los barcos, pero que no fue justamente la “civilización” que pretendía la clase política. Más que eso aún: individuos, seres chúcaros y libres que no siguen cuadillos ni en leyes se atracan. Y van por los rumbos clareaos de su antojo y a nadie precisan pa’ hacerse baqueanos, como en la canción que cantaba Cafrune y le gustaba tanto a mi abuelo.

*

Estamos en el monte buscando la casa donde terminó sus días Juan Bautista Bairoletto. Te miro y veo cómo envejecés en lo que tarda un parpadeo. ¿Quién sos, rusa, debajo de tu cuerpo pequeño?

 Demostraste una baquía desconocida para cruzar alambrados. Por eso ahora estamos en este bosquecito secreto que ha dejado de pertenecer a la geografía sureña. Es mentira que Bairoletto se suicidó en este monte si no que, tranquilo y anónimo, terminó sus días en una cueva iraní.

Tus botas rojas llenas de tierra y mis borceguís aplastando indiferentes la hierba silvestre que asoma en el camino. No quiero pensar en términos icónicos pero lo estoy haciendo. Eso.

[…]

Esos son los mismos árboles que debe haber visto, cierto que mucho más pequeños, Bairoletto. Esta memoria que estamos construyendo los dos a base de condensar la experiencia es tan flexible que es capaz de captar, en un mismo y único momento, fragmentos del pasado y de la fugacidad inconmovible del presente.*

Algo así dice la más bella carta de amor que me escribieron alguna vez y, sospecho, me escribirán jamás.

La primera vez que fui al lugar donde supo estar el rancho de Bairoletto tenía 13 años y fue en compañía de mi abuela Rosa. Varios kilómetros al sur de General Alvear, Carmensa. Un pueblito que se llama así por diferencias de puntos de vista y una antigua fábrica nombrada Carmen S.A., en honor a la hija de su propietario. La cosa es que la gente del lugar leía el nombre todo de corrido y se quedó así no más. Aunque el distrito se llame originalmente San Pedro del Atuel. Para llegar al lugar había que pasar primero por una toma, seguir una calle de tierra poblada de pastizales, y al fondo, escondida en el secano había una réplica del rancho chorizo, un sulki araña, un arado, una rastra de discos oxidados y un par de herramientas más. Al costado un canal por donde casi ya no corría el agua. Adentro un retrato pintado con bastante poca habilidad del bandido rural, velas, flores de plástico, rosarios, estatuillas, y todo tipo de objetos y papeles con promesas y agradecimientos al ahora santo popular, patrono de los pobres y perseguidos. Recuerdo a mi abuela bastante emocionada; recuerdo que fue ella la que le insistió a mi padre, su yerno, que hiciésemos esa visita en familia. Por mi parte, siendo una preadolescente yo no alcanzaba a entender qué tenían en común mi abuela con un gringo pampeano descendiente de europeos, más allá del sarro en los dientes por el agua con yodo, el no hablar el castellano hasta pasada la primera infancia y el tabaco. Tarde supe de los detalles de la biografía del pampeano que interpelaban a mi abuela de maneras que, a esa edad y con escasa información, yo no podía decodificar. Silencio: así resolvemos las cosas en mi familia de origen. Incluso al punto de tener que enterarme por mis propios medios y siendo una adolescente de la detención de mi abuelo materno en el ‘76. Acá la canción de Violeta Parra,  Volver a los 17, iría bien pero por la opción negativa.

*

Resulta que mi familia materna también proviene de La Pampa, en parte de una colonia de alemanes del Volga radicadxs, luego de guerras y pogromos y sus países de origen, detrás de la vía en Colonia Barón, y la otra parte de inmigrantes italianos chacareros. Mi abuelo se llamaba Laurindo y al parecer tenía un pseudónimo que era Laureano (de esto, también, tarde me enteré), nombre que iba a llevar mi hijo y de casualidad cambié a último momento. Había nacido un 13 de julio pero lo movió al 14 porque fue un martes y, según él, la fecha del acontecimiento habría signado su vida de mala suerte. Cuando era chico se quedó huérfano de madre (mi bisabuela se murió por un aborto mal hecho). De ella sólo vi un par de fotos color sepia, siempre con una cría en brazos con la misma cara y mismo gesto curtido de su hijo, de mi madre y, bueno, mío. Desde entonces, o antes acaso, compartimos los silencios, las desapariciones, los pómulos esteparios y un lunar azul que se saltó una generación.  

Y la nostalgia por los trenes. ¿Qué ruido hace la memoria?, preguntaba A, el pasado 24. Ruido a tren, supongo.

24 de marzo. Estoy enojada. Un 24 habitual hubiese salido sola a oxigenar mi malestar. Este año, lo había pensado muy bien, deseaba hacer un viaje en tren, algo que le gustaba a mi abuelo, mejor dicho, a lo que se vio arrojado al quedarse guacho y escapándose de un padre alcohólico que repartió a sus tantos hijos por la pampa y el litoral. Vocación de linyera que lo surtió de familia y escuela, rodeado, según contaba, de anarquistas y bandidos rurales de su época. El recorrido sería un gesto ritual. El boceto de un mapa. Una manera de recrear en mi imaginación la historia que celosamente me fue negada, quizás hubiese llegado hasta Maipú.

Ahí me contó M una tarde, mientras merendábamos sin demasiada cantidad de palabras, que le hacían un homenaje a su abuelo colocándole su nombre a una plaza departamental. No volvimos a hablar del tema hasta hoy, que lo único que me llega de él es una foto de su ventana blanca con un pañuelo extendido en el medio y la luz tenue del otoño que se descompone en pequeñas partículas holográficas. De golpe se nos terminó el verano, pienso.

Mi hermana me envía por chat una foto del monitor de su PC donde Raúl Zurita le canta a lxs desaparecidxs de Chile en la película El botón de Nácar que le recomendé hace un tiempo y decide ver por estas vísperas. No decimos nada al respecto.

Yo estoy inmóvil como el paisaje. Me rehúso a tomarme una fotografía con un pañuelo blanco, me niego a congelar el momento en una imagen chata, bidimensional, dándole supremacía al ojo que desprecia lo que se toca, lo que se huele, lo que se oye entre los durmientes. Siempre tuve mala visión. La fotografía miente porque el tiempo real no se detiene. Le digo que no a generar una imagen tan pregnante en mi biografía, como la de la película chilena donde un buzo táctico rescata un pedazo de madera podrida que fue parte de las vías a los que ataban los cuerpos que eran arrojados al mar en los vuelos de la muerte (chiste fulero del destino para alguien que siempre viajo por tierra terminar su vida de ese modo. Nadie sabe cómo y por qué, pero hubo una contraorden en el momento exacto en que mi abuelo yacía en la panza de un avión). 

Entonces, pienso otra vez en Albertina Carri y en esto que la lleva a hacer una película que da más cuenta de la vida de un cuatrero que la de su propio padre. Todxs venimos de una catástrofe, dice ella, pero algunxs las traemos encima. Y transitamos los días en esa búsqueda yuxtapuesta, entre esa casta de vivxs que se mueve entre la casta de muertxs que nos habitan. Y yo me pregunto qué razón me motiva a escribir estos recuerdos más allá de mi instinto de desenterrar. A veces pienso que si no los escribiese los olvidaría poco a poco. Aunque también sea necesario olvidar para sobrevivir, pero, al igual que Carri, yo no puedo olvidar.  Mi memoria, que bascula entre lo real y lo imaginado, se dispara como el agua de un dique sin nada que la contenga todo el tiempo. Cada vez más palabras y cada vez más silencios. Siempre escribiendo. Si Carri recrea una historia es porque simplemente no la sabe. Si yo busco a mi abuelo en bandidos rurales y anarquistas como Bairoletto o Severino, o en escritores como Walsh, si repito la tilinguería, ese leer y escribir desde el ombligo mismo, es porque tampoco sé y  mi estomago también se enfermó y no hay fármaco ni yuyo que dome al ácido que corroe hasta la entraña de este grumo de carne y huesos y sangre que escribe. Los seres humanos no somos mucho más que distintas metáforas de lo mismo.

*

Al final de Hojas de hierba, Whitman dice: Lector, tú no estás leyendo un libro, tú estás tocando una persona, que es más interesante porque no es cierta; lo que el lector está tocando es solo un libro de poemas. Si bien yo concibo que la escritura tiene relación con la experiencia, al mismo tiempo muchos de esos textos autorreferenciales me resultan, por lo general, bastante infames. O será que a mí me aburren un poco. Es tu vida, sí, pero tu vida pasada a través tamices, plumas, lentes, años, ríos. En el cine, al revés que con los caballos, se pasa siempre por detrás, dice el hijo de Albertina en el film. Alimentamos verdaderamente con la pulpa las obras pero no con esa cosa infantil de relatar los hechos, sino que es contar lo que queda entre hecho y hecho. Las formas del tiempo, de tu propio cuerpo, los matices. Acaso el arte en general sea lo único que les puede dar a los hechos la dimensión total que ellos en sí mismos jamás tendrán. Ayer parí, también aborté, estuve internada en un neuro-psiquiátrico, tuve un amante, son datos… Lo único que puede darles su dimensión profunda y humana es necesariamente el arte. En ese sentido, unx cuenta su vida pero la cuenta desde lo que los hechos dejan como huellas, como signos.

Dice Zurita:

toda obra literaria es siempre un monólogo. Solo tú hablas y ese es el dato de tu vida. Yo parto del dato básico de mi vida, no porque piense que ella tiene algo especial, todo lo contrario, sino porque creo que si eres capaz de llegar al fondo de ti mismo, sin autocompasión ni falsa solidaridad, es probable que llegues al fondo de la humanidad entera.

Lo que significa también una discusión con el tiempo. Inventamos un lenguaje propio porque no logramos inscribirnos por fuera, en los márgenes de las viejas estructuras que ya están caducas: el individuo, el pueblo, la familia, incluso la manada. A la vez que las experiencias vitales de lxs viejxs individuxs ya ni siquiera podrían ser concebidas en este contexto, a mi pesar y al pesar de la Idea. Y no siento culpa de considerar que por estos días sean las más dignas de ser escritas como recetas románticas de resistencia, porque eso es lo que este virus estúpido viene a destruir.

*

Por estos días el gobierno nos obliga al distanciamiento social. Vivimos en un estado casi de excepción. De emergencia. No es que hayan caído las bombas de una guerra. No. Hay un virus. No es la humanidad. No es el lenguaje. Es más pobre. Parece ser una nueva cepa de algo común, trivial. Pero altamente contagioso. Como la estupidez.

Nada se sabe sobre qué pasará con la peste. Ni con la humanidad. Si coexistiremos solidarixs por la fuerza, como si grandes tragedias fuesen necesarias para que muchxs se den por enteradxs de que hay seres humanxs y no humanxs sobreviviendo en la precariedad. Hacinadxs, en la calle y sin agua. No hay sorpresas en eso. Todavía habrá quienes necesiten ver los cadáveres flotando rio abajo bajo sus narices. No sé. Como tampoco sé lo que esta gripe con ínfulas “nos viene a enseñar” (usando la pedagogía cínica new age de la Pachamama desatada en los estratos más conchetos que, si practicaran la consciencia de clase más que la culpa de clase, otro gallo cantaría) que un poco ya lo sabemos: el sistema capitalista en ruinas no se da por vencido y solo se está afilando las espuelas para darnos otro zarpazo mas. Y los estados a los que le convenimos cada vez más reducibles y reducidos no tienen mas lugar para viejxs, pobres y débiles. Bien darwinista todo. Pero, pero, pero como dice L: no soy un canto a la vida, pero ante la tanatopolítica ni ante la biopolítica, me he entregado nunca tan fácilmente. Yo, tampoco.

*

La palabra distancia me hace pensar inmediatamente en la primera novela de Samanta Schweblin, Distancia de rescate. Variación del tópico del “monstruo exterior igual a monstruo interior”.  La protagonista del libro la define como esa distancia variable que me separa de mi hija y me paso la mitad del día calculándola, aunque siempre arriesgo más de lo que debería.

En el relato, que transcurre en la región de la pampa húmeda, campo abierto, Amanda y su hija pequeña pasan unos días en una casa alquilada a Carla, cuyo hijo pequeño, David (siempre según la versión de ella), después de intoxicarse bebiendo agua de un arroyo y tras una curación ritual por parte de una curandera de pueblo, perdió la mitad del alma.

Un diálogo de dos voces inquietantes, un adulto y un niño transmutados (es el niño el que sabe y el adulto el ingenuo), y aislados en un lugar confuso que pone en el plano del lenguaje la crisis de cuidados que venimos atravesando. Donde el enemigo llegado de afuera (el elemento tóxico o virus, por qué no) es a la vez lo más natural. E incluso pone en duda la continuidad de una estructura de nuestro imaginario del peligro, porque, vinculando las plantaciones de soja transgénica con el temor a la distorsión física y moral de la propia descendencia, Schweblin plantea dos aristas de su novela (la maternal y la ecológica, y derriba el concepto de naturaleza junto con nuestro concepto de nosotrxs mismxs como sujetxs cartesianxs). La distancia de rescate se transforma en el vulnerable espacio del cuidado del humanismo burgués, una confianza con el mundo inexistente. Una romantización del medio natural y de las afectaciones posibles en él, siempre utilitaria y colonialista en el fondo.

Así, donde creíamos encontrar seguridad en el mundo y en el tiempo, hallamos la advertencia de nuestra propia extinción. Mientras permanecemos en nuestras cuarentenas, el gobierno, materno como se lo ha llamado, avanza en el desmonte y la sojizacion  y en las negociaciones del fracking y la megaminería contaminante, entre múltiples extracciones. Durante 2020, en Salta murieron muchxs niñxs desnutridxs, la mayoría eran  del pueblo Wichi. Los wichis tienen una relación fundamental con el monte (‘sin monte no tenemos vida’). El monte para ellos es su fuente de trabajo, de comida. El avance de la propiedad privada los confinó a la marginalidad, al hacinamiento, al hambre y a la falta de agua potable. Sin hablar del dengue y el sarampión. Sin irnos más lejos, en Mendoza lxs extranjeros de segunda, lxs trabajadores golondrinas del norte y de Bolivia que vienen a levantar la cosecha, días atrás pedían que por favor les permitieran volver a su casa con sus familias, porque pase lo que pase, como históricamente ha sucedido, en esta tierra del sol & del buen vino, la vendimia, como la vida, siguen. Frente a estas condiciones de la época, hace rato que en este mundo no hay reducto seguro posible, acaso los propios privilegios (que exceden el acceso a lo básico a fuerza de trabajo poco digno) nublen la visión y generen falsos espejismos que ahora están disolviéndose como volutas de jabón y alcohol al 70/30.

*

La cuarentena comenzó en marzo. De un calor absurdo. Insistente, húmedo, monótono. Y, a veces, árido. Las plantas se decaen en sus macetas; están sedientas, piden por agua. Yo las observo con detenimiento quirúrgico. Se han vuelto mi termómetro. Mi temporizador. Ya sé que hay algo más que universos vegetales a los lados de los centros urbanos, este gran elefante de cemento; pero sí me doy cuenta, desde mi jardín de invierno, que acaso tengamos que comenzar a aferrarnos a todo lo que nos rodea porque nadie sabe qué podríamos llegar a necesitar. Este año es raro, la humedad es abundante y todo parece brotar de manera desmedida, monstruosa, salvaje. O yo que siempre me paso de riego, me debo estar pasando de amor, a su vez. También ha sucedido. Y al ritmo de mi vergel yo misma sueño con largas caminatas en la finca, árboles enormes y añosos, raras estructuras oxidadas, siestas exóticas y misteriosas como el Mekong.

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La finca. A principio de mi adolescencia me mudé con mi familia a General Alvear, al sur de Mendoza. Nos instalamos en colonia Alvear oeste, pueblo pequeño y con calles de tierra su mayoría, llamado así por la estación del ferrocarril y donde todo parece transcurrir en un estado de siesta constante y solapado. Recuerdo las alamedas en los intersticios entre lo urbano y lo rural, las bicicleteadas al rio cantando a los gritos pelados, las primeras veces que fumamos y nos emborrachamos, los amores y los odios, al Lázaro, el croto del pueblo, un hombre viejo y viudo, enfermo de amor y melancolía según decían. Decían que fue empresario bodeguero, ahora era alcohólico y los idiomas que aprendió en su vida, se le entremezclaban en un cocoliche que tan solo él entendía. A él lo recuerdo siempre rodeado de perros, siempre en las vías, barriendo las veredas de los almacenes por propinas o por comida, y parándonos por la vereda preguntándonos si habíamos votado a Perón. Ahora, según supe, él que era uno solo con las calles pedregosas, pasa sus días en un hogar de adultos mayores en Jaime Prats. Lo recuerdo y canturreo despacio, casi susurrando linyera soy

No vivíamos en la finca, pero sí en una zona agrícola y mis amistades más cercanas con las que pasaba la mayoría de los ratos sí. Muchas veces escribí que gracias a esta tierra esteparia descubrí la diferencia empírica entre espigar y cosechar. Recuerdo estar en la que fue la casa de mis amigos, cosechábamos las ciruelas para hacer el dulce, una jornada de un día entero entre recolectar, limpiar, cortar, encender el fuego y hervir y esperar el punto del dulce que luego se envasaría para compartir. Hacíamos almuerzos en ollas enormes, cuidamos a la cría de unos y otros pero que era de todos a la misma vez, que corrían por ahí con la bondad de lo salvaje. Las labores de fajina se hacían, los animales se alimentaban pero también se leía, se imprimían fanzines, se miraban películas, se hacía ruido y música, se tomaba y se bailaba y se soñaba mucho. Recuerdo una vez que andaba en amores con C quien vivía cerca y venía cada fin de semana: queríamos matar a un gallo maula que había estado lastimando al resto del corral y a nosotros mismos con sus espuelas pero nadie se animaba. Por esos días andaba de viaje un familia de Tahití, el hombre enseñaba a navegar en kayak conviviendo con los tiburones. Yo pensaba que si no pillábamos al gallo este señor sería capaz de comernos a nosotros, no recuerdo bien (de esa época tengo muchas lagunas) porque en ese momento atravesaba una etapa de vegetarianismo extremo. La cosa es que todos, grandes y niños, nos pusimos a corretear al animal que se nos iba por los surcos. Puro griterío y corso. Al final, con entrenamiento y todo, el tahitiano no logró alcanzar al ave y cuando menos lo esperábamos, C sin muchos aspavientos ya lo estaba pelando con un cuchillo y agua caliente para hacer el puchero.

La última vez que visité la finca encontré solo a una de las personas ahí; incendios habían pasado, tormentas. Él me esperaba para mostrarme una papa que encontró con forma de corazón. La imagen del tubérculo en mi mano imitaba a la de la película de Agnés Varda que vi por primera vez en ese lugar.

El saldo de la metáfora: la representación realista de un grupo de cuerpos, por necesidad o por puro azar, buscando entre la basura los restos desechados del incendio, del tiempo como un refocilo, de la vida y la hierba sobre la tierra. Eso escribí en mi diario esa vez y ahora que lo pienso me olvidé de mencionar a la sumatoria de fantasmas que se convocaron a nuestro alrededor, condensando los últimos momentos vividos ahí, con el hombre que amo, su gesto pálido pero cargado de significados frente un cuerpo grávido con un connatus de cucaracha, que nuevamente demostraba su baquía saltando los alambrados para darles el alimento a las ovejas y a las chanchas preñadas, metáfora quizás de todo lo que se sucedería después. Y ahora, en este simple acto, este gesto escritural converso con mis fantasmas como Olga Orozco conversaba con sus ángeles allá en Toay:

Contigo en aquel tiempo yo andaba siempre absorta,

siempre a tientas, a punto de caerme, pero indemne y eterna,

tomada de tu mano.

Ya casi te veía, lo mismo que al destello de un farol en la niebla,

una señal de auxilio en la tormenta.

Sí, tú, mi sombra blanca, transparencia guardiana,

mi esfinge azul hecha con el insomnio y el íntimo temblor de cada instante,

igual que una respuesta que se adelanta siempre a la pregunta.

Sin duda en algún sitio aún estarán marcados tus dos pies delante de mis pasos

porque te interponías de pronto entre mi noche y el abismo.

Sospecho que convertías en refugios dorados mis peores pesadillas,

que apartabas las setas venenosas y las piedras sangrientas

y venciste acechanzas y castigos.

Tal vez hasta me contagiaras la sonrisa

y lloraras después un larguísimo tiempo con mis lágrimas, vestido con mi duelo.

Después, mucho después, en esos años en que creí perderte

en algún laberinto o en una encrucijada,

fue cuando me dejaste a solas, tan mortal, en el destierro.

Quizás te convocaron de lo alto para un duro relevo,

y acudiste como un vigía alerta sin mirar hacia atrás,

aunque a veces descubrí tu perfume de nube y de jazmín en una ráfaga

y hasta palpé la suavidad que deja la huida de una pluma debajo de la almohada.

Ahora, ya replegada toda lejanía con un golpe ritual,

como en un abanico que se cierra,

frente al fuego donde arde de una vez el lujoso inventario de todo lor imposible,

contemplamos los dos el muro que no cesa,

no aquel contra el que lloraríamos como estatuas de sal a la inocencia,

su mirada de huérfana perdida,

sino el otro, el incierto, el del principio y el final,

donde comienza tu oculto territorio impredecible,

donde tal vez se acabe tu pacto con el silencio y mi ceguera.

De ese día conservo una fotografía que me sacó P. Con la mirada perdida como esperando a los cardos rusos que ruedan por los callejones arenosos entre los cañaverales, trayéndonos algo que no sé aún qué es. Imágenes como postales que se disparan sin ningún orden cronológico ni sentido aparente en mi memoria onírica por estos días y me resuelvo a escribir.

 Adentro

mi hijo pequeñito duerme todavía

duerme y sueña y vuela.

Yo en cambio sigo aquí

encadenado a esas palabras que no vienen. (Juan Manuel Inchauspe)

Intento retornar al lugar que abandonamos, reconstruir sobre el olvido lo que el olvido no perdona. Como un único texto eterno que puedo leer y releer porque soy la única que lo puede escribir. Cuando escribo no pienso demasiado en las razones por qué abandoné mi pueblo y en las maneras sutiles y obscenas en que el pueblo mata, asfixia. Cuando escribo no pienso en quienes mal me amaron y en aquellxs que buscan regresar a mi vida por la fuerza. Y ahora los que vienen del pueblo, los que van hacia el pueblo. Cuando escribo no me detengo a mirar para atrás con nostalgia, con despecho, ni siquiera con resentimiento, aunque lo único que conserve de mis pertenencias sea un grupo de pezuñas y el perfil trasnochado de un bandido rural. Ni en quienes viajaron conmigo en largos trenes y cuyos vagones quedaron atrás. Cuando escribo no pienso en las veces que en esta extraña ciudad me llamaron pueblerina y tonta y loca y me cobraron derecho de piso y permanencia hasta que todo lo que traje de mi pueblo tuvo un valor y haya gente dispuesta a pagármelo y hasta imitarlo apelando a las mas excéntricas épicas y genealogías… Cuando escribo solo  escribo. Porque no puedo hacer otra cosa. A la manera de Inchauspe he llorado, en secreto, a los míos. Lenta, inexorablemente, los he visto partir,  alejarse para siempre (y he partido yo también). He sentido en mi corazón el desprendimiento de una rama que cae. Y luego he borrado las huellas de esas lágrimas; he contenido en el límite infranqueable los bordes de mi propio dolor y lo he devuelto a mi pobre vida, a los días siguientes, a las horas para que permanezca allí. Oculto como una invisible y constante cicatriz.

Cuando escribo tengo una sola certeza:

El centro de nuestra vida

es lo que importa

el centro

no la periferia abandonada y estéril

(Inchauspe)

Cundo escribo repito, repito, repito como las coplas de las nanas de la infancia los poemas que me sirvieron de escuela y de casa y de caballo, que como el de los paisanos de alguna manera extraña siempre recuerda o adivina los recorridos.

No me maté

cuando las cosas fueron mal

No me metí

en las drogas ni enseñé

Traté de dormir

pero cuando no pude dormir

aprendí a escribir

aprendí a escribir

lo que podía ser leído

en noches como esta

por alguien como yo.

Escribe Leonard Cohen.

Hay un verso que me gusta tanto, uno de la María Lucesole: Qué hago en esta ciudad, tarima de todo lo que se comprende, yo, que debería estar en la naturaleza. Que es algo que me pregunto también más seguido de lo que quisiera, yo, que renegaba de vivir en otro lugar. Como si un túmulo de mi suplicara por mi antigua vida. Hay una cadencia que insiste como una lenta respiración animal, ese estribillo de una canción de Elton John: 

You better get back, honky cat

Better get back to the woods

Pero luego pienso en que la naturaleza como cosmos, como un todo con el que somos unx, debamos pensarla quizás como un rio, como un rezo que corra íntimamente: que esté siempre cerca de mí, enfrente de mí. Dios o naturaleza (¿?)

[…] soy religioso por naturaleza, porque además la naturaleza me dio la religión, Viví mucho en el campo. Los bosques, las hiedras, los pájaros, los atardeceres…eso me habló de Dios, yo lo escuché, tengo buen oído, escribió Alejandro Urdapilleta pero a mi hace acordar a Zelarayán eso del oído.

Porque nunca -y ahora menos- sabemos con qué afuera nos podemos encontrar.

*

Cuando yo era chica tenía un solo par de zapatillas, un abrigo para el invierno y me gustaba andar en patas, la tierra se amontonaba entre mis dedos. Cuando hacía calor tomaba agua de la bomba, espantando a las avispas, las ortigas me quemaban los tobillos.

Más viva que eso no estaré jamás.

Abril de 2020

*Grasso, Pablo. El libro alvearense del muerto (inédito) .