Ensayo sobre la domiciliaria

Breves apuntes sobre la ceguera. Encierro, literatura y pandemia

Por Gabriel Jimenez

Confesión

Confinada a la misma condición la población desfallece. En apariencia. Aún hay un cartel en la granja que sostiene: todos somos iguales pero algunos son más iguales. La falsedad de esta ceguera es universal. El padecimiento, no. La pandemia de la literatura y el encierro. Hablemos de flagelos.    

Religión

Volver a atar. Me habían encargado un texto sobre la literatura que se produce en contextos de encierro, esa forma estatal de llamar/callar lo que sucede dentro de las cárceles. Fue en otras circunstancias, cuando aún había cierta tendencia moral/estética por saber qué sucede en esos lugares de reclusión. Corrijo, no una pregunta por la causa, ni siquiera por el cómo, sino más bien una dirección hacia. Una respuesta ya dada, una falsa búsqueda. Los ídolos, el morbo. Series de televisión, canciones y eso llamado literatura. Cuántas cosas innecesarias, dijo alguien alguna vez al pasear por el mercado. Se busca lo que se quiere ver, se baila cumbia villera en casamientos ostentosos, se editan antologías para salvar al mundo en countrys aislados del mismo mundo a salvar. La fe mueve montañas, de imbéciles.

Revelación

La situación cambió. Una pandemia corrió el foco. Cómo decirles a los poetas que nadie quiere su pdf. Una  lata de arvejas es sublimemente bella al lado de un podcast de poesía regional y cuenta (a diferencia) con la categoría de necesidad y urgencia. Comunicado nº 1 y aislamiento obligatorio. Si antes el mercado respondía a patrones, por el mundo carcelario, que poco tenía que ver con ese mundo, ahora que el Estado es (sinceramente) explícito en sus maneras y la expresión contextos de encierro se ha hecho algo más abarcativa, no pocos creen participar de esta categoría literaria. Un caldo de cultivo más peligroso que sopa de murciélago. Abrieron (cerraron) la reja y proliferan ahora los César González, prescindiendo de la experiencia y el oficio más la sobredosis de wifi.

Limbo

La literatura escrita en cárceles nos es desconocida. Quizás tanto como una reclusión domiciliaria dista de esta experiencia asilatoria-panoptical-masiva. Condiciones distintas, resultados ídem. En muchos casos los poetas ya estaban aislados de la experiencia, voluntariamente, y aún así las frivolibertades caían copiosamente como la nevada sobre la casa de Juan Salvo. Sucede que la cárcel tiene un carácter inimaginablemente terrorífico que hace que cualquier afirmación al respecto sea falaz por su propia naturaleza. Para decirlo con una metáfora: nadie puede hablar del infierno. O al menos salir ileso de esa experiencia. La literatura tiene que ver con no salir ileso pero también con eso de salir. La libertad. Son pocas las fugas memorables, quizás también porque conviene al sistema que no se difundan esas y sí las otras.   

Misivas

En el actual estado de situación le envié a una persona que está cumpliendo con la prisión domiciliaria (real) algunas cuestiones respecto de este caos generalizado. A través de un servicio de mensajería me hizo llegar a modo de respuesta algunas afirmaciones que se mezclaron en estas barras: […] lo primero que te choca es que dejaste de pertenecerte, pasás a cumplir órdenes / pasas a pertenecerle a un sistema, ya no sos más vos / es como que todo el mundo te juzga / es difícil enfrentar el exterior / uno se acostumbra al encierro.

A esta altura quien lea podrá notar que, como un cronista de viajes, es poco lo que puedo llegar a decir sobre literatura y cárceles. Cualquier intento no es más que otro panfleto turístico.