Sacar agua de pozos secos *

Por Sabrina Barrego

Uno

Mucha agua ha pasado debajo del puente desde el año 2016 cuando escribí la primera parte de esta crónica. La metáfora acuática llega sin necesidad de invocarla. Mendoza es hija del agua, es la frase del músico y defensor de ese bien común, Nolo Tejón. Y más allá del tema de la división política (también dijo lo mendocino tiene algo diáfano, algo de agua, de verde) de alguna manera extraña todxs expresamos el territorio donde habitamos.

…Y entonces el regador trazo los caminos del agua, alzo la compuerta y dijo:

¡Hágase el verde!

Su voz voló por el aire de fuego. Rozo la arena calcinada. Corrió entre las piedras

resecas y el verde se hizo.

¡Hágase la primavera!

Un cielo turquesa se bordo de flores blancas y jilgueros, y la primavera se hizo.

¡Háganse los olivares y viñedos!

Los olivos retorcieron sus ramas y los pámpanos treparon por el aire.

¡Cubra la corrihuela los campos de campanitas blancas!

¡Cante coros de pájaros, grillos y acequias!.

¡Hágase la vida!

…Y la vida se hizo.

Lo demás fué fácil. Agarrar una guitarra, pegar el oído a la tierra. Escuchar la

eterna charla del agua. Empacharse de luz. Tutearse con los demonios verdes de la chipica.

Atrapar el gesto de los regadores.

Robar un cogollo de malvón en una galería. Podar el parralito casero. Sentir el olor

a mosto de las bodegas. Masticar un zarcillo de vid.

Tomar unos mates con hojitas de menta.

Ver crecer una parra. Plantar un álamo. Regar a baldazos la tierra reseca. Maldecir

al viento zonda.

Salir a Cazar estrellas y volver con tonadas.

Columpiarse en las ramas de un sauce y zambullirse en el agua gredosa de los zanjones.

Insolarse persiguiendo lagartijas y víboras a la hora de la siesta. Trepar cerros clavándose

espinas y llegar a un manantial muerto de sede. Mirar el horizonte.

Enamorarse en una alameda.

Internarse en la magia de un atardecer de madreselvas y siluetas azules.

Escuchar atentamente el volido de la torcazas en los nogales.

Cargar un tacho de uva enterrándose hasta los tobillos en los terrones.

Esperar el agua a la luz de un farol. Crujir con las heladas…Tomarse un vaso de

vino con el compadre.

(Nolo y Magda:
Los Rumores Del Agua, Manuel Nolo Tejón, 1972)

Mark Strand habla del tiempo como un flujo que nadie es capaz de detener y muchos menos iniciar. El día que empecé a escribir la crónica original, estuvimos junto a Roberto Rinaldi, parte de su familia y amigxs de la Asamblea por el agua en la plaza central de General Alvear festejando el aniversario de la sanción de la Ley 7722. Así como el tiempo es circular en el cosmos, así de constantes son los embistes del Capital contra nuestros territorios -aunque el problema haya empezado acá hace 200 años- y hoy nos hallamos con el viejo y omnipresente fantasma del extractivismo en carne viva en todas las cosas, sobre todas las cosas, ensañándose contra lo humanx y contra lo no humanx aún más. En este momento, hay en los distintos departamentos de la provincia protestas permanentes contra la fracturación hidráulica o fracking y contra el mal manejo del agua del Departamento General de Irrigación. Todo esto en ebullición desde el ataque del gobernador Rodolfo Suarez a la ley que busca regular la actividad minera (7722), apañado por el sector privado, el radicalismo y el peronismo local, de quienes ya conocíamos sus políticas extractivas,  sumado a la desidia expresa del gobierno nacional que dejó bien en claro que el constructo que llamamos Interior (sea Mendoza, Chubut o Salta) ES TERRITORIO SACRIFICABLE, mismo que esta periferia sudamericana para Europa o Canadá de la Barrick Gold.

Dos

Mientras tanto, en esta danza para no morir, la vida sucede. Para eso luchamos; porque de una manera u otra perseveramos en el ser (frente a la necropolítiK del Estado, nuestra venganza es sobrevivir).

Me mudé con mi hijo de cinco años desde el sur de la provincia a Mendoza capital a fines del 2018. Prácticamente me escapé. Corrí como una liebre con su cría en temporada de caza.

Regresé recién un año después y escribí esto en mi diario:

Día primero

Allá en la finca el E me espera para mostrarme un papa con forma de corazón. La imagen del tubérculo en mi mano imita a la de la película de Agnés Varda que vi por primera vez en ese lugar, también rural, de esta provincia donde aprendí la diferencia entre cosechar y espigar.

El saldo de la metáfora: la representación realista de un grupo de cuerpos, por necesidad o por puro azar, buscando entre la basura los restos desechados del incendio, del tiempo como un refocilo, de la vida y la hierba sobre la tierra.

Día segundo

[…]

Fue necesario estar al sur de mi cabeza. General Alvear: zona de incendios. Es de noche. El sentido de la certeza se quema. Entramos en un laberinto que, como el del corazón, puede que no tenga un centro.

[…]

Cuando lo conocí, Él trazó para mí un mapa señalando el horizonte plano que me circundaba. Sin la cordillera. Un solo cerro. Acaso él haya tenido razón y las que vivimos una infancia en el campo portemos una mirada diferente del mundo: para observar, en otro tiempo, mirarlo todo, mirar mirando, yendo hasta el fondo.  

Tres

Volviendo a la poesía: hablamos de Nolo Tejón, hablamos de Roberto Rinaldi y yo me pregunto en la distancia, ¿cómo se configura una voz, digamos rural, digamos de pueblo, esa musiquita del pago, como diría Yupanqui? ¿Cómo sería la lira, digamos, del poeta, para cantarle a su tierra, a los elementos que la componen? (Pensemos lo siguiente: de la superficie total del planeta, el 96,5 % es agua salada y se distribuye entre los océanos, mientras que el restante 3,5 % es agua dulce que se encuentra a nivel superficial en forma de ríos y arroyos, a nivel subterráneo en forma de acuíferos naturales, y en forma de hielo en los polos y cimas de montañas, o sea que lo que conocemos por tierra acaso deberíamos llamarlo agua…)

¿Por qué son tan calladxs acá en los puestos?, le pregunté una vez a Don R en la Payunia… Porque las chivas no nos hablan, me contestó.

(Él está muerto ahora)Silencio. Contemplación. Memoria (¿?)

La guitarra antes de ser instrumento fue árbol y en él cantaban los pájaros. La madera sabía de música mucho antes de ser instrumento… (Yupanqui)

Hace poco vi Paterson, de Jim Jarmusch. La película narra la historia de un tal Paterson del pueblo homónimo Paterson (Nueva Jersey), cuna del poeta William Carlos Williams. El chico es un conductor de colectivo y su rutina es muy regular: recorrido laboral-novia-salida a pasear con el perro-bar; cerveza y amigxs de siempre. Las modificaciones son mínimas.

Paterson es un poeta, en el sentido profundo de la palabra (no esta categoría profesional/comercial de pronta adquisición en las redes sociales, Filosofía y Letras, una ronda de bares o un slam, etc.).Todo lo que le sucede bien podría ser un poema, un haiku: esa posibilidad de encontrar en lo simple, en lo efímero, un secreto sobre los objetos, las personas y el mundo. Un modo de ser poético entre las cosas sin necesidad de demasiado análisis, clasificación o explicación. La simpleza de eso es tramposa. Un no-lugar oriental que nos pone en horizontalidad con lo no-humano: una caja de fósforos, un vestido nuevo, un pastelito… sin esa relación instrumental, sin ese hambre feroz por los grandes temas con MAYÚSCULAS; por occidentalizarlo todo (ojo: el extractivismo ontológico sienta las bases para todo lo demás).

Cuando eres niño aprendes que hay tres dimensiones:

Alto, ancho y profundidad.

Como una caja de zapatos.

Luego, escuchas que existe una cuarta dimensión: El tiempo.

Hmm… Entonces, alguien dice

que puede haber un quinto, sexto, séptimo…

Me retiro del trabajo, bebo una cerveza en el bar.

Miro abajo al vaso, y me siento feliz.

(Otro más, Ron Padgett)

Acaso la poesía en el fondo sea eso: un diálogo constante -una pelea (¿?)- con el tiempo día tras día, hora tras hora, no sé (solo que algunxs no podemos hacer otra cosa, ¿o preferirías ser un pez?)

Volvemos a la metáfora acuática. Acaso porque todxs venimos del agua y hacia el agua es que volvamos. El poema que da nombre a este texto es del nigeriano Moyosore Orimoloye:

¿no es extraño?

que la tristeza sea la maldición del payaso

que los orgasmos rara vez sean la suerte de las putas,

que a veces

demos lo que no tenemos.[1]

Sacar agua de pozos secos: el pueblo árido, lento, monótono. Sin esa capacidad performartiva de las grandes ciudades (¡ah,las luces!) pero ecosistema propicio para esas raras avis -enanas blancas-: choferes que leen a Emily Dickinson. Aunque el pueblo también ahoga, mata (porque entre los ceibos estorba un quebracho). Entonces la apuesta es total. Es por la supervivencia.

Durante mi visita a Real del padre tuve la posibilidad de presentar, junto a la Gisela Villordo, una de las amigas de siempre, El rumor de lo quieto/ Amores, el poemario de Roberto Rinaldi, de quien dije muchas veces que era el único poeta que conocía. Aunque muy poco beneficiado por las condiciones materiales y de la época, él le dedicó su último libro a su compañera Norma, quien había fallecido recientemente. En esa ocasión escribí: Un artesano de ese material que es la palabra es capaz de realizar un acto de amor tan grande como el de transformar el dolor en otra cosa. A mí me parece que si amamos, sentimos dolor. Ese es el trato. Ese es el pacto. El duelo y el amor están por siempre entrelazados. En la mitad de camino acaso estén los recuerdos. Y las presencias invisibles que provienen de esa danza a la que llamamos memoria. Hermosos regalos que son todo lo válidos y reales que necesitamos que sean. Que son como guías que nos orientan en la oscuridad. ESTAS son, también, nuestras imaginaciones estupefactas después de la calamidad.

Roberto escribe porque está vivo. Cantándole al cuerpo eléctrico a la manera de Whitman, que no es más ni menos que un canto cósmico. Como otrxs, entre tantx zombie sueltx; cada quien desde su lugar en esta cadena trófica. Y yo vengo pensando mucho que el paisaje marca, alimenta o desnutre y no hay mucho que hacer al respecto, humanamente digo. En mi caso, como escribí en un poema (y no logro decirlo de otra manera):

me endurecí me he endurecido

en estos meses

he hecho de mi corazón

un tubérculo seco […]

Las masas de las ciudades de Benjamin

son un flujo espeso

un rio laberíntico

lleno de meandros

en movimiento aparentemente acelerado

vertiginoso y sin embargo

pesado atontado lerdo

un pantanoso riacho de llanura:

Aca la locomoción es más lenta

una vieja chilena en la parada del bondi

Es que no es este mi ritmo   arrebatada

salí y me perdí en la hora pico

deshacé todo lo que has andado

mi madre       su voz en off

que hago yo en esta ciudad

tarima de todo lo que sucede

un verso de la María

como camiseta

ahora que parece

que todo lo que traigo

de mi pueblo

tuviera un precio   y hay

hay gente dispuesta a pagarmeló

(quieren tu médula que respiró aire limpio)

les vendería pues

las horas encorvada desespinando pescado

las pesuñas de cabra

y el perfil trasnochado de un bandido rural

lo único que quedo en pie

de la que fue mi habitación

la ropa vieja que aun

no logro amontonar en el ropero

el álbum familiar vacío

Me dice el J que la ciudad no tiene memoria

es mentira

la memoria de esta ciudad está montada en finas capas abigarradas

de restos humanos y materia inorgánica.

*

Pienso ahora en la sucesión de hechos de la vida íntima que han acontecido en estos últimos años y que se unen entre sí y con otros. Como círculos concéntricos generados por una piedra al caer en un espejo de agua. Las leyes del pensamiento son las mismas que las del agua. El agua transmite el movimiento y la fuerza del cosmos a todo. Todas las cosas tienen diálogo con todas las cosas. Somos como seres humanxs responsables de lxs víctimas y lxs victimarixs en la historia de la tierra, de los volcanes, de la historia del genocidio. Es paradójico: eso nos hace infinitxs pero insignificantes.

Cuatro

Llueve mientras escribo. La referencia obvia es tentadora: moriremos de literalidad y Sylvia Plath lo sabía:

Hace calor, húmedo y mojado. Está lloviendo. Estoy tentado a escribir un poema. Pero recuerdo lo que decía en el papel de rechazo: Después de fuertes lluvias, los poemas con título de Lluvia llegan a raudales de todo el país.

Pero yo sé íntimamente que la lluvia es un regalo, la bendición del ngen del agua sobre la tierra. Dicen los pueblos del agua que el agua tiene memoria. Ella guarda secretos y es también un cementerio. Pienso en lo que me dijeron en confianza (y a pesar de la euforia) aquellxs con quienes compartí las últimas movilizaciones: a veces tengo miedo… a veces me angustio. No quiero que nos maten, me dijo mi hijo. Luchan por la vida aunque saben que ya están muertxs en el fondo, me dijo Leonor. Pienso que no podemos hacer otra cosa. Pienso en el pueblo donde me crie, amé, odié y parí un bebé; ese pueblo alzado entre miles de antorchas de fuego como una larga culebra anaranjada de hermosas escamas resplandecientes y, a pesar de mí, no puedo evitar llorar, como un caño que estalla con feroces chorros, una represa sin nada que la contenga.

Mendoza, 7 de febrero de 2020.


[1] https://www.zaidenwerg.com/sacar-agua-de-pozos-secos-moyosore-orimoloye/


*Segunda parte de la crónica sobre el poeta Roberto Rinaldi.