El pueblo en palabra *

Por Sabrina Barrego

Andaré por los cerros, selvas y llanos toda la vida
arrimándole coplas a tu esperanza, tierra querida.
Atahualpa Yupanqui

Uno

Quien haya leído a H. D. Thoreau sabe que hay momentos en que toda la ansiedad y el esfuerzo acumulados se sosiegan en el reposo de la naturaleza. Y que tal vez, para alcanzarlo, tuviéramos que prolongar el más breve de los paseos, con imperecedero espíritu de aventura […] Y estar listos para una caminata. [1]

20 Km hasta Real del Padre. El escaso sol de la mañana me acaricia la cara a través del vidrio de la ventanilla. Desde mi asiento puedo ver la cortina forestal: los álamos más viejos inclinados hacia el norte, la crueldad del otoño con los más jóvenes (amarillo y rojo, colores del fuego que parece abrasar su ramaje transparente); el vaivén de los sauces llorando largas lamentaciones; las últimas hojas de los membrillos y las damascas; la viña recién podada; los  nuditos de nylon que contienen sus pámpanos contra el alambrado…

Bajo del colectivo en los semáforos, según las indicaciones. Roberto me espera. Anduvimos un par de cuadras, pretexto perfecto para trazar una cartografía del lugar.

El pueblo: el tiempo como detenido en las calles de tierra desiertas por el feriado. Los baldíos cargados de cañaverales. Las acequias secas. Los perros. La plaza central, la iglesia, la escuela y la comisaría (aquí también la nación crece). La pequeña biblioteca popular, el club de futbol de los azules, el bar de caballeros… El flagelo de la piedra cada año, con la escasez de alfalfa, de pasto y de frutas. El hueco que dejó la partida del tren y de las fábricas y los habitantes sentenciados a una eterna nostalgia.

Roberto Rinaldi vive hace 45 años en la misma casa con su compañera Norma, su guitarra y sus paredes repletas de imágenes: un tapiz del Che Guevara, fotografías familiares y una muy vieja de Atahualpa Yupanqui. Antigüedades que le regala la gente del pueblo, aunque él prefiera la austeridad a la esclavitud de las cosas materiales. A lo que se suma un mueble repleto de sus cuadernos y libros que no conocen más que su orden personal.

Nada de lo que tengo es mío…

acaso si las acacias, el  sauce y las palomas;

los lirios, la  mañana

algunos pocos versos

y toda la tierra, tanta …del patio de mi casa.[2]

Sentados frente al hogar Roberto me ceba mates amargos y atiza el fuego. Hablamos de la revolución industrial y sus máquinas, del vacío en El extranjero de Camus, de una visita a la biblioteca de Ángel Bustelo y de sus lecturas de pensadores hindúes en los ´70. “Por ellos aprendí a liberarme de cosas que enferman”, me dice con una determinación en la mirada capaz de invertir los roles entre entrevistadora y entrevistado.

Roberto es un hombre sencillo. La vida en el pueblo lo ha ido marcando hasta hacerse parte de sus rasgos. Nacido en 1948, descendiente de inmigrantes italianos, me cuenta que su familia fue la fundadora del primer hotel y del primer cine de Real del Padre. Lo que me hace pensar en una generación de hombres y mujeres con una visión que trascendía el horizonte del trabajo rural.

“Un golpe para mí fue la caída de la agricultura y de las fábricas, que provocó la partida de muchos de los habitantes del pueblo (hablamos del año 76)”, me dice. Los demás se fueron pero él decidió quedarse, será que se conformaba con menos, con caminar por las calles, con tocar la guitarra, con conservar las viejas costumbres que caían junto con la economía. “Oprimidos por las circunstancias aprendíamos a ser pobres, pero libres… con la felicidad de vivir con la vida a los tirones”, escribió Roberto. Pero la realidad es que el pueblo se achica y con él las posibilidades, “volviéndose gris y chato por la falta de oportunidades.” Y el dolor ante el éxodo de los jóvenes. ”Mis hijos se han ido sin irse, mucha gente se va sin irse”, dice. Así se fueron apagando los sonidos de una época luminosa. Tal vez en la nostalgia por esa vida de espiritualidad compartida aún exista la fe para enfrentar un mañana en soledad. Tal vez el poeta lucha contra el olvido con el coraje de ser y del decir desde este pago del álamo y del granizo.

Este hombre de 68 años escribe desde los 15. Trabajó en la finca, actividad que lo conectó con la agricultura, y como gasista y en todo tipo de asuntos de  albañilería dejando la literatura para los momentos libres. Escribió siempre “con grandes lagunas” pero sin renunciar a la escritura porque el poeta es eso: “un trabajador igual que los demás, pero con otra visión, para escribirle a las demás generaciones. Y con oído, porque el silencio no existe.”

Aún así logró editar seis libros y participar de dos antologías nacionales. Esto sucedió gracias al “fruto de su trabajo y el de la familia” y a la colaboración de la Biblioteca Popular de Real del Padre (la mayoría de los ejemplares terminaron siendo regalados por el propio autor).

Autodidacta, Rinaldi ha sido lector de autores latinoamericanos como Juan Rulfo, Antonio Di Benedetto, Horacio Quiroga, Eustasio Rivera, Juanele Ortiz, Héctor Tizón y Atahualpa Yupanqui, además de las distopías clásicas por tratarse según él de “historias de pueblos infelices”. “Yo no llego al conocimiento de quien estudio mucho. Observo al hombre que me rodea y de ahí saco la materia prima para hacer algunos versos”.

La escasez y la vanidad de los círculos literarios lo han mantenido en soledad. “Asistí a clases de literatura, con un profesor que obligaba a tachar y comenzar de nuevo hasta el hartazgo. Enredado en un laberinto de verbos, tiempos, silencios, entraba en un estado de desconcierto del que me costaba salir”, escribió.[3] De literatura habla con sus hijos, todos profesores de lengua y literatura, y con su compañera que es maestra jubilada y le corrige las faltas ortográficas. “Yo debo tener un montón de vicios por estar siempre solo… Me han dicho que tengo versos muy quebrados.”

Siempre con el mate de por medio me explica su método de escritura y corrección: “Yo me paro delante de un árbol, de un pájaro,-mis preferidos son los carpinteros, aunque se coman las casas-y escribo lo que me traspasa.” Después viene la corrección, podar los versos vacíos, aquellos que no se entiendan. Que justamente es lo que él les recomienda a los poetas más jóvenes: evitar las repeticiones, concentrar, corregir, tachar, borrar lo que no sirva. Y paciencia. “Cuando amas la literatura, el camino es largo.”

Dos

Roberto escribe con mansedumbre contra la crueldad del mundo (“me acompaña el paisaje, lo rural del paisaje, la sagrada tierra, los potreros, el agua. Me conmueven hasta refugiarme en ellos porque el hombre me asusta”).[4] Me cuenta de las siestas debajo del sauce para “almacenar” los sonidos del patio porque “de a ratos aparece el duende… entonces las palabras se conmueven, se alistan y nace una historia”. [5] Es por eso que lo rural se convierte en la imagen central de su obra: los pájaros, el azul del cielo y del horizonte, el desierto, las tormentas.

Siesta de diciembre[6]

Este volcán en llamas,
de la tarde,
de la noche,
casi eterno,
escupe toda clase de materia,
y ahoga toda especie de murmullos.
¡Que ni las moscas se reúnen!

Cuando por el infierno del calor
se va el oxigeno
es una cárcel de fuego
el aire de las casas,
una herida vagabunda,
el polvo de las calles.

Con una plenitud desértica en el cielo, el sol
desmonta nuestra piel,
hasta caerse de sudor el cuerpo.

Los poemas de Rinaldi buscan representar a su pueblo con las herramientas que tiene a su alcance. Existe en él una voluntad de rescatar lo mitológico de los lugares chicos y sus personajes, como lo hizo en su libro Vecchio (1992), donde se denuncia la situación de los trabajadores, la falta de trabajo y la desaparición de los pueblos.

Tres

Norma se levanta y se acerca a la mesa. Roberto le prepara un té. Ella escribe un cuento para su nieta y me muestra sus tejidos para el que vendrá. Hablamos del amor, “una larga búsqueda”, dice el poeta y de ese otro refugio que es la niñez y que tanto lo desvela. “Estamos viendo morir el tiempo de todos los juguetes” escribió, y los gobiernos están ciegos ante la muerte de la infancia, que es la humanidad.

Hicieron un puré con nuestras almas,
y nosotros:
“Seguíamos yendo al supermercado”.
Nos permitieron ver novelas de amores tardíos
y adolescentes pálidos; ¡y eso sólo bastaba
para reírnos tanto!
Nos cerraron un ojo primero
porque veíamos demasiado lejos,
allí crecía la rosa, la infancia de insurgencias
la pelota de trapo… [7]

Defraudado de la política partidaria, Rinaldi se une a la lucha contra la minería contaminante (“el río es el alma de nuestra tierra, las empresas y los gobiernos están lejos del sufrimiento del pueblo. El hombre cuando tiene poder, es un depredador”). De allí nace una de sus últimas canciones, Río herido. (Hasta ese momento ignoraba que, después del encuentro terminaríamos todos en la plaza festejando el aniversario de la sanción de la Ley 7722.)

Influenciado por Yupanqui debido a su sencillez al decir, lo primero que hizo Roberto fue garabatear letras de canciones, “aunque ya no salga a cantar como antes”. La verdad es que en casa de los Rinaldi todos cantan y tocan la guitarra y se arman -fui testigo-verdaderas peñas de amigos y artistas que se acercan al hogar.”Hemos tenido una suerte muy grande de vivir con alegría y buenos recuerdos”, agrega Norma.

Cuatro

El futuro. Existe mucho material para corregir y editar, siempre en la misma línea pero sumando la presencia de la fantasía del pago chico vinculándose con lo mitológico. Casi sin darnos cuenta pasamos la mañana y hay que prepararse para ir a la plaza. Mientras se realizan las tareas  del almuerzo me quedo copiando algunos versos en un cuaderno: “El pueblo para mí solo… lo amo porque compone las trisaduras de la fe.” [8]

Roberto Rinaldi fabrica sus poemas con las alas de los pájaros del jardín, con la totora que crece en las ciénagas, con el olor de la fruta recién cosechada. Escribe con sencillez y terquedad para elegir de entre todos los versos posibles, los más bellos para su pueblo.

19 de octubre

Con este… amanecer
tengo la paz…el cielo
Un pájaro celeste sube por el aire
sigo su vuelo
me lleva lejos…
Con esta tarde,
tengo las moras, los ciruelos,
y el sol, bañando el lomo de los potreros.
Con este atardecer vuelve la luz
hacia el espacio manso y libre de mi pueblo.

General Alvear, Mendoza. 23/06/2016


[1]  Thoreau, H. D. Caminar,

[2] Rinaldi, Roberto, Lazo de amor.2009

[3] Opus cit.

[4] Ídem.

[5] Ídem.

[6] Rinaldi, Roberto. El rumor de lo quieto. 2000.

[7] ídem.

[8] Rindaldi, Roberto. Lazo de amor.2009.

*La siguiente crónica apareció publicada por primera vez en mayo del 2016 en la hoy extinta Revista Panero.