Caballos blancos de humo[1]

Por Pablo Grasso

Como un recuerdo que fuera –entonces- mera pompa y circunstancia. Como un recordar circunstancial, por otra parte nada pomposo de aquellas horas perdidas con la que ahora no dudaré en llamar la Dotación Efímera (el pecador o alto fantoche de siempre tropieza con esa singularísima piedra: la doctrina vertical de lo acontecido mientras enhebra las distintas modulaciones de su pasado). Aquella Dotación Efímera, decía, que, atravesada de amhor y horror químicos, desapareció sin dejar rastros por horas días semanas meses años para ya no, nunca más.

Nunca más.

No

VOLVER.

(Me dicen que no es por el lado de la rememoración que debo comenzar este hibridaje genérico. Que en el corazón delator y veleidoso, por añadidura buchón y por eso mismo amargo del Lector -mi hermano, mi asesino-, me perderé hasta quedar hundido, palito huacho sin redención posible, en el agua negra del ayer, ay, tan sin fin.)

Entonces…

La Sesión

Recuerdo sí… estar acostado bocabajo sobre un colchón con olor a espermicida mientras las luces de la habitación se derramaban en rápidas y vehementes franjas verticales… Rojas, azules y amarillas, las luces: un espectro más bien hermético –¡Il Diávolo!- acuchillando gradualmente los puntos cardinales.

(Recuerdo) una lámpara de escritorio pequeña girando frenética como una bola de espejos inmensa al ritmo abracadabrante de Egberto Gismonti (todo este recordar, me digo, es casi casi imposible [me repito]: todo se clausura en una imposibilidad o vía muerta que termina deformando la experiencia en sí: su elemental muesca evanescente). Falsa alarma: los Patrulleros del Terror de la Cuarta Sección (nebulosa, nebulosa) titilaban vehementes dentro de la pantalla del televisor –un adentro adentrado, como si se tratara del interior polarizado de una hipodérmica-.

/Corte/

Sonidos y colores, texturas y patrones insólitos yuxtaponiéndose como realidades tangibles a los cuerpos de los otros psiconautas (llamémosles X y Z de aquí en adelante) que, al igual que un servidor, estaban dando sus primeros pasos –atolondradamente ensoñados– por esos fríos andurriales de la quetamina (en ese momento me vinieron a la memoria, no, miento: ahora brotan aggiornados en tropel –of course- los chutódromos edimburgueses de Irvine Welsh o los aguantaderos inmunodeficientes de José Sbarra y me quedé, me quedo -me quedaré- pensando en la naturaleza moral de mis actos pero no mucho: a veces se puede vivir –eh- sin pensar).

Pero sigamos la estela pespunteada del Texto que, en su desvelo (que es su penar y perdición), aúlla, aúlla:

¡ump…!

¡cat valium…!

¡honey oil…!

¡jet…!

¡K…!

¡la K Especial…!

¡la Keta…!

¡kit kat…!

¡special la coke…!

¡super ácido…!

¡super C…!

¡vitamina K…!

Recuerdo el balde verde (¿o era azul?) que tenía adelante por si se me ocurría vomitar (una sombra del tipo sabiduría práctica operativa ante las catástrofes innominadas y por eso mismo vigílica en su actitud se ocuparía de auxiliarnos en el caso extremo de dar una vuelta de campana y bron-co-as-pi-rar; sobran ejemplos en el ejército de cadáveres perfumados).

Recuerdo el nenúfar rosado que flotaba justo en el centro del hoyo-K (no hay ironía alguna en esto). Lo estoy viendo como si ocurriera ahora mismo: Mi rostro descompuesto en una serie de círculos concéntricosdentados al ritmo de una pura conmoción sinestésica. ¡Era el Alfa y la Omega del Supremo Agujero!… ¡Mi gran Noche Obscura cercada por gusanos alfabetizados!… ¡Señor!… ¡La de vomitonas jupiterinas que escuché! ¡Dodecafónicas! […] Labios, nariz, cejas, pómulos, ojos y orejas, en fin, toda la mampostería facial se licuaba en un proceso de intensidad creciente; estaba arrojado –o eso creía- al voraz engranaje transformador de la materia. Era un trozo de carne anestesiada que, aguas ¿aéreas? abajo, devendría sangre, sudor y semen: un charco rebosante de información genética. Un asco (redundante).

Recuerdo cómo X (en esa versión de sí aún se autopercibía como chicachico, o sea, antes, minutos previos de declararse urbi et orbi y a rajatabla cactusmalvón) no dejaba de ponderar las virtudes salutíferas del agua que brotaba del desierto más sin especificar si este último se trataba de un desierto real o de uno metafísico tramado en la paz y el retiro (luego de ciertas derivas que involucraron el uso recreativo sapiencial de la mescalina [Echinopsis terscheckii], la pscilocibina [Psylocybe Cubensis], el DXM [dextrometorfano] y el cébil [Anadenanthera colubrina], entre otros poderosos psicoactivos, comprendí  –si la palabra es adecuada en este contexto- que no importaba mucho la diferencia y que acaso se trataba de un mismo e inabarcable desierto del tamaño –esto último es relativo- de la habitación). [2]

Así decía X: “agua poderosssssssa”, seguido de “desssssssierto”, y al darle un énfasis sibilante a sus palabras, el ambiguo ser progre que había conocido en la Facultad de Filosofía y Letras se transformaba en el acto en un roedor atemorizado ante el reflejo amplificado de la aguja en mis pupilas… ¡Qué bello error!

Mi yo drogado entendía lo que quería decirme aunque para eso tuviera que realizar una verdadera proeza hermenéutica (el discurso que acompaña a ciertas drogas, querido lector, suele ser totalmente inarticulado, semejante a una neo-lengua al uso para primates y siempre hay alguien que asume los fueros enigmáticos de la Esfinge).

Y la estela del Texto pespunteado que aullaba, aullaba…

/Corte/

Unas pocas horas después quise dar testimonio de ese salir de mí y no pude (todos se habían ido, me refiero a X, Z y a la sombra vigílica, dejando en la habitación un desastre digno de lástima: vidrios rotos, velas, algodones,  agujas, instrumentos musicales, tucas, botellas, libros, cidís, preservativos, comida, etc.). Me temblaban las manos y mis pensamientos, si es que los tuve y llegaron a buen puerto, parecían inmensos bloques de yeso desprendiéndose de un oscuro cielorraso. (¡Mi reino anestesiado por un solo enunciado cabal!) Lo único que pude rescatar de todo esto fue una tentativa de prosa estrangulada de cuyo título, ahora, no quiero acordarme.[3]

(P)astillas

Alcanzar un lenguaje de alucinación, hecho de capas, de experiencias de lectura, que no tienen que ver con la erudición sino con un itinerario oscuro de escritores y de vidas quizás desesperadas y atractivas, sin importar el canon ni la respetabilidad pero sí el universo y su energía doméstica.

Sergio Taglia[4]

Sucede: siempre hay algo en otro lado que uno quisiera alcanzar, llámese deseo, sabiduría o, por rizar el rizo elegantemente, Revelación (escribí revolución pero ignoro por qué motivos se borró). Es que, rimbaudianamente hablando, la verdad o sus sustitutos -sus ersetzt pauperizados en palabras del purista que nunca falta-, la vida o su complejo sistema de flujos, el envés o el revés de lo que consideramos real, está en Otra Parte. Por eso la literatura (al menos aquella que me interesa) parece estar atravesada de punta a punta por una melancolía sin fondo desde el momento mismo en que plantea un imposible: insuflarle a las palabras toda la belleza pero también todo el pánico & la locura & la sensualidad caleidoscópica que subyace a esos rarificados estados de la conciencia.

Lo que queda siempre es un resto, un detritus vivencial que se adhiere a la piel como el cansancio después de una prolongada huida. Como Henri Michaux supo muy bien explicar: “todo psiconauta sabe que en la experiencia psicodélica no es todo miel, per aspera ad  astra, el mal viaje es parte esencial de la experiencia, fundamental para la catarsis: el psiconauta como el poeta también viaja al inframundo.” 

Y es probable que sólo la poesía o la música sean capaces de captar ese salir de sí que, en palabras de Néstor Perlongher, “pulveriza el ego logoegocéntrico llevándonos por los más intrincados senderos del follaje lingual”.[…] Esa suerte de supernova flamígera en constante expansión hacia las zonas desconocidas de la mente humana y sin la cual la vida, como el infierno ilimitado de Marlowe, sería una pesadilla concentracionaria.

Un matadero hiperconectado.

Tomando como base el concepto de esquizofrenia experimental que Michaux utilizó para explicar ciertas “desintegraciones del ser” ocurridas durante sus trances lisérgicos en México y Ecuador, comencé a rastrear las obras de autores mendocinos que, a veces de manera explícita y otras tangencial o francamente timorata, abordaron la temática, configurando así una tradición (?) lumpen –con conducta, como diría Néstor Sánchez- de alto potencial visionario. Roberto Abelardo Vázquez, Leonardo Feldman Gracia, Claudio Rosales, Gastón Ortiz Bandes, Pablo Arabena, Dario Zangrandi, Sol Muñoz, María García, entre otrxs, fueron sumando sus distintos cromatismos a la variopinta secuencia (ver al final del texto). Por detrás y por debajo llevaba conmigo la ristra alucinada de Artaud, De Quincey y Miguel Ángel Bustos a modo de copilotos sobremedicados.

Sí. Aún hoy sigue siendo un tema tabú para autores, lectores y críticos locales hablar de una conjunción productiva entre drogas y poesía, psicodelia y literatura a secas. La mayoría desmerece de plano el planteamiento o huye despavorido como si el rabo del mismísimo Señor de las Tinieblas se insinuara bajo la sotana. Me consta que la amenaza de terminar vistiendo el sambenito escrachante del apologeta, del decadente, del náufrago noventoso y, lo que es peor, del transa es real. Poco importa si algunas de estas búsquedas y extravíos poéticos se cuentan entre lo más auténtico y arriesgado, por el espesor político y la tensión de cara al lenguaje que plantean, de la poesía mendocina contemporánea.

Como siempre lo más fácil será llamar al patrullero. 

Archipiélago Sur,

2017/2020


XIV

Flores amarillas bajan entre la luz del sol y la sombra de los árboles

A las 15:30 del sábado la alameda es el lugar perfecto para un drogadicto

O para alguien que desea sin ambición y goce de su propia imposibilidad

Es un lugar hermoso porque bajan flores amarillas del cielo

Bajan como si perder fuera delicioso y nos sentimos acompañados

Porque algo se escapa de lo enorme y robusto de los árboles

Y bajan como recuerdos o fotos de algo que hemos amado

En un viaje interior de maravilla dentro del misterio.

(Arabena, Pablo. Intoxicaciones, Babeuf, Mendoza, 2015)

*

1.2. Rebis/Libre

willka sube cabeza dientes de puma

mi carne será rica y fresca; mis huesos harán brillo siempre

soy un pequeño tambor, quien me toca

practica el sonido eleva el vacío

y la ausencia en una entidad

impalpable.

en mi mente retumba la willka

enternece mi corazón el achuma

inspecciona el mortero la araña

no tengo deudas,

escucho y reparto el mazo

fuera de uno: todo absolutamente

(García, María. Apertura de Primer Cuarto: la naturaleza de las cosas, Anti ediciones, Mendoza, 2014.)

*

Visión felínica

Luna llena, espejo del cazador:

refleja los sentidos en la imagen presa.

En el rio, vemos al puma sediento

salpicarse de imágenes

y vestirse de rugidos.

Los sentidos se deshacen

en sensación felínica.

Felino al acecho ¡ah! ¡chuma!

de todo lo que pasa fuera y dentro

¡ah! ¡chuma! baño vaporoso

de inextricables manchas.

Los cerros son el perfil

de la palabra ¡achuma!

arco estirado, contorno

del lomo del puma.

(Feldman Gracia, Leonardo. Achuma y otros poemas. Edición de autor, Perú, 2006.)

*

dirty joker

soliviante mañana de porcelana

filmada en vórtices

balanceo de bólidos

en la helada hilera

el cadáver estorboso

danza danzando ahí

tras volutas la mueca

del joven peruano arrebatador

desplazamiento de autos

titilar descangallador del sol

envuelto en nubes

danza ahí

danza espíritu santo

con ese bizque melancólico

deshojando ventiladores

hologramas pifian en el agite

filmación de un vago enroscado

un receptor de la pérdida

los procesos de su mente registrados

con esa doble sombra

de joya mareada envuelta en lo resbaloso

campos de ajo

riestras secas deshojándose y cayendo

hologramas de perfumes

tras disparatada carrera

espantapájaros en secos cañaverales

desgarrado y remendado

envuelto en cazcarria

con esta doble mañana

metiendo chispas

film en 16 milímetros. doble imagen del lobo lobando

reflectoras gotas encandilando

golondrinas muertas.

(Rosales, Claudio. Pelotas Coloradas, edición de autor, Mendoza, 2002.)

*

HAS probado el fruto prohibido.

Y un rock relampagueante está despertando a la serpiente

encadenada a tu columna vertebral.

Has probado el fruto prohibido en la Tierra.

Y la espiral iridiscente estremece tu cuerpo en anillos

que se desprenden y giran y giran y…

Todas tus vidas están reunidas alrededor del fuego

sagrado.

Ese círculo gira y se eleva en una calesita de dorados

dragones drogados.

La serpiente ardiente se está desenroscando en una

helicoide de colores.

Es una llave ondulando en el secreto del Paraíso.

Ahora comprendes porque está prohibido: ninguna razón

puede gobernar lo que no tiene límites.

La llave está cascabeleando en el monasterio de la

adormidera de oro.

Donde la música se dilata en salones de espacios

fosforescentes.

Todos los mundos te esperan en este.

La puerta hacia el infinito se abre y tu cuerpo se

derrama en la brisa de oro.

La serpiente ígnea se desenreda del árbol de cristal.

(Vázquez, Roberto Abelardo. El extraño y su éxtasis. Ed. Carmina, Mendoza, 1984.)

*

[1] Con ilustraciones de Camila Randis, la primera versión de este texto apareció en el N°2 de El viajero indeciso (Ediciones Culturales de Mendoza, 2017). El feteado que hoy publicamos constituye de alguna manera la explicitación (vale decir: la puesta en palabras y en forma) del alejamiento de cierto imaginario que, por recurrente y melancólico, ha determinado, para bien o para mal, mi escritura. Sabido es que todo “tomarse un tiempo” lleva en sí la amenaza latente de una separación irremediable. Hay quienes ven en esto último el germen de una libertad agazapada.

[2] Lo que puede el Cuerpo, sí, y la Metáfora.

[3] Umbral (una memoria). Mendoza: Carbónico ediciones, 2010. Versión on line: https://es.calameo.com/books/0022186230eb699bbb15e

[4] https://revistapanero.wordpress.com/2016/05/23/alucinacion-1/amp/