El pulso del mundo

Sobre Disminuya velocidad, de Franco Rivero

Por Maite Esquerré

Y dondequiera que vas,/ estás/ buscando un río.

Alicia Genovese

 

Es difícil la poesía, no queremos la detención; dice la Genovese. Y es justamente a lo que nos conmina este poeta: a menguar el ritmo cotidiano; respirar los versos, observarlos retirarse para que suceda el silencio, escuchar la fricción interna de ciertas palabras y lo que las traspasa y trasciende, nos invita a leer los poemas en voz alta para sentir su vibración, su peso, su volumen. A andar con pies de tetéu/ tero (esos pájaros que llevan/ la lluvia dentro) entre las hojas, con cautela, para percibir todo movimiento. Si fuese posible, leeríamos con los ojos cerrados.

Con la lectura de Disminuye velocidad (Deacá, 2018) surge una pregunta, ¿qué es hallarse?

Franco Rivero (Corrientes, 1981) comienza el libro con dos epígrafes que hablan de maneras de ser-estar en el discurrir (porque sus poemas son ríos) del poemario y que nos aproximarán a responder la pregunta que iniciamos. El primero, de José Watanabe: fija en tu memoria esa enseñanza del paisaje; y el segundo, de Alicia Genovese: reubicar desde el aire otra orilla.

Luego de los epígrafes, el poeta agradece a su amigo que lo acompaña en el mirar. Si el chamigo Fabián le enseña a ver, Franco nos conduce hacia múltiples modos de percibir. a mí el campo me entró con el tabaco, desde el primer verso del poema inaugural pety (tabaco), entendemos que nos va a hablar un cuerpo con un paisaje dentro y un cuerpo que desea me enamoro/ de esas manos/ el día que ame/ él las tendrá así. En otro poema, pero no soy una campesina joven/ virgen/ sino el pombéro/ que desea/ a otro pombéro. Y con todos los sentidos del amor: te llegará el sonido/ del amor/ con que te escucho.

Los versos son breves y hay mucho espacio entre ellos. Esos vacíos dibujan el tiempo. Hace silencio para que escuchemos ese paisaje adentro suyo o la nostalgia: la tierra, el campo, su mirada limpia de niño, la abuela, la lluvia, un hormiguero, los animales, la laguna espíritu, el arroyito, el río, el jardín, el paisaje que falta, la comprensión.

Franco hace una poesía despojada y simple que está llena de misterio. Quizá, como las flores del Kuruguai, sea un vehículo hacia lo mágico.

El poemario construye sentidos no sólo en el plano semántico sino que amplía y multiplica los sentidos. Como animales perezosos o anestesiados, la vista, el oído, el olfato, el tacto y el gusto comienzan a despertarse y a activarse a medida que se avanza en la lectura. Es una fiesta de los sentidos, cito de diferentes poemas: un olor a raíz/ toda semilla tiene; olías a camalotes en la siesta/ qué linda/ que te quedaba/ el agua en el pecho; olés a campo/ en la noche/ yo siento en mí todas tus hierbas; llueve y la humedad/ se mete con el aire/ por mi cuerpo; no hay cielo porque/ no se mira para arriba; cierro los ojos/ dejo que esta agua/ me tome los pies; casi nadie pasa aquí/ pero no hay silencio/ y sobra vía láctea/ acostado así; escucho la brisa/ el viento que hace sonido de viento; según se oiga/ cualquier ruido/ se transforma/ en música…

 Es un campo sonoro frondoso, un canto que abre la noche, y puesto que el canto es existencia, al decir de Rilke, Franco existe y es su voz/ otra oscuridad/ pero canta. Comprende su herida, su estar escindido del paisaje: yo también/ soy del agua/ cuando canto/ canto o sueno/ a lastimadura. Pero canta:

mi alimento

se cuece igual

 

pero le falta

luz

por eso escribe, confía en que palabras como mua mua/ entre nosotros/ abren puntos/ en lo oscuro. Y que esa tela oscura dejará entrever a cada palabra las claves para hallarse

lo que distingue

paisaje

de paisaje

es el propio corazón

El poeta decide no intervenir, entiende que las cosas existen más allá de su voluntad, no se siente superior por desempeñar su oficio, él contempla con todo su cuerpo-paisaje en un estado de retiro, de repliegue: pero a la vida no le falta/ mi nariz, dice.  

Se tira de panza al sol sobre una piedra caliente, porque sabe que no se necesita mucho para

conocer

esta alegría

 

saber que viene

de la sangre

 

al entibiarse

 En el poemario convergen los astros, el Gauchito Gil, los mates, las plantas que marcan el tiempo, el amor, las rutas, los camiones, un caballo muerto, una sala de profesores, el río siempre, las alas del murciélago, unas manos, la música, el chamamé que: al oírlo/ casi me hallo/ esta tierra/ ya no es otra.

La clave de lectura, o desde donde nos paramos para encarar el libro, aparece dentro del poema añandu (siento): es ritmo/ no paisaje.

Franco intenta volver a un ritmo anterior, si no extrañara/ vería la vida/ sin forzar; siente una nostalgia al haber sido separado de su enseñanza primera, el paisaje. Fuerza la memoria para que las cosas regresen, para que estar en sintonía con lo que ve y siente.

no creo

pero rezo

en silencio

pido volver

ese rezo es el aliento, el aire en y entre los versos de Disminuya velocidad, lo hace en silencio, por eso los espacios en blanco, que son la ausencia de dios, y no hay que poner nada en el sitio vacío, diría Huidobro. Es esa respiración la que lo hace volar para volver a ubicar otra orilla.

cómo no se ve/ hasta/ que se vuelve

 

Es entonces cuando

la sola presencia/ de la tierra/ del agua/ y del pasto

bastan

para tener tierra/ agua/ pasto

y el poeta vuelve al punto en donde su corazón suena armónicamente con el pulso del mundo.

Ese silencio, esa desaceleración, ese hacer tiempo es necesario para escuchar el ritmo de las cosas, el movimiento que tienen más allá de nuestra voluntad. Este poemario es un conjuro para volver, aunque no se sepa si fue primero el regreso o el poema. Retomando la pregunta del inicio, el poeta se halla porque escribe y escribir es, en este caso, buscar esta comunión:

me hallo

es decir

estoy donde siento

soy donde estoy

Juan L. Ortiz (otro poeta que tenía el río dentro) decía: cómo no vamos a concebir una poesía del futuro. Un futuro en el que el hombre esté integrado y pasen todas las vanidades de la figuración. Me animo a decir que con Disminuya velocidad ya estamos en la poesía del futuro. Acá una prueba más:

kapi’ i ka aguy (pasto de monte)

el tiempo trae

silencio

razones

no

 

uno se yergue en las sombras

como esas plantas

que van hacia la luz

hasta que lleguen

 

y en algún momento

comprende

vivir es el precio

de estar

donde se está

y el resto es

movimiento.

2019