Para el que mira sin ver/La tierra es tierra nomás

Por Sabrina Barrego

El 11 de marzo de 2017 presenté la antología de una colectiva de poetas mujeres en una librería de la ciudad de Mendoza. El desierto está lleno de mujeres, rezaba por entonces su consigna.

Cuentan al sur, es la voz del desierto, escribí.

Me equivoqué.  

Así que, nobleza obliga, aquí va la debida enmienda por escrito en un acto de coraje intelectual; es decir, la decisión de criticar el error cualquiera que sea su fuente y, fundamentalmente, cuando la falta es propia. O, como dijo Max Weber, no cumplir con el sencillo deber de honestidad intelectual nos impide hacernos responsables de nuestras acciones y relativizarlas; significa renunciar a la claridad.

Algo me han dicho en estos últimos días a propósito del ejercicio de la crítica en esta provincia, y como considero que la crítica por medio de otrxs es una necesidad casi tan buena como la autocrítica, me dediqué minuciosamente a encontrar mis propios errores y a grabarlos en la memoria: analizarlos por todos lados hasta llegar a su causa. A riesgo de que no me convenga demasiado el público repudio a mi propio texto, ensayo una “episteme propia” capaz de incluir términos no lineales, opuestos, zonas de conflicto y encuentro, nuevos puntos de partida (Silvia Rivera Cusicanqui), no desde una mirada científica positivista sino desde una que eche luz a la discusión.

I

La configuración del espacio

LADO A

Juan Sasturain en su texto La invención del desierto, plantea que para el sentido común argentino incorporado, el desierto entra en la historia cuando la civilización –dueña de la pelota y de la palabra– lo alcanza, lo modifica y lo puebla. ¿Lo puebla? ¿Es que no tenía agua y estaba despoblado?  La definición ortodoxa de desierto es a la vez geográfica –zona llana sin agua– y cultural: zona despoblada, sin civilización asentada.

Una verdadera tabula rasa.

Claro que la ecuación no es irreversible: desde la cultura en tanto tecnología se puede ir al desierto y darle agua, transformarlo en zona fértil. Pero también hay otra, más perversa: desde la cultura se puede ir contra la naturaleza y transformar una tierra fértil en desierto. La pregunta sería: ¿el desierto es o se hace?

Aparece luego el desierto como un artefacto discursivo que provee las imágenes en torno a las cuales se hace, se deshace y se rehace el sentido de lo vacío. Un bien territorial y textual que el Estado y la literatura argentina no han dejado de repartirse.

 No sean bárbarxs, alambren, diría un Sarmiento inclusivo.

Si es cuestión de nominaciones, la conquista del desierto es paradójica desde el vamos –si no había nada, ¿qué se conquistó?–. En realidad sólo fue la ocupación, a sangre y fuego, durante el último tercio del siglo XIX de vastos territorios indios para incorporarlos –como tierras de pastoreo, primero, y de cultivo, después– al circuito económico agroexportador sustentado en el previo reparto latifundista. El Facundo en estado puro: el desierto como un territorio disgregado pero no solitario; una soledad poblada de tribus vagabundas y bandas de jinetes nómadas lanzadas a la carrera por un espacio sometido al terror del caudillo. Multiplicidades salvajes sin orden ni medida, un verdadero territorio enemigo donde el Estado debía intervenir. La operación fue, entonces, nombrar como vacío lo que no lo estaba. El desierto, que no lo era, fue bautizado de prepo y se obró en consecuencia.

Montajes de observación y de visibilizacion, estrategias afectivas y de identificación, y de acumulación de saber y poder conforman una máquina que arrasa directamente sobre lo real, como si la geografía fuera una sola con lo imaginario, imponiéndose, fundando lo que nombra.

Mendoza es un falso desierto. En la Cordillera los límites dibujan los codos bordeando las primitivas estancias sin atravesarlas. Hacia el secano se constituyen por el perímetro de las mismas. Y lo mismo pasa con los caminos y rutas. O sea que la división política es directamente proporcional a la repartija de las tierras.

Escribe Alberto Rodríguez (h) en República canalla que un grupo de conquistadores hambreados y en abstinencia obligada de alimentos, bebida y “amores” dan finalmente con lo que suponían la tierra prometida. Chasco que se dieron al encontrarse, en lo que sería la provincia de Cuyo, apenas con unas chozas y una naturaleza hostil e inentendible: el viento Zonda como “el aliento del demonio” (“Ni un árbol ni un animal ni un alma”, “La tierra más pobre de toda la conquista, Tierra maldita de Dios”). Si David Viñas asegura que lo fundante de la literatura argentina es la violación, remitiéndose a El matadero de Esteban Echeverría, en este relato mítico del “primer encuentro”, el autor mendocino plantea que el origen de nuestro terrunio, con todo y su literatura, no es ni más ni menos que una cacería infernal, versión del pecado original pero multiplicado. Mujeres asustadas y escondidas entre los matorrales que de pronto son asaltadas por la gula del conquistador. De tal nefasto apareamiento son lxs descendientes, de la misma clase que lxs originales, quienes continuarán la conquista pero por otros medios olvidando el ultraje irredimible a sus madres y transformándose en lxs nuevxs mandamases.

Entonces, en la coyuntura actual de la escritura hecha por mujeres (y disidencias) en Mendoza y aprovechando el aterrizaje de Silvia Rivera Cusicanqui en este territorio, la cosa, para mí, si vamos a hablar en términos de genealogías feministas, está (como ella lo plantea) en comenzar por la biografía para contar la propia historia y hacernos cargo de toda la sangre que nos habita. Y empezar a reconocer esos momentos de herida colonial infringida o recibida (eso vale también para lxs chicxs de élite, parafraseándola).

La idea de una imagen que viene del pasado e irrumpe y se vuelve profundamente reveladora en el presente: la civilización que realizó la campaña del desierto despobló para poblar a su manera. La civilización que se asentó en esos conceptos y en esas tierras pisó, usó y manipuló el supuesto desierto. A la cuestión sustantiva le sigue la verbal, la verbalización del desierto: quien nomina domina (Bordieu), y pienso ahora en lxs ejercicios del poder que le dan nombre al desierto como objeto para la ciencia, el arte y el capital.

El chanchullo

Desde los ‘80 y los ‘90 el mercado y la academia funcionan como marca cultural en la Argentina. En momento de crisis de ambos: el Estado, también.  No importa si el mercado editorial mendocino es mínimo, no importa si la academia vernácula no es más que una ilusión, la cosa es que la mayor parte de la literatura y la crítica que circula de manera visible en los últimos años fue la escrita desde esos dos lugares. Digo circula, NO que fue escrita. Entonces más allá de la especificidad de cada uno de estos ámbitos para captar en su radar todo lo que sucede por fuera y devolverlo deglutido, en ambos se produce a favor de sus convenciones, sosteniendo un mismo tipo de literatura que, usando el concepto de Damián Tabarovsky, bien podemos llamar literatura de derecha.

Por suerte la literatura que a mí me interesa, sospecha de toda convención, incluyendo la propia.

Con respecto a la antología a la que me referí en un comienzo, escribí:

Mujeres que escriben y que no se limitan a ser meras amigas, amantes, esposas o musas; mujeres que están en el mismo momento y en los mismos círculos de amigos, pero que no tienen la misma visibilidad que los hombres y que lo tienen mucho más difícil a la hora de ser publicadas o de participar públicamente en los recitales.

En este párrafo creo que se condensa la confusión -diría sintomática- del enfoque de mi texto de ocasión. Voy a ampliar los puntos que me parecen más relevantes de esclarecer:

El contexto

En una entrevista el grupo de mujeres comenta que, siendo todas egresadas de la academia también tienen una (1) pierna fuera de ahí y que, si bien no son feministas ni activistas por los derechos de las mujeres, son conscientes de la opresión de género que nos atraviesa a todxs. Tengamos en cuenta que esta nota es del 2017 y mucha agua ha pasado bajo el puente. Pero este primer acercamiento permite darnos una idea cartográfica de la diversidad con respecto a los espacios y círculos de escritorxs en Mendoza. Y por otro lado, ahora que hablamos de feminismos y no de feminismo, y entendemos las diferentes intersecciones que tienen que ver con lxs sujetos como pueden ser el origen y la clase, el acceso a la educación, también para plantearnos los propios privilegios y las jerarquías que se establecen dentro incluso del movimiento feminista, así como los mecanismos e instituciones que nos respaldan y legitiman.  

La entrevista sigue: lo más trágico es que las mujeres no tenemos tradición, no tenemos referentes, no existe continuidad de ciertas líneas y de la escritura femenina. No hay casi escritoras mujeres, sobre todo en Mendoza, si me preguntas por mujeres que escriban son muy poquitas las que puedo mencionar, dicen explicitando un postulado al que lamentablemente me acoplé.

Escribir es un acto absurdo y heroico, dijo Sara Gallardo. Si las más de las escritoras escapan al canon de la literatura argentina, ese hecho no se debe específicamente a ellas mismas ni a los escritores varones, si no al circuito que dibujó la historia de las instituciones bajo el dominio de una cultura masculina que sistemáticamente privilegió el hacer del varón. Y no cualquier hacer ni cualquier varón, porque también el del escritor es un oficio absurdo y heroico, por lo menos en este país. Sin embargo las operaciones de exclusión se han ejercido y ensañado históricamente con las mujeres, cerrándonos el acceso político y público, estrechando el reconocimiento social sobre el espacio reducido del hogar, sin la posibilidad de un cuarto propio. Entonces, son cuestiones referidas al poder las que hicieron que esa diferenciación sea objeto de desigualdad. Como afirmó Aldo Pellegrini, el poder en cualquier forma de autoridad: el dinero en primer término, y toda la estructura del estado, desde el poder de los gobernantes hasta el microscópico, pero corrosivo y siniestro poder de los burócratas, desde el poder de la iglesia hasta el poder del periodismo, desde el poder de los banqueros hasta el poder que dan las leyes. Toda esa suma de poder está organizada contra la poesía.

Audre Lorde en un congreso organizado por el Instituto de Humanidades de la Universidad de Nueva York, también en 2017:

En el ámbito académico se tiene la peculiar arrogancia de emprender debates sobre teoría feminista sin entrar a analizar nuestras numerosas diferencias y sin conceder espacio a las significativas aportaciones de las mujeres pobres, Negras, del tercer mundo y lesbianas [… ] Promover la mera tolerancia de las diferencias entre las mujeres es incurrir en el más burdo de los reformismos. Supone negar por completo la función creativa que las diferencias desempeñan en nuestras vidas. Las diferencias no deben contemplarse con simple tolerancia; por el contrario, deben verse como la reserva de polaridades necesarias para que salte la chispa de nuestra creatividad mediante un proceso dialéctico. Sólo así deja de resultar amenazadora la necesidad de la interdependencia. Sólo en el marco de la interdependencia de diversas fuerzas, reconocidas en un plano de igualdad, pueden generarse el poder de buscar nuevas formas de ser en el mundo y el valor y el apoyo necesarios para actuar en un territorio todavía por conquistar.

Es en la interdependencia de las diferencias recíprocas (no dominantes) donde reside la seguridad que nos permite descender al caos del conocimiento y regresar de él con visiones auténticas de nuestro futuro, así como con el poder concomitante para efectuar los cambios que harán realidad ese futuro […]

A las mujeres se nos ha enseñado a hacer caso omiso de nuestras diferencias, o a verlas como motivo de segregación y desconfianza en lugar de como potencialidades para el cambio. Sin una comunidad es imposible liberarse, como mucho se podrá establecer un armisticio frágil y temporal entre la persona y su opresión. Mas la construcción de una comunidad no pasa por la supresión de nuestras diferencias, ni tampoco por el patético simulacro de que no existen tales diferencias.

Quienes nos mantenemos firmes fuera del círculo de lo que esta sociedad define como mujeres aceptables; quienes nos hemos forjado en el crisol de las diferencias, o, lo que es lo mismo, quienes somos pobres, quienes somos lesbianas, quienes somos Negras, quienes somos viejas, sabemos que la supervivencia no es una asignatura académica. La supervivencia es aprender a mantenerse firme en la soledad, contra la impopularidad y quizá los insultos, y aprender a hacer causa común con otras que también están fuera del sistema y, entre todas, definir y luchar por un mundo en el que todas podamos florecer. La supervivencia es aprender a asimilar nuestras diferencias y a convertirlas en potencialidades. Porque las herramientas del amo nunca desmontan la casa del amo. Quizá nos permitan obtener una victoria pasajera siguiendo sus reglas del juego, pero nunca nos valdrán para efectuar un auténtico cambio. Y esto sólo resulta amenazador para aquellas mujeres que siguen considerando que la casa del amo es su única fuente de apoyo.

La tradición

En la misma ponencia, Audre Lorde dice que las mujeres pobres y las mujeres de Color saben que hay una diferencia entre las manifestaciones cotidianas de la esclavitud marital y la prostitución, porque son sus hijas las que pueblan las aceras de la Calle 42. Y que si la teoría feminista estadounidense no necesita explicar las diferencias que hay entre las mujeres, ni de las resultantes diferencias en nuestra opresión, entonces ¿cómo se explica el hecho de que las mujeres que les limpian la casa y cuidan a los hijos a otras mientras asisten a congresos sobre teoría feminista, sean, en su mayoría, mujeres pobres y mujeres de Color? En Argentina: migrantes, indias, villeras, rurales, luchonas, viejas, travas y la lista sigue (yo misma he hecho ese trabajo). (A propósito recomiendo indagar sobre el feminismo de las marrones. ) Lorde se pregunta acerca de su presencia en esa conferencia: ¿Por qué no se ha buscado a otras mujeres de Color para que participaran en este congreso? ¿Soy acaso la única fuente posible de nombres de feministas Negras? 

En los círculos feministas académicos la respuesta que suele darse a estas preguntas es: no sabíamos a quién recurrir. Esa elusión de responsabilidades, ese lavarse las manos mostrando la hilacha es, asimismo, el motivo por el cual se excluye el arte de las mujeres otras de las exposiciones de mujeres, la obra de las mujeres otras de la mayoría de las publicaciones feministas, excepción hecha como el ocasional Número especial sobre las mujeres del Tercer Mundo y los textos de mujeres negras de las bibliografías.

No hay mujeres escritoras en Mendoza, no podemos nombrarlas. Bueno, acaso no se encuentren justamente allí (no todxs), en Filosofía y letras, si no por fuera. Pienso en la mismísima Virginia Woolf (en su yo ficcional de Un cuarto propio) en los jardines de Oxbridge retrocediendo porque no se admite a las señoras (a ciertas señoras) en la biblioteca, más que acompañadas de un «fellow» o provistas de una carta de presentación. Mientras que la biblioteca, maldecida, venerable y tranquila, con todos sus tesoros encerrados a salvo en su seno, duerme con satisfacción y así dormirá para siempre. Nunca volveré a despertar estos ecos, nunca solicitaré de nuevo esta hospitalidad, dijo esa vez. Al no reconocer esas diferencias como una fuerza fundamental, ciertas feministas académicas no consiguen superar la primera lección patriarcal. Simone de Beauvoir dijo en una ocasión: Debemos extraer la fuerza para vivir y las razones para actuar del conocimiento de nuestras auténticas condiciones de vida.

De nosotrxs depende no convertirnos en lxs bedeles de lxs demás.

Tal como señaló Adrienne Rich en una charla reciente, si las feministas hemos mejorado tanto nuestra formación en los últimos diez años, ¿cómo es posible que no hayamos mejorado nuestros conocimientos sobre las experiencias de mujeres otras y sobre las diferencias entre nosotras cuando son un factor clave para la supervivencia de nuestro movimiento? Y  refuerza Lorde, que a las mujeres de hoy día todavía se nos pide que nos esforcemos en salvar el abismo de la ignorancia masculina y eduquemos a los hombres para que aprendan a reconocer nuestra existencia y nuestras necesidades. Todos los opresores se han valido siempre de esta arma básica: mantener ocupados a los oprimidos con las preocupaciones del amoAhora se nos dice que corresponde a las mujeres que hemos estado en situaciones subalternas educar a ciertas académicas (acá nadie cuestiona -aún en las condiciones de precariedad actuales- la educación pública como derecho y como herramienta masiva de formación, ni a quienes, por dentro de este sistema, insisten en generar prácticas que rompan con el status quo), afrontando su tremenda resistencia y enseñarles a reconocer nuestra existencia, nuestras diferencias y nuestros respectivos papeles en la lucha conjunta por la supervivencia. Lo cual es una manera de desviar nuestras energías y una lamentable reproducción del pensamiento hegemónico patriarcal.

Entonces consciente de lo que ahora, casi tres años después, logro poner en el plano del discurso y por escrito, ¿a qué se debe mi fracaso de captación, ese error de estímulo? Acaso al exceso de expectativa, peligroso en un sistema patriarcal donde el cuerpo de la mujer (y de la disidencia) es mercantilizado y rapiñado, como también lo son nuestras consignas, urgentes y necesarias -léase aquí: LO PERSONAL ES POLÍTICO, NI UNA MENOS-.[1] O a este estar mareadas en la marea, como lo definió Fernanda Laguna y a la necesidad de distanciarnos temporalmente de los hechos para poder entenderlos desde metodologías antipatriarcales y anticoloniales. Acaso sea por afectividades que no fueron tales, espacios con una ética que no me convenció, mi distancia física (400 km alejada de la capital y lo que eso significa), o porque habrá sido realmente un mal año.

Acaso nunca lo sabré.

*

Yo sigo creyendo en la literatura y en la política de la literatura. Pienso en esto que dijo Adrienne Rich, completando el concepto de Woolf de desobediencia a la biblioteca del padre (patriarcado-padre-profesor-crítico-tallerista- facilitador-bedel, etc): ES LA LESBIANA QUE HAY EN NOSOTRAS, QUE ES CREATIVA PORQUE LA OBEDIENTE HIJA DEL PADRE QUE HAY EN NOSOTRAS ES UNA YEGUA DE TIRO. Vivimos en un mundo complejo que reclama nuevas formas tanto para el lenguaje como para las relaciones humanas (y con el cosmos).Una de nuestras tareas es empezar a definir esas formas y el ocultamiento de las experiencias otras eclipsadas con ellas. El nombrar y definir (aunque el lenguaje sea una camisa de fuerza) no es un juego intelectual sino una captación de nuestra experiencia y una clave para la acción. La palabra margen debe ser recuperada porque descartarla es colaborar con la mentira y el silencio de nuestra existencia misma. Es hacernos caer en “el closet” de la clandestinidad. No sea que suceda como dijo Paul. B. Preciado que, cuando socialmente no percibimos la violencia es porque la ejercemos. Son nuestros propios privilegios los que nos impiden verla.

LADO B

Otro modo de estar juntxs

Según Hannah Arendt, el crecimiento moderno de la amundanidad [imposibilidad de una comunión de los hombres (mujeres y otres) con el cosmos y entre sí], el declive de todo entre humano (distancia que separa pero al mismo tiempo posibilita el encuentro), también se puede describir como la propagación del desierto. El mayor peligro en el desierto consiste en que hay tempestades de arena. El desierto no siempre es tranquilo como un cementerio. Estas tormentas amenazan también los oasis en el desierto, sin los cuales ningunx de nosotrxs podría resistir (mientras que cierta psicología sólo intenta acostumbrarnos a la vida en el desierto de modo que ya no sintamos la necesidad de los oasis). Allí donde, al fin y al cabo, todo sigue siendo posible, puede desencadenarse un movimiento autónomo. Los oasis constituyen todos esos dominios de la vida que existen independientemente, o al menos en gran medida, de las circunstancias. Cuando perdemos la facultad de criticar comenzamos a pensar que hay algo equivocado en nosotrxs; si no podemos vivir bajo las condiciones del desierto perdemos la posibilidad de resistir. El arte se convirtió en un campo privilegiado de extracción de plusvalía para el capitalismo financiero, dice Suely Rolnik… Porque en su nuevo pliegue el régimen cafishea la potencia vital mucho más violenta y refinadamente, es decir incrementa su intervención en la esfera micropolítica para sostener su poder. Hay una lucha al interior del campo de arte para no caer en esa trampa. Y hay una lucha afuera del campo del arte para estar a la altura de lo que nos exige la vida para perseverar, lo que involucra retomar en nuestras manos la pulsión en su esencia creadora de manera a devolverle la posibilidad de orientarse hacia su destino ético.

Quizás por esto, tiempos previos a la llamada Conquista del Desierto, previo al plan macabro se cometió uno bizarro: la construcción de una zanja con el fin de amedrentar a los malones y de impedir el robo de ganado. El Zanjón de Alsina o Zanja Nacional. Un límite.

La cuestión de lo de afuera y lo dea dentro, y dios oh dioso, de los limites que no aplican ni apelan, pero molestan el hágase desbordándose…, escribe María García en uno de los prólogos de Desertikón, antología, en parte “de acá” que ya configuraba el paisaje. Un desafiar la desidia e inquina que nos viene empobreciendo más, y a full, a este destino provincial, de borde, de frontera, escribe Claudio Rosales en otro de los prólogos que abren el libro.

Mi concepción de desierto, a la manera del cuerpo argentino de María Moreno, pretende ser contradictorio, rugoso, hecho de pliegues, ajeno a las pretensiones esencialistas con que las ideas de Patria o de Nación arman sus modelos de pertenencia. Más bien me gustaría armarlo con sus exclusiones, sus forajidos, sus fuera de catálogo.

En ese sentido, las mujeres y disidencias que escribimos podemos ignorar al escritor canónico o, al menos, por estar afuera de la pulsión genealógica patriarcal, filiarnos en una mujer infértil (Alejandra Pizarnik), en otra que parió fuera de la ley (Alfonsina Storni) o escribir guachas para volver a la gauchesca.

No es la voz, es la polifonía de voces

La Gauchita es un término que se inventó Ariel Schiatini para un libro de Cabezón Cámara, pero bien podría ser utilizado para otros. En las Gauchitas; lxs forajidxs no caen bajo el peso de la ley, se fugan para la farra y la libertad pero siempre en comunidad desbolada, con otrxs, entre otrxs, al vive y nunca al muere. Como en Las aventuras de la China Iron: el romance de la mujer de Martín Fierro y la gringa Elizabeth luego de un autostop sin ruta y en carreta, el cuento del viaje que las dos hicieron por la pampa adonde encontraron peligro y amistad, leyeron libros y probaron especias, siendo maestra una de la otra y, pasando fortín y desierto, fundaron una patria flotante que no pide carta de ciudadanía, en la que se trabaja un mes de tres y se cultiva el sexo, la lectura, la droga y la cría y no hay patrón ni marido y menos polecía (María Moreno).

*

Para el agua del desierto/ hay que tener corazón jugoso y verde, nos dice María García en la Apertura del primer cuarto, la naturaleza de las cosas (Mendoza, 2014). Pensemos al desierto ya no como una tabula rasa sino ondulante, en una irrefrenable proliferación de formas, dinámico. Como en La madre del desierto (2007), de Ignacio Bartolone, que toma como punto de partida la leyenda de la santa popular Difunta Correa. En esta obra, el espacio es el lugar central sobre el que se desarrolla la escritura. Porque en “la alfombra amarilla de polvo estéril, se extiende desde la punta de sus chanclas hasta un infinito de significaciones que naida nadita le dicen a la pobre Mamita” está el espacio como una zonza alfombra amarilla o como un sinfín de significaciones. Y luego el bebé de Deolinda, agrega: “El paisaje es mío en mí ahora. Porque io soy El Bebo, y soy El Todo”, escribió el autor. El espacio no es espacio, ni espacio teatral, ni siquiera es teatro: el espacio es pura escritura.

Entonces en esta obsesión con el espacio, hablemos de experiencias de escritura, pero no desde un canon: allí donde existe un canon hay que cargar contra él cualquiera sea el canon. No se trata de cambiar un paradigma por otro, sino la idea misma de paradigma. Si algo tiene de interesante la escritura es la posibilidad de derribar las jerarquías. Tabarovsky habla de la comunidad inoperante, no como tradición sino como eco, resonancia de un texto en el otro. La discusión sobre el margen del lenguaje. La supervivencia del deseo loco, como pulsión, de lo nuevo produce efectos de escritura -textos reales- que ni la academia ni el mercado pueden asimilar.

En este recorrido, breve, subjetivo (mío) por el desierto pude encontrarme con varios títulos  editados de manera autogestiva (sí, todavía usamos esa palabra que también ha sido vaciada de significado) de manera un poco arqueológica por las condiciones de circulación de la poesía mendocina. Un poco en estos planes de lectura que hacemos con amigxs y con mi compañero, en esta suerte de tallerismo matrimonial en el que vivimos -como dice Tamara Kamenszain-. Grasso lo plantea así en La preguerra: la lectura como desplazamiento: hacia atrás (la tradición la historia de la literatura), hacia el costado (la contemporaneidad inmediata) y hacia adelante (visión pragmática, de grupo, etc.). Con una definición plástica de la contemporaneidad (T.S.Eliot). Y otro tanto por experiencias de resistencia simbólica y corporal -entiéndase proyectos con compañerxs y no autobombo, o vacuo intento de insertarme en algún tipo de linaje-. La cosa es que hace tiempo me vengo topando con esta serie de antologías en diferentes formatos que aglutinan textos escritos por mujeres y disidencias en la provincia en los últimos 20 años y que,  ahora, forman parte de mi biblioteca:

13: poesía y narrativa de chicas argentinas. Mendoza: Protocultura, 2004.

Desertikón: Antología de poesía y narrativa mendocina contemporánea. Buenos Aires/ Mendoza: Eloísa cartonera, 2009.

Lo oscuro trabaja! Mendoza: Carbónico ediciones,2015.

Estepa. Colectivo El hormiguero. General Alvear: Edición de autorxs,   2014.

Errante: Fanzine noisero, con poemas de mujeres. General Alvear: Edición de autorxs, 2017.

Opera Prima. Mendoza: Ediciones delalora, 2012.

Silenciadxs pero no silenciosxs: textos mendocinos sobre el aborto. Mendoza: La fanzinera del sur,2019.

El día de la vieja: Fanzine feminista mutante. Mendoza, 2018.

Chuncanxs: Fanzine del foro de escritorxs mujeres y disidentes de Mendoza. Mendoza, 2019.

Entre otras…

Sin especificar todo el material editado a lo largo y a lo ancho de los 16.692 km² de extensión de nuestra provincia -si es que de geografía hablamos-, de aquellas mujeres y disidencias que, en el transcurso del tiempo, han ido encontrando posibilidades para leer, escribir y agruparse en lugares como la S.A.D.E., talleres y otros espacios públicos, algo que debe entenderse desde el entramado de su época y las condiciones materiales. 

Cada una de estas publicaciones son recortes de la memoria espacio-temporal, pero –como escribe Josefina Ludmer- no la memoria proustiana de lo vivido en singular (densa y cargada de incisos, volutas y desvíos) que se pierde y que puede recuperarse. Si no como experiencia compartida, una historia en presente que registra los acontecimientos, una memoria del desierto donde todxs somos contemporánexs…

Mendoza, 2019.

Bibliografía

-Kamenszain, Tamara. El libro de Tamar. Bs. As.: Eterna Cadencia, 2018.

-Rodríguez, Fermín. Un desierto para una nación: la escritura del vacío. Bs. As.: Eterna Cadencia, 2010.

-Rodríguez (h), Alberto. República canalla. Mendoza: Ediciones Culturales de Mendoza, 2016.

-Grasso, Pablo. La Preguerra. Mendoza: Babeuf, 2016.

-Rivera Cusicanqui, Silvia. Un mundo ch’ixi es posible: ensayos desde un presente en crisis. Buenos Aires: Tinta Limón, 2018.

-Rich, Adrienne. Es la lesbiana que hay en nosotras… Mendoza: La fanzinera del sur, 2019.

-Woolf, Virginia. Un cuarto propio. Argentina: Lumen, 2014.

-Moreno, María. Subrayados: leer hasta que la muerte nos separe. Bs. As.: Mardulce, 2013.

-Tabarovsky, Damián. Literatura de izquierda. Rosario: Beatriz Viterbo, 2011.


[1] El 3 de marzo, día de la Marcha de Ni Una Menos, fue una fecha clave antes de la presentación de la antología de Write like a girl (Peces de ciudad, 2017) una semana después.