Las humildes ganancias del no *

Sobre la experiencia de concurrir a algunos ciclos de lectura de poesía vernácula

Por Pablo Grasso

TOMÉ una decisión importantísima con algo que atañe exclusivamente a mi salud mental: en los próximos meses dejaré de concurrir a cuanto recital poético, evento literario o presentación de libro nuevo sea invitado, personal o virtualmente, por vía telepática o intermediación directa del mismísimo Paracleto. Y aunque la mayoría se lleven a cabo bajo condiciones de higiene moral intachables (por cierto, algo muy difícil de corroborar), diré que no, que gracias, que ya pasaron mis quince minutos de exposición gloriosa y que, como el héroe procrastinandor de Melville, preferiría no hacerlo. O hacerlo -prolongando, por el solo deseo de ver caer la Farsa, justamente ese hacer- hasta agotar las calendas griegas que es como decir nunca. ¡Entre tanto plumaje lleno de glitter, entre tanta testa achicharrada por la furia profética de la Musa, nadie notará mi ausencia! ¡Y yo de lo más feliz!

Incluso

Es una de esas medidas drásticas, urgentes, casi in extremis, ante la aparición inminente de una náusea capaz de barrer, con una furia digna de mejores causas, los diques interpersonales erigidos en nombre del contrato social. Ese que prohíbe a los ciudadanos probos de una sociedad moderna, a los consumidores biliosos de objetos culturales, coserse a cuchilladas por cualquier bagatela más o menos importante… Como venía diciendo: he decidido desensillar hasta que aclare y hacer termópilas de mi covacha. ¿Y eso por qué, se preguntará el lector desprevenido? Razones hay muchas y como esta soledad resulta propicia para todo tipo de lucubraciones, bueno, ahí voy y que el espíritu atrabiliario de Ignacio B. Anzoátegui, azote magnánimo, me asista. Total, estamos en retirada y ya nadie lee nada, ni se entusiasma siquiera con la idea de interpretar de forma original los signos premonitorios que, como las extremidades de la mítica culebrilla, vienen cercando al campo literario local.

Despegue

Desde muy joven participé como oyente y lector, esto es, al mismo tiempo como víctima y victimario, en revistas, fanzines, blogs, festivales, ciclos de lectura, programas radiales, ferias del libro estatales e independientes, varietés y otras formas de circulación de la palabra escrita. Fui un engranaje más girando dentro de una modestísima maquinaria libresca, propulsada por esa mezcla de voluntarismo y desesperación de baja intensidad tan típicamente mendocina. Se dirá: berretines que adopta un autor del interior para mostrar su trabajo y no quedar encallado en la muelle confortabilidad del ego (que es la muerte en vida, una denegación vital). Sí, y algo más: formas, modos –manieras– de encarar un tipo de supervivencia al margen de la cultura oficial.

Como a casi todos los que nos dedicamos, con mayor o menor fortuna, a esa extraña calistenia que constituye el acto solitario de escribir, la adolescencia trajo consigo el descubrimiento de la poesía (que en mi caso particular, y luego de vincularme con algunos de lxs poetas de la Escuela de la Alameda, constituyó una verdadera introducción a la crítica literaria). Eso me arrojó a una pesquisa milimétrica por las anfractuosidades de la lengua, decisiva para la construcción de mi autonomía como lector. A partir de ahí podría decirse que saqué chapa de discapacidad frente al universo pragmático. Fui, para mi familia y mis amigos más cercanos, el Idiota que leía Poesía.

Desapego

Con el correr del tiempo y, sobre todo, a lo largo del proceloso 2017, quedó en evidencia que mi vínculo con los modos de socialización de la literatura local (en especial con la puesta en escena de cierta poesía) había llegado a un callejón sin salida. Más que eso: ¡Estaba empantanado!

Asqueado, aburrido y lleno de una ubicua sensación de culpabilidad por haber incurrido en un sinfín estupideces extraliterarias -la marca de estilo, aseguran, de todo una generación de escritores, varones y no-, comencé a hacerme una serie de preguntas sin la más mínima esperanza de hallar respuesta: ¿Por qué motivos se leen textos propios ante un público equis?¿Por qué razón alguien da por sentado que será escuchado? (¿Tienen algo en común el comportamiento en los recitales de poesía y las normas de etiqueta?) ¿Es condición sine qua non de la práctica autoral el autobombo, la proclamación estentórea de los propios méritos desde la solapas del libro o desde los distintos perfiles que la comunicación virtual permite?¿Es directamente proporcional el tiempo y el talento invertidos en la profesionalización de lx autorxs a los méritos, digamos, intrínsecos de sus obras? 

Menos interrogantes debió resolver Edipo y así le fue.

Porque una cosa es estar inmerso en el viaje de tal o cual propuesta poética, y otra muy diferente encontrarse abrumado por la superchería totalitaria de la performance (claro que existen excepciones y estas hablan por sí solas). Voces salidas de la bruma de las redes sociales que, en la mayoría de los casos, confunden la escritura literaria con la simple redacción, la construcción de un poema con el amontonamiento indiscriminado de palabras hasta lograr la tersa, arquetípica “silueta” de una estrofa. Y a todo eso se suma un pandemónium de intenciones políticas que van de los feminismos al ecologismo, del antiespecismo al anarquismo (en todos sus andariveles) y que, más allá de su indiscutible legitimidad, terminan revelando muchas veces una debilidad teórica funcional a aquello que con tanto ahínco dicen combatir. Por no mencionar esa suerte de malditismo acuyanado drogado de testosterona, más preocupado en encastrar en la mitología bolañesca que en abandonarse a una auténtica aventura poética. 

Puro humo.

Hoy, a poco de iniciarse el 2018, ignoro cómo terminará esta cura de desintoxicación. Supongo que la mejor forma de volver a presenciar un recital de poesía, humilde y con la risa negativa presta al menor estímulo, será dejar que el lírico Procusto se ahogue una vez más en su propia y rencorosa mierda.

Archipiélago Sur,

 2017/2018/2019…



* Texto aparecido por primera vez en la revista El Viajero Indeciso y recuperado por La fanzinera del sur bajo el título de Tres ensayos castrados (2019).