Escribir en movimiento (primera parte)

Por Sabrina Barrego

El yo

Hoy murió Mary Oliver. La poeta viva que leí con más ardor en estos últimos meses. La conocí a través de Natalia Leiderman (quien trabajó en su traducción), charlando mientras armábamos cigarrillos en la puerta de un colegio de danzas cerca del obelisco, en ocasión de una lectura en un festival. Dijo Claudia Masin que la poesía de Oliver es humilde, anclada en lo cotidiano y lo sencillo, ajena a cualquier expansión innecesaria. Que, como decía el poeta peruano José Watanabe, la naturaleza, aun cuando es violenta, no hace aspavientos. Que esa poesía no sólo habla de la naturaleza si no que se parece a ella. Es muy sinuoso, muy escarpado, el camino de lo celebratorio en la poesía. Y es que es tan fácil, está tan regalado –para lx poeta- la posibilidad de desbarrancarse, de caer en la Literatura chombi, en el lugar común de lo -ñoño (?)-, en las verdades higiénicas y absolutas, en los discursos ligados a la autosuperación,  siempre pregonando un optimismo profundamente moral en el que la alegría sería un logro más a alcanzar en base a méritos propios. Y los poemas, declaraciones de principios y lecciones de vida deslactosadas que nos llegan sin invocarlas, posmodernidad mediante, en el horóscopo de los bondis, dentro de un Dos corazones o por mensaje de guasap.

Sigue: Salir de tu día/ocupado, importante, escribe Oliver, para escuchar lo que canta, lo que resiste a la uniformidad, la apasionada batalla musical de los seres ínfimos, de los que pasan inadvertidos, de los que hacen su tarea no en nombre del éxito/sino por puro deleite y gratitud. Hay en este texto una suerte de ars poética: es ese, precisamente, el movimiento de su escritura: estar atenta, más allá de los imperativos de este/teatro más bien ridículo, a lo que suena en los márgenes de la experiencia humana y convertir esos márgenes en el centro. No es la suya una naturaleza transformada en mera metáfora de las emociones y de las ideas del yo: es una naturaleza que se funde con un yo difuminado, leve, que no teme perderse en lo que mira, huele, toca, escucha, prueba.

Hay un hueco. Triste, verdaderamente triste el mundo sin ella. Llueve. Garúa… tristeza… ¡Hasta el cielo se ha puesto a llorar! La tarde está gris. Todo está -como escribí una vez- muriendo un poco. En la casa, las crías de la gata caen una por una debido a la debilidad de sus miembros. Recordatorio acaso de que lo arrogantes no nos quita lo mortales. Mi compañero hace las veces de enterrador designado. Su karma será terrible, dijo, reencarnará en un poeta mendocino. Salgo, la tarea de alcanzar un colectivo en esta ciudad es un verdadero reto. Lo afronto y sin paraguas. La Emilce me espera en el Kafra, un barcito activo, de artistas y de viejas, me dijeron hoy. Y con cerveza barata.

Tomamos café con leche, lo que seguramente me costará un dolor de panza. Hablamos de todo un poco. De las cartas de amor de Franz Kafka. En 1922, dos años antes de su muerte, Kafka confesó que nunca había conocido las palabras te amo. Puede que lo que declaró tenga que ver más con su forma de entender el amor que con su capacidad para relacionarse. Y su definición del amor, que explica su renuncia a pronunciar las palabras millones de veces repetidas en todo tiempo y lugar, tantas veces en vano te amo.[1]

Sentadas ahí, con mi amiga, nos preguntábamos por aquello digno de ser escrito. Por si podríamos escribir nuestras propias historias con una empatía tan potente que los otros no solo podrían ser YO, si no que serían ese YO. (Por si podríamos escribir, aunque sea.)

Quiero citar este poema de Oliver:

El primer pescado
que capturé en mi vida
no se quedaba acostado,
quieto en el balde,
sino que se sacudía y boqueaba
por el ardiente
asombro del aire
y murió
con una lenta vertiente
de pequeños arcoiris. Después
abrí su cuerpo y separé
la carne de los huesos
y lo comí. Ahora el mar
está en mí: soy el pez, el pez
brilla en mí; somos
sacados juntos, nos enredamos, seguros de caer
otra vez al mar. De dolor
y dolor y más dolor
alimentamos esta afiebrada historia, somos nutridos
por el misterio.

Acá el YO deja de contemplar y se convierte en lo que contempla. Lo político se desprende, en este poema, no de lo preconcebido, del puro campo de las ideas, si no del campo que las ideas riegan: el cuerpo. De la comprensión que el cuerpo puede alcanzar de la existencia ajena, con sus goces, sus penas y sus miedos. En épocas en que dificultosamente logramos empatizar con la otra, Mary Oliver empatiza con un pez.

En el prólogo del El pájaro rojo, Maria Teresa Andruetto la diferencia de sus contemporáneas. Dice Oliver: tuvimos un periodo largo de poetas confesionales. S.Plath, A.Sexton -confundieron el trabajo que hacían con la terapia y eso es una pena. Puede que me equivoque, pero creo que sentían que podían sanarse con su escritura, y eso no funcionó.[2] Oliver no le canta al cuerpo deseante, al cuerpo doliente. No le ofrece al poema los desgarros de su biografía, ni inmola su vida en la tragedia personal para generar palabras encendidas y combativas de dolor, de gozo o de la política de los cuerpos, así como lo hicieron Rich, Lorde, Jordan, y Clifton. Hace un giro, raro, individual, ¿incorrecto? para su época, luminoso, el camino de la contemplación y el agradecimiento.

     Después de todo estaba viva.

La poeta

La Emilce me pasa dos libros, Charlas breves de Anne Carson (mío), Veinte y una velocidades de Soledad Muñoz (suyo) [3] , y parte de los audios desgrabados de la entrevista que le hicimos a principios de enero a esta última, copiados a mano y en cursiva en hojas de carpeta rayadas N°3.

[…] Si algo pudiera hacerme vivir bajo el agua

y poder respirar a través de membranas, como los peces

el cielo sería el mismo dese abajo

encausaría a todos mis fantasmas

hacia profundidades más luminosas

Otra brazada y estos pulmones inflados de emoción

parecen estallar dentro de mí.

la piel brilla bajo este sol.

Nademos amigos hacia la otra orilla del río

con los ojos cerrados y que todos los ríos se estremezcan

con los rumores de los pájaros que llevan nuestras palabras

nademos hacia allá donde los pescadores nos esperan con alegría.

Con este poema la SOL nos invita a zambullirnos en su universo acuático. Remitiéndonos un poco a eso que dijo Heráclito sobre quienes se meten en el mismo río por donde pasan aguas siempre distintas, donde las almas se alzan exhaladas de lo húmedo (Las aguas como lonjas de una piel infinita, dijo Viel Temperley). Este es un poema fuertemente corpóreo. En el sentido de volver sagrado lo corpóreo, en una suerte de espiritualización de la materia, de transformarla en una revelación, de contemplarla con el respeto y la admiración que merece aquello que guarda en sí belleza pero también sabiduría.

He aquí, creo, una clave de lectura para acercarnos a la poeta.

Dice Soledad Muñoz que comenzó a escribir cuando tenía 15 años, unos primeros textos muy oscuros, muy suicidas, muy dark, muy pizarnikeanos, aunque a Pizarnik, confiesa haberla descubierto dos años más tarde, a los 17, cuando uno de sus amigos le prestó uno de sus poemarios.[4]

En el año ’97, Soledad se presentó a un concurso de poesía joven de la ciudad de Mendoza y sacó una mención por uno de sus poemas. En ese momento salió a la luz, según dijo. Ella no creé en la existencia de algo tal como un closet, si no que, llegado un momento puntual, es necesario hacerse cargo de la propia escritura (bueno, estoy escribiendo, voy a ver qué pasa, si esto es algo o es gilada…). Ahí fue cuando conoció a Sergio Taglia, de quien dijo muchas veces que fue el primer escritor con quien se relacionó. Dijo también que es importante, cuando sos pendeja, la opinión del otro (sin que esto implique, necesariamente, el tan mencionado pecado del paternalismo).Como escritora se siente parte de una generación de gente que escribe desde los ’90 o antes, la de los chabones de carbónico, dice, aludiendo a la editorial mendocina de Claudio Rosales y a la tracalada de varones que conformaban el catálogo (salvo excepciones como Agustina Randis e Ika Fonseca). María García y Eugenia Segura escribían en esa misma época, cuenta, y menciona también a Jorge Luis Peralta, a Américo Manzini, a Ramiro Tapiz y a Pablo Grasso y a quienes conformaron la revista La Leónidas en la que ella participó con posterioridad.

La coyuntura

Difícil tiempo para los hombres y mujeres en su despertar

temerosos se ocultan bajo una vieja máscara

para mostrarse “cool”

antes remueven un poco el barro podrido de sus entrañas

y lo adornan con frases célebres

nosotras los escuchamos o hacemos que

mientras bebemos cerveza negra, luego aplaudimos

pero no volveremos ahí

a esas lecturas inentendibles […]

La tarde de la entrevista hacía mucho calor. Quedamos temprano en el Kafra – ya mencioné cierto ecosistema que se está generando en el lugar y la cerveza barata-. Primero llegó la Sol. A mí se me hizo tarde así que ella me esperó amablemente en la vereda. Llegué caminando, detrás de mí cayó la Agustina y un rato más tarde apareció la Emilce en bicicleta. Un grupo de mujeres de diferentes generaciones, cada una con sus condiciones materiales, nos sentamos a la misma mesa. Debatimos sobre las lecturas, la escritura, la política, la violencia, el deseo y el amor, entre otras cosas. Nos reímos. Nos preguntamos. Bebimos bastante y fumamos también. Nos tomamos una fotografía que no compartimos en ninguna red. No es poca cosa: cuatro mujeres con las cartas sobre la mesa.[5]

Aprovechamos la ocasión y le preguntamos a la Sol sobre la relación con los varones escritores de su camada (si bien podrían tildarnos de chusmas, siempre es mejor indagar antes que terminar hablando por la otra, más cuando la tenemos en frente y no en un gusano espacio-temporal que bien podríamos convenir en llamar nuestras antecesoras). Ella contó una anécdota que incluye a un poeta, más célebre en la actualidad de la farándula literaria local por sus intervenciones guarangas en las lecturas -que incluyen interrupciones a las poetas mientras leen/perfomatean sus versos- que por sus textos. La cosa es que, en su momento, ella, parada y con el micrófono en la mano, le propinó un par de palabras tales al caballero en cuestión que el antihéroe desistió de sus hazañas y ella continuó con su lectura. A veces pienso que, si bien es feo que no te dejen leer, peor sería que no te dejen escribir. Esto no es la naturalización de la violencia. Lo que intento decir es que en los últimos años (de 1929 para acá, más o menos) los cambios políticos y culturales nos han hecho pensar en cómo ha sido históricamente escribir desde esa posición social que hemos dado en llamar mujer. ¿Cuáles son las condiciones materiales y simbólicas que hacen posible -o imposible- la escritura de una mujer? ¿Qué tienen de particulares los modos en que las mujeres construimos nuestras voces? (Aquí debo aclarar que personalmente me niego a caer en la tentadora trampa de hablar por todas las mujeres -y disidencias- que escriben como si esa fuese la única forma de construir un sujeto colectivo.) Ni que la única violencia que podamos permitirnos nosotrxs fuese acaso el pararnos de manos frente a un grupete de borrachos o el suicidio, como bien plantea Adrienne Rich.

Escribir es un acto absurdo y heroico, dijo Sara Gallardo. Si las más de las escritoras escapan al canon de la literatura argentina, ese hecho no se debe específicamente a ellas mismas ni a los escritores varones, si no al circuito que dibujó la historia de las instituciones bajo el dominio de una cultura masculina que sistemáticamente privilegió el hacer del varón. Y no cualquier hacer ni cualquier varón, porque también el del escritor es un oficio absurdo y heroico, por lo menos en este país. Sin embargo las operaciones de exclusión se han ejercido y ensañado históricamente con las mujeres, cerrándonos el acceso político y público, estrechando el reconocimiento social sobre el espacio cerrado del hogar, sin cuarto propio. Entonces son cuestiones referidas al poder las que hicieron que esa diferenciación sea objeto de desigualdad.

Yo nunca me tuve que hacer cargo de nada, dice Soledad, nunca me importó si un chabón me invisibilizaba o no. Yo iba como un caballo sin mirar a los costados. Es loco. Antes de conocerla me había formado de ella una imagen muy parecida a lo que ahora reconozco en el autorretrato que hace María Moreno en Black out, a propósito de la relación de paridad con sus colegas de escritura y de copeteo (Miguel Briante, Norberto Soares, Claudio Uriarte, Charlie Feiling) y de unos cuantos objetos de devoción amorosa y/o literaria (entre ellos, David Viñas y Osvaldo Lamborghini) donde M. Moreno se presenta como una superviviente. Su libro plagado de cadáveres  es menos un réquiem personal que un manual de instrucciones encarnado de una ética de la supervivencia. Del mismo modo imagino que, Sol Muñoz, como muchas de su generación, no debe haber experimentado menos violencia patriarcal, ni en el cuerpo, ni en la vida,  ni en los ambientes escriturales que cualquiera de nosotrxs en la efervescencia de la actualidad, y que su ética de la supervivencia está en sus textos que perduran en el tiempo.

Los poemas

PEDALEAR

pedalear

pedalear

no pensar

vaciar el pensamiento

de fantasmas quisquillosos

sólo pedalear sobre la ruta

vacía sabiendo qué:

“así es todo”

el silencio y todas sus formas

las piernas se tensan

sentir el peso del cuerpo

sobre los pedales

oír el canto de los pájaros

en los cerros

respirar el perfume de la jarilla

desplomarse sobre la bicicleta

y bajar velozmente

que el viento arrase

con todo los olores

que el viento me lleve

más cerca del cielo

entran y salen las penas

el bajón del día domingo

ya no importa

que el viento se lo lleve

pedalear

pedalear

sólo pedalear. 

La bicicleta. A lo largo de la historia la relación entre la mujer y la bicicleta fue escandalosa. Este vehículo alejaba a las amas de casa de la esfera doméstica, les daba autonomía y las igualaba a los hombres. Por eso, con toda clase de artilugios, se nos intentó alejar del pedaleo.

En el siglo XIX, un grupo de médicos llamó “cara de bicicleta” a la dolencia que sufríamos las mujeres cuando circulábamos sobre las dos ruedas. Decían que, como consecuencia del andar, podrían afectarnos los músculos faciales y nuestras caras adquirirían una expresión de ansia y agobio por el resto de nuestras vidas. Era común el desaconsejo. Nos asustaban con problemas de salud como la infertilidad, la tuberculosis y hasta un aumento desmedido del deseo sexual.[6]

En Veinte y una velocidades , Soledad Muñoz traza para el lector un recorrido imaginario en bici por las calles de Dorrego y los lugares habituales de su rutina diaria durante el 2014. Una constante en sus poemas: el movimiento.

En física, una de las variables para calcular el movimiento es el tiempo. (Me detengo en esto porque es importante.) El tiempo, lo dijo Einstein, no yo, es un concepto complicado de aprehender y todos los idiomas recurren a metáforas para expresarlo. De hecho, con una monotonía sorprendente, recurren todos a la misma: el espacio. Los hispanohablantes expresamos el tiempo en términos de cercanía, que es una propiedad del espacio físico, con hitos temporales que sólo existen en nuestra mente. En todos los idiomas indoeuropeos los hablantes tenemos frente a nosotros al futuro. El tiempo discurre desde un punto enfrente, atraviesa el lugar donde nos encontramos (el presente) y se aleja en el pasado a nuestra espalda. Con Sol estuvimos conversando sobre Silvia Rivera Cusicanqui y su identificación con la cosmovisión Aymará, a raíz de unos ciclos de conferencias que dio en Córdoba (territorio en el que habita por el momento Muñoz).

Los Aymarás también sienten que el tiempo se mueve, pero, para ellos, los hablantes están de cara al pasado y de espaldas al futuro.[8] Se me ocurren pocos actos tan revolucionarios como subvertir la linealidad del tiempo, encarnar eso que decimos cuando cantamos jamás la lógica del mundo nos ha dirigido. En el poemario de Soledad todo sucede de golpe (en palabras de Kristeva: en una revuelta íntima).

EN LA SIESTA

aparecen

las mejores imágenes

de todas las ideas olvidadas

salgo en la bici

del trabajo

en el tiempo de descanso

a dar una vuelta

por las calles

empedradas de Perdriel

adentro

todos están en sus casas

almorzando quizás

un puchero

o hablando

o mirando

algún programa de T.V.

y los niños chillan

yo los escucho desde afuera

el volumen está alto

la calle está silenciosa

mientras pedaleo

silbando por lo bajo una canción

que nadie conoce

porque los espacios

se hacen largos

y las nubes

flotan errantes

y los pájaros

hacen más grandes sus nidos

entonces paro un rato

contemplando el cielo

y me siento en un banco

frente a unas viñas

a esperar que el momento llegue

la tibieza del sol acaricia mis manos

sosteniendo la calma

de esa mansa siesta

y entonces un niño llora

probablemente

no quiere comer

y su cara esté pegoteada

de comida que no le gustó

tomo un sorbo de agua

y lo retengo en mi boca

y vuelvo a pedalear

todavía queda un espacio de tiempo

entre vos y yo

acaso para seguir

pedaleo lento

acaso para no llegar

pedaleo lento

y pienso en los trabajadores

que continúan su jornada como yo

que en mi tiempo de descanso

busco una imagen

que me estremezca

y las retroexcavadoras

no paran

la tierra

se ve húmeda

removida hasta los más profundo

y el silencio del comienzo

se desvanece cuando me acerco

a lo más oscuro

de esa tierra

de ese recuerdo

y mi cuerpo vibra

y me paro sobre los pedales

que también tiemblan

empujando suave lento

los motores se escuchan

cada vez más bajos

un hombre cruza el alambrado

un niño junto a un naranjo

parado está

y espera a su madre

con una pelota en la mano

dos vecinas se han sentado en

la puerta a tomar coca-cola

bajo el sol

de este invierno amarillo

y pienso en que todo podría ser

más sencillo

en la vida de cada uno

en mi espera

en mis gestos

como ese niño

que ata con paciencia

los cordones de sus zapatillas

y me dice hola

y siento

cómo un aire fresco

atraviesa

mi cuerpo

y me conmueve

por la calle de la plaza

hay una casa color rosa

con malvones en la entrada

un perro duerme junto a la puerta

otro perro

levanta la pata

en el último árbol

que olió

las bicis de unas niñas que cruzan

y yo me quedo

debajo del cielo

mirando las nubes

y ladra a las ruedas de

bajo el cambio

la bajada es suave

la pedaleada lenta

el viento apenas se siente

helar mis dedos

el viento apenas mueve

las últimas hojas

y pienso

en el chico que me gusta

y su campera de cuero

en sus ojos negros

desparramándose

por mi espalda

y cuando pienso en eso

parada frente a la escuela

en el chico que me gusta

y su campera de cuero

siento que

no hay nada más bonito

que la siesta

y sus efectos

permanecer en silencio

bajo este sol salvaje

bajo

la grandeza

de esta naturaleza

con sus casas

sus familias

sus perros

sus maestras

vuelvo al trabajo

de regreso

pedaleando lento

cantando bajito

una canción que nadie conoce.

La medida del tiempo es ese lapso que transcurre entre pedaleo y pedaleo. Soledad transita el paisaje,las innumerables postales, como un impresionista las innumerables pinturas de un mismo nenúfar, que varían según evolucionan las transformaciones de su jardín. Hasta dar con el exacto, el que coincide con la imagen deseada aunque en el fondo eso nunca se alcance y esa sea la única certeza. Las acumulaciones de verbos implican variedad de acciones: se chifla, se silba, se pedalea, se cava, se empuja, se pedalea nuevamente…Todas las metáforas son dinámicas sinestésicas (lo que se contempla, lo que se oye, lo que se prueba, lo que acaricia). Una música. No escribe, compone, diría Mandeldestan. Sus versos cortos que avanzan y retroceden son un latido, un pulso, una respiración, un movimiento. Y es que hay algo primitivo en esta poesía, acaso 30.000 años de un mismo grito, como lo describe M. Duras en Las manos negativas.

Con quién se habla o eso que decía T.S. Eliot que es la contemporaneidad: “todo lo que me toca”

Hablamos con Soledad sobre sus lecturas y mencionó a la uruguaya Marosa di Giorgio: panteísmo, le decían algunos a la expresión religiosa que resplandece en su obra donde el fenómeno de la vida, el sexo y la muerte se observa con asombro, con curiosidad infantil sin un atisbo de filtro moral. En sus fábulas, las vírgenes se inician en el misterio del sexo copulando con animales, plantas, ángeles y hasta con Dios, creando un continuum indisociable entre experiencias sexuales y místicas tan característico de su obra. Di Giorgio nació en el campo donde su padre y su abuelo se dedicaron a la horticultura. Y si a sus lectores más urbanos les incomoda ese universo mágico-rural, esos hurones, esos lobos, esos perros y ratones que se casan con las vírgenes, violan y asesinan a las flores que vuelven a renacer, deben saber que el gran tema de su obra no fue la naturaleza, esa naturaleza que es puro referente, entorno, contexto, elemento provisorio, si no el paraíso perdido de la inocencia, el desamparo ante el sexo, la muerte y los miedos de la infancia.

De Soledad y en esta misma sintonía:

[…]

y trato de recordar

el sueño que tuve

veo un pedazo de cielo

de noche

apenas iluminado

tres ancianas en el patio

quieren el pájaro de colores

que está apoyado

sobre mi hombro

les obsequio el pájaro

a las tres ancianas

y en eso te paso a buscar

[…]

y el paisaje

siempre es el mismo

y me preguntás

que pasa

yo callada medio loca

te miro

y mis pensamientos

se hunden sobre tu pecho

que sigue caliente

y me quedo así un rato

recordando el sueño

los pájaros

[…]

y me digas

quiero estar tranquilo

y la mañana sea fresca

y mi resaca no te asuste

y mi bajón no te espante

(…)

y pienso

en regalarte una arrocera

en decirte que ya no hay

nada que temer

que todo lo que nos pasa

no es más que estar vivos.

Durante la entrevista con Muñoz le preguntamos y ella nos re-pregunta a su vez, nos interpela; esto en el diccionario significa exigir explicaciones sobre un asunto, especialmente si se hace con autoridad o con derecho. ¿Con qué derecho me dirán? Bueno, yo también, a eso, siempre lo cuestiono(y lo que las palabras que nos “apropiamos” buscan decir teniendo siempre en claro que la apropiación del lenguaje es una ilusión de la que nos valemos para explotar al otrx -el que nomina domina, dijo Bordieu). Acaso, con el tiempo y la distancia, Soledad ha comprendido ciertas cosas para ser otra (algo que por ahí intuimos las presentes, pero que olvidamos sumergidas en la coyuntural miseria). Sin una codificación en común no hay diálogo posible con nadie. Será que, parafraseando a Fito Páez en su versión más chévere e inclusiva, no es bueno nunca hacerse de enemigxs que no estén a la altura del conflicto (ni de amigxs tampoco). La Sol dialoga directamente con Marosa di Giorgio, con la naturaleza a la manera de Juanele Ortiz: eso que se siente cerca de una, enfrente de una, como un río imaginario. Cuando los arroyos crecen, los poemas fluyen. Y cuando los arroyos se vacían, apilamos piedras… Y que a veces lxs poetxs muertxs están más vitales y más jóvenes que lxs vivxs. Y que en materia de escritura la discusión es siempre con el lenguaje. Y que hay que desconfiar de todo lo que rodea a la Literatura, así con mayúsculas, porque, en palabras de Tamara Kamenszain, es pesadilla. Gorda casi siempre. Pura grasa.



[1] Carta a Felice, 21 de junio de 1913: Pero qué me dices, Felice, acerca de una vida matrimonial en la cual, por lo menos durante algunos meses al año, el marido regresa de la oficina hacia las 2.30 o las 3, come, se acuesta y duerme hasta las 7 o las 8, cena rápidamente, pasea durante una hora, y luego comienza a escribir hasta la 1 o las 2 de la madrugada. ¿Serías capaz de aguantar todo esto? ¿No saber nada del marido, sino que está en su cuarto escribiendo? ¿Y pasar así todo el otoño y el invierno? ¿Y hacia la primavera recibir a ese hombre medio muerto junto a la puerta del escritorio, para tener que contemplar durante la primavera y el verano como se recupera para el otoño y el invierno? ¿Es esta una vida posible? Quizá, quizá sea posible, pero es preciso que tú reflexiones sobre ello hasta la última sombra de una duda.

[2] Oliver, Mary. El pájaro rojo. 1ed. Argentina: Caleta Olivia, 2019.

[3] Muñoz, Sol. Veinte y una velocidades. 1ed. Mendoza: Proyecto Editorial Itinerante, 2015.

[4] Ya que estamos: César Aira definió el personaje alejandriano protagonizado por Alejandra Pizarnik (1936-1972) con estas palabras: La clave de su funcionamiento era la juventud, que seguiría siendo su rasgo esencial hasta la muerte, y más allá. Se fue perfeccionando a partir de rasgos espontáneos, todos los cuales se envolvían de una justificación poética, que tomaba la forma de una amplificación metafórica. Esa cristalización entre la figura y la obra de Pizarnik, con su repertorio de niñas eternas, autómatas y miniaturas verbales, favoreció el ingreso al mundo de la poesía de muchas jóvenes y adolescentes, que la leyeron con fervor y admiración. En este sentido, hay tantas Alejandras Pizarnik como lectoras. Yo pienso que, a lo largo del tiempo, ha ido cambiando la imagen y significación de su obra literaria. Si bien ahora la leemos como poeta, crítica literaria, autora de textos en prosa transgresores, diarios y correspondencia todavía queda mucho por incorporar de su acervo depositado allí. Y creo también que si la colocamos en el lugar de única y atemporal – ahistórica ejemplar de joven poeta mujer en la Argentina, de su generación y hasta el fin de los tiempos-, cometemos eso que se llama borramiento en la inclusión neutralizando justamente lo que queremos visibilizar. A propósito siempre digo que el problema no es Pizarnik sino las pizarnikeanas, una legión de sus autopercibidas representantes sobre la faz de la tierra, lo que me costó por supuesto la retirada del saludo de muchas de mis contemporáneas y sus respectivas (absolutamente válidas) coléricas promesas de venganza. En fin.

[5] La mesa, ese locus (algo se ha dicho acerca de las mesas de varones donde nos sentamos algunas. Y es que hay algo de verdad: la mesa no debería de compartirse con cualquiera. Política personal: YO NO ME SIENTO CON VIOLADORES. Igualmente, qué miserable y qué machirulo pensar que las únicas mesas donde se debate sobre materia literaria son las plagadas de caballeros, como en la corte del rey Arturo).

[6] Otro tema eran las vestimentas femeninas de la época, en las que predominaban los corsés y las polleras. Aquel atuendo incomodaba, por lo que se comenzó a usar menos ropa y los pantalones llamados bloomers. Las mujeres se vestían casi igual que los hombres y eso generó un gran repudio. Se llegó a denunciar públicamente que de ese modo se perdía la esencia femenina.

[7] La palabra aymará que indica el pasado es nayra, que literalmente significa ojo, a la vista o al frente. La palabra que traduce futuro es qhipa, que quiere decir detrás o a la espalda. Es más, qhipüru, la palabra aymara que se traduce como mañana, combina qhipa (atrás) y uru (día), siendo literalmente día que está a la espalda.