El túnel de los milagros

                                                                                                              Por Pablo Grasso

Resulta que acabo de dejarte en una Terminal de Ómnibus en pleno trabajo de remodelación, y además corre un viento zonda de esos que uno quisiera arrojar a los ojos del enemigo para aumentar aún más su suplicio. Puro polvo, ruido y malestar fisiológico. ¡Pura maldad meteorológica! ¡Este estercolero hipervigilado se ha vuelto un calvario! ¡No da para más!

Visto desde un estricto cromatismo lumpen, el horizonte circundante contiene elementos que van del celeste al naranja mezclándose con un amarillo solar con algunas vetas de color “alita de pollo”. Una especie de visión àlla Joseph Turner al borde de la deshidratación (si esta fuera una crónica seria, pulida, la imagen debería haber encabezado el párrafo, o casi). De todas maneras estoy tranquilo: sé que llegarás a tu destino porque, después de todo, a algún lugar hay que llegar, ¿no?

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Ha sido un día difícil y encima tengo que entregar una nota rápido.[1] Demás está decir que sigo con ese berretín de que lo mío es la “escritura”, la “anomalía escritural”, el “rejunte cifrado” de conceptos y citas. Papeluchos de corta tirada y ningún lector: una anti-literatura, como supo afirmar cierto poeta candidato al escrache vitalicio. Por eso debo buscar un tema o tópico, algo que a la vez sea sencillo y me ayude a salir del paso. Pienso, y en esto no soy nada original, que las terminales de ómnibus con su cuota de melancolía portátil, los aeropuertos con su fragilidad latente, podrían ser un buen tema: un TEMA de fondo. O el amor con sus ausencias, presencias y evanescentes posibilidades (por tierra, aire y mar) que tanta literatura ha generado a lo largo de los siglos. Se sabe: las despedidas en las terminales, los aeropuertos y los puertos siempre amenazan con ser definitivas, totales. Como los cortes en los brazos del suicida  –¡ay, Alejandra!-, aunque sobre ellos se puedan tatuar diseños de Pronto Olvido y seguir como si nada…

Entonces

Entonces decido atravesar los remolinos de viento caliente, polvo y mugre, y meterme en el túnel de acceso a la Terminal. Para mí ese lugar posee cierta cualidad exótica, como si se tratara de una dimensión alternativa habitada por personajes de todo tipo y procedencia. Joyeros subsaharianos, heladeros, cafeteros peruanos, vendedores de talco, sándwiches de milanesa, ropa, auriculares y caballitos de plástico; adictos en recuperación ofreciendo calendarios; evangélicos de traje y corbata flanqueados por sus cebos paradisíacos en forma de banners; borrachines místicos que –todavía- esperan ver pasar serpenteando al río imaginado por Sergio Taglia; criptotapiteros, pungas, mecheras; mochileros holandeses; obreros de la construcción; profetas de megáfono en mano; músicos callejeros y enfermeras montadas en coturnos sintéticos junto a la presencia cada vez más ominosa de la Gendarmería.

Es que el tema del túnel da para todo y hasta puede que inspire a bisoños escritores locales a incursionar en el género fantástico (por ejemplo, alguien entra en el túnel y se ve evacuado en, pongamos, Helsinki). Algo que la SADE local no debería dejar de capitalizar. Incluso conozco a un par de amigues que tienen cierta aprensión de demorarse en el túnel porque allí abajo –dicen- un minuto puede llegar a decuplicarse, por lo que resulta imposible no evocar la escena de Irreversible donde Mónica Bellucci es salvajemente violada por un malviviente apodado La Tenia. Por suerte muches de elles, como les rabioses heroínes de Ika Fonseca Ripoll, van armades con una tijera modificada y nadie que yo conozca osaría enfrentarlas. Y lo digo en serio. [2]

Último tramo

Atravesé el túnel como flotando en una atmósfera enrarecida. La música cuartetera me llegaba en rachas sincopadas y, desde el fondo del semicírculo, una luminosidad extraña parecía devorar el contorno de las cosas. Juguetes, pantalones, cinturones de cuero y pañales eran una sola y marmolada extensión. ¿Dónde estaba realmente? ¿Había descendido cuántos metros con respecto al nivel de la calle? ¿Qué había pasado desde el momento en que bajé por la escalera y me detuve a revisar un mensaje de wassap? ¿Hacía cuánto tiempo que te había dejado en la plataforma de la Terminal para que realizaras tu gira alvearense? ¿Nos despedimos ese mediodía? ¿Era el fin de algo? ¿O un comienzo sin atenuantes? ¿Este es, en definitiva, el costo que se paga por militar sin profilaxis en el Partido Sinestésico? ¿Una aberración perceptiva? ¿Un descolocamiento que las palabras no atinan a corregir?

No sé por qué, pero toda la situación me hizo acordar a Marruecos (1951), el libro póstumo de Alfredo R. Bufano, y en particular a un poema titulado Calle de Mohamed Hesain. Lo copio como lo recuerdo:

Moros de todo linaje,

chilabas de lino albar,

feces de purpura viva,

honda blancura espectral.

Un viento de lueñes

tañe en la tarde su “erbab”.

Al salir del túnel la realidad dio por el suelo con mi exceso imaginativo. El viento, el calor, el ruido, tu ausencia y los patrulleros, todavía estaban ahí.

Archipiélago Sur, 2018.



[1] Esta crónica iba a ser publicada originariamente en la sección República Canalla de la revista mensual El Viajero indeciso, de Ediciones Culturales de Mendoza. Por otra parte, algunos testigos afirman que la Terminal del Sol está siendo remodelada.

[2] Durante muchos años soñé con ese túnel:  mi cuerpo despedazado era llevado en una camilla junto al protagonista de Los Gritos del silencio, de Roland Joffé; la guerra en la película transcurre en Vietnam con sus típicos arrozales ardiendo bajo el Napalm al ritmo de la música más sensiblera del mundo (John Williams o Mike Oldfield). También era el comandante de Los Sueños de Akira Kurosawa que, de regreso a su hogar y después de atravesar un largo túnel, se ve interpelado por un subordinado muerto que duda de haber caído en combate.