Una mujer que escribe siente demasiado

Una mujer que escribe siente demasiado

Por Sabrina Barrego

Este texto iba a ser leído en la presentación del libro de las cartas de Violeta Parra a Gilbert Favre. No sucedió por amenazas de escrache a los editores que lo iban a publicar.

I

Una mujer menuda con su pelo negro y su abrigo grueso, de espaldas, bordaba aún con pequeños retazos de lana. La arpillera sobre la pared.   

Voy a hacer algo para ti, dijo.

Entonces ella toma la guitarra y frente a cada tapiz comienza a cantar todas las canciones relacionadas con las arpilleras.

La observadora llora. La escena es de una belleza total.

A la hora de almorzar, la europea la invita a comer algo.

No tengo hambre, le dice. Ya me comí tu alma.

Violeta Parra en el Louvre. Donde muchos artistas terminaban su recorrido, ella recién lo comenzaba. Llega al museo con los hijos. Una nieta. La obra y la guitarra a cuestas. Un movimiento centrípeto: de afuera hacia adentro y nunca al revés. Porque lo académico es gris. Y la vida no es gris ni monocorde.

Una mujer chica, desprolija. La cara marcada por la viruela. Sin esa pulcritud para el mercado, para la venta de la sociedad occidental. Una mujer de campo, natural, descuidada de sus medias, de sus zapatos. Sin padrinos mostró, durante mucho tiempo, la cultura de un pueblo. La danza. La artesanía. La escultura. El tejido. La poesía. El canto.

Violeta era alguien que aportaba al universo.[1]

El individuo y la artista estaban ahí. Frágiles e indestructibles. Heridos y orgullosos.

Los especialistas en el discurso del exotismo la visten a Violeta de india. Así, legitiman su mirada exotizante: la oposición entre lo universal y lo particular. Algo totalmente falso: la mirada antropológica de que el mestizo es universal. Si hay un particularismo es justamente el del mestizo.

(Dice Silvia Ribera Cusicanqui, que el mestizo carga con una doble culpa: culpa de ser blanco, culpa de ser indio.)

Nieta, hija guacha de las canciones cantadas en gran parte por mujeres del campo en su país. Motor primario de mucho de lo que vendrá. Sin tradición y único gran exponente, la figura de Violeta Parra, es utilizada para borrar aquello mismo que se le resalta: el sujeto colectivo que las mujeres venimos tejiendo en un proceso revolucionario.

Pero aquí no se clasifica a nadie. Aquí es el desorden, el poético caos. Violeta fue una vagabunda. Una suelta. Con el corazón rebosante de un amor muy próximo en ósmosis al conjunto al que ella admite llamar dios.

Su genialidad está en el acceder a una realidad diferente. No en escribir como la Mistral. Si no  alimentar a los hombres, a las mujeres y a los otros con su propia lectura del universo. Reavivar un soplo revolucionario en una sociedad que, por lo demás, se consideraba muerta. Ella no estaba para hacer un poema y que la aplaudieran. Estaba dando un mensaje por los cuatro ángulos de la vida.[2]

 

II

 En Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes presenta la figura de la carta de amor como una dialéctica que es a la vez vacía (codificada) y expresiva (cargada de ganas de significar el deseo). Un puente entre unos seres separados que, gracias a una escritura particular, se juntan en la pasión.

Violeta y Gilbert.

Dicen que el suizo viajó a Chile en busca de algo que incluso él mismo desconocía. Y que fue ese deseo de implantarse en lo popular lo que lo llevó a enterarse de la existencia de Violeta Parra. Preguntó por ella. Esta pregunta lo llevó a la comuna de La Reina. Ese día Violeta cumplía 43 años. Gilbert Favre tenía 30.

El se convirtió en un artista en la casa de ella (su cuarto propio). Con el trabajo de su casa, con su música, la lana, el color. En esa casa fregaron los suelos, cocinaron las tortas, pusieron leña en la salamandra. Escenificaron la felicidad.

Un día, durante una estadía en Europa, Gilbert decide tomar la quena. No se sabe cuánto peso tuvo Violeta en esa decisión. Ella tuvo algo que ver, seguro. Graban un single: El tocador afuerino.

Un signo. Hasta ese momento Gilbert había sido uno más de la Familia Parra. Alguien que llegó para quedarse. Desde que ella le da ese nombre pasa a ser un afuerino. El que no pertenece.  El “tocador”. Un aprendiz que será músico por derecho propio. Ese fue el regalo de mayor belleza.

Ahora eres un músico y eres libre.

Tengo unos papelitos y unos hilitos, y unos clavitos, y unas cintitas, todo muy lindo para armar mi trabajo en el fondo de tu alma. Tú eres vida, yo soy vida. Las maquinas son cosa muerta. No tienen sangre, escribe.

El texto es la casa.

La casa es la música.

La música es el cuerpo.

Bajo la aparente serenidad de los gestos cotidianos fulgura la violencia del deseo.

Yo no quiero recibir comida nada más que una vez al día. De repente no comeré nada más. Tengo una rabia con todo. Trabajo poco. Se fue la alegría, se fue por el desierto. La casa de madera está llorando. No tiene sentimiento de guitarra, escribe.

No tiene la inteligencia en la cabeza si no a flor de piel. En ese dolor, en ese deseo. En el tormento insoportable de ese deseo. Incluso aunque tenga que desembocar en el suicidio. El mal de la muerte es no saber qué es el amor. Solo conoce el amor que siente por él. Entero. Terrible. Y él no está allí para librarla de eso.

Vacía como el hueco

del mundo terrenal

Run Run mandó su carta

por mandarla no más.

Run Run se fue pa’l Norte

yo me quedé en el Sur,

al medio hay un abismo

sin música ni luz

Ay ay ay de mí.

Canta. Los cuerpos son soportes pasajeros para los personajes. No se habla de ellos si no de una historia que no dominan. La desmesura. Se dejan atravesar por la música. Ella dice una canción sobre la ausencia. La pone a  disposición de otras memorias que no son la propia. Ella es el deseo. La carencia de amar la devuelve a la hoja en blanco. Su goce llega hasta el alarido.

Ama el amor.

Por lo menos cuando te escribo me consuelo un poco.[3]

 

La felicidad de escribir. Mientras le escribe a su compañero de los últimos años está escribiendo, inmensa, sobre su vida entera. Todos los años confundidos en esta vida. Sobre ella como no lo había hecho hasta entonces.

Violeta tendría hoy 100 y 17 años. No se trataba de una cuarentona nostálgica de escandaloso pasado que se atrevía a hablar con crudeza de lo que ya no correspondía a su edad. Sino de una mujer en la que sobrevivían intactas todas las edades de su vida.

Flaca y mañosa. Envuelta en la mortaja de su propio jardín. Radiante. Trabaja la greda frente a su público. Baila la cueca sola.[4]. Recita décimas. Canta sus pinturas. Es de fierro muy duro y de voluntad inquebrantable. Sufre por irse pero aún así resiste. Hasta que su país se ablande y sepa y sienta que ella anda por allí, realizando meticulosamente la fantasía con una fuerza casi humana. Porque su fuerza es sobrehumana.

Porque se trata de un amor que no tendrá fin. O no se resolverá nunca. Que no es vivido. Invisible. Están muy lejos de la consumación. Lo consuman otros. Es una especie de juego trágico, a veces, la felicidad. Se quieren. Están juntos en esa fragmentación. Se querrán toda la vida.

Gracias a las palabras, el amor se vive.

III

Después de algunos intentos fallidos, Violeta Parra se suicidó de un disparo en la cabeza a los 49 años. Una capilla ardiente se levantó en su carpa. Su funeral se hizo dos días más tarde. Cuando se mató sólo tenía 80 escudos; todo su capital. Se hacían los encuentros de la peña y había que pedir la harina fiada para hacer las empanadas. No iba mucho público. Había escrito que estuvo muerta años de años… esclava del trabajo y del país. Adelgazada por el tiempo. Habitada por su propia historia. La de sus hijos y matrimonios.

La de su pueblo.

           

Fue quizás  por su carácter severo, arcaico, intransigente y drástico, que llegó a ese arrebato de violencia.[5] Presa de antagonismos más fuertes que ella misma, se abandonó a esas fuerzas brutales.

No fue un ser inconsciente. Acaso con su aguda sensibilidad ella vio lo que iba generando en el sistema social en el que estaba enclavada, y cómo se iba quedando sola en su pelea (profética aunque no lo desee frente al panorama  trágico que se avecinaba en su país). Quizá en un momento de quiebre optó por el suicidio. Pero no buscando la aceptación: ella sabía muy bien que el sistema nunca la aceptaría -hasta siendo capaz de darse cuenta de que trabajaba para un largo plazo, un legado póstumo- .

Algo hiperbólico: quizás aprovechó esa última fuerza, en un momento de fragilidad para aventurar que, en definitiva, la única forma en la que realmente quedaría en la codificación de la historia era poniendo en juego su vida. La ironía final: un mensaje cifrado para aquellos a los que quiso y que no la quisieron bien. Su propia muerte como una marca cargada de sentido.

Quizás sea como dijo Fréderiqué Lebelley a propósito de Marguerite Duras:

La vida de una estrella es una lucha incesante contra su propio peso. Durante mucho tiempo, encuentra fuerzas renovadas para soportarse. Pero el combate es desesperado: tarde o temprano la gravitación se impone.

Y la estrella se desmorona sobre sí misma.[6]

No sé.

 

¿Es indispensable un final? Yo creo que no. Es un pasaje de la vida y punto…Ya ves como todo es pasajero. No hay eterno. Puede que ni la muerte es eterna.[6]

 

Hay mujeres que se sienten cómodas con lo inasible. Que son un universo de misterio que emana de una época anterior a la palabra, a las ideas. El potencial revolucionario de la perdición constante. Fuego. Pasión interior y sensibilidad en todo. La naturaleza primitiva de una poesía que tiene sus raíces en la tierra.

Quizás los muertos vivan. No se puede prescindir de la presencia del que se ha ido. Y el que se ha ido, vuelve.

Durante 1977, en plena dictadura chilena, se genera el mito distorsionante de una Violeta Parra suicidada por amor. ¿Esa mujer que experimentó en su propia carne la pobreza, la fuerza bruta, el machismo, la soledad? ¿Y también la juventud, el deseo, la belleza y la maternidad?

No fue militante. El Comité le quedaba chico. Considerada insolente por el PC chileno debido a las letras de sus canciones [7].Sola y su alma increpó incluso al Papa. Siguió la huella de sí misma desligada de partidos, filosofías o religiones. Con una actitud de lucha que significó la entrega total de su vida.

Una de sus últimas canciones es un agradecimiento a la vida en su significado más amplio, intransferible, único como cada dolor. Como el dolor que todos sentimos (una historia como sólo le sucede a quien es capaz de narrarla).

Un agradecimiento al amor.

Ausente. Y por ausente, narrada. La escritura de esta historia llega tarde porque el acontecimiento ya sucedió. En las cartas. En los cuerpos. Nosotros sólo hemos puesto luz en la habitación de los amantes.

Violeta Parra no fue un útero funcional al Capital. Ni  una víctima sacrificada en los altares del amor romántico. Imagen de sí misma, propia e irrepetible. Agua que se escapa entre los dedos, no debería ser juzgada pasándola por el filtro de la contemporaneidad -la novedad ya tiene sus tradiciones-,  acomodándola dentro de alguna categoría como la de “literatura feminista”. Un rosado escaparate de mercado para las energías institucionalizantes.[8]

Profundamente intuitiva y lúcida, Violeta entendía que una subjetividad masculina o femenina (u otre) no constituye un valor en sí mismo, y que el lenguaje también hace su propia subjetividad. Y que la percepción de ésta, a veces, implica más al lector/oyente (a su ideología, supuestos, marcas culturales y deseos) que a la autora.

Han visto la mantequilla,

dicen de que’s vegetal,

y que de leche animal

fabrican la mostacilla.

Las líneas de las chiquillas,

desmáyese el más sereno,

que lo que miran por seno

no es nada más que nilón.

Pregunto con emoción:

¿quién trajo tanto veneno? [9]

 

Claramente, algo está erupcionando en el movimiento feminista. Una construcción, para muchas personas, que está en mutación permanente. Acaso en algún punto reconocerse feminista sea estar mareada en la marea. [10]Pero el enemigo también está dentro; en las encarnaciones del orden patriarcal, en la contradicción en la que una habita.  En la impaciencia por llenar inmediatamente el silencio. En rivalizar a ver quién pronuncia las palabras más adecuadas en nombre de TODES.

(La leña que arde muy rápido parece fuerte pero es débil.)

IV

La historia detrás de las cartas de Violeta Parra y Gilbert Favre es, ya, un poco de todos.  Una huella escrita diseminada entre los demás. Ahora, como lectora de ese relato busco compartir lo encontrado: hallar las palabras. Los silencios. Pero, una vez pasada esa historia, una vez abierta y vuelta a cerrar, no será posible volver a ella. Hacer pasar el abismo -ese amor: primera edad de los hombres, las mujeres, las bestias, la greda…-, por el fraude de la luz.

En todo caso, el pecado ya está hecho.

Mendoza, diciembre de 2018.


[1] Entrevista a Alberto Zapicán.

[2] Ídem.

[3] Ídem.

[4] La cueca sola es una variación de la cueca, creada por la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD) de Chile, organización fundada tras el golpe militar de 1973 en Chile.

Esta variante de la cueca presenta la particularidad de que es bailada solamente por una mujer,​ sin una pareja, tal como sería en cualquier cueca, y portando el retrato de la persona que busca recordar. Del ausente. La tonada y el ritmo del baile se preserva, pero los versos de la cueca manifiestan el dolor de la pérdida del ser querido en los tiempos de dictadura.

Violeta Parra, adelantada a su época,  interpretaba particularmente dicha danza muchos años antes de la tragedia de Chile.

[5] Testimonio de Ángel Parra. En: Viola chilensis. Director: Luis R. Vera Año: 2003 Pais: Chile.

[6] Fréderiqué Lebelley, Marguerite Duras o el peso de una pluma, Barcelona, Ediciones Martinez Roca, 1994.

[7]Desde París, Violeta Parra enviaba canciones al comité central (del PC) para la campaña presidencial de Allende, cada una de ellas fue rechazada. Al igual que Pedro Lemebel, sufrió el rechazo y la censura del PC, debido a que sus letras eran consideradas muy excesivas, demasiado directas.

[8] Romina Freschi.

[9]Violeta Parra, Décimas, Chile, Editorial Pomaire/Ediciones Nueva Universidad, 1970.

[10] Muestra Mareadas en la marea en Multiespacio Cultural UNGS, con curaduría de Fernanda Laguna y Cecilia Palmeiro.

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