La escritura como un pircing

A propósito de la lectura de textos de Débora Benacot

Texto: Sabrina Barrego

Entrevista: Emilce Herrera Cozzoli

El Viaje

Al norte

Las vísperas de fin de año, esto según el calendario gregoriano, son la fecha límite para la materialización y/ o abandono de lo que representó de alguna manera toda la ansiedad y el esfuerzo acumulados durante un ciclo. Y eso, en muchos casos, se traduce en desplazamientos. Por eso no es raro que esta crónica nazca en un contexto de viaje.

Escribe Débora Benacot:

Los hospitales y los aeropuertos se parecen.
Hay quien llega
quien espera
quien llora
quien se va
quien huye
gente reunida
en la bienvenida
y otros muy juntos
para despedirse
[…]
Los hospitales y los aeropuertos se parecen
tanto que se infiere
que todos tenemos un asiento reservado
en ese único vuelo
y estamos mortalmente enfermos
de lo mismo.
[…][i]

Este poema pertenece a Pirsin y forma parte de un material textual que la autora le envió a la Emilce a principios de este año desde California (Estados Unidos). Un destino que me resulta casi tan exótico ahora como las imágenes que veía de niña en los documentales por la tv sobre los templos en China, inundados debido a la construcción de represas para energía eléctrica y a las violentas ansias de progreso de sus gobernantes.

En fin, estoy sentada en la pequeña Terminal de un pueblo del secano en el sur mendocino y, salvando las distancias, entiendo, Débora, que estamos hablando de lo mismo… En algunas culturas, como la Aymará, las palabras viaje, vida y caminar coinciden. Se entrelazan. La palabra: ese material. Entonces, a veces sucede que aparece la escritura para darle forma a lo que en nosotros se derrama. A intentarlo.

Débora le contó a la Emilce que en ella el escribir fue algo que surgió de modo natural para decir y decirse. Para jugar a crear cosas con las palabras. Cuando era chiquita le dictaba a su mamá los poemas y, años después, de más grande, los aprendió a escribir sola. No se los mostró a nadie hasta los 15 años, con motivo de algún concursito en el secundario y, después,  mientras estaba en la Universidad escribía pero tampoco se animaba a sacarlos a la luz. Hasta que en el 2006 salió del “clóset literario”, como le gusta llamarlo a ella.

Desambiguando el término clóset, en el diccionario de la RAE, encuentro lo siguiente:

Clóset: Voz tomada del inglés americano closet (‘armario’), que se usa en la mayor parte de América con el sentido de ‘armario construido en el hueco de una pared’.

Definición acompañada  casualmente con una frase de José Donoso de Donde van a morir los elefantes (Chile, 1995), aunque, mal hecha la citación, y es que, parafraseando al hermano pequeño de la serie yanqui del 2000  Malcolm in the Middle: Real Academia Española: nunca esperé algo de ti y aun así logras decepcionarme…

En fin, la novela en cuestión relata los pormenores de un profesor de literatura chileno que es contratado por una típica universidad del medioeste norteamericano. Y de una serie de personajes peculiares y a la vez representativos. Lo que me hace pensar en los alcances del ámbito universitario en los procesos de identificación de las personas que allí se forman para tal o cual cosa. Aunque, claro está, como escuché por ahí, nadie se mete a Filosofía y Letras para hacerse escritor (y si sucede es por accidente). Hablo de un espacio que, muchas veces, en vez de fortalecernos para lo que fuera de allí sucede, corre el riego de convertirse en el árbol que no nos deja ver el bosque. A riesgo de  nosotros mismos terminar como Donoso, quien nunca salió del clóset.

Ha sido todo bueno, desde que me animé a salir de esa zona de confort que es tener los textos en el cajón y que nadie los mire.[ii]

Benacot habla del armario porque, según dice, hasta 2006 nunca había leído en público y no se identificaba como escritora. Algo que, por un lado, y a mi modo de ver, acaso se vincule más con la socialización de lo que una hace que con los textos en sí. Y con el hacerse cargo de un oficio y de un deseo, esa voluntad de enunciación que trascienden la construcción de un personaje “escritor”.

Es mentira que un escritor
que se precie
deba fumar
beber alcohol con frecuencia
posar frente a su biblioteca
mientras acaricia un gato.
Es una quimera
una campaña del mercadeo
cultural más bajo
que han inventado
y sostenido exitosamente
por años
tabacaleras
destilerías
libreros
y descendientes de egipcios. [iii]

Dijo Gregory Corso que la poesía y el poeta son inseparables. Y agrega: En realidad, como poeta, yo soy la poesía que escribo. Cuando sentí que deseaba ser poeta, no sabía cómo escribir un poema. Puede ser. Pero:

Uno. Hablamos de Corso,  no en vano considerado por Ginsberg  «el poeta más grande de América».

Dos. Los grandes conceptos siempre me hacen ruido. La romantización del poeta como institución y sus respectivas clasificaciones generalmente desembocan en la búsqueda acomodaticia de a ver en qué cajoncito nos sentimos más cómodos. Y puede ser, también, el lugar desde donde nos proyectamos para ejercer esa actividad comercial que es el marketing de nosotros mismos.[iv]

Acaso entrando en esta larga discusión, con Pirsin Débora Benacot pareciera estar en búsqueda de una marca. Algo distintivo, no sólo de quien escribe sino de aquello que distingue un texto del otro  e incluso un cuerpo del otro. Porque quizá, en un punto, para ella sean la misma cosa.

seres comunes y corrientes
esperando su turno
para hacerse sobre el cuerpo
algo igual
que los distinga. [v]

 *

Tan sencillo habituarse
al miedo
esa cota de malla
pero a la vez
tan preciso saltar
hacia un lugar más verdadero
que la rutina y su jaula
de sueños domésticos
amaestrados.
Claro que afuera hace frío
y el sendero es extraño
pero si no es ahora
cuándo.

a tu paladar anfibio.

 Y acá me ves
los nervios perforados
de tanto esperarte.
Aparecé pronto
no me dejés esta angustia
como un pirsin inefable.
Nunca confié en la soledad
la vida me queda grande
y además
como te dije aquella vez
vos
sos mi cábala. [vi]

Pirsin: ruidos metálicos que quieren hablar sobre el camuflaje de la belleza como esa hojarasca de la que debemos despojarnos, del límite con el afuera que es la piel. Y de cómo nosotros mismos en constante devenir vamos definiendo nuestra propia corporalidad (física y textual). A veces, lo logra. Un pirsing es algo punzante, doloroso y del que, en un momento determinado, podemos prescindir dejándolo en el cajón de los recuerdos. Pero no así a su rastro: la anquilosada cicatriz.

En relación con esto aparece el tema de las generaciones literarias. El que D.G.Helder haya caracterizado las tendencias de la poesía argentina “como el rubor en la piel de la cara: un momento y se borran”[vii] es un indicador de la necesidad y la dificultad de los críticos para  establecer la pertinencia de los acontecimientos en la poesía de una época muy cercana y de un futuro insospechado. Lo mismo les sucede a los poetas. Le preguntamos en la entrevista a Benacot acerca de su sensación de pertenencia a alguna generación. Ella nos respondió:

Nunca me lo había planteado. Quizá porque para ese análisis hace falta tiempo, perspectiva y voluntad académica. Sí me ha tocado compartir páginas de antologías en las que tal vez se pueda vislumbrar algo de eso.[viii]

 Elsa Drucaroff, por su parte, plantea la existencia entre 1991 y 1996 de poetas y narradores con conexiones estéticas muy fuertes que forman parte de las nuevas generaciones postdictadura. Dato que, me parece, no es menor y donde podríamos situar a Débora Benacot entendiendo la contemporaneidad como “todo lo que nos toca” (T.S.Eliot).

En ese sentido, y pensando en el panorama de literatura actual (local), la poeta confiesa que ha tenido oportunidad de conocer gente nueva gracias a espacios de difusión como, por ejemplo, la revista Panero (Mendoza, 2015-2016), donde encontró voces mayoritariamente femeninas que se asumen genuinamente y dicen lo que tienen para decir.

Aplaudo esa actitud, me hubiese gustado tenerla así de clara de más joven.

A partir de esta respuesta (que da cuenta también de la separación etaria y espacial de la autora con las nuevas generaciones) y retomando un poco lo que plantea Drucaroff, me resulta interesante agregar que, en el mundo de los signos, lo nuevo no supone nunca una invención en términos absolutos si no apenas una reelaboración que dialoga productivamente con algo anterior. Nada surge de la nada y ningún hablante rompe el silencio universal. O sea que, dentro de la multiplicidad de experiencias de escritura (desde esas voces de mujeres puestas en las jarchas y cantigas pasando por el ensayo Un cuarto propio de Virginia Woolf escrito en 1929 -absolutamente, profundamente actual- hasta las últimas manifestaciones) existe un hilo conductor que une los extremos de esa gran madeja. Es cierto que los cambios históricos y políticos (sin caer en el evolucionismo pero no se puede negar que The Times They Are a-Changin, como dice Bob Dylan) crean un ambiente un poco más favorable para que más cantidad de mujeres asumamos el rol de escribir. También es cierto que siempre hubo individualidades con los puntos bastantes claros. Hacernos cada vez más conscientes de esa historicidad que nos atraviesa es una deuda que debemos asumir colectivamente. Y si, como dice el poema más quemado de John Donne, ningún hombre es una isla entera por sí mismo, ninguna mujer  lo es tampoco.

Al sur

Escribo a 400 km de distancia de Alvear (3 horas y pico de viaje). El colectivo se zarandea frenéticamente y salta cada 5 minutos cronometrados. Nada alejado del chiste interno acerca de mis viajes hacia el sur pero en sulky… El paisaje se va desertificando. El aire acondicionado está más frío de lo tolerable. En el asiento de atrás una señora bien con sus cuatro hijas hace comentarios con otra más vieja acerca de fiestas de egresados, viajes a Disney, cumpleaños de quince y toda la agenda social de los círculos más paquetos de la comunidad de los colegios secundarios de la UNCuyo. Las nenas gritan, patean impunes los asientos de los demás pasajeros (sí, hay –existimos– otros, señora) y cantan enfáticamente canciones de catecismo. Un verdadero coro de ángeles, dice la mamá, lamentando la ausencia del progenitor para disciplinar a las pollitas. La novicia rebelde era una megalómana arribista que terminó casándose con un aristócrata de oscuros contactos filonazis, me escribió mi compañero por SMS. La dimensión telefónica me hace pensar inmediatamente en una traducción directa y cotidiana del patriarcado heteronormado: el Grupo de Madres de guasap.

Las dos
sosteniendo una banana
mientras posamos
en la previa al recital
de César ídem.

Lo que no ha cambiado
en todos estos años

ahora en tu casa
de señora con hijos
te robo una fruta
para darle al mío
mientras sonreímos
y lloramos también
un poquito
por todos los conciertos
a los que ya no iremos

 por los corazones
que bajaron el volumen
hasta apagarse
mucho antes
de los bises.[ix]

Esta escena, un extracto de la vida íntima de dos mujeres, parece extraída de lo que se ha llamado poesía confesional. Cosa de mujeres. Cosa de alta poesía. Cosa de alta política. Las mujeres tienen una vida biológicamente salvaje, comienza diciendo el prólogo de La materia de este mundo, de Sharon Olds. Se refiere a una escritura que parte del cuerpo y desde donde se capta todo lo que sucede. Acaso empoderarse, en este contexto, tenga que ver con romper aquel postulado platónico (el cuerpo es la cárcel del alma) reproducido con tanta liviandad en mucha poesía femenina. Y hacernos cargo de que, como una gran máquina tipográfica, traducimos permanentemente el mundo para nosotras.

Sociología barata
A la gente le pasan cosas
todo el tiempo
pero muy rara vez nos percatamos

es preciso detenerse en los detalles
si  uno viaja en colectivo
por ejemplo
hay quien fija su mirar
en la anatomía posterior
d
e la chica que desciende

a mí, en cambio,
me llama la atención el bolso con sus cosas
hacia dónde va tan ola un domingo
dónde ha pasado la noche
qué  viento  de dolor le despeinó la sonrisa
hace cuánto nadie le dice algo en serio
con ojos de piedad
me identifico
pongo  un dedo en el mentón
y reflexiona sobre aquellas cosas que pasan todo el tiempo
y apenas percibimos

 las gastadas carteras
de las hembras,
por ejemplo.[x]

Nunca es abstracto, son escenas de la vida cotidiana. La historia de su propia mirada que le deja ver los puntos oscuros de su mundo: la familia, la orfandad que viene con la maternidad, la opresión sobre las mujeres, las desigualdades sociales y la sexualidad.

La edad de merecer

A  nadie rindes cuentas

a nadie decepcionas

hace tiempo renunciaste  a la parodia

de acometer una vez más

el himen perfecto.

Tu cuerpo es una fiesta

y están todos invitados

(al  fin y al cabo

nunca soñaste con ser

una  heroína

de Mármol).[xi]

Se pregunta Armonía Somers: ¿Por qué el sexo como una «constante» en mi narrativa?  Primeramente por lo que muchos fingen ignorar, aun en su carácter de evidencia, que el sexo está en la literatura pero también fuera de la literatura. Y en cuanto a que sea una constante en mis textos, también algo opinable. Figurando la muerte, la locura y la angustia metafísica, según dicen, entre los componentes repetitivos, creo que al otro le correspondería, si acaso, una entrada natural.

Para hablar del Erotismo en la Literatura entonces, como dice María Moreno en Panfleto, primero calentemos la máquina de escribir que, al no tener sexo no traiciona. Es una buena jugada esa de desnudar la profunda intimidad del sexo echando mano al bracero personal de las experiencias vividas y de los propios sentimientos. Tomar una bocanada de aire y meter la cabeza en el pozo de la rutina diaria en búsqueda de alguna pista. Más aún si se contrasta con algunas imposturas de las tribus de poetas que, circunscribiendo el universo del erotismo de las mujeres a la figura de cierta femme fatale, coquetean al límite con lo peor del consumismo heteropatriarcal o con el nuevo nicho de mercado que impone a ese “deber ser monstruosx” (derivado, por otra parte, de una Virginie Despentes muy mal leída).

Equívoco de las equivocaciones poéticas, dice Arturo Carrera, la palabra monstruo quiere decir no solo mostrar sino mostrar espectacularmente. En todo caso, una discusión muy vieja. Una hipótesis de Leónidas Lamborghini plantea que gran parte de la poesía y el arte contemporáneos -quizás el más representativo- se caracteriza por su percepción de lo monstruoso como hecho cotidiano, como mundo enajenado (un rasgo distintivo común a los poetas de los años ochenta y noventa, el cruce constante de teorías de las percepciones cotidianas, donde el humor, lo grotesco, el lirismo ironizado y el absurdo entre el horror y la risa, asimilan toda la distorsión y la devuelven multiplicada.)

En la poesía de Débora Benacot, los versos cortos despojados de metáfora parecen acercarnos con el zoom a lo trivial del habla, al sermo plebeius de la cotidianidad, instalándolo tranquilamente en el poema. Lenguaje tensado por una influencia clásica -de índole académica, si se quiere- en diálogo constante con una biblioteca de autores en su gran mayoría anglosajones (Bukowski, Dickinson,  Yeats, Plath), con la familiaridad de quienes comparten una lengua en común al tiempo que se mecen con la música de Jacques Brel y César Banana Pueyrredón.

Son inocuas las clasificaciones literarias si, pasando los poemas sobre la vida de una autora traspasan a la nuestra, a nuestros propios vínculos. Se  cierra, entonces,  el círculo de la comunicación de una manera,  muy mágica, como afirma Benacot.  Esta poesía es útil, te encuentra porque no es más ni menos que una persona tratando de llegar a otra.

Ahora  que tienes

el tiempo detenido a tu favor

las ollas en constante  ebullición

los besos en perfecta asimetría

la  calma de la noche a tus espaldas

el asma medicada y sin sorpresas

los años a razón  de  cicatrices

la ingenuidad batida  a punto blancanieves

justo ahora

vienes  a quedarte

con tan pocas palabras.

*

Intento  de mujer

tamaño A4

te quedas en el margen

oteando los esbozos

migajas de palabras

el  saldo de una guerra

que despliega

trincheras de papel

donde escondernos.[xii]

[…]

pero los niños

no son crueles

solo siembran

en cada familia

las anécdotas.[xiii]

*

Sigo el viaje, en el colectivo la situación es límite. Permanezco con la templanza de quien aprendió a los golpes el sinsentido de discutir con alguien si no existe una mínima codificación común de por medio (ESO es semiótica en estado puro, como lo sería también, por ejemplo, la capacidad de discernir entre una interpelación y una pesquisa). Como quien lee por primera vez el gastado letrero que dice “EN CASO DE EMERGENCIA ROMPA EL CRISTAL”, saco de mi mochila un libro que alcanzo a manotear entre el pánico y la hipotermia. De repente leo un ensayo de Carver [xiv] que pone luz a esta tensión entre trabajo productivo y reproductivo (escisión típica capitalista que se trasluce en los textos y de la que tanto gustamos de hablar desde el aterrizaje de Federici a tierras sudamericanas). Dice el viejo Carver que leyó en un ensayo de Flannery O´Connor que no hacían falta muchos acontecimientos en la vida de un escritor después de que haya cumplido veinte años para que se constituya la ficción. Agregando que esto no se aplicaba a él, que todo comenzó a sucederle luego de casarse y tener un par de hijos. A quienes menciona como una influencia real. Y se extiende en ese momento crucial en una lavandería en Iowa City, mientras lavaba los calzones de sus hijos y de su compañera, que trabajaba fuera de la casa, ese momento en que sintió -supo- que la vida que llevaba era muy diferente a la vida de los escritores que más admiraba. Carver pensaba que estos escritores no eran personas que pasaran los sábados en la lavandería y todos los momentos de vigilia sujetos a las necesidades y caprichos de los hijos. Y agrega, que claro que había habido escritores con mayores impedimentos en su trabajo, incluidas la cárcel, la ceguera, la amenaza de tortura o de muerte en una u otra forma. Pero que saber esto no es ningún consuelo.

Y es que no es ningún consuelo. Entonces, frente a la voracidad de las circunstancias materiales –su apretón y su barullo, en la expresión de D.H. Lawrence-, aparecen los acomodos. Sin tirarnos a muertos porque mano muerta no aprieta cuchillo (ni tampoco lapicera) para escribir, aunque las condiciones de vida, dicten lo contrario.

*

Ahora (AVISO SPOILER DE RAPTO YOICO) cuando pienso en mí, en mi propia experiencia escribiendo, quizás esos primeros poemas y textos cortos se vinculan mucho a esas cosas cortas que podía sentarme a hacer y salir volando rápidamente. Como sacarme ropa mojada del cuerpo, lo pesado, lo que oprime y ponerlo en palabras. Empecé a escribir y leer con deseo de hacer de eso un verdadero oficio mientras le daba la teta a mi hijo. Literalmente: con una mano sosteniéndolo y la otra en el teclado. Aunque a veces lea esas palabras como algo que ya no me pertenecen pero que a la vez son muy mías porque yo me escribía los poemas y los leía una y otra vez, un poco para no volverme loca. Sea como sea el camino de maternidad y el de escritura y sus respectivas intersecciones son, en muchos casos, un viaje de ida hacia algún destino incierto. Pero en el mientras tanto, me permito maravillarme de estar viva. Una de las cosas que sí aprendí es que, en el proceso,  tengo que ceder o romperme. Y también aprendí que es posible ceder y romperse al mismo tiempo.

Volviendo. De todo esto, lo que me gustaría aclarar es que de ninguna manera estoy reduciendo a la escritora a su condición uterina (ténganse en cuenta también el caso de Carver que no ostenta el órgano en cuestión). Esto no busca ser una declaración de principios ni el fruto de una elaborada crítica literaria. (Algo que vengo pensando frente al panorama literario actual es que quienes gozamos de la manía de garabatear poemitas no tenemos porque ser los/las/les más inteligentes de nuestro barrio. A veces basta con el asombro de presenciar con la boca abierta esta cosa o la otra- la bolsa de pañales de la cría, un atardecer en el mar o en el zanjón de los ciruelos-. Acá, la chicana de ser una “boluda autoconsciente” propinada por Alejandro Rubio a Fernanda Laguna no es obligatoriamente perniciosa y debe re-significarse. Pero eso ya es otro tema.)

Se trata del reconocimiento absoluto del trabajo de escritura dividido entre los propios deseos y las tareas de cuidado, que se deprenden puramente de eso que pasado por el cuerpo se materializa por escrito. Lo autobiográfico puesto a los fines de la construcción del relato, como dice María Moreno. Que  poco tiene que ver con lo anecdótico de un vacío avatar de facebook que, a fin de cuentas, a nadie le importa. Ni con las fantochadas histriónicas, tan rentables y  tan de moda, para justificar la carencia de texto.

Honrar al padre

Tu padre yace bajo el peso del mar,

es un coral, la dimensión de las olas.

[…]

Su calavera – es un coro.

Todo en él suena, tiembla.

Nada en él se marchita

pero se transforma

en algo extraño, espeso, prometedor.

[…]

Él suspira, pero no hacia afuera, por dentro:

encierra el sonido sin compartirlo con nosotros:

Él duerme, Ferdinando. El hielo brilla en sus labios.

La respiración es una cosa muy pequeña

rodeada de sueños.

[…]

Polina Barskova.

“Honrar a los padres (Kibud av vaem)”, así dice en la Torá. Es el Quinto Mandamiento  y está colocado entre los cinco que rigen la relación del hombre (y del resto) con Dios. Es el único que promete larga vida si se cumple porque, según se dice ahí, por más que respetemos a nuestros padres, nunca podremos retribuirles el hecho de habernos dado la vida. Sin embargo la verdadera razón por la que los respetamos es porque es una mitzvah y eso debería ser suficiente.

Escribo un primero de año, lejos de la casa paterna. El hueco que produce la maternidad en las vísperas y la mudanza reciente me hacen ver ciertas cosas con un filtro suavizado. En el medio: releo En las fotos todavía corre el viento. Poemario editado en septiembre del 2017 que, según dice la autora,  tiene sangre, sudor y muchas lágrimas. Empezó a escribirse en el 2015 con la muerte de su viejo. El último verso de un poema de Ácaros al Sol le da título. Es una especie de homenaje y una especie de duelo con palabras. Una experimentación textual usando como material el dolor, las fotos y las palabras. Su padre era un aficionado a la fotografía que, cuando ella era chica, solía usar una cámara analógica y, a veces, hasta revelaba sus propias fotos.

Intercalando su ausencia y presencia en las mismas.

imágenes que vuelven

rastro

marcas

heridas

para que nadie salga

ileso

del pasado.

Reza la cita de Juan López que abre el poemario.

Es algo muy antiguo el panegírico, en tanto discurso en el que se alaba a alguien, a un héroe o a un santo. O al padre. Pienso en Jorge Manrique cantando coplas a la muerte del suyo, en el Medioevo europeo usando los grandes tópicos latinos. Registro de que existieron épocas con más certezas que interrogantes, sin ese margen para el final abierto que nos plantea la contemporaneidad.

Assí, con tal entender,

todos sentidos humanos

conservados,

cercado de su mujer

y de sus hijos e hermanos

e criados,

dio el alma a quien gela dio

(el cual la ponga en el cielo

en su gloria),

que aunque la vida perdió,

dexónos harto consuelo

su memoria.

Con sus poemas Benacot da testimonio del dolor como una constante universal.

somos

una fábrica de lágrimas

que funciona a destajo

por temporadas.[xv]

Hace un tiempo tuve la posibilidad de presentar junto a Gisela, una amiga de siempre, un libro del poeta de su pueblo (Real del Padre, al sur de Mendoza). Roberto Rinaldi, de quien dije muchas veces que es el único poeta que conozco (pero muy poco beneficiado por las condiciones materiales y de la época), le dedicó su último libro a Norma, su compañera de toda la vida, madre de sus hijos y correctora de sus textos. En esa ocasión escribí lo siguiente:

Un artesano de ese material que es la palabra es capaz de realizar un acto de amor tan grande como el de transformar el dolor en otra cosa. A mí me parece que si amamos, sentimos dolor. Ese es el trato. Ese es el pacto. El duelo y el amor están por siempre entrelazados. En la mitad de camino acaso estén los recuerdos. Y las presencias invisibles que provienen de esa danza a la que llamamos memoria. Hermosos regalos que son todo lo válidos y reales que necesitamos que sean. Que son como guías que nos orientan en la oscuridad.

ESTAS son, también, nuestras imaginaciones estupefactas después de la calamidad.

A veces, después del trabajo de escritura, el dolor sigue pero creo que un poquito, un poquito más liviano, según dice Débora Benacot.

En épocas de ostentosos balances de fin de ciclo, continúo sosteniendo los beneficios de superar la cifra de los libritos leídos a los escritos.[xvi] Yo sigo con el libro de Carver. Retomo el comentario sobre el parentezco entre los textos de Benacot y la poesía angloparlante. Carver tiene un poema que se titula: FOTOGRAFÍA DE MI PADRE A LOS 22 AÑOS. En el texto se describe a un padre del siglo pasado sosteniendo una cerveza y una rastra de pescados. Un hijo mira con cuidado esa fotografía tratando de dilucidar cosas sobre él y, también, sobre sí mismo. Pero el padre se aleja cada vez más hacia atrás en el tiempo. Entonces aparece el poema exacto en lo detalles, con una salvedad: el protagonista murió en junio y no en octubre como lo indica el texto en su palabra inicial. Carver quería una palabra con una sílaba más para dilatar un poco el verso. Pero más que eso, quería un mes apropiado para lo que estaba sintiendo entonces. Un mes de días cortos y de luz declinante, humo en el aire, cosas que perecen. Junio era verano, noches y días, grados, mi aniversario de matrimonio, el nacimiento de uno de mis hijos. Junio no era el mes en que moría el padre de uno, explica.

La anécdota es importante. Antes hablé del uso de lo autobiográfico en la escritura, de la recreación constante. Débora Benacot es consciente de que un poemario no es un diario íntimo ni un obituario. En las fotos todavía corre el viento constituye, junto con otros libros de la misma especie, una máquina de duelo.  El punto donde confluye una experiencia del dolor y la literatura que lo precede. El relato está construido desde la subjetividad de una hija que se reconoce escritora. Una mujer con la capacidad de leer, escribir y reescribir su propia historia familiar a través de su padre; el padre, ese arquetipo, esa institución… Hojeando el libro me detengo en el siguiente poema:

Tres mujeres

al borde

de un abismo

el pelo revuelto

la pose espontánea.

Soplá, papá, y

mirá cómo caemos

las tres sin vos

ni voz

disfónicas

del llanto.[xvii]

 En una primera lectura superficial, perspectiva de género mediante, puedo ver la crianza en la familia tradicional heteronormada, esa cultura operando sobre el individuo que escribe. Sí, la división de roles, el lugar del patriarca en la construcción familiar. Después con el dar vuelta de las páginas, voy aprehendiendo algo del tono general del libro: la ironía, el humor -a propósito de esto recordé a Hokusai, que no dibujó cadáveres bellos sino la belleza de los cadáveres, una humorada que sus contemporáneos no tuvieron la capacidad de apreciar, yo creo que el sentido del humor y la inteligencia están fuertemente vinculados; los chistes, como los poemas, no se explican- que resignifican no solo cada poema si no también  las condiciones de escritura y las tradiciones que los motivaron. Los mitos fundacionales de nuestras infancias (la inmortalidad de los padres) y el tópico universal de la muerte y el tratamiento particular que la autora le da. Y, también, cierta crítica al culto postmoderno de la imagen (acá podría citar dos versos: selfies vemos/corazones no sabemos… mientras pienso en todos esos recitales poéticos donde se toman tan lindas pics… Y en mi hijo, la angustia que le provocan nuestros retratos en blanco y negro, registro de mis ausencias reiteradas durante el pasado año).

De los creadores de “Los hospitales y los aeropuertos se parecen” llega

Las salas velatorias y los albergues transitorios

se parecen

La cita es en un cuarto

que te prestan

a cambio de dinero

espacio impersonal

decoración exigua

(ojo que igual está todo inventariado).

Hay gente que lo siente

—ymucho—

hay otros que no tanto

—pero fingen—.

Promiscuos

que pasan a diario

gimiendo su luto

llorando el desgarro

gente que espera

ver la cara de algún dios

65que dé explicaciones

un baño bien a mano

para recomponerse

algún refrigerio que ayude

a pasar el trago amargo.

Las salas velatorias y los albergues transitorios se parecen.

Hay que pagar un alto precio

por el turno

y después irse

que alguien vendrá

con presteza a limpiar

los restos.

Te corrés, te corren

y esto parece el acabose

pero empieza de nuevo

escenario al filo de la vida

algunos prenderán

sus cigarrillos

para asumir en silencio

su destino de inquilinos temporarios.

Parece que al fin todos terminamos

66—horizontales los cuerpos—

en el éxtasis

de las pequeñas muertes

que nos unen.

Las salas velatorias y los albergues transitorios se parecen

(me contaron).

Es muy posible que  la verdadera hazaña, el riesgo más grande que asuma la autora a la hora de relatar la tragedia personal (y familiar), sea una decisión: ocupar ese rol activo de narradora de su propia historia. Una forma de ejercer la consigna de que lo personal es político (no basta con simplemente enunciarlas  para saber lo que significan estas palabras, si todo estuviese dicho en la superficie de cada una no habría nada que leer en la compleja relación que hay entre ellas) en el seno de la propia crianza y allí está quizás el rasgo más emancipatorio de esta forma textual: la dialéctica de aquella mujer (niña)sola, al borde de un abismo, con el pelo revuelto disfónica de tanto llorar  y la señora del futuro que llega atontada por el jet lag de un viaje, con muy pocas certezas pero consciente de su propia contradicción.

Acaso la escritura sea ese acto de perforar (performatear, dijo León Rozitchner) la lengua materna (y paterna).

Memento

Si despertás otra vez / siendo nena / y viene una

señora / que dice ser / tu yo del futuro / no la

dejés / seguir hablando // sacale la lengua / y

después / sacale la lengua / de nuevo / pero esta

vez / con un cuchillo / o alguna herramienta /

de buen filo // y si sos / esa señora / que llega

atontada / por el jet lag de un viaje / en el

tiempo / no le hagás caso / a esa nena que se

parece mucho a vos / cuando eras chica // no

confíes / en que es inofensiva / corré mientras

se pueda / no creas sus mentiras.

Por mi parte -muy internamente, inconscientemente- pensé algunas veces en escribirle un poemario a mi padre a partir de un simulacro de deceso (funeral incluido-llanto). Acaso el procedimiento tuviera algún efecto psicomágico: hacer las paces con Él (no con su embestidura) y de paso conmigo misma. Ahora y no después; antes de que el tiempo haga lo suyo.

No sé.

Toda mujer está rota hasta que entiende que solamente ella puede arreglarse. Escribe Benacot en un poema sobre Sylvia Plath. Suelto el teclado de mi máquina. Dejo de escribir.

Breathe in, sweet Sylvia.

Y seguí respirando.

Mendoza, enero de 2019.



[i] Débora Benacot,  Ácaros al sol, Fundíbulo Ediciones, Mendoza, 2011.

[ii] Entrevista realizada por Emilce Herra Cozzoli a principios de 2018.

[iii] Débora Benacot, Pirsin, Mendoza, Ediciones Culturales de Mendoza, 2011.

[iv]

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-PERO NUNCA-

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POETAS A SECAS

EGREGIOS POETAS

FALSOS POETAS

POETAS DE GABINETE

POETAS POST POST DE LO QUE SEA

MAXIMALISTAS POETAS SIN EDITOR

POETAS SIN PATRÓN

Y LA LISTA SIGUE

(Pablo Grasso, La Preguerra, Mendoza, Babeuf, 2016.)

[v] Op. cit.

[vi] Op.cit.

[vii] Arturo Carrera, Monstruos: Antología de la joven poesía argentina,  Bs.As., Tezontle, 2001.

[viii] Op. cit.

[ix] Débora Benacot, En las fotos aún corre el viento, Mendoza, Fundíbulo, 2017.

[x] Op. cit.

[xi] Op. cit.

[xii] Op. cit.

[xiii] Op. cit.

[xiv] Raymond Carver, La vida de mi padre: cinco ensayos y una meditación, Colombia, Norma, 1997.

[xv] Op.cit.

[xvi] (Cosa que tampoco nos exime de frivolidades: habrá quienes crean que una imagen con la portada vale más que mil palabras; Lispector está muy de moda [su cara es muy estética también]; la China Iron y su prole más huérfana que la de Fierro aún; la chombi de Gioconda Belli; las imitaciones de Blatt; lxs salieris de Bolaño, Pizarnik y sus representantes en la tierra; los y las beat [todxs queremos ser esxs, ningunx nos bancamos el cadenazo]; César Gonzales, a quien leemos desde nuestra zona de confort de la culpa de clase; Neruda [machirulo]; Luciana Peker con Putita Golosa [mainstream militante y con errores de edición, posta]; Alfonsina y sus poetxs enamoradxs del mar en pleno pedemonte cuyano; Bukowsky [hay que ser verdaderamente malditx para leer bien a Bukowsky, hay que ser verdaderamente alcoholicx para entenderlo]; Lamborghini x 2 en épocas del Mendotran; Montalbetti [muy vanguardista, muy culto, muy caro]; una fotografía leyendo a Michaux [un clásico: fotografiarse leyéndolo siempre queda muy bien, aunque él pensara que con un click le podían robar el alma]; Pavón [que es de acá e incluso consiguió una página en wikipedia]; Alguien [que haya fallecido este año]. ¿Rodón?; una selfie con el libro de unx amigx, pariente, editor/ial; la antología de lxs alumnxs del propio taller que facilito, asisto o el de mi profe, obvio; la promoción del evento literario del que participé y/u organicé, con o sin la dirección de cultura y su minúsculo, casi imperceptible sello en mi proyecto Au-to-ges-ti-vo.

[xvii] Op. cit.